Carmen Martín Gaite, lo raro es vivir

Carmen Martín Gaite, lo raro es vivir

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Carmen Martín Gaite fotografiada por Victoria Iglesias.

Carmen Martín Gaite fotografiada por Victoria Iglesias.

Creo que no todos estamos hechos para vivir así, sin más, a pesar de que se repitan de lunes a viernes todos esos días que caen sin piedad, a veces sin compromiso. Pienso que incluso, después de tantos años, no he podido acostumbrarme a vivir sin cuestionarlos. Por eso no siempre me levanto para poder hacer frente a una rutina que en mi caso y, a veces para mi desgracia…, nunca suele darse. Hoy, en este estrenado nuevo año, que repite los andares del anterior, quiero recordar aquel día tan extraño en casa de Carmen Martín Gaite (1925/2000). Hace 20 años publicó la novela ‘Lo raro es vivir’.

Hay personas con las que recuerdas momentos, hay otras que te hacen recordar. Atrás se quedan en el ayer algunas, definitivamente; otras, sin embargo, viajan contigo, no siempre por lo que fueron para ti sino, en ocasiones, por el viento que te traen de aquellos días.

Oh, tibios recuerdos…

Recuerdo aquel día tan extraño como el viento encerrado, como el eco que rebota palabras que nunca se mencionan. Corto, pero de segundos largos y minutos eternos. Oscuro pero brillante. Claro pero de nubosidad variable. Tan raro que parecía no encontrarse seguido de otros días.

Su piso era grande, una antigua construcción de esas que parten en dos las casas: la de la luz, con una amplia terraza exterior, y la de la sombra con pequeños cuartos casi ciegos; la del ruido del tráfico de la ciudad y la del silencio; la del acompañamiento y la de la soledad.

Y tal vez esa división fuera por culpa de uno de esos pasillos largos, de azulejo blanco y negro; aunque realmente no puedo asegurar que así fuera…, pero es así como se ordenan algunos suelos en mis recuerdos.

Esto sí que era muy cierto: aquella era una casa muy llena de objetos peculiares, de libros que allí parecían únicos, de telas de colores, de papeles pintados, de fotos en las paredes y recortes, de tazas y teteras y fruta y alacenas en la cocina; de mesa camilla de olor a café, te y pensamientos (los de la mente), entre los platos de loza colgados de forma delicada.

Una casa hecha a base de parches de color que invitaba a perderse en la contemplación y que yo quería explorar, desde el primer momento, como si fuera mía.

Sólo se puede fotografiar, sin más, cuando ya te ha empapado la rutina. Pero sólo se puede retratar, de verdad, cuando intentas que no te inunde, cuando das brazadas para intentar no morir. Siempre he mirado, creo que lo llevo haciendo desde niña: “No seas comprometedora”, recuerdo que me decía mi madre, mientras tiraba de mi mano y me despegaba de unos ojos, de una cara o de unos gestos a los que me había pegado en ese lado de la acera.

Cuando me abrió la puerta de su casa yo venía dispuesta a pegarme, a ser dura, decisiva, segura; pero a nada que me descuidé me sentí rara, de nuevo, y antes de que empuñara mi cámara yo misma estaba ya languideciendo.

Había sonado el teléfono y de momento me dejó sola. La luz entraba en un cuarto de almohadas azules y cojines de ganchillo. Me senté allí. Observé a mi alrededor, había cuadros con marcos dorados en las paredes. Un pequeño gato dibujado. Una estantería llena de libros. Una portezuela en la pared que daba a la cocina y en ella unos collages pegados hechos de recortes de figurines de antiguas revistas. Pero sobre todo había una tarjeta clavada en la pared:

“Hoy es tan tiempo como ayer. Mañana lloraré este día que no supe habitar. 2 de diciembre de 1972”.

Después de leerla y de destilar el poso repentino de aquellas frases…, a ella, a esa mujer extraña de pelo blanco ceniza, que ahora estaba allí delante de mí, le dije: «Creo que estoy deprimida».

Había algo especial en esa escritora, de mueca dura que se derretía de repente. De mirada fuerte que se rasgaba. De palabras duras que se reblandecían. De persona curtida por las ausencias, tan tempranas como la de Marta, su hija. Y así, manteniendo la mirada en los surcos rasgados de su ojos, me cogió de la mano y me llevó de allí.

Nos fuimos hacia la cocina y de camino nos miramos en un espejo. Tenía ella el pelo recogido detrás de las orejas y unos pendientes largos que tintineaban. No era mucho más alta que yo, pero sí más corpulenta. De repente, su imagen se fue y apareció de nuevo con algo en la mano.

“Pruébatelo, a ver cómo te queda”, dijo.

Era un chaleco azul con grandes flores de colores, granadas rojas que se descolgaban de unas ramas verdes y floridas. Las dos estábamos allí ante el espejo. «Un poco grande, pero estás guapa con él. Estoy en tiempo de vaciar el armario. Te lo regalo”, comentó. Y fue así fue como me invadió la timidez y una ternura repentina. Claudicaba, definitivamente estaba perdida. Esas flores parecían ya mías y apenas hice unas cuantas fotos con mi nuevo chaleco que tintineaba en silencio.

“Para el alma que ella dejó de guardia permanente, como una lucecita encendida, en mi casa, en mi cuerpo y en el nombre porque me llamaba”. (Dedicatoria que aparece en el libro: Nubosidad Variable).

Nota:

Emilio Manzano en la entrevista que dos semanas más tarde publicó:

“… Cuando llegamos al séptimo piso la sesión de fotos ya ha terminado. Las dos mujeres han trabajado un largo rato, cada una a un lado de la cámara y luego han pegado la hebra sobre la terraza.

‘A la gente joven le gusta hablar conmigo, contarme cosas de su vida’, dice Carmen Martín Gaite, que acaba de publicar Lo raro es vivir”.

Foto: Victoria Iglesias.

Foto: Victoria Iglesias.

Foto: Victoria Iglesias.

Foto: Victoria Iglesias.

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Comentarios

  • Álex Mene

    Por Álex Mene, el 11 enero 2018

    Una gran escritora. Y unas fantásticas fotografías.

    • victoria

      Por victoria, el 12 enero 2018

      Muchas gracias!!!

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