12.12.2015

Andrzej Wróblewski, un ‘Goya’ polaco en tierra de nadie

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The National Museum in Warsaw. Poczekalnia I, Kolejka trwa / Waiting Room I, The Queue Continues 1956 Oil on canvas 140 x 200 cm

The National Museum in Warsaw. Poczekalnia I, Kolejka trwa / Waiting Room I, The Queue Continues, 1956.

Lo primero que recibes cuando observas en el Palacio de Velázquez de Madrid las pinturas del polaco Andrzej Wróblewski (Vilna1927-Tatras 1957) es un puñetazo en la cara con sus cuadros de ejecuciones, de los horrores de la guerra, los traumas y las secuelas de la Segunda Guerra Mundial; son obras icónicas como los ‘Fusilamientos’ de Goya o el ‘Guernica’ de Picasso, un grito ante la muerte absurda de quienes deciden arrebatarla. Andrezej Wróblewski es un héroe, un mito nacional en Polonia, pero prácticamente desconocido en España. Hasta ahora.

Hasta ahora, gracias al museo Reina Sofía, que ha montado en el Palacio de Velázquez, en el parque del Retiro de Madrid, en colaboración con el Museo de Arte Moderno de Varsovia, la exposición Verso/ Reverso, una de las retrospectivas más impactantes de la temporada. La ignorancia visual sobre este artista quedará barrida para siempre.

Wróblewski es la Segunda Guerra Mundial, la posguerra y el realismo socialista. Con él se recuerda la historia y se activa la memoria, como hizo el pintor muerto trágicamente en una excursión por los montes Tatras, en los Cárpatos, cuando tenía sólo 29 años.

Incómodo para el Partido Comunista polaco, en el que nunca logró integrarse a pesar de haberlo intentado varias veces por ser poco realista, tampoco tuvo el reconocimiento de los puristas abstractos que le reprocharon ser poco abstracto para la abstracción. Wróblewski vivió en tierra de nadie, sus pinturas por las dos caras del lienzo –de ahí el título de la exposición- evidencian las contradicciones a las que se enfrentó: quiso cambiar el mundo, pero a la vez mostrar la realidad. La doble cara de sus obras es un símbolo y un sistema de trabajo, un deseo de que los dos lados se complementaran y al tiempo se cuestionaran entre ellos, “hablaran” como dicen los modernos. Wróblewski vivió en la contradicción más disparatada y así y todo persistió en su idea de sacar adelante una obra propia. Y lo logró.

En las fotografías y en los varios autorretratos que pintó, vemos a un chico tímido, delgado, con gafas, sólo sonriente cuando se hace un fotomatón –eso que había antes de los selfies– con el amor de su vida, su mujer Teresa Reutt. Siempre grave, la mirada al suelo y el eterno aire del adolescente que fue en Vilna (Lituania), donde su padre era catedrático de Derecho y rector de la Universidad y su madre una artista gráfica. Aquella infancia en un ambiente culto, intelectual, alegre, fue el germen de su vocación pictórica. Su vida dio un giro brutal el 26 de agosto de 1945 cuando los nazis entraron en su casa e hicieron un registro durante el que su padre cayó fulminado por un infarto.

szofer szofer niebieski. 1948

Andrzej Wróblewski. Szofer szofer niebieski. 1948

La familia se mudó a Cracovia y dos años después Wróblewski consiguió una beca para viajar a los Países Bajos. Un grupo de alumnos de Bellas Artes de Varsovia y Cracovia atravesaron la Europa devastada y el entonces aprendiz de artista pudo visitar los museos de Amsterdam, ver las obras de vanguardia y contemplar una exposición de Chagall que, por lo que escribió, le causó una profunda impresión: “Chagall pintaba a menudo un matrimonio feliz, el mismo con su mujer, cuyo estado de ánimo le hacía levitar”. Wróblewski visitó también el estudio de Constant (actualmente una exposición en el Reina Sofía permite ver su proyecto de Nueva Babilonia), uno de los fundadores del grupo de vanguardia CoBra (Copenhague, Bruselas, Amsterdam) y debió conocer la obra de Piet Mondrian, cuya influencia se observa en algunos cuadros como Abstracción geométrica y Abstracción geométrica en gris. Fue una puesta al día de lo más fructífera para el joven estudiante, quien poco después, con la cabeza repleta de ideas, organizó el Grupo Autodidacta con varios amigos, entre los que figuraba el cineasta Andrzej Wajda, a la vez que se aproximó al Grupo de Jóvenes Artistas liderado por el director teatral Tadeusz Kantor.

En 1948, Wróblewski emprende uno de sus proyectos más turbadores, su serie de ocho pinturas agrupadas bajo el título de Ejecuciones, la plasmación de las atrocidades guardadas en su memoria durante la invasión nazi de Polonia. Únicamente exhibió públicamente una de ellas, Ejecución en Poznán; el resto colgaron de las paredes de su estudio donde los amigos acudían a verlas. En estas obras de cabezas cortadas, con niños -“el testigo impotente”- que asisten sin un rictus en el rostro a la ceremonia del horror, los cuerpos muertos están pintados de azul. Cuando su amigo Andrzej Wajda le preguntó el porqué de aquel color, la respuesta fue inesperada: “Porque tenía un gran tubo de azul de Prusia y esta pintura es muy efectista”. Las Ejecuciones son como un gran fresco a imitación de los murales mexicanos de Diego Rivera. Impresionan, impactan.

