07.02.2018

Alternativa al turismo de masas: Geoturismo, la fuerza del paisaje

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Paisaje en el que se observa el pliegue del Courel en la provincia de Lugo.

Paisaje en el que se observa el pliegue del Courel en la provincia de Lugo.

Reivindiquemos el geoturismo como antídoto frente al turismo de masas que tan poco entiende y valora. Y como extraordinaria lección para saber qué le está pasando al planeta. El geoturismo revoluciona nuestra forma de mirar al revelar la profundidad del paisaje. Es una fuente de valor y de amor a la tierra. Junto al astroturismo, es la clase de viaje sostenible que más nos acerca a lo ancestral y místico de la existencia. Para ello, hemos viajado a Galicia de la mano del geólogo Juan Ramón Vidal Romaní, catedrático y director durante años del Instituto de Geología Isidro Parga Pondal (A Coruña), uno de los mayores referentes y divulgadores de esta mirada profunda.

POR ALBERTO PEREIRA

Al igual que un fósil permite saber cómo era un ser extinto a partir de la huella que dejó, el relieve permite acariciar la huella de procesos cósmicos, acercándonos al origen del mundo. ¿Qué otro viaje acerca así al mito? El paisaje es una larga memoria fosilizada por recuerdos de piedra, testimonio de la historia terrestre. Pero también es la masa madre de la naturaleza. Y sigue latiendo en una lenta e incesante fermentación.

La geología suena a disciplina árida porque hemos hecho de las piedras un icono de lo inerte, de lo que no vive, y las reducimos a eso: secas, duras, estériles, aburridas. No hablan. O puede que sí hablen y no sepamos escucharlas, parafraseando a José Sacristán en Un lugar en el mundo, porque se expresan lentamente, en una escala de tiempo infinitamente superior a la nuestra. Pero si creemos las palabras de Vernadski, que recordó a Punset la bióloga Lynn Margulis antes de morir, empezaremos a entender el secreto de las piedras: que la vida es una fuerza geológica. No puede decirse más en tan poco, porque si algo derrocha el paisaje terrestre, además de vida, es fuerza. Una fuerza descomunal, superior y muy anterior a la propia vida, que no necesita intención o personificarse en formas divinas para regir nuestros destinos y postrarnos de humildad.

La cultura del entretenimiento nos ciega, pero vivimos rodeados de épica. La épica de la tierra brama en cumbres, acantilados y valles, y narra nuestra historia durante edades, eras, eones, periodos de tiempo larguísimos que superan la imaginación. Es la historia de una guerra milenaria entre ejércitos de viento, agua y fuego, fuerzas que resuenan como un eco del Big Bang cristalizando en la biosfera, cuya onda nos arrastra. Esa batalla ha esculpido la monumental arquitectura natural que nos rodea, cavando grutas y fosos o levantado almenas y atalayas naturales donde la vegetación ondea al viento como estandartes. Hemos cambiado ese hábitat por otro de asfalto, ladrillo y plástico, pese a metabolizar los paisajes que respiramos. Pero las rocas son la pura expresión del tiempo, y al coger una piedra en la mano, por ligera que sea, sostienes millones de años. Los geólogos son grandes lingüistas porque tanteando surcos han logrado leer el braille de piedra, descifrando la lengua de la naturaleza primigenia, la de eras arcaicas. Tienen también algo de forenses, porque reconstruyen lo sucedido en el lugar de los hechos ante cuerpos inertes. Observan su posición, las heridas que dejó el agua, las huellas de plantas o animales… Y por fin describen lo que pasó en la montaña mucho antes de que unos ojos pudieran verlo.

