16.07.2014

Álvaro de la Rica, escribir para demostrar que no todo está perdido

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El escritor Álvaro de la Rica retratado en el Café Gijón de Madrid. Foto: Danilo Di Marco.

El escritor Álvaro de la Rica retratado en el Café Gijón de Madrid. Foto: Danilo Di Marco.

Profesor universitario, ensayista y narrador, Álvaro de la Rica defiende que vivimos en un mundo babélico donde cada vez tiene menos sentido lo académico. Ahora publica ‘No te vayas sin mí’ (Alfabia), una novela con la que rescata, casi en un ‘work in progress’, la narración concluida, pero no agotada, de su anterior obra, ‘Tercera Persona’. Una historia sobre la incapacidad de amar que desemboca en nihilismo, aunque el autor es un activista ‘al pie de la letra’: “Hay que escribir con la consciencia y la confianza de que lo que se escribe sirve para algo, de que no se escribe en vano”.

Como su admirado Claudio Magris, sobre quien publicó una serie de estudios, De la Rica es un autor de frontera: sus ensayos –cabe destacar el espléndido Kafka y el Holocausto- se sustentan sobre un tejido narrativo-poético que los aleja de la taxonomía academicista para acercarlos al ensayo tal y como lo planteó Montaigne, mientras que su narrativa es un compendio de géneros literarios a través de los cuales De la Rica “ensaya” no sólo distintas formas de expresión, sino que reflexiona acerca del ser humano y de la compleja realidad, siempre inaprehensible en su totalidad, imposible de reflejar miméticamente. Hace algunos días la editorial Alfabia  No te vayas sin mí no es un mero ejercicio de estilo, no es una simple reescritura de la novela precedente, es la propuesta de una obra condenada a la inconclusión o, como diría Umberto Eco, una obra que siempre será una obra abierta. Asimismo, esta inconclusión formal y temática se convierte en metáfora de la propia inconclusión de la realidad, siempre inabarcable, y de la apertura del lenguaje, incapaz ya de consolidarse en un único sentido, en un único mensaje. La apertura completa, el eterno inacabamiento da lugar a un sentimiento de vacío, a los personajes ya no les queda nada en lo que sustentarse, la nada y la indefinición envuelven el mundo que Álvaro de la Rica nos plantea precisamente para rebatirlo.

En la falsa entrevista incluida en No te vayas sin mí, el entrevistado, un escritor llamado Álvaro de la Rica, dice: “He dejado el ensayo y me dedico a la novela”. Teniendo en cuenta que No te vayas sin mí, aun presentándose como novela, tiene una textura ensayística, ¿el escritor, ya no personaje, Álvaro de la Rica también afirmaría que ha abandonado el ensayo?

Desde mi punto de vista, el ensayo es de por sí un género extraordinariamente creativo, es un género que tiene como objeto, como indica su propio nombre, ensayar; podríamos decir que, en cierta medida, se trata de un género aproximativo, y precisamente por este carácter aproximativo fruto del ensayar, el ensayo se diferencia del discurso académico más tajante y menos flexible y que en No te vayas sin mí aparece en el horizonte como el otro extremo del discurso ensayístico. Yo concibo el ensayo como algo abierto, creativo y sobre todo como un género literario en toda regla; es un género el que me he movido con asiduidad y que nunca he separado del ámbito literario; al contrario, siempre me ha gustado posicionarme literaria y ensayísticamente en la frontera entre los dos géneros, y, de hecho, mis autores preferidos son aquellos que en sus obras juegan con la ambigüedad de los géneros, que se sitúan entre la literatura y el ensayo. Dicho esto, reconozco una gran admiración por la narración clásica, lineal, sin mezcla.

Y esta admiración se hace patente en el tercer capítulo, cuando usted narra los años de juventud del protagonista, Jacob, de forma cronológica y con un clásico narrador omnisciente.

