11.02.2018

Aprender a mirar para aprender a escribir, de John Berger a Nabokov

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El taller de escritura quiere enseñarnos a aprender a mirar, por ejemplo que se esconde tras los ojos de este niño. Cuál es su historia. Cuál su futuro. Foto: Pixabay.

El taller de escritura quiere enseñarnos a aprender a mirar, por ejemplo que se esconde tras los ojos de este niño. Cuál es su historia. Cuál su futuro. Foto: Pixabay.

Hay tantas miradas como escritores, nos recordó Cristina Fernández Cubas. Hay tantas miradas como lectores, añadiría yo. Al fin y al cabo esa mirada de escritor/lector (escribir es leer de otra manera) es la que nos hace singulares. Además de leer y de conocer las herramientas básicas de la creación literaria, es imprescindible formar esa mirada, afinarla. Y entre otras cosas, eso es lo que tratamos de hacer en el Taller. Hoy vamos a repasar aquí lo que nos dicen a propósito grandes como John Berger, Ricard Ford, Borges y Nabokov. Solo vemos aquello que miramos, y mirar es un acto de elección.

Un libro imprescindible para entender de qué hablamos cuando hablamos de mirar es Modos de ver, de John Berger. “La vista llega antes que las palabras. El niño mira e identifica antes de hablar”, asegura el autor británico. “Pero también hay otro sentido en el que la vista llega antes que las palabras. La vista establece nuestro lugar en el mundo circundante; explicamos ese mundo con palabras, pero estas nunca pueden anular el hecho de que estamos rodeados por él”.

¿Cómo miramos al mundo? ¿Cuál es la mirada del escritor? ¿Cómo condiciona esta mirada en lo que escribimos?

“Lo que sabemos o lo que creemos afecta a cómo vemos las cosas. En la Edad Media, cuando la gente creía en la existencia física del Infierno, la vista del fuego seguramente debió de haber significado algo muy distinto de lo que implica hoy. No obstante, su idea del Infierno debía mucho a la visión del fuego que se consume y a las cenizas que permanecen, así como a su experiencia del dolor de las quemaduras”, explica Berger. Y continúa. “Cuando se ama, la visión del ser amado tiene un carácter de absoluto que ninguna palabra ni ningún abrazo puede igualar: un carácter de absoluto que solo el acto de hacer el amor puede igualar temporalmente. Sin embargo, que la vista llegue antes que las palabras, y que estas nunca la cubran por completo, no es una cuestión de reacción mecánica a los estímulos. Solo vemos aquello que miramos, y mirar es un acto de elección”.

De modo que solo vemos aquello que miramos y mirar es elegir. En este sentido, si hablamos de escritura, de literatura, mirar viene a ser lo mismo que descartar. Descartar palabras. Tenemos, pues, una primera aproximación a la mirada en la escritura en su vinculación con el silencio, en lo que no escribimos. “El arte de la narración consiste en lo que se deja fuera de la misma” (Berger).

La literatura, nos enseñó Nabokov en su Curso de Literatura Europea, “no nació el día en que un chico llegó corriendo del valle neanderthal gritando ‘el lobo, el lobo’, con un enorme lobo gris pisándole los talones; la literatura nació el día en que un chico llegó gritando ‘el lobo, el lobo’, sin que le persiguiera ningún lobo”.

De nuevo, Berger: “La diferencia que separa a la información de las historias verdaderas, las historias que les suceden a los cuerpos, está en la perspectiva, en la óptica de los hechos. La cuestión radica en cómo se narra una historia”. De nuevo volvemos a la mirada.

La mirada es una zona interior donde se sedimentan las experiencias vividas por el autor. Experiencias de todo tipo, tanto reales como imaginarias, lecturas y vivencias. Decía Walter Benjamin que los relatos nacen de dos tipos distintos de narradores: uno es el que tiene que viajar lejos de casa para encontrar hechos y relatos, el viajante de comercio, el marino; el otro, el campesino, el que se queda en casa recogiendo recuerdos y transmitiéndolos. A veces, añado yo, uno a veces es marino y otras campesino.

