“Ojo, los algoritmos han empezado a controlarnos”

“Ojo, los algoritmos han empezado a controlarnos”

Drones sobre un campo de algodón.

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Drones sobre un campo de algodón. Foto: Pixabay.

Andrés Moya (Valencia, 1956) encarna la figura del humanista científico que idealizaron la Antigüedad y el Renacimiento. Doctor en filosofía y biología, catedrático de genética en la Universidad de Valencia, activo divulgador en publicaciones, charlas y congresos. Hablamos con él de la tensión entre eco-utópicos y tecno-utópicos que se disputan el futuro. Sus respuestas remueven la inquietud sobre adónde se encamina la Humanidad. Pide que abramos los ojos, que exijamos responsabilidades políticas que pongan límite a las grandes corporaciones tecnológicas: “Tenemos dependencia creciente del algoritmo. Esto tiene una peligrosidad enorme porque tú no controlas, en el fondo te controlan ellos”.

“La dependencia tecnológica es creciente”, sigue argumentando, “y ya es una realidad, por lo que, ojo, porque aunque no sean conscientes ahora, pueden ser inteligentes de manera mucho mayor que nosotros”.

A través de su tribuna digital, Andrés Moya analiza los grandes desafíos actuales sin dejar que el árbol le impida ver el bosque, demostrando que la razón requiere más perspectiva interdisciplinar que especialización. Le comento que la relación entre humanidades y ciencia que sobrevuela su blog me parece traducida hoy a dos vías de progreso que se disputan el futuro (ecoutopía y tecnoutopía), y que quiero saber si el humanismo podría acercar por fin la ciencia al ecologismo para un desarrollo sostenible, pues por un lado la ciencia parece haberse alineado más con la industria y el mercado en el desarrollo insostenible vigente, y el ecologismo por su parte corre el riesgo de caer en pseudociencia. Así le planteo la entrevista y así la acepta, sugiriéndome un libro, Dónde aterrizar (Taurus, 2019), de Bruno Latour, que me leo del tirón porque aborda el tema de pleno y reivindica un obvio realismo científico: volver a poner los pies en la Tierra.

En sus artículos El pacto entre la técnica y la humanidad o En manos del algoritmo señala que la tecnología y lo digital parecen acercarse a una especie de soma controlado por unos pocos que de forma sutil nos infantiliza, no solo por crearnos una dependencia vital, sino por estar dispuestos, llegado el momento, a renunciar a nuestra libertad, la democracia o el uso de la razón y la crítica. En una entrevista de 1958 Aldous Huxley anticipa que los gobiernos totalitarios del futuro contarán con nuestro consentimiento bajo la adicción o el poder tecnológico. ¿Cree que ese futuro está aquí o es más próximo ese déficit racional?

Precisamente he publicado recientemente un monográfico sobre transhumanismo en la revista de pensamiento Pasajes, aquí en Valencia, pero en una versión bastante crítica. Yo he sido partidario en buena medida durante los últimos años del transhumanismo y de lo que pudiera hacer de nuestra especie en el futuro, pero a raíz de mi estancia reciente en Estados Unidos me he vuelto más escéptico. Concretamente en la Universidad de Harvard. Aquello es una verdadera cuna de transhumanistas científico-tecnológicos. Me dio la impresión de una falta de reflexión importante de las consecuencias de todo este tipo de tecnologías. Y me atemoriza.

Me atemoriza por dos razones. Por un lado, por la dependencia creciente del algoritmo. Aunque no sean entes conscientes, son entes que funcionan muy bien, inteligentes sobremanera, y que aparentemente garantizan casi tu normal funcionamiento diario, pero sin que seas consciente. Esto tiene una peligrosidad enorme porque tú no controlas, en el fondo te controlan ellos. La dependencia tecnológica es creciente y ya es una realidad, por lo que, ojo, porque aunque no sean conscientes ahora, pueden ser inteligentes de manera mucho mayor que nosotros. Es una tesis no contra el transhumanismo, sino contra el anti-humanismo que esto representa. Por otro lado, lo que más me preocupó sobre todo fue ver los grandes intereses que hay detrás de todo esto. Me di cuenta allí del poder que tienen las grandes empresas tecnológicas, las que curiosamente te están vendiendo grandes novedades tecnológicas como si fueran la panacea. Hay ahí unos poderosísimos intereses que te dicen que te están vendiendo la inmortalidad o cualquier cosa, pero no sabemos quiénes serán los beneficiarios. Además ya se está creando el mercado para ello. Hay que ser muy conscientes.

