18.02.2018

Carlos Frontera: “Hay que transgredir, hoy en día más que nunca”

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El escritor Carlos Frontera. Foto: Isabel Wagemann

El escritor Carlos Frontera. Foto: Isabel Wagemann.

La familia, las relaciones de pareja, la vida cotidiana… El escritor Carlos Frontera (Sevilla, 1973) le da la vuelta a estos temas universales de la literatura en su primer libro de cuentos, ‘Andar sin ruido’ (Páginas de Espuma). “Quizá es que nos ponemos pesaditos cuando nos obsesionamos con algo, de ahí que cuentos escritos con años de diferencia acabasen hablando de lo mismo”, explica el autor en esta entrevista.

Has publicado tu primer libro pasados los 40. Como nos dicen que ocurre en la vida real, ¿también en la literatura los 40 son los antiguos 30? ¿Qué ha estado haciendo todo este tiempo Carlos Frontera?

No conocía ese dicho de que los 40 son los nuevos 30. Pero claro, tampoco he visto Verano azul ni Friends, carezco de muchos referentes de mi generación, lo cual quizá explique algunas cosas. En este tiempo, en lo literario, he estado fundamentalmente leyendo, maravillándome a veces, disfrutando de lo lindo en no pocas ocasiones, aburriéndome también como una ostra, lo típico. Escribo cosas desde hace más de 20 años, cuentos sobre todo, que es el género que más se ajusta a mí, aunque también hay por ahí dos novelas y media, una novelita corta y un manojo de poemas que espero, ruego, madrecita mía, que nunca vean la luz. Hasta hace como cinco años no contemplaba la idea de publicar. No sé, leía cosas tan buenas, cosas vuestras, de los otros, que me preguntaba qué necesidad había de publicar lo mío. Durante varios años mantuve un blog en el que colgaba relatitos sin pulir. En esa época, recibí un par de propuestas de publicación, pero francamente, no me parecía necesario, no lo veía a la altura. Tenía como una necesidad de escribir, sí, pero era algo íntimo, restringido. Eso de publicar me provocaba entre pudor y miedito. Si finalmente he dado el paso, ha sido animado por dos exparejas, más lindas ellas, que prácticamente eran mis únicas lectoras, las pobres, y que siempre me apoyaron, y por un empujón final de Hipólito G. Navarro, que leyó el manuscrito de lo que acabó siendo Andar sin ruido y me dijo que eso tenía que publicarse. Su entusiasmo y generosidad acabaron por convencerme.

Cuéntanos cómo fue la escritura de ‘Andar sin ruido’.

Pues diría que por acumulación. Me explico: como ya he contado, llevaba muchos años escribiendo cuentos pero sin vocación de publicar. Los cuentos se amontonaban en cuadernos y carpetas en mi ordenador al tuntún, muchos de ellos sin corregirlos apenas. Hará como cinco o seis años —tengo una memoria nefasta, es probable que confunda fechas—, mi pareja de entonces me regaló la matrícula de inscripción de un taller de relato avanzado y me dijo, chispa más o menos: ‘toma, para que armes un libro de cuentos y lo trabajes durante un año’. No pude decirle que no. Revisé mis cuadernos y mis carpetas de Word, hice una selección de los cuentos que pensaba que podrían merecer la pena y me dediqué a buscar hilos conductores, no sé, atmósferas semejantes, algo que pudiese aunarse bajo un mismo título y congeniase, que no se liase a tortas. De todo aquello resultaron tres montones, y, de los tres, seleccioné el que más me apetecía trabajar en ese momento, el que me resonaba más, que acabó convirtiéndose, tras algunos descartes e incorporaciones de última hora, en Andar sin ruido. Lo curioso es que, aunque el libro surgiese por acumulación, pronto vi en él una vocación de conjunto, de unidad. O quizá no sea tan curioso. Quizá es que nos ponemos pesaditos cuando nos obsesionamos con algo, de ahí que cuentos escritos con años de diferencia acabasen hablando de lo mismo.

