27.01.2016

Samanta Schweblin, una mujer más oscura que la noche

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Entrevista Schweblin1

La novelista Samanta Schweblin. Foto: Max Pallocchini.

Samanta Schweblin ofrece en ‘Distancia de Rescate’ una novela que se imanta a las manos del lector, le quita la respiración y le sumerge en una arrolladora tensión narrativa. 

POR MATÍAS CROWDER

El campo argentino ha cambiado. El horizonte romo e infinito de la pampa húmeda, donde el gaucho escapaba de la ley y el indio de las campañas del ejército, ya no es el mismo. La entrada en el siglo XXI le ha acarreado el dominio de la soja y los productos transgénicos como último bastión. Aquel es el escenario en el que Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) despliega en Distancia de Rescate (Literatura Random House). Ciento veinticuatro páginas de una novela que se imanta a las manos del lector, le quita la respiración y le sumerge en una tensión narrativa que acorta su propia distancia de rescate a golpes de punto y aparte.

Se marchó de Argentina hace ya más de cuatro años becada en la Berliner Kunstleprogramme, para luego quedarse en Alemania. Desde entonces, Samanta Schweblin cosecha premios y distinciones. Con su primer libro de cuentos, El núcleo del disturbio (2002), se llevó el premio Haroldo Conti y el del Fondo Nacional de las Artes. Con Pájaros en la boca (Lumen, 2010), traducido a más de una docena de lenguas, el premio Casa de las Américas. La revista Granta la calificó como una de los mejores narradores jóvenes en español y recientemente se ha alzado con el prestigioso premio francés Juan Rulfo de relato. En exclusiva para Buensalvaje, Samanta Schweblin habla de la “verdad” oculta en la ficción, de su condición de “bicho raro” y de su propia distancia de rescate.

Utiliza como escenario el interior de Argentina para muchos de sus relatos. ¿Cómo es ese interior hoy en día?

Hay algo ahí de mi infancia. Cuando era chica vivía en Hurlingham, provincia de Buenos Aires. Hoy son barrios completamente tomados por la ciudad, pero en ese entonces todavía eran un paisaje muy diferente. En la cuadra que yo vivía podías tanto encontrar una farmacia como un baldío con dos o tres caballos. Te despertabas con los gallos. Había tantos conejos dando vueltas que cada dos por tres el gato de casa nos traía uno de premio. Y para ir al colegio mi papá tenía que conducir quince minutos por ruta hasta Palomar, una ruta en muy mal estado en la que solía haber accidentes. Eso no es el campo argentino, que quede claro. Pero yo siempre leí en esas pequeñas rarezas de Hurlingham algo extraordinario que no existía en la ciudad, y de lo que evidentemente terminé apropiándome.

La soja ha cambiado el campo argentino. Los desinfectantes, su veneno, mataron los demás cultivos. ¿Distancia de rescate parte de una historia real? ¿Dónde y cómo supo lo que sucedía?

Supe de todo esto mucho antes de empezar a trabajar en la novela. Era y es una preocupación de ciudadana argentina. La historia es una historia inventada. Pero todo el contexto que produce el accidente que los conecta es absolutamente real, y factible de suceder una y otra vez. La inmensa cantidad de nenes con malformaciones, su alta mortalidad, las decenas y decenas de abortos espontáneos, las muertes espontáneas de los animales. Esto es apenas una de las cientos de consecuencias atroces que el cultivo de alimentos transgénicos, junto con el uso indiscriminado de agroquímicos, están dejando en el campo argentino. Y no solo deja al campo desarmado; esa es la comida que después nos comemos en la ciudad.

¿Cuál es la medida de su propia distancia de rescate?

Depende de cuánto te importa esa otra persona y de cuán visible o no es el peligro. Calcular esa distancia que me separa del otro para rescatarlo de ese peligro me obliga a barajar constantemente una gran cantidad de fatalidades. Hay que prever todo el tiempo la peor de las opciones. Pero anticiparse a cualquier fatalidad podría ser también una manera de exorcizarla. Yo misma pienso en esta receta como una suerte de cábala: pensar constantemente en la peor de las opciones me salva de ellas.