Siempre la he tenido, pero hoy en día tengo una admiración creciente por los escritores que son capaces de contar una historia de una manera más o menos lineal, ateniéndose a lo que podríamos denominar elementos clásicos; admiro el magisterio narrativo de autores como Joseph Roth, Edith Wharton o Dickens, pues me asombra su extraordinaria capacidad narrativa. Puede que yo, no tanto lector postmoderno, sino lector de innumerables obras que parecían dar por finalizado aquella forma narrativa, me sienta a priori alejado del modo narrativo de aquellos autores; sin embargo, al volver a leer un fragmento de Dickens, de Hardy o de cualquiera de aquellos grandes narradores, no puedo sino sentir una profunda admiración. Ellos no han necesitado situarse en ninguna frontera formal para hablar de las cosas que a mí me importan; sin embargo, también es cierto que, al menos en mi opinión,  hoy en día no es ya posible, ni tampoco se debe, escribir de la misma manera de cómo escribía Hardy, pues ya está Hardy, ya está Dickens, no hace falta y no se debe repetir el modelo. Cada generación, cada promoción y cada autor debe intentar descubrir su propio estilo y su propia forma narrativa.

Sin embargo, más allá de la linealidad del tercer capítulo, ‘No te vayas sin mí’ es una novela en la que usted recurre a muy distintos y alejados géneros literarios, desde el género epistolar a la entrevista o el monólogo.

Lo que yo he hecho en este libro es mezclar muchos géneros, incluyendo incluso el texto de una conferencia que, seguramente, es, a nivel de género literario, el texto más próximo a lo que podríamos entender como un ensayo. Comparto tu perplejidad ante la negativa de considerar No te vayas sin mí como un ensayo, pero, al mismo tiempo, quiero pensar que es resultado de mi particular veneración por la narración, por lo que tiene de linealidad. La mía es una veneración que viene de lejos, desde que empecé a leer, y que no sólo no he perdido, sino que no quiero perder, puesto que creo que este tipo de narración tiene algo de ingenuo, juega en parte con la ingenuidad del lector: soy consciente de que me están explicando una historieta, sé que es un teatrillo en el que cada personaje juega un rol, pero todo ello tiene y suscita una gran veneración

Sin duda uno de los retos, sino el reto más complicado para un escritor es saber contar una historia para llegar a un público que sigue pidiendo relatos.

Cuando pienso en aquel tipo de narraciones, recuerdo el ensayo de Walter Benjamin sobre el narrador y, hoy por hoy, me da pena que exista la idea, cada vez más arraiga, de que el mundo se ha desencantado. No creo que lo haya hecho, el mundo no se ha desencantado y, si tú cuentas una buena y potente historia, si das vida a un personaje con sus ideas y sus reflexiones, consiguen despertar el mismo entusiasmo de siempre, pues las historias siguen fascinando a los lectores. Además, a través de la novela se consigue transmitir una fuerza que el ensayo nunca va a poseer, una fuerza que está en el origen de la fascinación que las historias despiertan en los lectores.

Es paradójico el caso de Ana Maria Matute, una autora a la que llegó tarde el reconocimiento de la crítica oficial; al inicio fue considerada como una escritora naif, para niños, sólo años más tarde, sobre todo tras ‘Olvidado Rey Gudú’, fue reconocida como la gran narradora, la magistral contadora de relatos que siempre fue.

A diferencia del ensayo, la novela no sólo cuenta una historia, juega con el lenguaje, con sus connotaciones, pues el ensayo, al ser denotativo, nunca podrá alcanzar su mismo nivel de juego y de libertad lingüística. Respecto a Ana Maria Matute, no basta con decir que era una gran contadora de historias, es necesario subrayar también que, independientemente de la historia que te contaba, todas sus obras poseen una extraordinaria riqueza lingüística que la Matute conseguía a través de su juego con las preposiciones, en la interferencia y mezcla de los estilos, en la lucha con las cacofonías internas… Todos estos procedimientos dan un valor enorme a la obra narrativa, un valor que en el ensayo no cuenta, pues en él lo relevante es el mensaje, la propuesta reflexiva.

