¿Qué está en el aire, el amor o el virus? “El amor, siempre el amor”

¿Qué está en el aire, el amor o el virus? “El amor, siempre el amor”

La escritora Laura Ferrero.

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Sostiene Laura Ferrero (Barcelona, 1984) que el arte y el amor siempre sobreviven. Que “a escribir y amar se aprende intentándolo”. Y que el dolor cambia, pero no desaparece. “Adquiere nuevas formas, ocupa distintos lugares”, señala en ‘Piscinas vacías’ (Alfaguara, 2015), el libro de relatos con el que dio a conocer su universo literario, al que le siguió su primera novela, ‘Qué vas a hacer con el resto de tu vida’ (Alfaguara, 2017). Pero que, sobre todo, lo que siempre está en el aire es el amor, y no los virus.

La periodista y editora asegura que escribe para darle una segunda vida a las cosas, “aunque sea una vida exenta de movimientos”, puntualiza en otra de sus obras: El amor después del amor (Bridge, 2018). “Escribir tiene que ver con regalar, con salvar de los abismos y del olvido todas aquellas historias que creemos que merecen ser contadas”.

Entre amar más y sufrir más, y amar menos y sufrir menos, que decía Julian Barnes, Ferrero señala que, a priori, prefiere amar más aunque luego siempre llegue la vida y decida por ti. “No se puede escoger a quién amamos ni a quién no logramos amar nunca como se merecía”.

La artista francesa Sophie Calle, en sus ‘Historias reales’, escribe que un tal D. la invitó a comer y que su miedo a no estar a su altura, hizo que le preguntara de qué iban a hablar durante el encuentro. D. le propuso este tema: “¿Qué es lo que hace que te levantes por la mañana?”. Después de reflexionar toda la semana, Calle llegó a la cita y le respondió a D.: “El olor a café.” ¿Qué es lo que te hace a ti poner un pie en el suelo cada mañana?

Pues depende del día. Hay días en que te diría que las ilusiones vinculadas con proyectos profesionales. Tener un trabajo tan vocacional como la escritura hace que muchas de mis satisfacciones procedan de ahí, de pensar: hoy por fin puedo dedicar unas horas a escribir (que no sucede tan a menudo). Aunque si me dejas quedarme en un plano menos profundo, te diré que si sé que hay cruasans o napolitanas de chocolate recién hechas… Ese sí es un motivo para saltar de la cama.

En tu libro ‘El amor después del amor’ relatas una serie de historias donde cantantes, cineastas, escritores y poetas han utilizado el arte para superar una ruptura. Estos artistas han creado canciones, películas, libros o poemas para mitigar su sufrimiento, para encontrar respuestas, para poder seguir adelante. ¿El arte nos proporciona más respuestas que la vida?

Para responderte te cuento una anécdota. Pretty woman se estrenó en España cuando yo tenía siete años. Fue de esas primeras películas “para adultos” que vi y, cuando se terminó, le pregunté a mi madre: ¿y ahora qué?, ¿estos dos se van a casar? La niña que era yo quería saber qué ocurría después, deseaba más certezas. Pero la vida empieza cuando terminan las películas y lo que nos ocurre con el cine o la literatura es que ahí no hay cabos sueltos, todo tiene una lógica. En ese sentido, el arte proporciona más respuestas que la vida.

En ‘Niveles de vida’, Julian Barnes dice que cuando juntas dos cosas que no se habían juntado antes, a veces funciona y otras veces no. En el caso de los artistas Camille Claudel y Auguste Rodin, la historia empezó bien pero luego llegó el dolor. Celos. Aborto. Desencuentros. Y locura. Siguiendo con Barnes, ¿es mejor amar más y sufrir más o amar menos y sufrir menos?

Lena Andersson tiene una buena frase al respecto en su libro Hechos poco fieles: “Las personas quieren poder amar. Eso les resulta más importante que ser amados”. Supongo que yo preferiría amar más pero, conforme voy pensando, la parte controladora que habita en mí hace que me salte una alarma. Nos da miedo a todos, creo, dejarnos caer en el otro, abandonarnos, pero creo que es la única manera de amar con plenitud. Y de nuevo pienso que todos estos aprioris son en parte absurdos porque luego llega la vida y ella decide por ti. No se puede escoger a quién amamos ni a quién no logramos amar nunca como se merecería.

A lo largo de la vida conocemos distintos tipos de amor. En un artículo de 2017, Milena Busquets habla de ‘Coco’, la película de Pixar, y se refiere al amor que sintieron por nosotros nuestros muertos. “Los viejos lo olvidan a menudo y creen que mueren solos, pero ningún ser humano que ha amado y que ha sido amado muere solo”. ¿La soledad es no tener a nadie a quien volver?

La soledad es muchas cosas: que nadie te espere en ningún lugar, por ejemplo, pero, en mi opinión, la verdadera soledad es para con uno mismo. En ese sentido, es no poder volver a ti. Siempre pensamos en la soledad como en algo relacionado con el vacío de gente, yo creo que la soledad es estar sin ti. Además, se me ocurren infinitas maneras de estar solo en presencia del otro.

Entonces, ¿qué está en el aire, el amor o el virus?

El amor, siempre el amor.

Escribir, afirmas, es tu manera de comprender, de hacer visible lo invisible, de buscar otro final, de dar una segunda vida a las cosas. Tu primer relato surgió de una ruptura amorosa dramática en la adolescencia ¿A escribir y amar se aprende fracasando?