¿Y lo somos? Me pregunto si pese a ser la generación más formada, al menos técnicamente, somos más vulnerables ante las transformaciones. Si somos dueños de nuestras decisiones o están siendo guiadas por inercia o hábitos de consumo.

Necesitamos mucho más criterio. Yo les explicaba esta mañana a mis estudiantes que no conocemos los fundamentos de buena parte de la tecnología que usamos, así que nos parece magia: te mueves en un mundo de tecnología absoluta sin saber cómo funciona. Y te quedas en manos del algoritmo. Como si la ciencia avanzara mucho, pero la población no tuviera el conocimiento suficiente para tener criterio, así que la ciencia se convierte en sustituto de la religión. Para salvar esa brecha tenemos procedimientos en la educación, no solo científica sino filosófica, que el ciudadano puede usar para estar bien preparado y criticar con juicio. Por ejemplo, yo soy biólogo, pero creo que debo tener fundamentos en electromagnetismo para saber cómo funcionan las ondas o las comunicaciones. Hay una serie de grandes teorías científicas y sus desarrollos tecnológicos para los que debemos tener formación porque por ahí se desarrolla nuestro propio sentido crítico.

El doctor en Filosofía y Biología Andrés Moya. Foto: Fundació Fisabio.

Sobre la carrera tecnológica de Estados Unidos, en estos artículos dice que se identifica con la propuesta de José María Lassalle (‘Ciberleviatán. El colapso de la democracia liberal frente a la revolución digital’) de reposicionar a Europa y América Latina ante el ‘Ciberleviatán’ calvinista que se nos viene encima. Podría relacionarse con el Green New Deal. ¿Cómo explica ese reposicionamiento? ¿Lo ve posible con países del entorno mediterráneo como eje de desarrollo o laboratorio sostenible?

Leyendo el libro de Lassalle, una reivindicación que a mí siempre me ha resultado muy interesante es el posicionamiento de Europa por proximidad cultural con América Latina, o como comentas por proximidad geográfica con países del Mediterráneo. En el caso de países de América Latina, desde fuera parecen democracias fallidas, pero cuando entras en sus culturas y ves el nivel de integración, de fusiones, incluso en sus constituciones, ves que hay mucha más apertura de lo que parece, intelectual, mental, su relación con el concepto del trabajo o del ocio es muy distinta a la tradición protestante calvinista. Están muy bien posicionadas para lo que pueda ser el futuro. Porque corremos el riesgo de una invasión de la tecnología procedente de la cultura calvinista (sin centrarlo en lo religioso) y hay muchos otros ámbitos y lugares en el planeta con culturas autóctonas o alternativas que vale la pena reivindicar. Date cuenta de en lo que se está convirtiendo la carrera tecnológica entre Estados Unidos y China, y ese enfrentamiento que vamos a ver en qué acaba. Y frente a ello, Europa, que por su experiencia histórica y sus guerras mundiales, creo que ha aprendido mejor la lección y aglutina sociedades más abiertas e integradoras.

Así vista, la carrera tecnológica parece la nueva versión de las carreras colonial y armamentística que decidieron la geopolítica mundial, pero esta lucha de poder que vuelven a protagonizar unos pocos sin consenso del resto parece más arbitraria. ¿Cómo concibe ese reposicionamiento científico en contraste con el americano?

Yo hago una reivindicación de la ciencia universal, pero no solo porque se haga en los grandes centros de ciencia, que es una forma de universalidad, sino por llevar la ciencia a todos los sitios y que se haga desde todos los sitios. Esa es otra forma de universalidad científica. Y esto está relacionado con la idiosincrasia de estos otros países, aunque sean países en desarrollo, porque por ahí pueden venir vías muy interesantes de desarrollo científico, y con una particular manera de concebir y hacer ciencia, no vinculada por ejemplo a intereses tecnológicos del mercado. Pero además veo una mayor relación de la ciencia con las humanidades en Europa y en Latinoamérica que en Norteamérica. Y un análisis mucho más crítico, fino y humanizado, que yo pongo en valor.

 

Silicon Valley, inteligencia artificial, robótica, eugenesia, el proyecto Neuralink de Elon Musk… ¿Ante qué líneas tecnológicas deberíamos ser más críticos como sociedad o dónde empiezan los límites éticos que los gobiernos deberían poner?