No quisiera reducir la novela a una ejercicio de experimentación, sin embargo ‘No te vayas sin mí’ propone una reescritura de lo narrado en ‘Tercera Persona’, supone una búsqueda de nuevos métodos de narración y de expresión. Podríamos decir que es la puesta en práctica de aquellos ‘Ejercicios de estilo’ planteados por Queneau.

Sí, por una parte las dos novelas –Tercera Persona y No te vayas sin mí- pueden leerse como un ejercicio de estilo tal y como lo proponía Raymond Queneau, mientras que, por otra parte, con las dos novelas y, en particular con No te vayas sin mí, quería proponer la idea de que la obra es siempre una obra en devenir, una obra que no está cerrada, sino que se sigue escribiendo. De hecho, en No te vayas sin mí he incorporado comentarios que me realizaron algunos lectores de Tercera Persona y he tratado así de incorporar la percepción que tuvo mi anterior novela para convertir a esta última no sólo en una reescritura, sino en un proseguir, a través de los feed-back de los lectores, con su escritura inconclusa.

Usted plantea una relación amorosa triangular, poniendo en práctica la teoría mimética de René Girard; este sostenía que en la relación de deseo siempre había una tercera persona entre el deseante y lo deseado: se desea algo porque este algo se identifica con aquel alguien al que se quiere imitar, aquel alguien en el que uno quiere convertirse.

En su libro de ensayos Mentira romántica y verdad novelesca, Girard recoge un texto, que precisamente se titula La tercera persona; es un breve ensayo que yo no había leído antes de escribir la novela Tercera Persona y que descubrí solamente después, cuando un amigo me habló de él y me lo recomendó, me pareció un texto interesantísimo. Hasta entonces yo había leído al ensayista francés, tenía presente las tesis de Girard acerca del chivo expiatorio, en las que aparece la proyección hacia un tercero de las relaciones no tanto de amor sino de odio, pero no conocía ese texto y tampoco la tesis que en concreto plantea en él, tesis que, por lo visto, fue muy influyente en el desarrollo posterior de su obra.

Podríamos decir que la teoría de Girard puede servir como clave de lectura para su obra…

Al final la lectura es un juego de voces y no necesariamente las influencias deben ser lineales, directas. Uno busca sus influencias, pero nunca llega a saber que las está utilizando, que las está sufriendo en su texto.

Usted da un paso hacia adelante con respecto a la relación triangular planteada por Girard, su novela se tiñe de nihilismo en cuanto quien desea –Jacob- no sólo no consigue su objeto de deseo, sino que tampoco tiene ningún referente ante el cual reflejarse. Jacob no sabe quién quiere ser.

Has dicho una cosa muy cierta y que, por lo general, nunca comentan y no sé por qué. La novela es muy nihilista, independientemente de que se trate de una historia de amor, pues al final el personaje se sume en la nada, en la más absoluta nada: el personaje de Álvaro de la Rica, cuyo monólogo final funciona como epílogo de la obra, es alguien que, tras haber escrito Tercera Persona, decide contemplar la literatura desde una mirada lateral y relativa y morir alcoholizado. La cuestión es que, por lo general, No te vayas sin mí se lee en clave amorosa, es decir, se pone énfasis en la relación de amor frustrada entre Jacob y Claire, pero, en verdad, no se trata de esto, la importancia y el sentido final está en el personaje de Álvaro de la Rica, en su caída final, en su abandono en la nada.

El monólogo final no sólo recuerda aquel de Molly Bloom, también al de Vitangelo Moscarda, el protagonista de ‘Uno, ninguno y cien mil’, quien al final decide desvanecerse en la nada, convertirse él mismo en ninguno

Exacto, y de hecho Luigi Pirandello es un autor muy importante para mí y para esta novela; es un autor que yo recibí a través de mis lecturas de Unamuno, escritor y pensador absolutamente referencial para mí. El nihilismo de No te vayas sin mí bebe de estos dos autores, es un nihilismo que impregna de inicio a fin todo el texto y sus personajes: ya no sólo mi homónimo Álvaro de la Rica, sino que también Jacob es víctima de este sentido nihilista de la vida, él es alguien incapaz de construir nada, incapaz de instaurar una relación de amor con Claire a pesar de amarla.

