Cómo ha cambiado tu vida al encontrarte con una oveja negra

Cómo ha cambiado tu vida al encontrarte con una oveja negra

Autorretrato del escritor

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Autorretrato del escritor Gabi Martínez con Siria, la perra mastina.

El escritor Gabi Martínez (Barcelona, 1971), conocido sobre todo por sus libros de relatos viajeros, decide sumergirse en sus orígenes, en las tierras de su madre, como aprendiz de pastor en La Siberia extremeña. Una experiencia que le supone ‘Un cambio de verdad’ –ése es el título del libro, que acaba de publicar Seix Barral– al encontrarse con un rebaño de ovejas negras merinas, las marginadas de la historia.  

Un libro en la línea de atención/reivindicación del mundo rural que últimamente está dando perlas como Tierra de Mujeres de María Sánchez, La naturaleza del silencio, de Suso Mourelo, y Un hipster en la España vacía, de Daniel Gascón Rodríguez. Obras que demuestran que frente a ese concepto de España vacía, triste y atrasada, seguramente ha llegado el momento de apostar por otra manera de vivir, alejada del ruido, estrés y contaminación de las grandes ciudades, que nos tratan como meros consumidores/productores, para sentir el paso del tiempo, de las estaciones, de las hojas que caen, del rebaño de ovejas que pasa.

En esta entrevista, Gabi Martínez nos detalla cómo fue ese proceso de cambio, cómo, tras dar tantas vueltas a la Tierra, ha venido a encontrarse en la tierra, su tierra, la de su madre: “Los últimos años he visto que, mientras alrededor todo se iba emponzoñando, con una corrupción rampante, la normalización del odio y una sociedad super-acelerada, ahí seguía mi madre, fiel a la ética y la fuerza de toda la vida, y hablando aún de su pueblo, uno de esos lugares que algunos asocian al vacío cuando resulta que mi madre está llena, y es frondosa y potente. Quise saber de dónde había sacado la resistencia, la naturaleza y la moral que había intentado transmitir a sus hijos”.

Después de tantos libros tuyos con viajes alrededor del mundo (del Nilo a China, de Pakistán a Australia), ¿qué te llevó a mirar a la tierra de tu madre, la Siberia extremeña?
En 2006, cuando mi hijo tenía dos años, fui con él al Aquarium y vimos un coral de la Gran Barrera de Coral australiana. Un cartelito decía que si la temperatura del planeta aumentaba en dos grados, un 90% de la Gran Barrera moriría. Me obsesioné con la idea, hasta el punto de viajar a Australia y escribir un libro, En la barrera, sobre el momento límite que vivimos. Desde entonces, observo con mucha más atención al medioambiente, y mi propio trabajo apunta en gran manera hacia ahí. A la vez, después de escribir sobre muchos lugares del mundo, me he ido acercando cada vez más a mi espacio, mi familia, mi tierra. Y a la preocupación ecologista se ha unido la inquietud por la ética local.

Los últimos años he visto que, mientras alrededor todo se iba emponzoñando, con una corrupción rampante, la normalización del odio y una sociedad super acelerada, ahí seguía mi madre, fiel a la ética y la fuerza de toda la vida, y hablando aún de su pueblo, uno de esos lugares que algunos asocian al vacío cuando resulta que mi madre está llena, y es frondosa y potente. Quise saber de dónde había sacado la resistencia, la naturaleza y la moral que había intentado transmitir a sus hijos. «Piensa que aquello también es muy duro. Nosotros emigramos», me advirtió. No quería ofrecerme un retrato bucólico, pero tampoco el lamento sostenido que arrastramos desde Julio Llamazares y ha hecho suyo tanta gente del campo que infravalora lo que tiene, mientras muchos urbanitas les dan la razón con una especie de regodeo paternalista. Si queremos cambiar algo, hay que liquidar ese lamento y contar lo rural expresando también su belleza y sus posibilidades, empoderar al campo como se empodera a una persona. Por eso el libro también habla de madres e hijos, de creación y futuro.

