Rembrandt y los retratos de la gente que no sonríe

REMBRANDT (Rembrandt Harmensz. van Rijn)_Autorretrato con gorra y dos cadenas, c. 1642-1643_ 331 (1976.90)

Rembrandt. Autorretrato con gorra y dos cadenas, c. 1642-1643. Madrid. Museo Nacional Thyssen Bornemisza.

‘Rembrandt y el retrato en Ámsterdam, 1590-1670’ es la nueva exposición estrella del Thyssen-Bornemisza. Una gran muestra con 97 pinturas de 35 artistas, entre las que brillan los 22 óleos del maestro Rembrandt (1606-1669), más una maravillosa colección de 17 grabados. La confrontación de tendencias, aportaciones novedosas y competencias en los retratistas de la próspera ciudad holandesa en el siglo XVII –realizada por primera vez con tal despliegue– nos permite seguir una historia, la historia de un artista tan seguro de lo que hacía que no se dejó enredar por las modas y siguió fiel a sí mismo hasta el final. El tiempo le ha dado la razón.

Rembrandt no empezó a pintar retratos hasta que no se trasladó de Leiden a Amsterdam en 1631. La ciudad vivía una época de gran esplendor, y nobles y mercaderes dedicaban una parte importante de su fortuna a encargar retratos para pasar a la posteridad, orgullosos de mostrar a su familia o sus éxitos profesionales. La enorme demanda agudizó la competencia entre los pintores, y también la calidad de sus obras.

Cuando se estableció en la ciudad, había un nutrido grupo de grandes retratistas –se ha podido identificar hasta130 artistas que entre 1590 y 1670 realizaron retratos en la ciudad–, como Frans Hals y su taller de Haarlem, pero Rembrandt rápidamente cosechó un nombre de prestigio y un enorme éxito. Supo dotar a sus lienzos de un aire especial, una profundidad, que solo se advierte en los grandes, esa atmósfera que en España también estaba pintando Velázquez; logró más dominio en las texturas de las blancas/rosáceas pieles de los retratados, más solemne profundidad en sus ropas con encajes y fruncidos, en las gorgueras, e introdujo el movimiento, “retratos de acción”: personajes que giran la cabeza para mirar hacia el espectador, un hombre que levanta la vista de su escritorio o que afila concentradamente una pluma, una mujer que se levanta de una silla…

Rembrandt se hizo rápidamente con el mercado, y los encargos estaban muy bien pagados. Podemos leer en las cartelas de la exposición que invertían en florines hasta el equivalente a 1.000 euros (¡1.000 euros del siglo XVII!).

Ser retratado por uno de estos grandes pintores era pues cosa seria. Leemos en uno de los textos que acompaña la muestra: “A diferencia de lo acostumbrado en nuestros días, las personas retratadas en estos cuadros rara vez sonríen”. No solo eso, sino que “se esperaba que hombres y mujeres demostraran un control pleno de sus emociones”. Qué distinto a la tonta sonrisa que inunda nuestras redes 2.0.

La muestra está comisariada por el holandés Norbert E. Middelkoop y cuenta con la colaboración de la Comunidad de Madrid y el apoyo de JTI (Japan Tobacco International). Las piezas han llegado de museos como el Ermitage, el Rijksmuseum, la National Gallery de Londres, la National Gallery de Washington, el Metropolitan de Nueva York y, sobre todo, el Museo de Amsterdam, del que proceden nada menos que 17 obras.

Rembrandt, Retrato de una dama, Posiblemente Maria van Sinnick, hacia 1654-1655. Washington National Gallery of Art. Widener Collection.

Thomas de Keyser. Síndicos del gremio de orfebres de Ámsterdam. 1626-1627. Toledo Museum of art. Adquisición del museo.