Creo que hay tres grandes líneas de investigación abiertas que benefician a la humanidad en su conjunto, como dijo Stephen Hawking: en investigación espacial, con la llegada a la Luna o la exploración de nuevos mundos, que es como la financiación de la Corona española al viaje de Colón, permitiéndole llegar al Nuevo Mundo; en inteligencia artificial para facilitarnos la vida al común de los mortales; y en cambio climático. Pero estoy pensando en el beneficio neto a la humanidad en general y al planeta en particular. Ahora bien, hay otras líneas que no lo son, entre ellas la propia inteligencia artificial, pues mucha de su inversión es privada y esto lo percibí clarísimamente en conferencias en la Universidad de Harvard, con corporaciones industriales detrás de muchos de los inventos que estaban proponiendo, que te venden como de interés general pero no me lo parecen.

Transgénicos y agricultura ecológica, consumo de carne y dietas verdes, energía nuclear… Son campo frecuente de disputa científica. ¿Cuál es el marco racional del ecologismo ante críticas que lo tildan de hipócrita, supersticioso o reaccionario? Lo digo por la deriva tecnológica que usted cuestiona y que pese a venderse como progreso científico y racional podría también tildarse de utópico o reaccionario.

Creo que en este sentido es útil el último libro de Bruno Latour, que me ha influido mucho y plantea precisamente por dónde podemos progresar entre estas dos vías: ese ecologismo que no acaba de cuajar porque pese a los movimientos verdes, no son una generalidad en el planeta, siendo muy importantes; y por otro lado los movimientos digamos reaccionarios, los nacionalismos al estilo Trump o ejemplos muy particulares en nuestro país, que se reafirman en volver a lo nuestro. Lo nuestro es muy importante, pero no al estilo Trump, es decir: “lo mío es muy importante y lo tuyo me da igual”. ¿Y qué pasa con el planeta? El libro de Latour trata de integrar esas dos tendencias tan contradictorias y es de lo mejor que he leído en los últimos años. Este mundo no va a ser sostenible y vamos a ver transformaciones en nuestra forma de vivir y alimentarnos. No en volvernos todos veganos necesariamente, pero sí transformaciones importantes. Sobre transgénicos, yo que soy biólogo evolutivo te puedo decir que tenemos transgenia desde la noche de los tiempos, digamos transgenia natural.

En el artículo que aborda la crisis climática hace un paralelismo, con motivo del 50 aniversario de la llegada del hombre a la Luna, de la inversión científico-técnica que entonces se hizo en nombre de la carrera espacial, sugiriendo que hoy tenemos un escenario que requiere el mismo tipo de consenso o esfuerzo internacional.

Estuve en el cierre del curso del MIT 2019 y el ex alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, dio la lección de clausura a los graduados haciendo este paralelismo con la llegada a la Luna, porque precisamente allí, en el MIT, se apostó y contribuyó mucho para ello. Bloomberg apeló a la imaginación y la creatividad de los graduados para desarrollar nuevos esfuerzos ante los problemas actuales, y el problema número uno que él veía fue precisamente el del cambio climático. Pidió que abordasen de forma integradora este reto. En los 60 había un apoyo político encabezado por Kennedy para hacer investigación en este campo, y aunque no se viera un retorno inmediato de la inversión, no sabes la cantidad de cosas que se inventaron gracias a la carrera espacial para llegar a la Luna.

Pues si la carrera tecnológica recuerda a viejas luchas de poder, el universalismo de la carrera espacial y la carrera ambiental es más alentador. Quizá una visión muy materialista del mundo nos ha alejado de ese universalismo. En el clásico problema filosófico mente-cuerpo del que tanto depende nuestra visión del mundo, frente al materialismo consumista que se ha impuesto, filósofos como Jesús Mosterin tenían una visión racional no reduccionista, abierta a la ecología o el animalismo. Bertrand Russell proponía el monismo neutral. Mario Bunge, el materialismo emergentista, con el que más me identifico por explicar que la vida o la mente, aunque parten de la materia, son más que la suma de sus partes. ¿Cuál es su postura?