Aprender a perder es el gran aprendizaje, el que está fuera de las aulas de los planes escolares. Hace poco, en una clase de yoga, una alumna se cayó y la profesora le dijo “gracias”. Al principio me sonó extraño, pero luego pensé que si cada vez que nos cayéramos o algo nos saliera mal alguien nos agradeciera el hecho de haberlo intentado, sería enormemente reparador. En una sociedad en la que ganar lo es todo, subestimamos el aprendizaje implícito en el hecho de caerse. A escribir y amar se aprende intentándolo.

A John Cheever le gustaba incluir los trenes en sus cuentos. Escribió uno que se titulaba ‘El tren de las cinco cuarenta y ocho’, al que tiempo después le daría continuidad Raymond Carver en ‘El tren’. En tus relatos encontramos a menudo las estaciones de trenes o las islas. De hecho, ‘Piscinas vacías’ comienza con uno que lleva por título ‘Estaciones de tren’. Las estaciones de tren son lugares provisionales. Como los hoteles. De llegada y de salida. De regreso a la vida de siempre o de inicio de otra vida, de una vida nueva. ¿Qué duele más, llegar o irse?

Para mí es más difícil llegar que irse. Llegar supone volver, regresar a lo ya conocido, en tanto que marcharse siempre tiene para mí el brillo de lo nuevo, que es engañoso porque se gasta pronto, pero a los que hemos sido –y somos– un poco cobardes, me temo que nos seducen más las ventanas de los trenes que nos llevan lejos. 

Escribes en uno de tus cuentos: “Vivir, supongo, es lo contrario a recordar”. Hay un párrafo, a comienzos de ‘Años luz’, la novela de John Salter, donde leemos: “La vida es el tiempo que hace. Son las comidas. Los almuerzos en un mantel azul a cuadros sobre el cual hay sal vertida. El olor a tabaco. Queso brie, manzanas amarillas, cuchillos con mango de madera”. Vivir, entonces, ¿es vivir el aquí y el ahora con sencillez, sin mirar apenas al pasado o al futuro?

Supongo que sí, pero si conoces a alguien que sepa hacerlo, esto de vivir aquí sin desviar la mirada al pasado o al futuro, pregúntale cuál es el secreto. Esa frase de Salter la he citado muchas veces, porque me parece que condensa a la perfección estas pequeñas grandes cosas de las que está hecha la vida. Cuando digo que vivir es lo contrario que recordar me refiero a que el recuerdo está muerto, por mucho que volvamos a él, nunca desde ahí, desde la evocación de lo que ya no está, lograremos transformarlo en algo que vive. Y mientras volvemos una y otra vez a momentos del pasado lo que hacemos es desperdiciar el presente. 

En ‘Cosas que nunca te dije’, la película de Isabel Coixet, se comenta que tendríamos que vivir la felicidad intensamente y que se debería poder guardar algo de ella, para que en los momentos que nos haga falta pudiéramos coger un poco, lo mismo que guardamos los cereales o el papel higiénico por si se acaba… ¿De qué hablamos cuando hablamos de felicidad?

Se supone que la felicidad es el objeto de deseo humano, la meta de nuestra vida. Existe un consenso en que todos queremos ser felices y, sin embargo, no sabemos qué queremos cuando decimos anhelar la felicidad. Eso ya es un problema al que aluden libros tan imprescindibles como La promesa de la felicidad, de Sara Ahmed. En mi opinión, esta cita de Cosas que nunca te dije da en el clavo: desearíamos que la felicidad fuera acumulable, que echáramos mano de ella cuando necesitáramos. A este respecto contaba José Luis Garci que la felicidad es una ráfaga: “De repente, sientes que estás envuelto como en una corriente hechizada, en una brisa inexplicable, como si no se sabe quién hubiera abierto una de las puertas del paraíso. Una de esas puertas altas de las películas de Lubitsch, de maderas nobles y color presentimiento. Hasta que alguien avisa. ¡La puerta! Y la cierran”. Eso es para mí la felicidad: ráfaga inesperada e inexplicable.

“Nueva York es Manhattan. Pero también es Brooklyn desde que los hipsters se han adueñado de Greenpoint, de Bedford Avenue. Es también Queens, el MoMa PS1, donde se junta gente joven los fines de semana para bailar música que no tiene ni pies ni cabeza. Y es el Bronx, aunque nadie lo sepa. Aunque nadie se acuerde que hay un distrito al norte, cruzando el Hudson. Pero Nueva York es sobre todo las películas que hemos visto”, señalas en tu novela ‘Qué vas a hacer con el resto de tu vida’. A Laura, el puente de Brooklyn le recuerda ‘Annie Hall’, de Woody Allen. Diego, otro de los personajes, le dice que esta película iba a llamarse ‘Anhedonia’, una enfermedad que impide sentir placer o alegría. ¿Por qué otras razones nos hipnotiza Nueva York?

Nueva York es una ciudad que está en el imaginario de todos, que la hemos visitado aún sin haber puesto un pie ahí. Nos hipnotiza porque nos hemos creado un relato en torno a ella, un relato que tiene que ver más con nuestras propias proyecciones que con la ciudad en sí. Tengo que reconocer que antes de vivir ahí la había visitado en varias ocasiones y que tampoco me había gustado tanto. En ese caso supongo que se debía a lo mismo que decía antes: que la ciudad real no cabía en la idea que yo me había hecho yo de ella. Fue después de estar trabajando ahí cuando me enamoré de la Nueva York real, mucho más dramática y difícil que la de mis ensoñaciones infantiles, pero al fin real.

Por cierto, ¿qué vas a hacer con el resto de tu vida?

Si lo supiera…

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