¿Qué te dice ese paisaje extremeño?

Me habla, precisamente, de biodiversidad. En La Siberia confluyen cinco ecosistemas, es una fiesta de la vida. Uno de ellos, la dehesa, es el espacio más biodiverso del mundo. Y resulta que es una tierra intervenida por el ser humano. El ejemplo de que, cuando respetamos el entorno, todos salimos ganando. Y eso hace pensar en la creación, en cómo colaborar para crear juntos. Y en la utilidad del diálogo. Poetas como Pessoa o Whitman nos dijeron que somos muchos y contenemos multitudes. Si reconocemos a los muchos yoes que nos habitan, será más fácil entender a personas que piensan distinto, y llegar a acuerdos con ellas. Sin embargo, se han impuesto los extremos, la gente intolerante que cree que la única la razón es la suya, y por eso se extienden los monocultivos, la verdad única, los espacios que no admiten la biodiversidad.
Además, los grandes espacios naturales vibran tanto que sacuden la inspiración, y hacen pensar en el arte. Creo en la poesía, considerando a la poesía como una forma de estar en el mundo; y creo en liberar nuestra naturaleza animal, porque eso agudiza los sentidos, la intuición, que permite detectar peligros y prepararnos para enfrentarlos. Eso también sugiere el paisaje extremeño.

Gabi Martínez con un rebaño de ovejas merinas negras.

Resúmenos cómo fue la experiencia, Gabi.

El arco completo es de once meses, desde enero hasta noviembre, con un paréntesis que me trajo de vuelta a Barcelona debido a una enfermedad de mi padre. Empecé en invierno en un refugio de pastores a seis kilómetros de Garbayuela, en La Siberia extremeña. Allí no había dormido nadie desde hacia 30 años. Mi misión era ayudar al pastor, que dormía en el pueblo. En el refugio, disponía de un pozo para beber y fregar, chimenea, un colchón que tiré en el suelo poniendo el saco de dormir encima, y un generador eléctrico que encendía un par de horas de noche, para cocinar y leer. También tenía a Siria, una mastina estupenda. La historia, como dice el título, habla de un cambio, y por eso la segunda parte transcurre en una casa deshabitada de La Serena donde pasé a estar con un rebaño de unas 800 ovejas merinas negras criadas en ecológico. Y allí fui con mi hijo, sí. Las razones se cuentan en el libro.

¿Y qué conclusión has sacado, te ha marcado volver a los orígenes, encontrarte, más que perderte en latitudes lejanas?, ¿ha sido ‘un cambio de verdad’ frente a otras situaciones que pueden resultar puro postureo?

Es muy diferente viajar a lugares desconocidos donde eres alguien de paso que anclarte en un espacio relacionado con tu familia, aunque solo lo conozcas de oídas. Sientes que ese paisaje te interpela de otro modo. Además, en La Siberia estaba instalado, quieto en una casa, mientras que los viajes implican desplazamiento constante, pernoctar en sitios distintos. La forma de pensar el espacio es muy diferente. Los libros de viajes admiten esbozos, comentarios a vuelapluma de los lugares por donde pasas, pero en La Siberia me quedé mucho tiempo, debía entrar de una forma más honda y detenida en la historia. Y fui a trabajar, no solo a escribir lo que veía. La implicación con el territorio ha sido emocional, por mis raíces; y física, por el trabajo diario.

Por otro lado, creo que llevaba toda la vida preparándome para una experiencia así. Cuando empecé a escribir, a asomarme al mundo de la cultura y a la sociedad en general, percibí que había muchas claves que se me escapaban. Yo soy de Hospitalet, y el centro de Barcelona hablaba un idioma que aún debía comprender. Creo que hallé un refugio en el viaje, mi gran escuela de caracteres. Las personas de otras culturas, las familias ajenas, me han ayudado a ir entendiendo cosas de mi gente. Ahora creo que durante los anteriores viajes me había estado preparando para afrontar con garantías mis territorios sentimentales y algunas de las grandes palabras de mi cultura: Madre, Naturaleza, España. Y, al cabo de años, cuando he creído estar preparado para encarar esas realidades cercanas, lo he hecho.

