24.12.2012

Bolas de cristal con algo dentro (I)

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PARA LOS DÍAS DE NOCHEBUENA Y NAVIDAD OS PROPONEMOS UN PEQUEÑO REGALO. UN CUENTO DE NAVIDAD DEL ESCRITOR Y PERIODISTA RAFA RUIZ, AUTOR DE TOLETIS, UN MARAVILLOSO LIBRO DE LITERATURA INFANTIL. OS OFRECEMOS ESTE DELICADO RELATO EN DOS ENTREGAS. DISTRUTAD

RAFA RUIZ

– 1 –

Cada figura obsesivamente colocada. Todo en aquel abarrotado escaparate guardaba un orden riguroso que nunca parecía cambiar. La tienda quedaba de camino al colegio. Inmutable en aquella esquina. Siempre igual. Nunca vi a nadie entrar en ella, tampoco salir. Impasible al paso de los días y las estaciones, a la llegada de la Navidad o las rebajas; siempre igual, la tienda me esperaba desde su esquina cada mañana y cada tarde,  cuatro veces cada día en mi ruta de casa a clase, de clase a casa, con sus escaparates perfectamente ordenados, siempre limpios, siempre iguales.

Fuera sola o con alguna compañera de curso, nunca pude dejar de volver la cabeza hacia las pilas de objetos que aguardaban tras los cristales. Pero no me atrevía a sugerir a nadie que entrara, ni siquiera a detenerme y mirar con más atención lo que había colocado al fondo, tras la primera claridad. Alguna vez me sentí tentada de ir un poco más allá, pero una especie de terror infantil me paralizaba, me impedía indagar en lo que verdaderamente había. Nunca hablé con nadie de la tienda, y la única referencia que me llegó de ella aparte de mis fantasías y miedos procedió de mi madre. En una ocasión, mientras comíamos un flan de domingo -me acuerdo bien-, soltó una frase tonta, pero que a mí se me clavó en el cerebro como si tuviera alguna importancia. Recuerdo que dijo exactamente: “¡Pero qué tienda tan cursi ésa de la esquina! Además, no se moderniza nada, vende las mismas cosas que cuando yo me casé”.

¿Realmente las vendían?

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Eran tres escaparates.

En uno de ellos destacaba una colección de pequeñas figuras de perros. Nunca me detuve el suficiente tiempo como para contarlas, pero debía de haber entre ochenta y cien. Eran perros de todas las razas, del tamaño de medio puño de los míos, más o menos. Hechos en brillante porcelana con los ojos aún más brillantes. Perfilados con detalle los hocicos, las patas, las orejas, las manchas del pelo.

Otro escaparate era una sucesión de colecciones de miniaturas de búhos, dedales, abanicos, campanillas y de pequeñas piezas de vacas con sus terneros. Eran tantos, cientos de diminutos objetos, que producía cierto mareo mirarlos. Casi cada mañana y cada tarde me sugerían una duda distinta: Comencé preguntándome cómo era posible que estuvieran tan limpios, quién tendría como profesión quitarle el polvo a cientos de búhos, dedales y abanicos, cómo era posible que estuvieran tan limpios si nunca veía a nadie con un plumero o con un trapito cuidando de ellos.

Con el paso de los meses y de los años fui cambiando el objeto de mi curiosidad: ¿quién los había coleccionado?, ¿para qué?, ¿para que pasaran su inanimado tiempo mirando al público de la calle desde un cristal? El tercer escaparate era mi favorito. El que más fantasías me proporcionó de día, y también el que me indujo más sueños y pesadillas de noche. Se trataba de una colorista y acuosa colección de bolas de cristal con flores azules, corales rojizos, estrellas de mar, gelatinas, figuritas de Papa Noel y de trineos, tormentas de nieve, mariposas, crisálidas, gusanos, huevos y otras obsesiones de miniaturistas aprisionadas dentro, como en burbujas, distorsionadas según la perspectiva, tan cercanas y tan lejanas por efecto del cristal, vivas y muertas, quietas y ondulantes al mismo tiempo, formas inocentes que en la bola adquirían algo inquieto, siluetas manidas en la vida que a través del cristal se desprendían de lo convencional y se adueñaban de lo incierto y lo ambiguo.

Ante este escaparate sí me detuve brevemente alguna tarde de invierno, con los ojos entrecerrados, cuando el sol bajo lanzaba sus últimos rayos hacia este bosque de bolas, y lo que parecía agua parecía arder, y lo que parecía silencioso parecía susurrar… algo. Era una sensación cálida en medio del invierno, sin contornos específicos. Simplemente me hacía sentirme bien y distinta. Una extraña sensación de básica satisfacción y de que todo en el Universo discurre con naturalidad y armonía.

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Sin darme cuenta, y sólo ahora soy capaz de discernirlo claramente y de hacer inventario, aquellos escaparates fueron moldeando muchas de mis costumbres.

Del imponente orden de los dedales y los búhos me quedó la pasión por contarlo todo, numerarlo todo, hacer esquemas de mi vida, de los días pasados y los planes futuros, de las cuentas pendientes y lo ya conseguido.

Rellenaba cuadernos y libretas anotando lo que había hecho un día y lo que debía hacer al día siguiente, imponiéndome plazos, fijando fechas, etiquetando, clasificando, catalogando conocidos, amigos, posesiones -por ridículas que fueran- y necesidades -por superfluas que parecieran-. Intenté también aplicar una lógica en lo que me iba pasando, concatenar causas y efectos, como si hubiera un sentido en cada acto de nuestra vida; quise buscar coherencia en la retahíla de sucesos, accidentes y casualidades del día a día. Dedicaba tardes enteras a recomponer y enlazar la amalgama de inconexiones de mis padres, mis clases y mi carácter, buscando justificaciones y antecedentes a los garabatos.

De las bolas de cristal aprendí algo fundamental: a no decir nunca la verdad, o, por lo menos, una sola verdad, unívoca. Las bolas de cristal se me introdujeron en la voluntad con suaves pero determinantes vaivenes. A pesar de mi estricto orden interno, para mí y en lo mío, no quería que nadie dedujera nada obvio de mí, que emergiera ninguna conclusión clara de lo que yo era o dejaba de ser. Intenté por todos los medios protegerme con un espeso y deformante cristal alrededor. Enseguida mis padres clasificaron mi bola de cristal: le decían a todo el mundo que, pobrecilla, que eso era la adolescencia.

Quizá yo era como la tienda y nadie quería asomarse más adentro, ni yo misma deseaba cruzar los ordenados anaqueles del escaparate.

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Sobre el autor

Rafa Ruiz
Periodista convencido de que las luces al final del túnel solo se ven desde una perspectiva progresista de la realidad, con un compromiso sólido con la cultura, el arte y el medio ambiente, temas a los que ha dedicado la mayor parte del tiempo de su vida profesional -10 años en 'El País' y 15 años en 'El País Semanal'-. Autor de los libros de cuentos infantiles 'Toletis' y 'Ninoninoni', codirector de la galería madrileña Mad is Mad -centrada en artistas emergentes- y uno de los socios fundadores de la Asociación de Periodistas de Información Ambiental (APIA).

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2 comentarios

  • El 24.12.2012 , esther garcia llovet ha comentado:

    precioso! la belleza siempre resulta frágil como el cristal.

    • El 24.12.2012 , Rafael Ruiz ha comentado:

      Queda lo mejor. ¡Atención a la segunda parte!

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