El primer cuento que abre el libro se titula ‘Las novias cuando nos dejan’. El siguiente ‘Todas las familias felices (una relectura humorística de Ana Karenina)’. El siguiente ‘Para la mejor mamá del mundo’. Las relaciones de pareja y la familia, con las madres como protagonistas, adquieren un relieve central en el libro. Todas las familias son un excelente material narrativo, ¿no?

Uy, las familias. Somos seres sociales, los humanos, de eso no cabe duda, y la familia es la unidad mínima de socialización, por decirlo de alguna manera, el punto de partida a partir del cual se forjan todas las demás interacciones sociales. Creo que es en familia cuando somos más auténticos, que nunca somos tan adorables ni tan cabrones como entre las paredes de casa. Conforme nos alejamos de casa, vamos añadiendo capas, abalorios, convenciones, somos otra versión de nosotros más políticamente correcta. Me interesa mucho investigar cómo nos comportamos sin tanta purpurina, ver hasta dónde podemos llegar cuando no hay tantas normas a las que acogernos, o pueden ser vulneradas con más impunidad. Y lo cierto es que somos torpes, muy torpes. No entendemos casi nada. Metemos la pata hasta el fondo.

Un de los aspectos más sugerentes del libro es la transgresión del mundo cotidiano, con objetos (cajas, ceniceros) que adquieren un relieve inesperado; por ejemplo, relatos donde a veces conviven la realidad y la fantasía para hablarnos de la realidad, claro.

Es que para mí fantasía y realidad no son compartimentos estanco. O, dicho de otra manera, lo que ocurre dentro y fuera de nuestras cabezas pertenecen a una misma dimensión. En nuestras mentes desvariamos a base de bien, construimos relatos que en nada se parecen a lo que sucede fuera de ellas, son un puro disparate, nuestras mentes. ¿Por qué no trasladar también ese delirio a los cuentos? Si de pronto un personaje ve un cenicero que se queda suspendido en el aire, que no cae, ¿por qué negarle al cuento ese cenicero, aunque sólo exista para ese personaje, tal vez para uno o dos más? Hay que perderle el miedo a eso que llamamos locura. Y, sobre todo, hay que transgredir, hoy en día más que nunca.

Y sorprende en todos ellos el humor, un humor un tanto absurdo y casi esperpéntico a veces. Un recurso en línea con cierta tradición española que pocos autores, salvo contadas excepciones, practican en la actualidad.

Eso sí lo tenía muy claro cuando empecé a armar el libro, que el humor debía estar presente. Los cuentos describen situaciones cotidianas en las que las relaciones entre padres e hijos y de pareja están en la cuerda floja, en un punto en el que es posible tanto la salvación como que todo salte por los aires. En situaciones así, tan al límite, lo mismo se puede dar la tragedia como el absurdo, lo mismo se puede desencadenar una discusión como acabar todos con una risa tonta, producto de los nervios. Esa posibilidad, la del absurdo, la de la risa tonta, debía estar presente en Andar sin ruido. También la parte trágica, claro, pero el humor un tanto disparatado no podía obviarlo. Y sé que el humor no goza de muy buena fama en el mundillo, que es considerado un género menor y todo eso, pero concho, si está tan presente en nuestras vidas, el humor, en unos cuentos que hablen de situaciones cotidianas debía asomar su patita, no quedaba otra.

Los juegos verbales, el uso de un lenguaje oral y coloquial son también marca de ‘Casa Frontera’. Quienes te conocemos y te seguimos en Facebook, donde vuelcas día a día ese ingenio por retorcer las palabras y las frases para hablarnos de las cosas importantes, siempre con humor, vemos todo ese esplendor en el relato ‘Conquistar más cotas (Un cuentómic, vaya)’.