El recorrido se abre con dos estupendos retratos de Cornelis Ketel de 1594. Luego llegan lienzos de Cornelis van der Voort, Thomas de Keyser, Pickenoy…, muy reputados y cotizados en la época. Y pronto llega la pincelada maestra de Rembrandt. El punto cumbre lo alcanzamos con su Autorretrato con gorra y dos cadenas (hacia 1642-1643), que pertenece a la colección del Thyssen y que vertebra toda la muestra; de hecho, es el cartel y fue el punto de arranque cuando hace cinco años en la pinacoteca comenzaron a plantear una muestra en torno a Rembrandt: la primera idea fue reunir una selección de sus autorretratos; llegó a pintar o dibujar casi un centenar, como un caso excepcional en el siglo XVII de marketing, de un artista que cuidaba de esta manera su propia marca. En las cuatro décadas en que se hizo selfies, desde joven a anciano de mirada decepcionada, se caracterizó vestido de burgués, de mendigo, de apóstol y de pintor orgulloso de su profesión.

Tras la época de esplendor de los años 30, Rembrandt apenas tocó el género en la década de los 40; cuando regresó en los 50, buscando ingresos rápidos, los tiempos –aunque sin llegar al vertiginoso ritmo del siglo XXI– habían cambiado; los gustos, también. Y algunos de sus alumnos le habían tomado ventaja, conectaban mejor con el mercado. Como explicaba Guillermo Solana, director artístico del Thyssen, en la presentación de la muestra hace una semana, “los encargos buscaban pinceladas más suaves, más color, un estilo más afrancesado. Pero Rembrandt se atrincheró en su estilo, cada vez menos de moda, menos del gusto del público. Decidió permanecer fiel a sí mismo”.

Se pusieron de moda el pequeño formato, las escenas cotidianas, los retratos en el exterior. Los protagonistas buscaban que se les inmortalizara con mayor refinamiento, muy del gusto cortesano europeo. Las pinceladas se suavizan y alegran. Los personajes se muestran más pizpiretos y hasta sonríen. Frente a esas modas, ahí contemplamos al maestro Rembrandt, impertérrito, serio, con sus ocres, negros y blancos profundos, con sus sombras, sus fuertes claroscuros, sus pinceladas cargadas de materia, pastosas, gruesas, su solemnidad ausente de adornos. No hay más que contemplar esa obra maestra que es el austero Retrato de un joven con gorra negra (hacia 1662), procedente del Museo de Arte Nelson-Atkins de Kansas, frente al coqueto retrato de Adriaen van Loon (1655), de Isaack Luttichuys, procedente del Museo van Loon de Ámsterdam.

Lo explica Dolores Delgado, conservadora de pintura antigua en el Thyssen: “Rembrandt pintó siempre de acuerdo a sus convicciones, fue un absoluto renovador y permaneció inmune a las exigencias del mercado. El maestro siguió su personal evolución pictórica trabajando como artista independiente sin dejar que las nuevas corrientes interfirieran. Por eso se le ha tachado de rebelde e inconformista”.

Sin concesiones a las poses, al postureo, a la sonrisa, al color, como muestra el impresionante lienzo tenebrista La lección de anatomía del doctor Jan Deijman, de 1656, colocado en la última sala, junto a una buena colección de retratos en aguafuerte y punta seca, como despedida al visitante. Rembrandt sólido, fiel a sí mismo y a todas sus sombras, sin dejarse engatusar por las modas de la época en cuyos brazos se echaron sus discípulos. Perdió el presente, pero ganó el futuro.

El tiempo le dio la razón. Lo podemos comprobar en esta exposición de retratos que es más que una sucesión de retratos. Como recalcó Guillermo Solana, son lienzos que cuentan una historia.

‘Rembrandt y el retrato en Ámsterdam’. Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid. Hasta el 24 de mayo.

Rembrandt. Joven con gorra negra, hacia 1662. Kansas City. The Nelson-Atkins Museum of Art.

Dirck Santvoort. Gobernantas y celadoras de la Spinhuis. 1638. Amsterdam Museum.

Rembrandt. Retrato de un caballero con sombrero alto y guantes. Widener Collection.

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