Usted es una joven que contagia simpatía. Le cuesta poner cara de mala en las fotos (se nota). ¿De dónde saca esa veta oscura de sus relatos?

(Risas). Es verdad. Qué bueno que al fin alguien lo pregunte. Todo el tiempo se lo aclaro a los fotógrafos: después de las cosas que escribo, no puedo salir sonriendo en todas las fotos, parecería una tomada de pelo. Y acá hay algo importante que a veces los lectores tampoco tenemos en cuenta: una pieza narrativa siempre es un recorte de un momento muy específico, muy particular de un escritor, no lo representa en su totalidad. Es un quiste, un dolor extirpado. Justamente porque ya está en el papel, no está más en el cuerpo ni en la cabeza del escritor. Hay mucho exorcismo en la escritura, al menos así funciona para mí. Sonrío porque ya no llevo ese peso.

Según cuenta, en el colegio ya era un bicho raro. ¿Siempre lo ha sido?

Sí, siempre. Lo padecí muchísimo. Prácticamente no tenía amigos y entre el final de la primaria y el principio de la secundaria directamente dejé de hablar. No es una exageración: fuera de casa dejé de hablar por completo. Tanto es así que la directora del colegio le dijo a mi mamá que, si durante todo el verano de ese año no me mandaba a una psicoanalista, no podría seguir en ese colegio al año siguiente. Pero la literatura siempre estaba ahí para rescatarme. A veces, en los recreos, para que no me mandaran al patio a “sociabilizar”, me encerraba en los baños a leer. Ay, sí, los baños eran un gran lugar de lectura. Me acuerdo que en la fiesta de quince años de una compañera que detestaba, y a la que mis padres me insistieron que debía ir, me leí entera la nouvelle Balneario, de Martín Gaite. La literatura era mi acto de resistencia. Incluso cuando me obligaban a estar en un lugar, yo podía elegir no estar.

Cuando siente aquella oscuridad que fluye por su pluma, ¿no cree que en algún otro momento, más allá de la escritura, puede seguir pegada a usted?

Claro que sigue. El exorcismo literario no erradica la oscuridad, la drena. Siempre va a estar ahí creciendo, hinchándose, es parte de lo que produce mi cuerpo cada día. Por eso tengo muy claro que, el día que deje de escribir, ese veneno va a quedarse adentro, y de eso no va a salir nada bueno.

Matías Crowder (Buenos Aires, 1973), premio Saramago de Literatura, es escritor y periodista. Es autor, entre otras obras, de La duna (Ediciones la Discreta) y Un jardín para nosotros (Punto de Vista Editores).

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Sobre el autor

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Buensalvaje es una revista cultural de ideas feroces y formas exquisitas, de ahí que algunos prefieran llamarnos Bonsauvage. Dirigida por David Villanueva y Manuel Guedán -de la editorial Demipage- cuenta además con una manada de firmas: Alberto Olmos, Juan Gracia Armendáriz, Richard Parra, Lina Meruane, Joan Losa, Mónica Ríos, Fernando Valls, Sergio C. Fanjul, Javier Moreno, Andrea Morán, Guillermo Aguirre, Ana March, Víctor Balcells, Mireia Pérez, Antonio M. Arenas, Mateo de Paz, Rafa Ruiz, Carlos Yushimito, Jean-François Martin, François, Matton, Ana Esteban, Esther García Llovet, Azahara Alonso, Javier Sáiz, Sarah Bienzobas, Ana Blé, Ana Esteban, Ignacio Trillo Imbernón, Carlos Pott, los miembros de Estado Crítico, Pepe Prieto (Hotel Arizona Radio Enlace) y María Carbonell y Susana Godoy (Alquimia Sonora). La edición en papel se distribuye bimestralmente en librerías de toda España. La cabecera Buensalvaje, además, se publica en Perú, Colombia, México y Costa Rica.

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