Me gusta mucho la referencia a Mario Bunge porque a mí también me resulta bastante evidente que hay que hacer caso al materialismo emergentista. La ciencia en el fondo es menos reduccionista de lo que pudiera parecer. Otra cuestión es que vengan algunos científicos hablando de teorías de punto final y de que ya tenemos todas las explicaciones sobre el cosmos o el mundo, pero en absoluto es así. La ciencia es infinita, parangonando a David Deutsch, un científico que trabaja en computación cuántica. La materia se va organizando de forma cada vez más compleja y las emergencias son propiedades que existen y a cada nivel se organizan en leyes distintas e inexplicables desde las leyes a niveles más bajos.

No tiene por qué uno pensar que el universo se organiza en base a unas cuantas únicas leyes que corresponden a la organización más elemental de la materia, como la mecánica cuántica. La ciencia es cambiante y podemos ir encontrando cosas nuevas a lo largo del tiempo. Como dices haciendo referencia a Jesús Mosterín, esto no supone ninguna renuncia al racionalismo. Vamos siempre tras la explicación y la comprensión de manos de la ciencia, pero ésta no funciona por grandes cosmogonías explicativas, sino que va desarrollando teorías que pueden ir cambiando a lo largo del tiempo, y aunque pensamos que tenemos ahora teorías finales de todo, que no es así, te puedes encontrar con algún giro dentro de 10, 15 o 20 años que te cambia el panorama de una manera radical. No es ciencia ficción, ya ha ocurrido en la historia de la ciencia.

Su artículo Mucho ruido con tanta información trata el problema de la saturación informativa, el ruido mediático e indirectamente la desinformación o las ‘fake news’. Dice que no estamos preparados biológica ni culturalmente para esta sobredosis de estímulos y datos ante la que la educación debería ejercer de filtro. Parece que ante semejante chaparrón, más que una actitud pasiva como lectores o espectadores debiéramos ser más activos para cribar lo que sobra o distrae nuestra atención.

Yo creo que tenemos limitaciones intrínsecas para asimilar todo. Aunque pudiéramos desarrollar tecnologías transhumanistas para acceder a todas las fuentes de información saltando los límites biológicos, eso no va resolver la cuestión de que tengas la conciencia y racionalidad suficiente para analizarla. Necesitamos filtros a nivel mediático y educativo. ¿Qué criterio voy a tener para filtrar adecuadamente la información y poder posicionarme? A nivel político esto es fundamental, porque cuando continuamente te lanzan mensajes y no te decides por ninguna opción porque en buena medida tienes demasiada información, puedes llegar a cerrar tu propia conciencia y dar casi una respuesta aleatoria al votar.

En el artículo Gobierno y Gobernanza de la ciencia toca otro tema que me parece clave, porque siempre con retraso, como ahora, conocemos el reverso perjudicial o nocivo de nuestro desarrollo (microplásticos, contaminación lumínica…), como si la ciencia se dejara llevar primero por la industria en vez de alzar su voz para pedirle cautela o recordarle que somos falibles y debiéramos levantar el pie del acelerador. Solo con la crisis climática parece hoy hacerlo, y recuerdo la carta firmada por un centenar de premios Nobel contra Greenpeace por desconfiar de los transgénicos. ¿Cree que la ciencia debería alzar más su voz como comunidad o autoridad en la materia para guiar el progreso o prevenirnos, como con los límites ecológicos?

En relación a la gobernanza yo siempre he sido partidario de lo público y de lo privado en la ciencia, pero la ciencia universal probablemente esté mejor sostenida y pueda llegar mejor a todo el mundo y al planeta si hay un control y una gestión pública de la misma. Esto ya sé que es un desideratum porque muchos colegas reivindican una relación de la ciencia con el sector privado, que yo no desmerezco y creo que también hay que potenciar, pero el sector privado tiene unas convicciones determinadas respecto al tipo de ciencia que va a promover. Aunque te diga Elon Musk o muchos otros del sector privado que su tecnología va a favorecer por definición a todo el mundo, cuando haces un estudio en profundidad dices “bueno, vamos a ver si llega a todo el mundo”, así que ojo con eso. Yo no digo que no tenga que fomentarse, por ejemplo con patentes la aparición de nuevos productos que a medio o largo plazo puedan beneficiar a la humanidad. Pero desde luego desde el gobierno, el control o la financiación pública de la ciencia, tenemos mejores resortes y mejores garantías de que ésta llegue a todos.