En ese cuento me dejé ir cuesta abajo y sin frenos. Escribo sin guión previo, parto de una imagen que por lo que sea me resulta poderosa, o de una frase que de algún modo me hace tilín, y tiro millas sin conocer nada de lo que viene después. No exactamente una escritura automática, pero sí prima hermana. Intento ser lo más libre posible, no atarme a convenciones ni tabúes. Escribiendo ese cuento (antes de que supiera que iba a ser un cuento, porque de muchos de estos desvaríos no resulta más que una ida de olla), me di cuenta de que algunas escenas se me presentaban de forma muy visual, como imágenes. Otras no, la mayoría tenían forma narrativa, pero unas pocas sí las veía claramente como imágenes. Esto me había ocurrido otras veces, pero como se suponía que estaba escribiendo narrativa, rápidamente transformaba esas imágenes en palabras. Sin embargo, con ese cuento me dejé llevar. No sé bien por qué, pero me dejé llevar y dibujé las secuencias que se me presentaban como imágenes, y escribí las que me pedían frases. En esa etapa de escritura aún no pensaba que aquello sería un cuento, escribía sin más, como tampoco pensaba, ni mucho menos, que se publicaría. No sólo me dejé llevar con las viñetas, también con los juegos de palabras. Los juegos de palabras me salen de una manera casi automática, diría que sin pensarlos, me los tomo casi como un divertimento, una pequeña transgresión para mantener la mente ágil y cuestionar hasta el idioma. Pero cuando escribo cuentos, intento que ese clic que dispara los juegos de palabras se desactive. Supongo que, como ya me había lanzado a la piscina de las viñetas en Conquistar más cotas, pues me dije qué diablos, vía libre para los juegos de palabras también. El caso es que, cuando terminé de escribir y me pareció que aquello tenía algo que merecía un cuento, lo primero que pensé fue en eliminar las viñetas y los juegos de palabras, pero pronto vi que, si lo hacía, perdía el sentido original, que no era posible trasladar lo que quiera que quisiera contar al lenguaje puramente escrito y formal. Así que me enfrasqué en las correcciones conservando dibujos, juegos de palabras, todo. Lo que no me imaginaba es que alguien lo publicaría. Pero mira tú.

Un cuento, por otro lado, que tiene su lado de búsqueda y de experimentación. ¿Es cierto que el cuento permite asumir más riesgos que una novela, por ejemplo?

Hum, no sé yo. Es verdad que eso es lo que se suele decir, pero yo no cuento con el suficiente bagaje escritor como para afirmar tal cosa. Quizá sí sea cierto que toda experimentación supone un trabajo extra para el lector, que de pronto tiene que manejarse en unos códigos a los que no está acostumbrado. Pudiera ser que exigirle a un lector situarse en ese plano durante tropecientas páginas sea excesivo, una sobrecarga a lo bestia que le puede provocar una rotura de ligamentos, cuando menos. Sin embargo, ese esfuerzo durante diez o quince páginas sí puede resultar soportable, incluso estimulante. Personalmente, yo, en tanto lector, valoro los libros que asumen riesgos, ya sea de cuentos o novelas. Ahora, también es verdad que, en no pocas ocasiones, esa asunción de riesgos acaba con un trompazo de padre y muy señor mío.

Siempre que entrevisto a un escritor de cuentos, me gusta conocer cómo ha ordenado los relatos, qué criterio ha seguido. ¿Cuál ha sido el tuyo?

