12.01.2018

Begoña Huertas: “Parece que estar enfermo es de mal gusto o de pobres”

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La escritora Begoña Huertas.

La escritora Begoña Huertas.

Las fichas de ajedrez en la vida de Begoña Huertas estaban en orden, quietas y posicionadas sobre el tablero hasta que un día ese equilibrio se hizo añicos. Le diagnosticaron un cáncer de colon y de esa experiencia con la enfermedad escribió ‘El desconcierto’, que acaba de publicar la Editorial :Rata_.

“Una enfermedad repentina, un accidente, actuaría como un manotazo que derribara las piezas en el tablero. Hay que volver a ponerlas en pie antes de poder seguir jugando”, explica Huertas, que bucea en la literatura para comprobar que la enfermedad apenas ha sido un tema central en la ficción, no así en la no ficción, donde escritores como Susan Sontag, Oliver Sacks, Christopher Hitchens o John Diamond se han ocupado de ella en diferentes ensayos. “Todo lo que saque a la enfermedad de su definición más natural de ser algo consustancial a la vida, algo ni malo ni bueno (en términos de naturaleza) sino inevitable, me molesta”, sentencia.

Está el miedo antes del desconcierto. Ese miedo prosaico con el que se convive cada día, que a veces se acerca y otras se aleja como un recuerdo. Más que miedo podríamos llamarlo inseguridad, autolimitación. Pero luego está el otro miedo, el miedo de verdad, el miedo real, del que hasta, supongo, uno parece poder tocar su epidermis. Me refiero al miedo que aparece cuando te diagnostican una enfermedad grave, en este caso, un cáncer de colon que defines, en las primeras paginas de tu libro, “como un manotazo venido no se sabe de dónde”. ¿Qué es el miedo cuando hay orden en el tablero y luego, después, cuando se han caído de pronto todas las piezas?

En el momento en el que te diagnostican una enfermedad las cosas dan un vuelco, todo se trastoca de golpe y no está en tu mano hacer nada por evitarlo. El miedo es el miedo a la pérdida de control sobre tu vida, sobre ti mismo. De pronto te das cuenta de que algo -para mí la propia naturaleza, ya que no creo en ningún dios- te lleva y te trae como una hoja al viento. Esa certeza te pone ante los ojos una vulnerabilidad terrible. El ser humano es vulnerable y ser consciente de ello da miedo.

La vida sería equiparable a una partida de ajedrez en el sentido de que en ambos casos se trata de mantener una armonía en un contexto en el que los movimientos que rompen el equilibrio son sin embargo necesarios para avanzar. Una enfermedad repentina, un accidente, actuaría como un manotazo que derribara las piezas en el tablero. Hay que volver a ponerlas en pie antes de poder seguir jugando.

Señalas que la primera razón para comenzar a escribir ‘El desconcierto’ fue “ese deseo de restaurar el orden perdido” tras el anuncio de la enfermedad, una enfermedad que rompe inesperadamente esa “estabilidad del yo”. Tu experiencia con la enfermedad no es, digamos, la clave de esta obra, sino que esa experiencia te permite indagar a través de la literatura sobre el cáncer, sobre la enfermedad en la novela, que no ha sido nunca un tema central, más bien un tema menor, al contrario que en los ensayos, en la literatura no ficcional…

Cuando comencé a escribir El desconcierto lo hice sin saber muy bien qué tipo de libro iba a salir. Empecé hablando de cómo se trataba la enfermedad en las novelas, de qué personajes enfermos había habido en la historia de la literatura. Me había llamado la atención que la mayoría de las enfermedades eran asuntos morales o del espíritu. Por ejemplo en La montaña mágica, con todos sus personajes tuberculosos y donde el gesto de amor de sus protagonistas es un intercambio de las radiografías de sus pulmones, se plantea la enfermedad como enfermedad del alma. O la obra de Marcel Proust, que precisamente trata sobre el paso del tiempo, no se detiene en los inconvenientes físicos del proceso a pesar de su escritura minuciosa. En fin, me volví hacia mis escritores favoritos, Patricia Higshmith, Iris Murdoch, para ver cómo aparecía este tema en sus obras. Así que empecé a escribir sobre todo ello sin ocultar el lugar en el que yo me encontraba, la razón que me llevaba a hablar de ese asunto. De este modo, a la parte más ensayística se le unió la parte más autobiográfica, de vivencia personal. La mezcla no me pareció mal. Me gustó. Entonces decidí seguir adelante, trabajando todo ese material con los recursos narrativos de la literatura.