El cambio de verdad del título apunta a dos aspectos. Uno, el cambio de paradigma que me impulsó a vivir en el campo. La posibilidad, y la necesidad, de cambiar verbos como correr por ralentizar. Crecer por reducir. Y el otro cambio apela a mi experiencia individual. Llegué allí con una idea básica de cambio: moverse de un lugar a otro. Pero al vivir y trabajar sobre el terreno, al conocer y sufrir y disfrutar lo cotidiano, decidí hacer un cambio dentro del cambio. Es decir, el primer cambio, estético, dio paso a un segundo cambio mucho más decisivo, por transformador. Un cambio de verdad.

Repites a menudo en el libro que la ecología no casa bien con ese mundo rural, y se materializa claramente en las posturas encontradas entre quienes desean la Reserva Natural y quienes apuestan por un parque temático/acuático. Sin embargo, muchos creemos que es la única manera de asegurar su futuro. Tú, ¿cómo lo ves?, ¿por qué esa cerrazón, por qué piensas que lo siguen viendo como prioridades de urbanitas que no se enteran de nada?

En 1972, Indira Gandhi dijo que los países subdesarrollados tenían todo el derecho a destruir la naturaleza, como la habían destruido los países más avanzados, hasta situarse económicamente a su altura. Creo que alguna gente del campo comparte esa actitud casi medio siglo después. Y eso ocurre porque buena parte del campo mira al mundo con los ojos de la ciudad. Aspira a replicar esa idea de progreso. Por eso, me encontré con varias personas que me preguntaban qué hacía yo perdiendo el tiempo allí, si no había nada que ver. El relato que nos hemos repetido hasta hace muy poco va de tecnología, superioridad del ser humano sobre la naturaleza, acumulación de dinero…

España construyó su particular relato durante la Transición, asociando a la ciudad con la libertad y el dinero; al pueblo, con la tristeza y el abandono. Lo hizo tan a fondo que incluso la gente del campo aceptó ese reparto de papeles, asumiendo que los espacios donde vivía eran tristes, vacíos, nada. Que el campo comparta los criterios industriales de los urbanitas hace que muchos actúen sobre el territorio igual que los urbanitas han actuado sobre el suyo. Es la actitud del colonizado que se asume como inferior. Pero no creo que cambiar la mirada sea solo una tarea de la gente del campo, la ciudad también debe contribuir a reivindicar los valores de la naturaleza y a ofrecer alternativas que nos hagan creer a todos que el campo es una posibilidad de futuro. Eso implicaría una relectura de la propia ciudad que implicará una regeneración de muchas dinámicas urbanas más bien ponzoñosas.

Detalle del rebaño de ovejas que cuidó Gabi Martínez.

En ese mismo sentido, en ‘Un cambio de verdad’ hay un continuo homenaje a Félix Rodríguez de la Fuente, a defender su legado frente a las críticas. ¿Crees que somos un país sin remedio en cuestiones ambientales?

Desde luego, vamos muy por detrás de otros países en el cuidado del medio ambiente. No se trata de tener muchas reservas naturales y muchos parques nacionales, que no dejan de ser escaparates, museos de la naturaleza, sino asumir que formamos parte de lo natural y aprender a relacionarnos con el entorno, el de las ciudades también, de la manera más responsable posible. Tenemos algunas de las organizaciones ecologistas mejor preparadas de Europa, pero su mensaje no cala en sociedad… por su radicalidad. Yayo Herrero, por ejemplo, admite que el ecologismo español es de los más extremos, quizás a consecuencia de las realidades extremas a las que ha debido enfrentarse.

