26.07.2020

Calabuig, relatos en los que el tiempo se escurre entre los dedos como la arena de una playa

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El escritor Ernesto Calabuig.

Hoy ‘Área de Descanso’ se va a una playa donde sopla una suave brisa de melancolía y tranquilidad. Con una prosa apacible y melodiosa, como si el autor narrara sentado en la playa del cuento que da título al libro, los lectores tenemos la impresión de que el tiempo se ha detenido, que este profesor de Filosofía ha logrado inmortalizarlo, captar un momento en la vida de los personajes que transitan por sus historias, entre los que se cuela el cantautor Leonard Cohen. Hablamos con Ernesto Calabuig de su nuevo libro de relatos, ‘La playa y el tiempo’. Tras la entrevista, publicamos un relato inédito del autor inspirado en la crisis por Covid-19.

La cita es en un café de una librería del centro de Madrid. Nos vemos como dos viejos amigos después de varios meses, pero ahora con nuestras mascarillas, un símbolo que delata que las cosas no son iguales. Nos saludamos con el codo, en lugar del abrazo habitual, y es cuando se quita esa mascarilla, ya dentro del café, cuando compruebo que la sonrisa de Ernesto Calabuig (Madrid, 1966) es como el maravilloso libro que acaba de publicar, tierna y profunda, alegre, pero con un poso de melancolía. Le digo que La playa y el tiempo (Editorial Tres Hermanas) es su libro más hermoso y maduro, lleno de personajes a los que el tiempo se les va de las manos, como la arena de la playa entre los dedos. Muchos de ellos, maduros, en torno a los 50 años, transitan por el atardecer de sus vidas, reflexionan sobre lo que querían ser y lo que han sido finalmente, sin fatalidad, como quien acepta que la vida es compleja y nosotros vulnerables. “Somos una frágil pieza de maqueta. Somos un instantáneo y quebradizo decorado”.

Muy lejos de las trompetas y tambores mediáticos con los que se recibe la publicación de otros libros banales, aquí estamos ante un libro que de verdad cuenta, relatos narrados con libertad formal, sin estridencias. Acompañamos al autor en sus historias y reflexiones, en su indagación sobre el ser y el tiempo, en la herida que nos convierte en humanos y que quizás solo podemos restañar con la escritura. Aunque escribir, dice al comienzo, no deja de ser un atrevimiento, como desnudarse en la playa.

Me da la impresión de que estamos ante tu libro más autobiográfico, ¿no?

Sí, todos mis libros están basados un poco en mí. Desde el primero, Un mortal sin pirueta, de 2008, un libro más dubitativo. Tiras un poco de tus experiencias, incluso de colegio, muchos retratos de profesores, de gente que había conocido y que me había impresionado, gente que había tenido un momento estelar en sus vidas, aunque llevaban vidas, digamos, corrientes. Yo traté de retratar ese momento estelar. En todos los libros ha habido un componente autobiográfico, con la figura del padre o Alemania, por ejemplo. En este lo que cambia es que hay mucho de mí, pero sobre todo mucho de mí pasados los 50 años. La sensación de que no tienes todo el tiempo del mundo y que tienes que ser sincero. A través de los personajes, trato de contar la perplejidad que nos produce el paso del tiempo, cómo nos cambia todos nuestros puntos de apoyo respecto a las certezas que teníamos.

La idea de que la vida se nos ha ido derramando, como el vino a uno de los personajes, ¿no? De que somos frágiles.

Hace unas semanas presentamos el libro en Madrid con Eloy Tizón y, en un momento dado, yo dije que igual que hay gente que explica la filosofía desde la música, si yo tuviera que buscar una canción que representara un poco el espíritu del libro curiosamente sería Antonio Vega y su Lucha de gigantes, cuando dice: «En un mundo descomunal siento mi fragilidad». El mundo nos pasa por encima y somos tan frágiles y sientes tu fragilidad. Tenía un profesor de Metafísica en la Autónoma que usaba una frase de Nietzsche: «Vosotros, que soy jóvenes e inmortales». No lo éramos, pero nos lo creíamos. Este libro es justo la conciencia de que no eres ya ni joven ni inmortal, nunca fuiste inmortal, pero lo parecías.

En tus historias hay reencuentros, pérdidas, la búsqueda de los lugares que fueron importantes en algún momento en las vidas de los personajes.

Algunas están basadas en hechos reales, como el de esa amiga de la que me entero de su muerte mucho después de que ocurriera. Por pura casualidad. Había decidido ponerle su nombre a uno de los personajes y, buscando en internet y tirando del hilo, di con la terrible noticia, que había muerto con cuarenta y tantos años. Intenté revivir algunos momentos que compartimos, mágicos. Y luego ves el obituario en El Correo. Era una chica más llena de vida que yo.