Todas esas experiencias, nuestra educación y la cultura recibida, contribuirán a moldear lo que somos, también cómo miramos y escribimos. Asegura Richard Ford que la escritura es en un 80% técnica y en un 20% magia. Creo que la mirada incluye la técnica y la magia, la elección de las herramientas apropiadas para contar una historia (el punto de vista, el tono, el estilo, la estructura, los personajes) y ese algo intangible, esa magia, que no sabemos que es y que nos convierte en únicos, en artistas.

No se trata solo de tener talento. Es algo más. Lo explica muy bien Raymond Carver: “Son muchos los escritores que poseen un buen montón de talento; no conozco a escritor alguno que no lo tenga. Pero la única manera posible de contemplar las cosas, la única contemplación exacta, la única forma de expresar aquello que se ha visto, requiere de algo más […].

Cualquier gran escritor, o simplemente buen escritor, elabora un mundo en consonancia con su propia especificidad […].

Se trata en suma de la firma inimitable que pone en todas sus cosas el escritor. Ese es su mundo y no otro. No se trata de talento. Hay mucho talento a nuestro alrededor. Pero un escritor que posea esa forma especial de contemplar las cosas, y que sepa dar una expresión artística a sus contemplaciones, tarda en encontrarse”.

Si la mirada de un escritor es un intangible, para que sea reconocida necesita de un lector audaz y activo, no un mero receptor de historias, alguien que se mueve por las convenciones y que no es capaz de ir más allá. Necesita de un lector que sea capaz de leer entre líneas, que no se deje obnubilar por un estilo efectista o una trama bien calculada.

“Creo que una buena fórmula para comprobar la calidad de una novela es, e el fondo, una combinación de precisión poética y de intuición científica. Para gozar de esa magia, el lector inteligente lee el libro genial no tanto con el corazón, no tanto con el cerebro, sino más bien con la espina dorsal”, asegura el a su vez genial Nabokov.

¿Se puede formar la mirada de un escritor? Aunque no estoy seguro del todo, creo que sí. Leyendo. Escribiendo. Teniendo ambición literaria, escribir como si fuera el último día, pero también con humildad, imprescindible para prestar atención a lo que vemos. Movernos por el mundo sin prisa, deteniéndonos en esos detalles de los que hablaba Nabokov. No importa haber leído muchos libros sino haberlos leído bien, nos enseñó el gran Borges, quien se vanagloriaba no de los libros que había escrito sino de los que había leído.

Más información: javiermorales@escrituracreativa.com

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Sobre el autor

Javier Morales
Soy escritor, periodista y profesor de escritura creativa. He publicado las novelas “Trabajar cansa” y “Pequeñas biografías por encargo” y los libros de relato “Ocho cuentos y medio”, “Lisboa” y “La despedida”. Imparto clases de escritura creativa en el taller de Clara Obligado y en la Escuela de Escritores. En Área de Descanso hablo de los libros que me gustan. Puedes seguirme en:

Facebook: www.facebook.com/javier.moralesortiz

Twitter:https://twitter.com/javiermoralesor

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2 comentarios

  • El 11.02.2018 , Alberto García ha comentado:

    El artículo da la espalda al artista en su torre de cristal que confunde su ombligo con el universo.
    Me parece que para formar la mirada de un escritor es indispensable (saber) mirar el mundo, (aprender a) mirarlo desde ángulos inesperados, pero mirarlo y sentirlo íntimamente.
    El primer escritor que corría diciendo “El lobo, el lobo” sin tener un lobo detrás, ese escritor sabía lo que representaba el lobo, conocía sus astucias, su voracidad; también conocía su propio miedo al lobo.
    Bravo.

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