“Quizás”, escribes, “uno no se rebela contra la enfermedad sino contra uno mismo, defendiendo el ‘yo’ que se ha sido hasta entonces del nuevo ‘yo’ extraño que la enfermedad impone”. Y ese nuevo yo, el yo extranjero, el yo con el que no se ha convivido nunca, entra en un nuevo mundo, un mundo cuyo guión sólo entiende el que está enfermo y empieza a hablar un lenguaje nuevo, un lenguaje que lo incomunica, en cierta medida, respecto a los demás…

Sí, creo que el núcleo de este libro es el descubrimiento de la enfermedad como un problema de identidad. Al principio ni siquiera se trata de quién soy sino de qué soy. Al principio no es un asunto psicológico sino algo físico muy básico. Después está también lo que ahora me parece obvio pero entonces no acertaba a entender: la enfermedad cambia tu cuerpo y por tanto te cambia a ti. Y uno se resiste a los cambios. Como escritora, esto es lo que me pareció más sugerente. Por eso decidí abrir el libro con esa escena extraña en la habitación de un hotel en la que hay una especie de empeño por representarme a mí misma, por seguir siendo la que había sido hasta entonces.

El director de ‘The New York Times Book Review’, Anatole Broyard, contó su experiencia con el cáncer de próstata en ‘Ebrio de enfermedad’, un libro con el que dices que no estuviste en casi nada de acuerdo pero que te dejó algo útil para convivir con tu enfermedad, eso de que hay que buscarse un estilo. ¿Cómo forjaste el tuyo propio?

Sin darme cuenta, sin ser consciente de ello. Uno no elige comportarse así o asá. Las cosas pasan y la manera en que reaccionamos a ellas irán conformando lo que somos. En realidad esto sucede todo el tiempo, en la vida corriente, uno tiene su propia manera de estar en el mundo. Se trataría de encontrar la manera de estar con la que te sientas más a gusto.

Me fastidiaba del libro de Broyard que celebrara su enfermedad como una revelación mística y estuviera encantado con ella. Para mí el cáncer más que una iluminación fue un apagón. Otra cosa es lo que hagas tú con eso cuando vuelven a darse las luces.

Un referente bibliográfico sobre la enfermedad y sus muchas metáforas es el libro que Susan Sontag escribió, a raíz de padecer un cáncer de mama. Como ella, como Oliver Sacks, Christopher Hitchens o John Diamond, dices que rechazas la arquetípica metáfora bélica que usualmente se utiliza con el enfermo. No obstante, señalas que el libro de Susan Sontag te irritó, que al principio no entendiste el por qué, pero que su lectura te produjo irritación. Especialmente esa idea de que era imposible estetizar el cáncer, convertirlo en material literario…

Desde luego que la metáfora bélica es un horror. Si planteas la enfermedad en términos de lucha, resulta que si te mueres es porque te has rendido. Me parece terrible que alguien enfermo tenga que cargar con la culpa de estarlo “por no querer curarse”. Lo que no me gustó del libro de Sontag fue que rechazara la distorsión de la metáfora bélica para caer al final en otra distorsión: la de hablar de enfermedades literarias y no literarias, de enfermos románticos y malditos. La tuberculosis estaría entre las primeras y el cáncer en las segundas. No creo que los síntomas de los tuberculosos fueran agradables de ver (ahí está El frío, de Thomas Bernhard), por mucho que el arte los haya estetizado (pienso en Greta Garbo en La dama de las camelias). Y el problema es que si hablamos en términos de románticos o malditos ya estamos de nuevo manejando categorías morales donde sólo debería haber constataciones físicas. Todo lo que saque a la enfermedad de su definición más natural de ser algo consustancial a la vida, algo ni malo ni bueno (en términos de naturaleza) sino inevitable, me molesta.

Precisamente, volviendo a la metáfora bélica, Hitchens escribe en ‘Mortalidad’: “Cuando te sientas en una habitación con otros finalistas, y personas amables te traen una enorme y transparente bolsa de veneno y la enchufan a tu brazo, y lees o no lees un libro mientras el saco de veneno gradualmente se vacía en tu cuerpo, la imagen del soldado o el revolucionario es la última que se te ocurre”. ¿Cuál sería la metáfora para explicar la travesía por esta enfermedad o no existe metáfora alguna?

La metáfora que encuentres tendrá que ser una metáfora que sirva para la vida, porque la enfermedad es parte de ella, lo mismo que la muerte.

Un testimonio sobrecogedor de despedida es el último disco de David Bowie, ‘Blackstar’, un título que es a la vez una lesión cancerosa, el nombre de una canción de Elvis Presley… ¿Hay que ser un genio para despedirse así, especialmente con el videoclip ‘Lazarus’, que es un trabajo musical cósmico, angustioso e hipnótico?