Unamuno en ‘Niebla’ y Pirandello en ‘Seis personajes en busca de autor’ planteaban la relación de autor-personaje como una búsqueda de la identidad, el autor a través de sus creaciones y los personajes a través de su creador. En ‘No te vayas sin mí’ se plantea esta misma búsqueda de la identidad, pero en esta ocasión se trata de una búsqueda sin meta, una búsqueda frustrada

No hay en absoluto meta, no hay posibilidad de encontrar la personalidad, de encontrar aquella identidad que debería corresponder con el nombre. En este sentido, la tradición judía ha tenido mucha influencia en el momento de escribir la novela y, en concreto, en mi decisión de poner mi nombre al escritor/personaje del libro. Para la tradición judía, el nombre es aquel que indica la cosa o, mejor dicho, el nombre hace la cosa: yo quería indagar sobre esta verdad antropológica y no de forma sistemática, sino a través de una novela como es No te vayas sin mí, que, al final, parece apuntar que en verdad detrás del nombre ya no hay nada.

Los nombres, como las personas, pierden su referente

Exacto, y en este vaciamiento de los nombres, los personajes encuentran algo peor que la disolución en la nada, encuentran la larga espera de la disolución, una espera que aceptan de forma pasiva, sin tratar de remediarlo. Jacob se abandona a esta certeza, pierde a Claire, no hace nada para construir una relación con ella, se abandona a la pasividad y a la aceptación de que nada es posible, de que sólo le queda la nada.

En cierta manera es una reactualización del “preferiría no hacerlo” de Bartleby

Tiene que ver la potencia de poder hacer las cosas y de no hacerlas. Jacob tenía la potencia de construir su relación con Claire, vivir esta historia de amor, y sin embargo prefiere no hacerlo. La postura de Jacob, así como también la del personaje de Álvaro de la Rica, tiene mucho que ver con la de Bartleby; los tres son muy conscientes de que tienen la potencia agente para poder actuar, pero optan desde su libertad por no hacerlo. Y como sucede en la novela de Melville, aquí tampoco conocemos las razones que llevan a Jacob a no actuar, a abandonar la posibilidad de vivir la historia con Claire, sus motivos quedan en la incógnita.

A esta asunción de la nada como única respuesta y alternativa, se suma el descreimiento hacia el lenguaje que no sirve para comunicar, pues ha perdido su sentido.

Cualquier postura que se proyecte sobre la nada o que se proyecte sobre esa espera de la disolución en la nada es siempre una postura de odio de la palabra. Y quizás este odio o este rechazo a la palabra normativa vacía ya de sentido se refleja particularmente en el monólogo final, donde se rompe completamente con las reglas de puntuación, de las mayúsculas y de ortografía que, al fin y al cabo, son el reflejo de la forma normativa de la vida. Romper con estas reglas no deja de ser un cierto desprecio por la lengua, o al menos por algunos aspectos de la lengua.

Sus palabras me hacen pensar en Samuel Beckett y su firme propósito de proponer un lenguaje nuevo, el del absurdo, capaz de romper con el lenguaje anterior que no sólo ya no sirve para comunicar, sino que representa la racionalidad y la ideología que han conducido hasta Auschwitz.