Pues en el orden definitivo de los cuentos ha tenido un papel fundamental Juan Casamayor, mi editor. En un principio, el manuscrito tenía ocho o nueve cuentos más y casi el orden contrario: empezaba con el que cierra, Andar sin ruido, y concluía con uno de los primeros. En una mañana de domingo esplendorosa, Juan y yo estuvimos dale que te pego con el manuscrito, sacamos unos cuantos cuentos y fue Juan quien propuso que Las novias cuando nos dejan debía ser el primero y Charquitos de lluvia el último: el libro comenzaría con una ruptura de pareja y, después de transitar por todo tipo de crisis de familia y momentos chungos, acabaría con el cuento más luminoso y esperanzador. Me pareció una propuesta magnífica, acertadísima. También vimos claro que había como tres o cuatro cuentos que vertebraban el libro, tal vez los mejores, tal vez no, que debían ocupar posiciones estratégicas. Para decidir el orden de los demás, tuve en cuenta dos variables fundamentalmente: por un lado, quise intercalar los cuentos de extensiones más o menos parecidas, que no estuviesen de pronto los cuentos más cortos todos juntos y luego los más largos; por otro lado, también quise que los cuentos con un humor más evidente se alternasen con los cuentos más seriotes. Y, para completar la ecuación, hubo otro factor más complicado de explicar: buscaba que el libro leído de principio a fin fuese construyendo poco a poco como una atmósfera, como una sensación. No sé explicarlo bien, me temo. Algo como que el libro encajase como conjunto conforme se avanzaba en la lectura.

¿Cómo ves la salud del cuento actual?

Diga 33. Yo la veo estupendamente, si me han publicado a mí. No, en serio, me da la impresión de que el cuento en España está mejor que nunca, aunque sigue siendo uno de los hermanos pobres de la familia literaria. Se vende muy poco cuento, eso es evidente, pero también es verdad que hay destellos como Lucia Berlin, o Mariana Enriquez, o Samanta Schweblin, o Eloy Tizón, que de repente acumulan una edición tras otra, y eso es esperanzador. La existencia de una editorial como Páginas de Espuma, dedicada al cuento en un océano eminentemente novelesco, es un muy buen síntoma, creo, así como el trabajo de Salto de Página, Menoscuarto, Baile del Sol, y otras cuantas. Además, algunas editoriales no tan cuentistas están apostando últimamente por el cuento, léase Alfaguara o Anagrama, por nombrar algunas. Eso se traduce en la irrupción de nuevas voces la mar de interesantes, muy a tener en cuenta. La aparición de no pocas mujeres cuentistas con libros deslumbrantes también es una magnífica noticia. O el intercambio cada vez mayor con el otro lado del charco. En definitiva, sí creo que el cuento en España goza de mejor salud que hace algunos años, aunque no hay que perder la cabeza: las ventas siguen siendo muy bajas, me temo.

¿Cuáles son tus siguientes proyectos literarios?

Tengo un libro de cuentos bastante avanzado. Lo que puedo decir de él es que, mientras que en Andar sin ruido casi todas las historias tienen lugar en la intimidad de una casa, este otro libro sale a la calle y explora las relaciones que se dan entre vecinos, en el ámbito laboral, en las plazas de domingo… Además, desde hace unos meses estoy a piñón con la escritura de algo que aún no sé si tiene forma de cuentos o de novela rara, algo que llevaba tiempo reteniendo dentro y a lo que no me había atrevido a meterle mano. La coincidencia de ciertas circunstancias hizo que me atreviese. De momento, lo único que puedo decir al respecto es ¡ay!

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Sobre el autor

Javier Morales
Soy escritor, periodista y profesor de escritura creativa en el Taller de Clara Obligado y la Escuela de Escritores. Acabo de publicar “El día que dejé de comer animales”, un relato autobiográfico. Soy autor de las novelas “Trabajar cansa” y “Pequeñas biografías por encargo” y de los libros de relato “Ocho cuentos y medio”, “Lisboa” y “La despedida”. En Área de Descanso hablo de los libros que me gustan, pero la vida y el momento presente siempre se cuela en ellos. Puedes seguirme o escribirme en: escrituracreativajaviermorales@gmail.com y seguirme en Facebook: www.facebook.com/javier.moralesortiz Twitter:https://twitter.com/javiermoralesor

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