Me pregunto entonces cuáles son las razones que dificultan ese posicionamiento global ante los grandes cambios. ¿Existen otros organismos capaces de ello, como el IPCC en la crisis climática, con esa vocación universal de la ciencia?

Se supone que las academias tienen ese papel, pero son nacionales. Efectivamente hay que trabajar en ese sentido para tener más capacidad de incidir en la política. El cambio climático es un tema fundamentalmente político porque las decisiones que hay que tomar son políticas. Es que aquí hay muchos intereses encontrados, y honestamente, siendo crítico con la ciencia, esto tiene que ver también con la formación crítica de los propios científicos. Necesitamos más formación para un mejor posicionamiento y saber cuáles queremos que sean nuestras relaciones con el sector público y privado. Porque esto también puede pasar en el sector público, por ejemplo en un ministerio de Defensa. No sabes la financiación que hay en Estados Unidos para la Marina o las Fuerzas Aéreas, y puedes tener convicciones para no participar en este tipo de instancias.

Yo creo que hay que hacer lo que el filósofo marxista francés Louis Althusser hacía con los estudiantes, a los que administraba cursos de filosofía para superar lo que él denominaba la “filosofía espontánea de los científicos”, que la tenemos y conviene que no sea tan espontánea sino más reflexiva. Google ahora es un ejemplo con el avance que acaba de anunciar en computación cuántica, por parte del sector privado. Pues vamos a reflexionar sobre quién lo ha hecho y por qué lo ha hecho. Esto ocurre también con la tecnología del CRISPR, el editado de genes nuevo, en el que tan importante papel ha tenido el español Francisco Mojica. Si el Nobel no se ha dado aun para esta tecnología, por lo que tengo oído es en buena medida porque hay trifulca entre dos instituciones en este caso públicas, sobre el desarrollo de la tecnología y la patente de la misma. Para que veas los intereses que hay, que no digo que no son legítimos, pero ante los que debemos estar atentos.

Lo que parece es que aunque sigamos viendo la ciencia como garantía en sí de progreso o conocimiento independiente, son los intereses políticos, comerciales o culturales los que la dirigen en buena medida hacia una dirección u otra.

Fíjate que yo estoy continuamente reivindicando ese papel universal de la ciencia, pero efectivamente es como si para ello tuviéramos que formar una élite mundial diferenciada, y eso es una aspiración utópica porque estamos muy vinculados a determinados tipos de sectores. Tenemos más dependencia de lo que parece y para tener mayor independencia necesitamos más formación no en nuestra ciencia particular, sino filosófica, crítica.

Rodríguez de la Fuente ya en su día decía que los medios hablaban demasiado de deportes, tecnología o política pero nada de medioambiente, cuando debería ser la prioridad informativa y mayor preocupación. Los medios forman nuestra imagen de la realidad dependiendo de dónde ponen su atención, por lo que quizás llevamos décadas mirando en la dirección errónea. ¿Cree que esta situación es reversible?

Este es otro gran problema porque los medios se han impuesto, por eso hago ese llamamiento a la vindicación de la ciencia como colectivo universal para que pueda incluso posicionarse adecuadamente respecto a ellos y llegue internacionalmente a todos.

Se diría que la lección de Darwin ponía punto final al antropocentrismo, pero hoy parece ensancharse virtualmente con la sobreinformación. ¿Nuestra cultura asumió su mensaje o lo usó solo para ponernos en el trono que antes ocupaba Dios?

Pobre Darwin, él tenia un conflicto enorme, ¿sabes? Y sabía las consecuencias de su teoría. Cuando yo reivindicaba en un pasado más o menos inmediato el transhumanismo lo hacía porque nos damos cuenta de nuestra evolución, podemos transformarla e ir más allá. En ese sentido venimos a ocupar ese espacio que antes ocupaba un ente creador.

Lo pregunto porque hoy la sociedad parece debatirse entre esas dos grandes sensibilidades, éticas y estéticas: tecnoutópicos que aspiran al poder de dioses en la tierra (antropocentristas) y ecoutópicos que creen que la naturaleza merece más humildad y una técnica supeditada a su equilibrio (ecocentristas). Me pregunto si esas ideas de progreso tan dispares pueden quedar condicionadas de niños por la experiencia o formación temprana que tenemos. Porque parece que del perfil que se imponga dependerá el tipo de especie y sociedad futura.