El propio Félix Rodríguez de la Fuente sufrió, en su caso, el menosprecio de una izquierda que decidió acusarle de recibir favores de la dictadura. Es el fruto, al fin y al cabo, de un país polarizado, en el que se asocia cazador a Vox y ecologista a extremista de izquierda. Una dialéctica guerracivilista que se refleja cada día en los foros políticos o en los medios de comunicación. Conclusión: los ecologistas son vistos como unos radicales ajenos a las necesidades auténticas de la sociedad, y tiene que ser Norwegian Airlines la que homenajee a Rodríguez de la Fuente como uno de los personajes más destacados del siglo pasado, poniendo su rostro en los alerones de dos de sus aviones.

Hay que tener en cuenta que la voracidad económica de la España de la Transición ridiculizó a cualquiera que alertara sobre los excesos que se estaban cometiendo. Hippy, ecologista o poeta han sido apelativos para descartar a personas con ideas discrepantes con el credo del crecimiento rápido y «a lo grande». A Miguel Delibes lo llamaron retrógrado por hacer que su Daniel el Mochuelo no fuera a estudiar a la ciudad, quedándose a aprender en el campo. Y, ante esa torpe idea de progreso, que Delibes veía que se extendía peligrosamente, centró su discurso de ingreso a la Real Academia de la Lengua Española en la necesidad del Crecimiento Cero para que el cambio climático no nos condujera al colapso. No le hicieron mucho caso, claro. Al fin y al cabo no hizo más que suscribir que era un carca retrógrado, según ellos. Hasta que no cambiemos el relato, hasta que no demos aún más voz a personas que nos sugieren relatos alternativos, será difícil abordar con garantías un cambio colectivo de actitud medioambiental.

Tu abuelo se fue del campo a trabajar como barrendero en Barcelona, decía que lo prefería. ¿Cómo ves tú ahora el viaje de vuelta a los pueblos, algo que ahora con esta pandemia se plantean algunos, o muchos?, ¿lo ves fácil, viable, una trampa?

La idea de vivir en el pueblo todavía tiene que asentarse como posibilidad real, así que son pocos los que se van al campo con convencimiento y alegría. Con la pandemia, para una mayoría ir al campo va a ser la única alternativa, pero pueden verlo como un retroceso, una derrota. Lo que ocurre es que, cuando se abandona el estrés, la polución, el ruido de la ciudad, y se entra en esa dimensión, también muy exigente pero mucho más tranquila, la sorpresa puede ser muy agradable… y seductora. Creo que si la gente que va al campo lo hace asumiendo que no será fácil pero vivirá de forma más sana e igualmente conectada al mundo -ése es uno de los grandes miedos actuales: desconectarse-, el retorno que obtendrán será estupendo. Si hay mucha gente que hace ese viaje, pueden crearse comunidades de personas proactivas que piensen cómo amortizar de la mejor manera sus nuevos espacios de vida. Todo dependerá de la mentalidad con la que se haga el cambio.

Sufriste bloqueos creativos. Cuéntanos.

Por una parte, cuando quise empezar a escribir descubrí que no tenía el vocabulario necesario para identificar todo lo que estaba viendo, ni la familiaridad con el entorno ni la comprensión necesaria para conseguir una escritura natural. Y en el bloqueo también influyó esa responsabilidad que comentaba antes: iba a abordar palabras mayores como Madre, Naturaleza, España. Temas sobre los que llevaba mucho tiempo esperando escribir, y había llegado el momento. Durante seis meses no pude avanzar. No me había pasado nunca, siempre he tenido facilidad para articular ideas y estructurarlas narrativamente. Pero no había forma. Tuvo que ser el tiempo el que aposentara todo. Aprendí a distinguir espárragos, a nombrar al elanio, al abejaruco, al acebuche. Y fui haciéndome con las inquietudes y esperanzas de la gente que vivía allí, interioricé la importancia del clima. Y, además, percibí que yo había ido a Australia por mi hijo y ahora estaba allí por mi madre, y pensé mucho en la masculinidad, en cómo los hombres nos relacionamos con nuestros hijos, los hombres de todo el mundo pero los de España más, y quise pasar tiempo con mi hijo entre ovejas. Supongo que, después del verano, tenía muchas nuevas palabras y un conocimiento y una intuición suficientes, así que la historia se mostró, en forma y contenido, y empezó a fluir.