De las estrellas a la aventura

La geología linda con las estrellas en la astrogeología y con la biodiversidad en la geobiología, pero sobre todo linda con la aventura y la exploración en la geografía y el alpinismo. El refugio de los viajeros sigue estando en sitios ante los que sentirse insignificantes. Una montaña es un hito de la fuerza terrestre, y ensalza el anhelo de hacer propia esa fuerza pisando su cima, para una vez arriba acariciar los efectos que tanta fuerza dejó atrás en forma de pliegues, valles o frondas miniaturizadas por la altura. Para quienes viven a sus pies, subir al monte llega a ser un ritual. Y de lejos, la silueta de los montes, que dan refugio a tanta vida, parece el dorso de un gran animal o conjunto simbiótico, latente, como un titán dormido superviviente de otros tiempos. Aguantando la mirada de tantas generaciones humanas. Ante un mapa físico, justo donde el relieve se retuerce, el viajero siente el reclamo de rincones secretos e imprevisibles, aislados de la intemperie global a la que hoy parece estar todo permanentemente expuesto.

Cabo Ortegal.

Cabo Ortegal. Foto: Turismo de Galicia.

El gran geógrafo Eduardo Martínez de Pisón, amigo de las montañas, dice que los paisajes son un depósito de sucesos, emociones y vidas, estratos como páginas que permiten leerlos profundamente, cosa rara para el alcalde o concejal cuya mirada resbala por el monte como por un tobogán, fomentando su mutilación. La mirada profunda puede desplegar dimensiones ocultas hasta en el paisaje más cotidiano, desbaratando el orden en que lo componemos, entendemos y vivimos. El paleontólogo Juan Luis Arsuaga, por ejemplo, defensor del pensamiento mágico ancestral, siempre que alguien le pregunta cómo era la Prehistoria, le responde que se vaya a un monte cercano y viva allí por un tiempo, en el bosque, junto al río o entre animales salvajes, porque allí está, eso es la Prehistoria: ha vuelto a ella. La conciencia y la percepción del medio sufren entonces una revolución. Quienes saben que el mundo apenas ha cambiado en términos geológicos desde el Neolítico no ven la naturaleza como un resto del pasado, sino como el mismo escenario u horizonte evolutivo. Tan vigente como entonces.

Quizá no muy tarde los montes sean de nuevo nuestra mejor barricada o bastión frente a las venideras amenazas ambientales. El geólogo Juan Ramón Vidal Romaní, catedrático y director durante años del Instituto de Geología Isidro Parga Pondal (A Coruña), es uno de los mayores referentes y divulgadores de esta mirada profunda. Lleva años llamando la atención sobre nuestra insignificancia, y sobre la lucha de gigantes que tiene lugar ante nuestras narices, especialmente en Galicia, cuna geológica de la península. Para el gran viaje que propone imaginemos que si un año fuese un grano de arena, la historia del universo ocuparía una playa, la historia del planeta ocuparía un tercio de la playa, y la historia humana, que ha transcurrido siempre sobre el relieve actual, ocuparía un simple puñado de arena. Pero Galicia nació mucho antes, tan pronto que la erosión hizo de ella un viejo reino fortificado al borde del mar.

Inventario paisajístico-emocional de Galicia

Vidal Romaní ha identificado los elementos esenciales del paisaje geomorfológico gallego en algo así como una guía por su arquitectura natural. Si una catedral se sostiene en el arte de arbotantes y contrafuertes, la costa gallega, baluarte marino de esta vieja fortaleza, lo hace en islas, arrecifes, rías, acantilados, playas de arena y de cantos, dunas pleistocenas, lagunas litorales, cañaverales, junqueras y marismas. Por su parte, tierra adentro, el baluarte interior se articula en cañones, gargantas, montañas, llanuras y valles, brañas y gándaras, meandros y cascadas, manantiales y aguas termales, cuevas y ecosistemas de matorral (tojos, brezos) y de bosque autóctono como fragas, castañales, hayedos o robledales, vegetación geológicamente más propia, a diferencia de los bosques de cerillas que representan hoy los eucaliptos.

El obstáculo para reconocer la unidad paisajística que forman esos elementos o hilarlos en rutas geoturísticas es su dispersión o interrupción por acción del hombre. El urbanismo o la ignorancia tapian estas puertas del mundo natural y a menudo pasamos por delante sin verlas. Para apreciarlas hay que tener en cuenta que nuestra visión del mundo, a diferencia de la que duró hasta la generación de nuestros abuelos, no es fruto de la experiencia local y pedestre o del relato oral, sino de la experiencia virtual y del relato global: no vemos el mundo como es, sino como las pantallas nos lo muestran. Sesgadamente, excluyendo el 90%. Interiorizamos tanto esa visión del mundo urbanizada, bajo mapas políticos y de carreteras, que cuando salimos a su encuentro apenas reparamos en el mundo real (geosfera y biosfera), sino en las redes viales, señales de tráfico, áreas de servicio o vallas publicitarias (tecnosfera) que lo eclipsan.