Durante un tiempo, Wróblewski continuó desarrollando en sus óleos el tema de la pérdida y la relaciones entre vivos y muertos, Niño con madre muerta, Estación de tren en los territorios Recuperados, Estación de tren 45, son testimonios de los traslados de población de las regiones fronterizas con Rusia a Alemania llevados a cabo por los Ejércitos Aliados al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Las obras, planas, contundentes, tienen tal poso de desesperación que no fueron muy bien acogidas; es más, la prensa comunista le llamó “neobárbaro”, y Wróblewski tuvo que echar mano del código marxista, hacerse autocrítica y declarar que en adelante no se desviaría del realismo socialista.

Vista de sala de la exposición Andrzej Wróblewski. Verso / reverso, 2015

Vista de sala de la exposición Andrzej Wróblewski. Verso / reverso, 2015

Emociona leer sus notas sin fecha en las que enuncia pomposamente cuáles han de ser sus tareas como pintor. Como primer punto asegura que la obra “actúe del modo más potente posible, esto es, que atraiga la mirada y fuerce al espectador a determinadas experiencias”. Habla de construir formas geométricas sencillas y completas y “colores potentes en tonalidades simples”, y sugiere trabajar con los fenómenos más corrientes, “cielo, casas, peces”, con los colores más comunes, con “los estados de ánimo más necesarios: sensación de fuerza, felicidad”. En esa línea se inscribe otro de los cuadros que más conmueven, Pintura sobre los horrores de la guerra (1948), una composición de peces amontonados, sin cabeza, en tonos pardos.

De Wróblewski los críticos decían que hacía “pinturas toscas”. Él quiso entrar en varias ocasiones en el Partido Comunista Polaco. Siempre se lo negaron. Marta Dziewanska, comisaria de la exposición junto a Éric de Chassey, achaca a esa “tosquedad”, que lo alejaba de la escuela oficial de pintura, una de las causas del rechazo, pero además el que a los “distribuidores culturales les desagradaba el tono lúgubre de su obra”. “En sus pinturas tenían cabida también los fantasmas de los fusilados y las figuras del pasado, que evidentemente contrarrestaban el optimismo obligatorio oficial”.

Vista de sala de la exposición Andrzej Wróblewski. Verso / reverso, 2015

Vista de sala de la exposición Andrzej Wróblewski. Verso / reverso, 2015

Cuando en 1952 murió Stalin, el realismo quedó proscrito y las nuevas corrientes abstractas ocuparon su lugar, pero Wróblewski ya estaba fuera de juego, sin padrinos, sin respeto. Entre 1956-1957, los años del deshielo en Polonia, el pintor creó una serie de pinturas figurativas que muestran filas de personas, colas de gente esperando, para evidenciar la deshumanización de una sociedad deformada e incapacitada. De esta etapa son también sus series del conductor de autobús o tranvía solo al frente de la máquina. Los personajes de Wróblewski en este período son hombres, mujeres, cosificados, piezas de un engranaje sin alma. Durante la última etapa, los temas de sus pinturas fueron lápidas, hombres de piedra y el horror en la sombra de Hiroshima. En 1957, el año de su muerte, dibujó a menudo montañas coloristas, sus amadas colinas en las que murió, solo, como sus conductores de tranvía.

‘Verso / Reverso’, de Andrzej Wróblewski, en el Palacio de Velázquez (Parque del Retiro), hasta el 28 de febrero de 2016.

 

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Sobre el autor

Julia Luzán
Julia Luzán Periodista. Observadora de la realidad. En el diario El País durante 27 años. Antes, corredora de fondo en periódicos y revistas. Me gusta el arte, devorar libros y contar como son las cosas y adivinar que hay detrás de ellas. Puedes seguirme en Twitter @jluzan

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4 comentarios

  • El 13.12.2015 , Paloma Ctrl ha comentado:

    Qué ganas de verla!!!

  • El 13.12.2015 , Pepinus ha comentado:

    Interesantísimo pintor al que no conocía. Me alegro que se promueva desde esta página el descubrimiento de un tipo “marginal”, no integrado ni integrable (como Darger)cuya independencia resulta tanto un valor añadido como, por lo leído, el nucleo de su obra.
    Lamento sólo no residir en Madrid, pero recomendaré esta página a unos cuantos amigos y familiares madrileños. Gracias por el artículo: En estos tiempos, el arte es un bálsamo indispensable para dignificarse y repensarse.

  • El 15.12.2015 , Jorge Czajkowski ha comentado:

    Que ganas de ir a ver la exposición pero estoy a 14hs de avión y no tengo programado visitar Madrid hasta septiembre de 2016. Seguiré notas sobre Wróblewski. Gracias.

  • El 27.03.2017 , frieda broido ha comentado:

    mi familia materna provenia de polonia y pasaron en su pueblo chelm hasta que hemigraron a mexico,en barco que salio de holanda via cuba. dos dias despues el barco navego a veracruz,mexico.

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