19.06.2019

200 años de Walt Whitman, el poeta de la igualdad, la democracia y la naturaleza

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Fotografía restaurada del poeta Walt Whitman realizada por Mathew Brady.

Por RAÚL GÓMEZ (Fundación EQUO)

Recientemente se ha celebrado el bicentenario del nacimiento del poeta norteamericano Walt Whitman (Long Island, Nueva York, 31 de mayo de 1819 – Camden, Nueva Jersey, 26 de marzo de 1892) con, lamentable y sorprendentemente, poca repercusión mediática. Aquí va nuestro homenaje a un grandísimo poeta que, junto a Thoreau y John Muir, sentó las bases para enseñarnos a mirar al medio, a la naturaleza, como algo valioso en sí mismo, digno del mayor de los respetos.

Pudiera entenderse que el bicentenario no ha sido más que una coincidencia del calendario sin interés más allá del mundo de la literatura, pero no podemos estar más en desacuerdo, porque al preguntarnos si tiene sentido recordar la figura de Whitman 200 años después, la respuesta es un sí rotundo. Whitman trazó un relato global, podríamos decir universal, en su poemario y lo hizo con una mirada muy adelantada a su época, recordemos que publicó la primera edición de Hojas de hierba en 1855, y está totalmente vigente.

No en vano es un poeta que iguala mujer y hombre en una época en la que estaba subyugada al hombre: “Y digo que tan noble es ser mujer como ser hombre”; reconoce e integra a las minorías cuando un tercio de la población del sureste de EE UU eran esclavos negros: “Contemplo al pintoresco gigante y lo amo, pero no me limito a eso”; dignifica a los animales que eran vistos como meras herramientas, alimento o alimañas a exterminar: “Creo que podría vivir con los animales: son tan plácidos e independientes; / no me canso de mirarlos”.

Y también es el poeta de la democracia, entendida como una promesa de convivencia justa en un continente joven que todavía estaba descubriéndose; del yo como parte del todo y el todo como parte del yo; de la sexualidad libre y diversa, de la espiritualidad ajena a los dogmas: “Porque, habiendo mirado los objetos del universo, encuentro que no hay ni uno solo, ni una sola partícula de ninguno, que no se refiera al alma”.

Por todas esas razones, podemos afirmar que la pertinencia de volver sobre sus versos es total. Recordar lo que los pioneros del pensamiento moderno decían hace más de 150 años es útil para estructurar nuestro propio pensamiento y además, qué narices, es un grandísimo poeta y nuestra sociedad necesita más poesía; mucha más.

Pero la razón que nos llevó en la Fundación Equo a celebrar este bicentenario y a publicar una antología titulada Yo soy el Poema de la Tierra es otra. Queríamos publicar al Whitman más natural, al más salvaje, porque los aspectos que ya hemos comentado han sido suficientemente reconocidos, pero no se ha reconocido la importancia de la naturaleza en su obra y tampoco la importancia de su obra en la percepción de la naturaleza a partir de entonces. El abandono de esta temática en Whitman llega al punto de que, hasta donde nosotros sabemos, el amplio estudio introductorio de Eduardo Moga que incluye nuestra edición, Cada hoja es un milagro: la naturaleza en Whitman, es el primer ensayo serio sobre esta temática en nuestro idioma.

Influenciado por el filósofo Ralph Waldo Emerson, al que siendo joven escuchó pronunciar en una conferencia: “América es un poema. Su amplia geografía deslumbra a la imaginación, y no pasará mucho tiempo hasta que sea cantada en verso”, Whitman intentó, y consiguió, colocarse en el centro de su universo poético, sin renunciar a estar al mismo tiempo en todas las partes. Y ensalzó la naturaleza como nadie lo había hecho en verso con anterioridad.

“Somos la Naturaleza. Hemos estado ausentes mucho tiempo, pero hemos vuelto: / nos convertimos en plantas, troncos, follaje, raíces, corteza; / nos acomodamos en la tierra: somos rocas, / somos robles, crecemos, uno al lado del otro, en los claros del bosque, / pastamos, somos dos en el seno de las manadas salvajes, tan espontáneas como cualquiera; / somos dos peces nadando juntos en el mar” (‘¡Cuánto tiempo nos han engañado a los dos!’).

Whitman canta la belleza natural norteamericana y, aunque no da el paso de pedir que se proteja y se defienda, porque en ningún momento juzga, solo ensalza, sí contribuyó mucho a un cambio en la percepción de la naturaleza de quienes vinieron detrás de él. Pocas décadas después, este pensamiento cristalizaría en el nacimiento del movimiento ecologista, que podríamos situar, en un primer momento, en John Muir. Pero su obra, junto a otras de la época como Naturaleza, del mencionado Emerson, o Walden, de Thoreau, figura entre aquellas que nos obligan a mirar al medio como algo valioso en sí mismo, algo sagrado y digno del mayor de los respetos.