¿Por qué esa obsesión, Gabi, por el color negro?, ¿es reflejo de ese luto que tiñe de pesimismo y miseria nuestro campo y que tanto plasmó la Generación del 98?

La importancia del negro en el libro busca evidenciar que el color, los colores, no son más que una convención que puede cambiar, porque el negro que he conocido en La Siberia es un símbolo de hermosura y futuro. La aparición del rebaño de oveja negra fue literalmente deslumbrante. Estuve a punto de titular al libro Deslumbramiento. Esa aparición me hizo pensar mucho en ellas y en la luz. Una reflexión llevó a otra, me animé a investigar, y detecté un sinfín de lugares comunes que señalaban al negro como algo malo. En concreto, sirvió para estigmatizar a las ovejas negras, que no solo empezaron a ser eliminadas hace siglos porque su lana no se podía teñir, sino que además se vinculó su color a lo no rentable. Oveja negra. Como símbolo de lo improductivo, de lo que no sirve. Profundizar en la otra cara del negro me abrió a las inmensas posibilidades de los márgenes, de la gente a la que se invisibiliza, de los seres que descartamos por feos o improductivos. Por eso el libro presenta las potencias de apicultores, pastoras, queseras o rescatadores espontáneos de buitres o cigüeñas. Esa gente fundamental para la biodiversidad, y tan poco valorada en nuestras sociedades. De hecho, hablabas de la generación del 98, pero sobre todo apelo a la del 27, una generación espléndida en poetas y rebeldes (varios de ellos acabaron exiliándose) que promovieron caminar el territorio para aprender a quererlo. Su apuesta no fueron las banderas abstractas, sino la tierra, los huertos, los burros, la realidad cercana y material.

Destácanos una escena, un momento de esta experiencia entre ovejas negras.

El descubrimiento del rebaño de oveja negra. Era una tarde de invierno, el sol se estaba poniendo, y vi a contraluz un rebaño que se acercaba a mí. No descubrí que eran negras hasta que estuvieron muy cerca. Y distinguirlas ahí delante, magníficas y distintas, me maravilló. Otro momento memorable fue el de la primera ducha, por llamarla de algún modo, desnudo delante del refugio, a unos seis grados. Acababa de llegar de una buena caminata, calenté agua en dos cazos y me la vertí delante de la mastina. También recuerdo con cariño los paseos de noche con ella. Hay muchos momentos.

Una persona.

Dos. Miguel Cabello, el ganadero de las ovejas negras. Un vanguardista rural. Simboliza cómo la implicación con una idea avanzada y sostenible puede transformar el mundo alrededor. Él y su familia creen en serio en lo ecológico, en las razas autóctonas, y están dedicando su vida, contra muchísimos impedimentos -y esto tendría otro libro- a demostrar que siguiendo criterios no industriales y apostando por la conservación a pequeña escala aún se puede vivir en el campo. La otra persona es Álvaro Sánchez, un madrileño que montó un camping en Puerto Peña y se ha convertido en un enorme conocedor de la comarca. Es uno de esos rescatadores purasangre que ayuda y cuida y prospera sin dañar y procurando compartir lo mejor de lo que tiene y sabe.

Y un animal, una conducta animal que te sorprendiera especialmente.