Yo soy un lector muy asiduo de Beckett y a estas alturas no estoy muy seguro de que, en verdad, él quisiera reconstruir algo, o al menos, que consiguiera, a través del absurdo, de reconstruirlo. Además, cabe preguntarse si es factible una renovación de la lengua, si el poeta puede apropiarse de la responsabilidad de deshacer y refundar la lengua que pertenece a todos. Entiendo esta necesidad del poeta que, casi a modo de profeta, quiere purificar la lengua, pero hay que tener cuidado con una afirmación y una propuesta tan radical, pues ¿quién inviste al poeta de la función profética? ¿Quién le concede el derecho a llamarse profeta y reconstruir a su voluntad el lenguaje, la expresión compartida? Romper radical y completamente el lenguaje es romper toda posible herramienta para la reconstrucción. Una cosa es poner en discusión las reglas, incluso saltárselas, y otro es deconstruir completamente el lenguaje, vaciarlo de su sentido y su unidad, fragmentarlo. Soy consciente de que hoy en día el concepto de fragmento está muy en boga, pero precisamente por mi rechazo a la ruptura total, me gusta y reivindico la narración lineal.

Hablando sobre la difuminada barrera entre realidad y ficción, decía Vila-Matas: “¿Qué vemos cuando creemos ver algo de verdad? Yo diría que, cuando eso ocurre, cuando parece que nos encontramos ante lo real, estamos más que autorizados a ironizar sobre la realidad, aunque sólo sea para conjurar la posible aparición casual de lo que es realmente real”.

Es una reflexión lucidísima, como todas las de Enrique, y que comparto completamente. Luigi Morandi decía que lo más abstracto es el mundo visible y creo que esta palabras del Morandi, así como el fragmento de Vila-Matas, tienen que ver en parte con la idea de narración que comentábamos antes: a veces en la sencillez más o menos lineal es posible encontrar la realidad en su complejidad y no simplemente, como ha hecho el realismo decimonónico, como mero reflejo. Yo soy un antirrealista en el sentido en que me aburre soberanamente la corriente realista decimonónica que todavía hoy sigue presente en la literatura española; a mí me interesa el realismo que enriquece la propia realidad, aquel realismo que concibe la realidad en toda su complejidad y a la que se llega no sólo con la atención, sino con el temor de encontrártela.

Usted identifica la literatura y la escritura como un espejo rasgado; ¿a través de las rasgaduras del espejo, la ficción puede ir más allá y acercarse a esa realidad que se nos escapa?

La ficción permite el perspectivismo que, en ocasiones, es confundido con el relativismo, aunque en verdad se trata de dos cosas completamente distintas. Creo que No te vayas sin mí es una novela muy poco relativista, ante todo, porque es profundamente nihilista y el nihilismo es completamente afirmativo, es violentamente combativo. Al mismo tiempo, es una novela que afirma sentencias muy radicales acerca de la persona, de la creación literaria, de las relaciones intrapersonales o del lenguaje, pero las afirma desde perspectivas distintas. Para mí, un espejo roto, al cambiar el ángulo de los fragmentos rotos, te da una visión de la realidad distinta, incluso la deforma de la misma manera en que nosotros mismo deformamos la realidad. Nadie observa la realidad en un estado puro, aunque no en pocas ocasiones el ámbito académico quiere, por el contrario, imponer, incluso a quienes pertenecemos a ese ámbito, un discurso único, una mirada que la academia considera pura, la única válida.

Lo difícil, y volvemos un poco al tema de antes, es romper con este discurso.

Yo estoy en el mundo académico y desde allí reivindico que se puede ver la realidad no a través de esos usos académicos que no llevan a ninguna parte

La academia, sin embargo, es en una institución de altos muros, muy ensimismada y bastante ciega a la realidad.

La academia se ha convertido el algo frío, aislado, que pretende tener el monopolio de la verdad sobre determinados asuntos, pretendiendo, en consecuencia, que solo determinadas personas tengan la potestad para hablar sobre determinados temas. Estamos en un mundo babélico, estas pretensiones de la academia de imponer un único discurso, una única perspectiva y una única voz son válidas; basta con recordar lo que decía Gombrich: la cultura es una vaga nube de rumores. El problema reside en pretender un acercamiento puro, límpido a la realidad, y esto es imposible, la naturaleza humana es irracional, es plural, su conocimiento de la realidad nunca es puro y único.