Te tienes que leer el libro de Latour porque precisamente une esas dos vertientes. Las versiones que nos indican que el planeta es nuestro se equivocan, no es nuestro, pero probablemente sea más nuestro que del resto de organismos por nuestra capacidad de incidir en él. Por otro lado, las posiciones ecologistas que reclaman mayor humildad están en lo cierto porque nos jugamos la supervivencia. Las leyes que gobiernan la dinámica del planeta están por conocer. Se hacen predicciones en meteorología a medio o largo plazo que en algún caso pueden ser erróneas, nos falta probablemente más teoría contrastada, que pone de manifiesto que nuestra relación con el resto de organismos que pueblan el planeta es más ínfima de lo que pudiera parecer. Pero como la solución tiene que ser política, básicamente tenemos que ir a una especie de fusión de las tecnoutopías con el ecologismo, a un acuerdo de colectivos, porque unos opinan radicalmente distinto de otros, estando en el mismo barco.

La pregunta es cómo llegamos a un posicionamiento que nos obligue a tomar decisiones en la misma dirección, o quién va a ganar esa batalla política. A mí me sorprende la miopía de la izquierda, que no ha visto esta cuestión (apelar a la ciencia y la técnica en nombre del progreso sostenible más que al socialismo, pues ecología y justicia social coinciden). La nueva izquierda, si aúna esas dos visiones, es probable que gane la partida. Tiene que haber muchos más organismos internacionales y una especie de gobierno mundial, que no necesariamente pasa por una desaparición de los Estados o naciones. Volvemos aquí al valor de Europa como modelo integrador, bastante más interesante que la federación de estados en Estados Unidos. Europa es a menor escala lo que debería pasar en el planeta. Es un avance lento pero se va produciendo. Yo tengo buenos amigos alineados en la izquierda y discuto al respecto con ellos. Fíjate en los nacionalismos de derecha emergentes en Europa, oponiéndose a las oleadas migratorias para poner en valor lo nuestro. Ahí hay algo que tiene relevancia (mi tierra, mi agricultura, mis tradiciones), un elemento positivo, pero fíjate cómo lo mío se convierte en algo excluyente, de derechas. La izquierda debería acercase a esa puesta en valor de lo mío pero en positivo, junto a lo de los otros, y todos de la mano para adelante.

En el artículo La sensibilidad a las razones dice que deberían educarnos mucho más en el amor al conocimiento y la razón. Me recuerda a ‘El sentido del asombro’ de Rachel Carson, con su idea de que para los niños no es ni la mitad de importante conocer como sentir. Hace tiempo que la neurociencia advierte de que la emoción es clave en nuestro aprendizaje, por lo que me planteo si la educación no debería priorizar la experiencia natural para desarrollar desde niños ese asombro científico por la realidad, antes de cultivar emociones sobre la ficción o la tecnología y sobre tantos prejuicios, tradiciones e ideologías. ¿Cómo mejorar ese modelo educativo?

La educación en la racionalidad es fundamental. Sabes que la filosofía se retiró de la enseñanza como materia troncal en secundaria. A mi juicio esto es una barbaridad porque la educación debería ser transdisciplinar. De buscar troncalidades yo las pondría en filosofía (humanismo, ética), matemáticas, teorías científicas. Es ahí donde desarrollar el currículum formativo, muy alejado de la educación secundaria en especialidades y recorridos nada positivos. El concepto de sensibilidad en las razones lo saqué del filósofo Fernando Broncano, que habla de que tengamos esta predisposición a ejercitar siempre la razón aunque tengamos posiciones opuestas. Y me recuerda a la película de Amenábar sobre Unamuno, donde tiene discusiones monumentales con dos amigos, un socialista y un protestante. No llegan a las manos de milagro, pero se avienen a razones. ¿Cuándo no viene la razón? Cuando son capturados y fusilados. Unamuno impuso una defensa de la razón a ultranza, y ésta se ha de educar.

Ahora es tan fácil el me gusta/no me gusta. ¿Pero te gusta o no te gusta por qué? ¿Por qué te sientes más próximo a estas ideas o este cuadro? En el fondo es una cuestión biológica y cultural. Estudios de la inteligencia nos dicen que estamos configurados al 50% con una base genética bien establecida para muchas de las capacidades superiores, pero con otra mitad educativa y cultural. Este otro moldeamiento da una plasticidad gigantesca, y ahí hay mucho terreno en el que trabajar.

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