Antonio Gala cumple 90 años: entre la dulzura y la tempestad

Antonio Gala cumple 90 años: como un dios entre la dulzura y la tempestad

El escritor Antonio Gala fotografiado por Victoria Iglesias.

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Antonio Gala acaba de cumplir 90 años, el pasado viernes. Victoria Iglesias recuerda aquí algunas de las sesiones en que retrató a este extraordinario escritor y personaje: “Con él todo empezaba con delicadeza y terminaba como una tempestad. Las fotografías sucedían tal y como era él: Suave en la entonación, educado en los movimientos, caprichoso, amoroso, altivo, dulce y colérico… Como un dios, sentado con la espalda recta y las piernas ladeadas, reposando ambas manos en la empuñadura de su bastón”.

Cuando una lámpara de techo oscila, es probable que el suelo esté sufriendo un terremoto, a veces muy ligero, casi imperceptible, pero que se siente calando cada paso a partir de ese momento de incertidumbre.

De este tipo de seísmos se desprende una desazón que esos años me hacía divagar por los carretes que fraguaban las antiguas fotos. Unas vibraciones que ajustaban el obturador para dibujar los retratos en la mente y cerraban o abrían el objetivo para atrapar la luz que dejaban al azar los vaivenes de mis personajes.

Los retratos de Antonio Gala siempre surgieron así.

Cuando él cortaba la cadencia de los disparos con un exabrupto, o se salía del encuadre para llamarme malvada… Con él todo empezaba con delicadeza y terminaba como una tempestad. Las fotografías sucedían tal y como era el personaje: suave en la entonación, educado en los movimientos, caprichoso, amoroso, altivo, dulce y colérico… Como un dios, sentado con la espalda recta y las piernas ladeadas reposando ambas manos en la empuñadura de su bastón, que a veces se venía a menos sin saber uno por qué, y otras se levantaba enfurecido para dar por concluida la escena.

Todo esto, y todos su matices dependiendo del día y de la hora, era lo que dejaba ver a una desconocida.

Antonio Gala me recibía siempre en un plano lejano, distante, después de su secretario; pero me despedía mucho antes que él. Este solía acompañarme apesadumbrado hasta la verja del jardín, cabizbajo, pensativo, y creo que en ocasiones con cierta duda de su papel de escudero que obvia al Quijote cuando se le ha ido la cabeza soñando con molinos y otras divagaciones:

“No te preocupes”, me decía. “Si se porta así contigo es porque te respeta”. “A otros no les permite lo que a ti”.

Y a mí eso me dejaba pensando lo jodido que era ser fotógrafa (en la época de los carretes y las diapositivas).

Cuando presentó El corazón tardío, andaba ya por su casa Toisón, que llegó justo cuando a Troylo estaba a punto de morir; quizás la otra que merodeaba por allí fuera Zahira. Los dos teckel más rubios que el “príncipe griego”, el compañero fiel de sus conversaciones, se movían con soltura por un suelo de madera que hacía ruido entre las alfombras; así que los tics de sus pezuñas daban un aire festivo a la sobriedad del salón. Ese día las rosas rojas estaban frescas en un centro de cristal, acompañando el libro donde el corazón de la portada era una rosa amplia, abierta y voluptuosa.

Antonio llamaba, desde el extremo de un diván de caoba adornado con cojines de raso, a los perrillos para que posaran en mi foto. Pero lo que al principio era todo voluntad, por parte del escritor, se convertía en pocos minutos en premura y nervios, y tardábamos más en discutir que en hacer la foto, y eso que entonces tiraba a 1 segundo de velocidad, y con trípode. Por eso cuando medía la luz del flash, matizada por un paraguas blanco, y disparaba, él solía repetir:

“Yo no sé por qué lleváis estos artilugios”, mientras los miraba con enfado.

Como si aquel aparato, el flash, frío, suspendido en un pie metálico endeble, con un paraguas blanco acoplado en una cazuela abollada de metal, fuera un intruso amenazador.

Y claro, ciertamente, “el artilugio” lo era; pero ¿cómo podía explicar yo que mi carrete sensible ya no era aquellos negativos de blanco y negro de 400 sino una diapositiva de apenas 50 ISO?

Al final dábamos por concluido el acto antes de tiempo, o a tiempo, con una sonrisa final a veces forzada y otras de arrepentimiento.

La sesión más sonora, sin duda, como si esta hubiera estado preparada para arrancar las risas o los llantos del público, vino al añadir la fotógrafa (o sea, yo) espontáneamente un nuevo “cuadro” que no aparecía en el guion original de Antonio Gala.

Y es que al pasar del despacho al salón, para hacerle una foto delante de la chimenea, encontré una salita donde gran parte de sus bastones parecían girar al unísono sus empuñaduras hacia la luz, esbeltos y solitarios. Como si fueran antiguos combatientes griegos esperando la emboscada al borde de un desfiladero. Y claro…

Eso no le gustó nada al escritor. Llamándome caprichosa, mientras yo colocaba otra vez “el artilugio” en su nueva ubicación junto a los bastones. Aun así, tuvo encima que esperar a que cambiara de carrete, pues sólo me quedaba un disparo.

La electricidad corría entre nosotros y se colaba por la lente, pues a veces la corriente no es sólo el aire que circula entre las ventanas. Apuré rápidamente unos minutos, y siendo consciente de que apenas me quedaban otros cinco para llegar hasta la chimenea, empuñé “el artilugio” para salir de allí. Con permiso, antes que él. Pero lo hice con tanta premura e ímpetu que de aquel cuarto solo recuerdo la lámpara, pues esta tembló por el choque del paraguas en su extremo.

“¡Por favor! Insensata. ¿Es que me quiere usted tirar la casa? Mire la lámpara moviéndose, a punto del derribo… ¡Pero qué destrozo es este! ¡¡¡Váyase de mi casa, por favor!!!”.

Nos quedamos congelados. Y creo que en ese momento llegó el secretario alertado por las voces; estoy casi segura.

Ahora intuyo que Gala teatralizaba los encuentros y que disfrutaba, a pesar de las quejas, con ellos. Tenía querencia por llegar al último acto con acotaciones de enfado y aspavientos.

Pero sucedía que entre bambalinas, en ese lado todavía oscuro, cuando las luces aún iluminan el telón que acaba de caer, tal vez se sintiera humano y rendido.

“Pone me ut signaculum cor tuum” (Ponme un sello sobre tu corazón”) (Verso del Cantar de los Cantares. Lema de la Fundación Antonio Gala).

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