Varios de los relatos están narrados por un personaje que ronda los 50, que en algunos es un hombre y en otros una mujer, incluso con oficios distintos, lo que hace que el libro se lea como una novela, hay una conexión y un diálogo entre todos ellos.

No lo había pensado, me parece muy bueno. Al final uno se describe a sí mismo desde diferentes ángulos. Es verdad que al final todos los escritores usamos un ángulo para contar y aunque sean historias de diferentes personajes y se escriba de diferentes maneras, no dejamos de hablar de nosotros mismos.

Me gusta también esa nostalgia por el pasado, por la infancia, por la juventud, lo que fuimos y lo que somos. Como coger un puñado de arena en la playa y dejar que se escurra entre los dedos. De pronto te quedas si nada.

La figura de la arena está en uno de los cuentos, El tiempo y la playa. Como le ocurre a la protagonista, Sonia, a los 45 años tienes la sensación de que los hijos han crecido, están fuera de casa y daría un poco igual que no volvieran. Sigue siendo joven de alguna manera, incluso atractiva, pero con la sensación de que su tiempo ha pasado. O que todo ha pasado muy deprisa; es lo que quería retratar. He recibido algún mensaje de lectoras que dicen que se sienten reconocidas. Me gusta porque escribir desde la mirada de una mujer es complicado y meterte un poco en ese declive personal e intentar sacar todos los matices de ello no me resultó fácil.

Me ha interesado mucho el hecho de que la mayoría de los cuentos no tienen una trama al uso, son digresivos.

Soy bastante caótico con lo de las tramas. Sí tengo una idea de lo que quiero contar, hay cuentos en los que sí está clara, pero la verdad es que no soy un escritor capaz de planificar mucho. Sin embargo, eso a su vez tiene una ventaja, como señalas, que me permite dar cabida a reflexiones. Tengo una formación filosófica y puedo ir colándola de manera natural, creo que sin que chirríe mucho.

Dentro de esa reflexión, está presente la propia escritura de un cuento, de cómo escribirlos. Me ha hecho reír eso que dices de los cuentos transgénicos.

Es algo que ocurre sobre todo con el cuento Pekín-Xátiva. De hecho, el libro se iba a titular así. Está inspirado en un viaje que hice de Madrid a Valencia Una mujer china se sentó a mi lado y lo que yo cuento es una exageración literaria de lo que ocurrió. Hago una cierta burla de la gente que ha leído a Salinger, a Cheever y a tantos americanos, y no los ha asimilado, de ahí lo de los cuentos transgénicos. Está muy bien haber leído a todos los maestros, pero uno tiene que tener una voz propia. Llegues adonde llegues, pero con tu voz. Hay una crítica a los cuentos de marca blanca.

Ahora que la pandemia nos ha recordado en cierta forma lo que es la muerte, la fragilidad, ¿crees que vivimos en una sociedad que intenta arrinconar estas facetas de la propia vida?

Como profe de filosofía y de valores éticos, en las últimas clases, que fueron on line, traté de conectar con lo que nos estaba pasando. ¿De qué sirve ahora que yo les dé una charla sobre los derechos humanos, por ejemplo?, me preguntaba. Creí que era mucho mejor indagar en esa conciencia de la fragilidad. Es una situación muy dura, pero de la que también podemos aprender. Y tienes razón en lo de que la sociedad arrincona a la muerte. Podemos tratar de aparentar ser jóvenes, pero el tiempo está ahí. Eso no pasaba antiguamente. Una persona de mediana edad ya era como un anciano. Hay un factor muy interesante en la vida humana que es la caída, no queremos verla, y podemos aprender mucho de ella. Yo, por ejemplo, he sido atleta muchos años, y ahora cualquier chaval joven seguro que corre más que yo. Cuando he visto correr a mi hijo he sentido mucha alegría en vez de pensar por qué no soy yo ya el centro; ya no me toca ser el centro. Te sigues cuidando, haciendo deporte, pero no importa que no seas ya un campeón, no importa que haya gente que te adelante, ya no te toca a ti ir tirando en las carreras. Es duro, porque a ninguno nos gusta deja de ser competentes en las distintas parcelas de nuestra vida, pero al mismo tiempo está muy bien aprender de ello y sacar algo literario de ello.

Comienzas el libro con una frase muy impactante: «Escribir es un atrevimiento». ¿Qué te han aportado a ti los años a la hora de escribir, en tu mirada?