De Siria aprendí mucho. Las primeras noches, cuando me encerraba en la casa, me inquietaba oírla ladrar fuera, pensaba que podía haber peligros rondando. Con el paso de las noches, comprendí que era una rutina. Ladraba durante más o menos una hora, y luego callaba. Entonces, empecé a inquietarme las noches que no ladraba, preguntándome si le habría pasado algo. Un par de noches encontré a ranas en el porche de casa. Los zorros se acercaban mucho, había uno que entraba en el camping de Álvaro a que le dieran de comer. También vi un nido de gorrión a 50 metros del de un águila culebrera, que podía atacarle en cualquier momento. Algo muy didáctico ha sido pensar en cómo los animales salvajes se acercan a presuntos depredadores suyos creando un inesperado pacto de convivencia. Muchos animales están acercándose a los enclaves urbanos. Al entender que no vamos a por ellos, algunos buscan refugio de otros depredadores en la presencia humana. Sería otro ejemplo de adaptación y colaboración entre especies.

¿Ha leído tu madre el libro, qué te ha dicho?

Desde luego, fue la primera en hacerlo. Le ha gustado mucho. Ha visto su paisaje representado, y una forma de vivir que forma parte de su esencia. No pidió que retocara prácticamente nada, cosa que me sorprendió. Sobre algunas cosas expresó dudas, porque por ejemplo se enteró de detalles que desconocía sobre su madre, mi abuela. Tampoco sabía que La Siberia se llamaba así. Y me regañó un poco porque en el libro solo se menciona a Agudo, que es su pueblo natal, ya en el término de Ciudad Real. Le habría gustado que Agudo tuviera el protagonismo de Tamurejo y Garbayuela, los pueblos de mis abuelos maternos. Ya le digo que eso queda para la segunda parte.

Veo que el compromiso con esa tierra va más allá de este libro. Creo que te has metido en organizar un festival estival de Literatura en La Siberia. Y que este año es su primera edición. ¿Es así?

Forma parte de ese cambio de verdad que comentábamos, y tiene que ver con un compromiso real con el territorio, y sostenido en el tiempo. La primera acción fue organizar una pequeña trashumancia con artistas de distintas disciplinas siguiendo al rebaño de oveja negra. Participó desde el director de cine Agustí Villaronga a la ilustradora Carla Berrocal, fotógrafos, un director de animación, un pintor… Con Miguel, el ganadero de las negras, pensamos que había que visibilizar de forma gráfica que la alianza entre cultura y naturaleza es una opción real. Funcionó tan bien que hemos montado la Asociación Caravana Negra para seguir trabajando en esa línea. Por cierto, desde la asociación se pueden apadrinar ovejas negras, gallinas, pavos, burros, todos de razas autóctonas… y tenemos una web donde cualquiera que haya vivido una experiencia como oveja negra puede enviar un relato, un vídeo o cualquier obra artística contándola… Y este julio, este fin de semana, he organizado con la alcaldesa de Tamurejo y su equipo un festival de Literatura en el que, entre otros autores, participa Miguel Delibes de Castro, el hijo biólogo de Miguel Delibes, para homenajear al escritor en el Año Delibes.

¿Tu próximo proyecto, tu próximo viaje?, ¿o no es tiempo para viajar?

Siempre es tiempo para viajar, ya lo creo. Acabo de terminar un libro sobre Supermanzanas, ese proyecto para rediseñar las ciudades y hacerlas más ecológicas expulsando vehículos de las calles y ganándolas para los ciudadanos. Se trata de cambiar el concepto peatón por ciudadano. Pura filosofía. Y, por otro lado, ultimo un libro sobre Animales invisibles ilustrado con el arqueólogo Jordi Serrallonga y la pintora Joana Santamans. También estoy enfrascado con un libro sobre animales invisibles de España. En la línea, en fin, de seguir reivindicando perlas escondidas.

Te veo de verdad comprometido, Gabi, con lo supuestamente vacío pero en realidad muy lleno, pletórico.

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