Sí, hay que ser David Bowie. Vi ese vídeo cuando me encontraba muy mal todavía. Con los efectos de la quimioterapia y recién pasada la cirugía más complicada. Fue impactante. En él David Bowie firma al fin un pacto con la muerte, abandona la cama de enfermo y se pone a bailar, recuperando su energía perdida mientras afirma que será libre como siempre lo ha sido. Puede parecer idílico, ¿verdad? La muerte como liberación. Por supuesto no es así y el vídeo no esconde el miedo que conlleva toda la situación. De hecho, todas las imágenes son tremendas: el armario que se abre al comienzo, la imagen de Bowie en la cama con los pelos disparados y las manos crispadas, los ojos vendados con esa especie de tuercas… Es pavoroso. Incluso la aceptación de la muerte es oscura. En fin. Por un lado está la verdad y por otro la verdad edulcorada. David Bowie no es Mr. Wonderful afortunadamente.

En ‘El desconcierto’ también está muy presente la figura de tu padre, que estuvo parte de su vida ligado con la enfermedad, al sufrir un severo trastorno bipolar. Dices que de él heredaste su mecanismo de defensa, su pensamiento racional y, gracias a él, conseguiste el dinero para estar tres años psicoanalizándote en plan Tony Soprano…

Mi padre convivió con la enfermedad toda su vida y sin embargo su imagen no está ligada a ella. Está ligada a la ciencia, al arte, la curiosidad, y, sí, el ajedrez. Creo que El desconcierto tiene mucho de él y al mismo tiempo es una especie de superación de él. Porque sin planearlo resulta que comienzo escribiendo en el plano más cerebral posible… y termino en el plano más sensorial, con un capítulo en el que evoco la memoria del tacto. Realmente el libro es un viaje de lo intangible a lo tangible. Me siento el capitán Ahab en Moby Dick.

Apuntas una idea que señalaba Freud, en la que comparaba el psicoanálisis con el ajedrez, ya que las aperturas como los finales podían enseñarse pero que la dificultad estaba en medio del juego. Como con la enfermedad…

Encontré esa referencia escribiendo el libro y me encantó. Es cierto, en la enfermedad podría decirse que uno sabe cómo reaccionar tras el diagnóstico y probablemente también sepa cómo hacerlo en el momento final, pero ¿en medio?, ¿cómo se vive? En el día a día tienes que dejar a un lado tu enfermedad para ser capaz de hacer otras cosas pero al mismo tiempo no debes perder de vista la situación en la que te encuentras. Es complicado. De manera que como decía Freud, sí, la dificultad está en ese medio juego. Lo importante a veces no es ya curarse sino aprender a vivir con la enfermedad.

¿Qué crees que puede aportar tu libro a quienes padecen cáncer?

Bueno, para todo el mundo, no solo para las personas enfermas, me gustaría que este libro sirviera para poner sobre la mesa la palabra cáncer, y que se pueda hablar con naturalidad de ello. Hoy en día hay como una obligación de estar sano y perfecto. Hasta el punto de que todo lo que se aparte de esa supuesta perfección se calla, se esconde. Casi parece de mal gusto estar enfermo, o de pobres, no es comme il faut. Esto es terrible. Por eso si en alguna medida, por pequeña que sea, este libro contribuye a luchar contra eso, estaré feliz.

Por otro lado creo que es un libro con muchas caras, y cada cara -como les pasa a todas las narraciones- con muchas lecturas. Así que espero que cada cual pueda sacar lo que le convenga, o le entretenga o le resulte más interesante.

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Sobre el autor

Luis Reguero
Luis Reguero Periodista por la Universidad de Málaga. Dice que escribe porque, como Beckett, no sabe hacer otra cosa. Actualmente está elaborando la tesis doctoral sobre la obra en prensa del escritor Enrique Vila-Matas. Escribe sobre excéntricos ejemplares en el suplemento cultural de La Opinión de Málaga. También publica artículos literarios y entrevistas en revistadeletras.net y en culturamas.es. Iniciará en breve un programa cultural en esradio Málaga. Twitter: @quijotesancho78 Facebook: https://www.facebook.com/luis.buenoreguero

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2 comentarios

  • El 12.01.2018 , c ha comentado:

    la enfermedad es la escoba que barre el ego ,
    dice el proverbio budista

    enfermar te hace hoy en dia mas pobre
    en el mundo caPPitalista

    en francia, el que cumple años es
    quien es invitado en vez d invitar.

    no da biuen gusto ver a un enfermo pero no es motivo d desprecios tampoc sino d atenciones y empatia humana

  • El 12.01.2018 , Clara María Prieto ha comentado:

    La enfermedad hace que ocurra en nosotros un vaciado, miremos con sorpresa incrédula que es lo que nos está ocurriendo, que ha pasado en nuestro cuerpo que no es el mismo ya, empezando a conocer partes de el que ignorábamos. Puede que nos invada el pánico, luego la aceptación que nos obliga a tomar el camino de un enfrentamiento a la enfermedad o una ligera resignación de tarde o temprano hay que marchar de la vida.

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