Si alguien os dice que el mundo es plano o cada día más pequeño decidle que pequeña es su capacidad de verlo, simplificada por la burbuja cultural o infraestructura global, tan aparatosa como endeble a escala geológica. Esgrimid los mapas físicos, los más fieles a la realidad. Mapas como las cartas náuticas que exageraban los accidentes naturales que condicionan la vida, como montes, vientos o ríos. Hoy nuestros mapas obvian esos rasgos borrándolos de nuestra vida, y no es fácil identificar el milenario mundo real rodeados de una representación que lo menosprecia, pero sigue ahí, tan inmenso como siempre, al otro lado de la frontera digital.

Las puertas del milenario mundo real

Para poder verlo y entrar en él perviven grandes puertas como las que daban paso a los reinos mitológicos de la Antigüedad. Si llegamos a la fortaleza galaica por mar, una gran puerta está al Sur, a los pies del mítico monte Santa Tecla, en A Guarda (Pontevedra), en la desembocadura del Miño, la avenida geológica de Galicia. La otra gran puerta costera está al Norte, en Cabo Ortegal (A Coruña), el acantilado más alto de España, recuerdo de una escisión continental. En un momento temprano Galicia emergió del mar y volvió a sumergirse, como si se templara. De aquel período datan las partes más viejas de la península, los cristales de circón de este cabo, con 1.160 millones de años, cuando la Tierra era un infierno irrespirable y los días eran mucho más cortos. Pero el acantilado es posterior, fruto de la rotura que empezó hace 200 millones de años, en la era de los dinosaurios, de Pangea, el mega continente que unía Europa con América. El resto de Iberia, sumergida, aun no existía, pero Galicia sí, y se desgajó entonces de la actual Norteamérica para convertirse en una pequeña isla a la deriva rodeada por volcanes y una costa acantilada.

Como cicatrices de aquella costa pronunciada sobreviven a lo largo del litoral gallego, coronando sus rías, otras atalayas o puertas a la historia: O Pindo, Barbanza y Aloia-Galiñeiro, antiguos acantilados reputados como los más altos de Europa, y mucho más viejos que el Everest. Precipitaban el final de los ríos en bucólicas cascadas sobre el mar, como todavía pasa en Ézaro. Desde entonces Galicia siempre estuvo al lado del mar, sufriendo una intensa erosión que arrasó su superficie. Las islas más grandes (Cíes, Ons y Sálvora), como centinelas de este reino, tienen alrededor de 25 millones de años. Y ya en los últimos 2,5 millones, las rías se perfilan bajo la Edad del Hielo, pues el nivel del mar, alternando periodos glaciales-interglaciales socava e inunda la costa, lo más reciente y delicado del continente, que se deshace en transición al mar en playas y dunas hace unos 15.000 años.

Las Islas Cíes. Foto:Flickr Creative Commons.

Las Islas Cíes. Foto:Flickr Creative Commons.

Si llegamos a Galicia por tierra, como tantos peregrinos, entonces las puertas a este mundo milenario están en el valle del río Sil y sus impresionantes cañones (Ourense), formados en el Cretácico, o en los límites que forma al Este el Macizo Galaico, especialmente en el Pliegue del Courel (Lugo) con un afloramiento espectacular en Campodola. Si este reino del Norte tuviese un trono estaría aquí. Testimonio del nacimiento de Galicia, ese pliegue arqueado de piedra, más que una puerta es un pórtico de la gloria con múltiples estratos y muestras de la historia terrestre, fruto de la formación de Pangea hace 350 millones de años, al chocar los continentes Gondwana y Laurrussia. En esa colisión fantástica que se produjo tras nacer los primeros bosques, nació también el granito que sostiene Galicia.

