26.04.2019

Campaña electoral mochilera bien lejos de España

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Ilustración: M. Muñoz.

Ilustración: M. Muñoz.

Supongo que hoy debería hablar de elecciones, de debates, de políticos y de toda esa milonga, pero, lo siento, no puedo hacerlo, ya que, en esta ocasión, he decido pasar la campaña electoral lo más lejos posible de España e intentar pasar el trago sin agriar mi carácter. Al fin y al cabo, mi voto lo tengo claro hace tiempo.

El caso es que, aprovechando que una de mis hijas andaba este año de Erasmus por Colombia —no hace falta que os repita la envidia que me dan estas becas—, nos hemos ido a pasar la Semana Santa al Caribe, como Curro, aquel perro tan simpático al que le tocaba la lotería. En mi caso, de lotería nada, de hecho, ya sabéis que soy más bien carne de low cost, por lo que nos ha tocado ir de mochileras… y a mucha honra.

Aviso a todos los cincuentistas del mundo: si algún día decidís emprender un viaje guiados por vuestros hijos, sobrinos, nietos —o cualquier persona menor de veinticinco años—, no dudéis en realizar un proceso previo de preparación mental y física y, sobre todo, repito, sobre todo, no olvidéis que uno de los requisitos básicos para ser mochilero es llevar una buena mochila. Ya sé que esto puede parecer una perogrullada, pero una, a los cincuenta y tantos, puede caer en la tentación de tomarse una pequeña licencia y cambiar la mochila por una pequeña maleta de cabina, ya sabéis, por eso de la espalda. “Al fin y al cabo, un par de rueditas no hacen mal a nadie”, podría pensar. ¡Error! No hay rueda que resista un camino de tierra, una playa o una subida al monte. Como bien me dijo Pacho —un amigo argentino, treintañero, con rastas, malabarista y tatuador, al que conocimos en un alojamiento de a 7€ la cama—: “el equipaje del viajero ha de ser liviano”. “Lástima no haberte conocido antes, Pacho”, pensé al escucharle, porque él sí que sabía de lo que hablaba, llevaba cinco años rulando por América Latina y no parecía tener demasiada prisa por volver.

Hoy aquí, tumbada en mi sofá mientras me rasco los miles de granos que me he traído tatuados en la piel como suvenir, siento nostalgia de la música, los mojitos, las arepas, el calor y el color, la playa; sonrío cada vez que recuerdo nuestros viajes en chiva con esos cobradores que asomaban medio cuerpo por la puerta mientras voceaban el nombre de la ciudad de destino con la esperanza de convertir un autobús lleno en una lata de sardinas, confieso que también me entran ganas de llorar cuando pienso en los kilómetros de chabolas que hemos contemplado en nuestros desplazamientos, una miseria que es difícil de imaginar si no la has visto con tus propios ojos.

En fin, ahora que he vuelto a casa aprecio más que antes las pequeñas cosas, como el caudal de agua caliente que sale del grifo de mi ducha no comunitaria, pero valoro sobre todo las grandes, como vivir en un país en el que la brecha social no es un abismo —aunque todo sea mejorable—. Mi viaje se ha convertido, en cierto modo, en una especie de campaña electoral particular en la que no hacen falta debates.

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Sobre el autor

Marta Rañada
Editora y documentalista de profesión, profesora de escritura creativa por devoción y cincuentista por pura diversión. Mi única ambición es reírme de los cincuenta y vivirlos con la cabeza bien alta, desafiando incluso la ley de la gravedad. He publicado varios libros infantiles y el año pasado me estrené como novelista con Las uvas de la Hidra (Bookolia, 2016).

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