Así pues, ¿por qué Whitman hoy? Pues porque bien adentrados ya en nuestro hipertecnológico siglo XXI, se hace más necesario que nunca seguir reflexionando sobre nuestra relación con nuestro entorno y, por ello, es necesario volver, una vez más, a estos maestros. Los humanos, una sola especie de los millones existentes, hemos desbordado los límites físicos del planeta, alterado dramáticamente la composición de la atmósfera, arrinconado al resto de animales salvajes, ensuciado los ríos, infestado los océanos de partículas tóxicas artificiales… Hemos creado una civilización del consumo, casi habría que decir del exceso, manifiestamente injusta con nuestros semejantes, que está devorando los cimientos de la casa común y que, para colmo, no nos hace especialmente felices.

¿Hasta cuándo? Leamos a Whitman. Mirad lo que decía hace un siglo y medio:

“Lo más común, barato, cercano y fácil: eso soy Yo”. (‘Canto de mí mismo’, 14).

“Creo que una hoja de hierba no es menos que el camino recorrido por las estrellas, /
y que la hormiga es asimismo perfecta, como un grano de arena o el huevo del chochín, /
y que la rana arbórea es una obra maestra para los encumbrados, /
y que la zarzamora podría engalanar los salones del cielo, /
y que la articulación más insignificante de mi mano ridiculiza a todas las máquinas, /
y que la vaca que rumia, cabizbaja, supera a cualquier estatua, /
y que un ratón es un milagro tan grande como para hacer dudar a sextillones de infieles”
(‘Canto de mí mismo’, 31).

Raúl Gómez es director de la Fundación EQUO y director de la colección ‘Hojas en la hierba’.
(Todos los versos citados están extraídos de Yo soy el Poema de la Tierra, Editorial Relee, Colección Hojas en la hierba, con traducción de Eduardo Moga y prólogo del novelista gallego Manuel Rivas).

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Sobre el autor

2 comentarios

  • El 19.06.2019 , Aarón ha comentado:

    Recomiendo la búsqueda y lectura de todas las referencias a Walt Whitman en el título ‘La Historia indígena de EEUU’ de Roxanne Dunbar-Ortiz. Caerá el mito de Whitman como cayó para mi

  • El 20.06.2019 , Juliano ha comentado:

    La naturaleza es la razón de ser de la poesía, pues todo lo que se expresa proviene de la naturaleza.
    *HERMOSO FELINO*
    *El tigre, un hermoso y noble animal, se le suele comparar con un criminal animal que a nosotros los seres humanos racionales suele atacar, no por ser criminal, únicamente por ser irracional y al vernos se ha de asustar y ver su vida peligrar, y como no ha de ser así, si por años los hemos cazado por simple deporte, para demostrar ser hombres machotes capaces de darles muerte a estos animales nobles, por su preciosa y esplendorosa piel para hacer abrigos que ilustres personajes han de lucir, o simplemente, por demostrar nuestra mala levadura de criminales, como el gran Rubén Darío nos lo muestra con el «Lobo de Gubio en sus Motivos del Lobo», estos nobles animalitos son tremendos cazadores depredadores por naturaleza, se tienen que sudar bien por llevar el alimento a su boca, no mata por gusto o por deporte como lo hacemos los humanos machotes, ni para someter y esclavizar a su especie, sus grandes fauces con sus poderosos colmillos, sus patas con sus potentes garras, nos provocan pavor y terror, pero somos dados a compararnos con ellos en asuntos nada nobles, como cuando un joven muestra actitudes machistas, como maltratar a las mujeres, abazallar a sus compañeros, mostrar malos sentimientos hacia la sociedad o un comportamiento antisocial, alegres decimos, «hijo de tigre sale rallado», que mala comparación, un noble animal irracional que en los circos vemos racionalmente con nosotros mismo interactuar, comparado con un ser humano racional que como animal irracional actúa contra sus hermanos, que fiasco como se invierten los papales entre dos diferentes seres, creaturas de Dios, los nobles tigres no practican la codicia, la envidia, la hipocresía, la avaricia, la ira, el odio, la venganza, ni el rencor, nunca van a cometer un holocausto, genocidios, asesinatos y crímenes de Lesa Humanidad por aferrarse al poder, a como en los actuales tiempos estamos viendo, miremos a este lindo y bello gatito, hermoso felino, que con todo el miedo que nos pueda provocar es un noble, lindo y bello animal.*

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