La otra gran piedra gallega, la pizarra, se forjó bajo el mar durante la explosión de la vida en el Cámbrico, hace 550 millones de años. Pero el propio macizo es posterior, recuerdo de otro hito decisivo hace 65 millones de años, tras la extinción de los dinosaurios: cuando Galicia dejó de ser una isla al unirse el resto de la península por el Este y el Sur y converger la Placa Euroasiática con la Placa Ibérica. En recuerdo de esa unión nació la Cordillera Cantábrica y el Macizo Galaico desde Ancares a Manzaneda o Xurés, desviándose parte del caudal de los viejos ríos gallegos hacia el Miño, el más joven, con 5 millones de años. Ya en los últimos 2,5 millones de años, mientras nuestros ancestros descubrían el fuego y la costa se perfilaba, en el interior todas estas cumbres se helaban bajo glaciares. Es entonces, el Cuaternario, cuando Lugo embalsamó su gran tesoro fósil, que no solo preserva las formas de vida más primitivas (trilobites), anteriores al Cámbrico, sino mamuts, leones, leopardos, rinocerontes, bisontes u osos cavernarios.

La importancia de un geoparque

Un geoparque es un derroche de historia, el instrumento que protege un territorio de especial valor geológico. En España existen 11 reservas, desde la Costa Vasca a Canarias, pero ninguna en el Noroeste. Romaní ha hecho acopio en Galicia de los lugares más sensibles y necesarios de protección, como el Macizo O Pindo, Cabo Ortegal, el Pico Sacro o la Costa da Morte. Entre todas las propuestas la más prometedora es Montañas do Courel (Lugo), ya en candidatura oficial ante la Unesco. Ramón Vila Anca, responsable del Museo Geológico de Quiroga y gran custodio del patrimonio comarcal, lo describe así: “En un área de 600 kilómetros cuadrados desde el cañón del Sil a la sierra del Courel, derrocha vestigios únicos del pasado del planeta, especialmente del Paleozoico inferior y medio, hace unos 500 millones de años”.

Además de ser la reserva terrestre con más biodiversidad de Galicia (el 60% de su superficie es Red Natura) o de preservar valores etnográficos casi extintos, Montañas do Courel destaca geológicamente, según Vila Anca, por “la riqueza y variedad de muestras y la convivencia del ser humano con un paisaje paleozoico”. En el proyecto se han presentado 97 geositios de interés y numerosas cuevas que narran la evolución de la Tierra. Entre las joyas del eventual geoparque, que supondría la primera gran oportunidad de revalorizar y proteger esta zona abandonada, están el Pliegue del Courel; valles como el de Visuña o el laberíntico valle kárstico “das Mouras”, con algunas de las muestras calizas más antiguas de la península; el cañón del Sil; los restos de glaciarismo de media montaña más meridionales de Europa; castros, explotaciones mineras prehistóricas y romanas (de oro, hierro o antimonita); toda la secuencia fósil definida para Galicia (Proterozoico, Paleozoico, Cuaternario), o los yacimientos humanos más antiguos.

Un destino escrito en piedra

Galicia pliega en sus rías como el fuelle de un acordeón más longitud de costa que toda la costa de Portugal o de Andalucía, por lo que la convivencia de mar y montaña es en ella algo especialmente frecuente y fértil, con ecosistemas de maridaje como bosques que huelen a playa o playas que huelen a bosques. Un ejemplo se ve con la geobotánica por pisos que nos enseñó Humboldt, en la reserva natural que circunda Cabo Home (Pontevedra), al hilo de un arroyo de dos kilómetros que corriente abajo nos transporta, mágicamente, de ecosistema en ecosistema, como pasando de página: del bosque de montaña al cañaveral, del cañaveral a la junquera, de la junquera a las dunas, y de las dunas a la playa. Puesto que la costa gallega -antiguo Finis Terrae romano- seguirá alejándose de América como la popa de un barco, dice Vidal Romaní que el destino previsto dentro de 250 millones de años es que los continentes actuales vuelvan a unirse en el ya bautizado mega continente Amasia, quedando la península y Galicia en un rincón remoto y aislado de ese nuevo mundo. Todavía al borde del mar.

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