El concepto de naturaleza humana niega la racionalidad pura.

Pero la academia no, al contrario. Y, de hecho, me parece increíble que la facultad de periodismo, donde yo trabajo, esté inscrita al ámbito de las ciencias sociales. ¿Desde cuándo el periodismo es una ciencia? El periodismo es una narrativa.

En estos días, estoy leyendo a Gaziel y disfruto con su extraordinario periodismo narrativo, un periodismo que, puede que por la crisis económica, ha desaparecido de los medios principales.

No es por una cuestión de crisis económica, es porque la gente cede espacio a sus convicciones. Si hubiera gente como Gaziel ahora, aquella narratividad no se hubiera perdido, porque tendrían la necesidad de contar. Y, de hecho, esta necesidad pervive y hay proyectos periodísticos que dan espacio para ello y jóvenes periodistas que siguen contando, aquí en España o desde otros países. Aunque no sea lo más general o lo más visible, existe esta realidad y no hay que caer en el periodismo. Como profesor, veo que no todo está perdido, no hay que ser derrotistas; hay alternativas y puedo decir que yo soy testigo de que hay muchos jóvenes que siguen contando y narrando.

En el fondo, se trata de buscar alternativas, evitar el derrotismo y sobre todo resistirse al nihilismo.

Yo soy un anti-nihilista y me parece una completa incoherencia ser un nihilista para luego escribir mil páginas, pues si nada sirve para nada, ¿para qué escribir? De hecho, nunca me he creído a un personaje como Cioran que se autodefinía como nihilista, que sostenía que nada servía, que incluso la propia escritura no servía, pero él escribía, seguía escribiendo.

Escribe Claudio Magris en ‘Ítaca y más allá’: “Sólo la poesía puede decir aquello que no se consigue de modo explícito, contar las contradicciones irreconciliables sin pretender resolverlas, dándoles de ese modo sustancia y haciendo de ellas una razón de vida”.

La poesía no son unos versos que rimen bien, poesía es creación, construcción. La poesía, la literatura en general, implica hacer, implica la actitud opuesta a los personajes de No te vayas sin mí, es lo opuesto a la caída en la nada. Por ello, lo importante de la poesía, de la narrativa, de la escritura en general es la consciencia de que sirve, de que no todo está perdido. Hay que escribir con la consciencia y la confianza de que lo que se escribe sirve para algo, de que no se escribe en vano.

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Sobre el autor

Anna María Iglesia
Anna Maria Iglesia quiso hacer periodismo, pero la literatura la atrapó. Se decidió por la filología, aunque pronto se dio cuenta que aquel estudio todavía tan historicista no era su camino, así que tras licenciarse en filología italiana se adentró en la teoría literaria y en la literatura comparada. Se volvió a licenciar, está vez en teoría de la literatura y literatura comparada y no contenta decidió proseguir con el master, la tesina hasta llegar al doctorado. Desde hace dos años y medios se pelea cada día con una tesis a medio hacer acerca del concepto de espacio público y de espacio privado como construcción narrativa. No soporta que le pregunten, "¿y cuándo la defiendes?". Al mismo tiempo, contrarresta la soledad de la doctoranda, colaborando con distintos medios, como Revista de Letras, Culturamas, El Cotidiano o el Núvol; en todos ellos alterna artículos culturales, desde reseñas de libros, reportajes sobre obras teatrales hasta reflexiones críticas vinculadas al ámbito de la literatura, del teatro o, en ocasiones, del cine, con entrevistas, su verdadera pasión. Y es que nada le agrada más que acrecentar su horizonte a través de largas conversaciones: escribir y hablar la definen. Twitter @AnnaMIglesia

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2 comentarios

  • El 17.07.2014 , JoanRovira ha comentado:

    Excelente entrevista. Para leer con mucha calma. ¿Seguro que no se escribe en vano?

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