22.06.2020

La bibliotecaria que viajó mil kilómetros en bus por un libro y un abrazo

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Foto: Pixabay.

Esta es la historia de un abrazo. O mejor: es la historia del abrazo más extenso marcado en mi mapamundi entre un autor y una bibliotecaria. O mejor aún: es la historia de 1.825 días y 1.000 kilómetros de espera. Y una historia de amor: de amor a las palabras, a los libros y a lo que se construye al caminar. También es la historia de Ivonne.

Fui yo quien mandó el primer mensaje. Nuestro primer privado en FB data de 2014. Hacía tres o cuatro meses que yo había publicado Una madre e intentaba torpemente dar a conocer mi novela en redes. Me cautivó que una bibliotecaria chilena me pidiera amistad y no sólo la acepté, sino que le escribí, preguntándole por ella. “Soy de Concepción. Trabajo en una biblioteca. Aquí no llegó tu novela”, me escribió. Le contesté que todavía era pronto, que la distribución en Sudamérica es complicada y que suele hacerse tarde, mal y pocas veces. “Habrá que tener paciencia”, dijo.

Y la tuvo. Cinco años de paciencia. Durante ese tiempo, mi obra creció. Terminé la trilogía, salió Un hijo e Ivonne y yo seguimos compartiendo red y mensajes. Ella insistía con la misma determinación que el primer día, aunque ya no eran sólo mensajes relativos a la novela. Nuestra relación “epistolar” era breve, todavía lo es, pero en cada intercambio había más confianza, más familiaridad. Y más cariño. Nos escribíamos siempre con Una madre de fondo, aunque con el tiempo la novela terminó reducida a una límpida pista de hielo sobre la que patinábamos juntos, cada uno en su punta del mundo, ella en su biblioteca y yo en mi campo, ella Ivonne y yo Alejandro. Al principio contábamos los meses. Nos reímos cuando llegó el primer año sin Amalia y volvimos a reírnos cuando la ausencia de la novela cumplió el segundo. Ella siempre ha estado ahí, preguntando por mi familia, por mis planes, aclarando en privado alguna preocupación generada por uno de mis posts. Desde su biblioteca de Concepción ha sido una madre virtual que jamás ha cejado en su empeño por estar, siempre en la sombra.

Recuerdo que, cuando a finales de 2018 anuncié que Una madre se publicaría por fin en Chile, ella fue la primera en abrirme un privado para felicitarme(nos), exultante. “Por fin podremos tenerla aquí”, escribió sin más preámbulo. “¡Qué alegría!”. Y así fue. En mayo de 2019 presenté la novela en Santiago. No fue una tarde fácil. Por una cuestión de pura sentimentalidad –soy mitad español y mitad chileno– había depositado demasiadas expectativas en mi debut allí y las cosas no se ajustaron a lo imaginado.

Presentamos un jueves a las 8 de la noche en un centro comercial de Providencia. El público fue escaso. Cuesta empezar de cero cuando llegas de fuera. Cuesta volver a la casilla de partida, sobre todo porque uno sabe el largo camino que le queda por delante. No fue un acto lucido. Lo viví como había vivido muchos años antes mi primera presentación en Barcelona, sintiéndome huérfano de calor, en tierra extraña, carente de luz. Cuando por fin el acto terminó y los focos se apagaron, respiré entre aliviado y triste. Se marcharon los pocos amigos, la familia se alejó y, en el momento en que me disponía a irme, vi asomar a una figura detrás de una columna. Menuda, el pelo corto y blanco, gafas. Sonreía. Tanto sonreía que ahora sólo recuerdo la sonrisa y recuerdo también que miré la hora –eran las 21.40– y pensé: “¿Qué hora será en casa?”. No hubo tiempo para más.

Era Ivonne.

Se acercó a mí con los brazos abiertos y, pequeña como es, me fundí con ella en un abrazo como he dado pocos. Y allí me quedé, apretando fuerte y repitiéndome: “Que no se acabe, que no se acabe, que no se acabe”, hasta que ella se separó de mí, sacó del bolso un ejemplar de Una madre y dijo: “Soy tan feliz pensando que a partir de ahora podremos tenerlo en la biblioteca…”. Entonces nos reímos, ella de felicidad y yo porque reconocí en su frase a la bibliotecaria de cuna, esa que cuando piensa en un libro lo proyecta automáticamente sobre sus lectores/as, olvidándose de sí misma porque anticipa ya a quién lo recomendará, cómo llegará, desde dónde lo compartirá. Me reí como me río con mi gente, con la de verdad, y cuando ya la risa se apagaba, Ivonne sacó algo del bolso y me dijo: “¡Mira!”.

“Es para el autobús”, dijo. Al ver mi confusión, aclaró: “El bus de vuelta a Concepción. Son casi ocho horas. Así podré leer sin molestar”.

Tardé un par de segundos en reaccionar. ¿El bus? ¿Ocho horas? Entonces me contó, y lo que contó fue que había viajado en autobús los 500 kilómetros que separan Concepción de Santiago para ir a verme y que tomaría el de vuelta a las 11 de esa misma noche para poder estar de regreso en la biblioteca a las 9 de la mañana.

“Leeré la novela durante el trayecto y así la llevaré directamente a la biblioteca”, me contó con una sonrisa, apretándose el libro contra el pecho. “Ya tengo a una clienta esperándolo”.

No pude decir nada. No hubo tiempo.

“Tengo que irme ya”, dijo, acercándose para darme otro abrazo. “Si no me doy prisa, puede que lo pierda”.

Volvimos a abrazarnos y se marchó. Yo no. Yo me quedé allí, de pie entre las sillas vacías, viendo alejarse su figura menuda hacia la calle, encapsulado en cada uno de esos mil kilómetros que, después de 5 años de espera, una bibliotecaria había recorrido en ida y vuelta para darme un abrazo y acompañarme en lo que para ella era un momento único. La imaginé con su linterna, leyendo a oscuras en su asiento, y estuve a punto de echar a correr para alcanzarla y decirle que me llevara al sur, a su biblioteca, que de algún modo yo iba sentado a su lado en ese bus, leyendo los dos. Quise decirle que un abrazo como el suyo y cada uno de sus 1.000 kilómetros de carretera y noche eran una pieza del rompecabezas que hacen que lo humano sea benigno y que si algún día, en algún rincón del mundo, consigo ver una biblioteca que lleve mi nombre, ella estará a mi lado del brazo, porque desde esa noche, cada vez que visito una biblioteca sé que estoy en casa. Y ya no tengo miedo de empezar de cero.

Hasta que llegue ese día, y volviendo a lo pequeño, hoy he comprado una azalea de flores blancas.

Mañana la trasplantaré, la abonaré y la tendré junto a mí mientras trabajo.

También la bautizaré.

Se llamará “Ivonne, la bibliotecaria del abrazo”.

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Sobre el autor

Alejandro Palomas
Novelista, traductor y poeta, ha recibido, entre otros, el Premio Nacional de Literatura Juvenil 2016 con Un hijo y el Premio Nadal 2018 con Un amor. Su obra ha sido traducida a más de 20 lenguas.

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