Yo estaba en Tarifa. Solía ir en verano, me gustaba mucho esa playa de dunas. Veía a muchas mujeres solitarias que caminaban. La playa tiene una parte nudista también. Estaba atascado en la escritura y se me ocurrió poner eso, que escribir es un atrevimiento, como desnudarse en una playa. Escribir es difícil, no importa que lo hayas hecho antes. Aunque ahora, por responder a tu pregunta, creo que lo hago con más libertad, me dejo llevar más, por las lecturas que has hecho, por la vida que has tenido. Es como cuando aprendes un idioma y de repente te sueltas y no estás tan pendiente de lo que dices o de si te van a entender o no. Creo que lo que he ganado al escribir es que he perdido el miedo. Quiero contar historias y me lanzo a escribirlas. Llegaré hasta donde llegue, serán mejores o peores, pero tienes un baremo propio de lo que quieres y sabes lo que te vale y lo que no.

***

ARNAU

(Un relato inédito de Ernesto Calabuig)

Su exquisita educación al pedir un balón, hace unos años, es lo primero que recuerdo, un balón de fútbol que se les había colado a sus hijos en mi jardín, una tarde de verano, o quizá de primavera, eso ya lo he olvidado, pero no sus modales ni el hecho de parecerme en aquel momento algo así como el prototipo del “hombre civilizado occidental”. Eso fue hace mucho. Corren los años como el Phoebus de las Cantatas que seguro escucha, el Apolo que se apresura, en la pieza de Bach, “con veloces caballos”. En todos estos años de vecinos no hemos tenido, en realidad, muchos encuentros, aunque sí saludos muy cordiales, breves conversaciones a pie de calle y también intercambio de libros según se iban publicando, los suyos de poesía, los míos de relato… la casualidad de coincidir, un par de bromas junto a la caja del supermercado, el hermoso sonido de su piano los domingos, estirando la paz de las mañanas desde el mediodía mientras se mantenían las melodías en el aire, la conciencia de vivir junto a un culto e importante historiador del arte, ciudadano del mundo, acostumbrado a Europa, pero también a los paisajes de África y a los ríos de Camboya que sus poemas retratan…

Semanas y semanas de confinamiento. De golpe, ayer, a la hora de la comida, la voz angustiada de una mujer al otro lado de la valla del jardín pidiendo ayuda, solicitando una ambulancia porque él “tiene mucho frío, temblores, está muy pálido, parece que va a vomitar…”

Es un seis de mayo de 2020, aún rige en el país el estado de emergencia por la pandemia del Covid19. Al cabo de unos diez minutos aparece la ambulancia amarilla, roja y azul de Sanitas en la puede leerse “Santa Sofía”. Los sanitarios llegan con mascarilla y no tardan en enfundarse sus trajes especiales. En segundos se han transformado en astronautas de una atmósfera extraña, en rescatadores de urgencia de mi amigo. Y estoy aquí, me doy cuenta, llamándole amigo, sabiendo que tal vez no lo somos. Pero algo me impulsa a hermanarme con él en estos instantes en los que su vida parece estar en juego. Desde la ventana de mi cocina se ve sólo el seto de arbusto y la parte alta de la ambulancia con sus modernas luces. Al cabo de unos minutos se oyen conversaciones del otro lado del jardín. Arnau tose de manera repetida, pero, al parecer, camina despacio hacia la ambulancia por su propio pie. No sé por qué me lo imagino con una pesada manta sobre los hombros pese al calor de mayo, una de esas mantas pardas, indestructibles, de tiempos del servicio militar. Pasa todo muy rápido. Esta vez no hay melodías en el aire. Nada parece sostenerse en alto, salvo la inquietud. En breve quedan el silencio y el temor como única compañía cuando la pesada puerta corredera del vehículo se cierra y la camioneta se pone en marcha. Irse no parece difícil, sea de la casa o de la vida. El asombro ante la idea de que resulte tan sencillo pasar de un estado a otro. En eso consiste la vida, o el aprendizaje de la vida.

Termino de cualquier forma la comida. Dentro de una hora tengo reunión de claustro virtual en el colegio, está siendo un difícil final de curso para profesores y alumnos. Voy a las estanterías del salón, busco su Tercera Persona y su Imperio de Angkor, me pongo a releerlos, y cada palabra cobra para mí el tono de una plegaria: que sobreviva, que regrese, aunque nuestros encuentros vuelvan a ser meramente causales, y a veces representen sólo el agradable y lento saludo de una mano, o una sonrisa cuando aparca o arranca su Ford blanco familiar. Ir, venir, continuar vivos. Respirar en el mundo. No necesitamos mucho más.

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Sobre el autor

Javier Morales
"Soy escritor, periodista y profesor de escritura creativa. He publicado el relato autobiográfico "El día que dejé de comer animales", las novelas “Trabajar cansa” y “Pequeñas biografías por encargo” y los libros de relato “Ocho cuentos y medio”, “Lisboa” y “La despedida”. Imparto clases de escritura creativa en el taller de Clara Obligado y en la Escuela de Escritores. En Área de Descanso hablo de los libros que me gustan. Puedes seguirme o escribirme en: escrituracreativajaviermorales@gmail.com Puedes seguirme en:

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