02.07.2014

Carmen París: “Ponerle a todo un poco de jota alegra bastante”

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Carmen París. Foto: José Aguilar.

Carmen París. Foto: José Aguilar.

Sea por H o por J, se las apaña para que sus mezclas suenen bien. Y lo hace paseando la jota sin miedo por las calles del flamenco, el jazz o los ritmos árabes, cubanos y andalusíes. Carmen París emana arte, alegría y fuerza por los cuatro costados. Ahora se ha embarcado en la internacionalización de la jota hasta cantando en inglés. El 11 de julio llevará sus canciones a Huesca, donde será la encargada de abrir el Festival Pirineos Sur.

París nació en Tarragona, pero se crió en Utebo (Zaragoza). Por eso reivindica con su música las raíces de su tierra aragonesa. Lo mismo jotea un poema de José Martí que una copla popular. Para muestra, los cuatro discos que ha grabado: Pa’ mi genio, Jotera lo serás tú, InCubando y Ejazz con Jota.

¿El café solo o con jota?

Sí, sí, la jota vale para todo. Ponerle a todo un poco de jota alegra bastante. Yo por las mañanas ya me levanto con la jo.

¿Hay algún estilo que se te resista, con el que no puedas hermanar la jota?

Pues la verdad es que todavía no me he encontrado con algo que se me resista; lo cierto es que hasta ahora he elegido cosas que no son tan lejanas. Puede que el jazz sea lo que menos tiene que ver a priori. Sin embargo, el jazz viene del blues, y el blues, al igual que la jota, son cantos del trabajo en el campo. Los campesinos negros lloraban sus desgracias en la dureza del trabajo al recoger el algodón, y las jotas son también cantos de siega, de vendimia, de quejarse de la situación, del trabajo que se hace. Luego ya se estilizó con más temáticas, pero la jota nace en las tareas del campo igual que el blues. Aunque musicalmente son estilos distintos, a fin de cuentas todas las músicas son una melodía con una armonía. Mi atrevimiento es sacarla de su contexto armónico y tímbrico (no hay instrumentos de cuerda pulsada habituales, como guitarra, laúd, bandurria, violín). Lo he hecho a conciencia para demostrar que aunque no suene con los instrumentos que la acompañan habitualmente, también puede sonar a jota con una jazz orquesta estilo Frank Sinatra.

¿Cómo es ese momento en el que decides arriesgar mezclando?

No fue tan definitivo. La jota la aparqué en mi juventud. Mi padre era un enamorado de la jota y de la música. Lo mismo escuchaba a Glenn Miller, Benny Goodman o Louis Armstrong que al Pastor de Andorra. Empecé a estudiar música, estuve como bailadora en una rondalla, estudié en el conservatorio, -me echaron-, y fui hasta la directora del coro de misa… Luego, al ir descubriendo otras músicas, dejé aparcado lo tradicional, quería ser más moderna. Años después, cuando quise aprender los ritmos del flamenco en clases de taconeado con Miguel Ángel Berna, un día me enseñó cómo bailaba la jota. Su manera era totalmente diferente a lo que yo había visto, él tenía influencias del flamenco, la danza clásica. Pensé que le tenía que componer algo para que lo bailara, él buscaba otras músicas que no fueran la típica jota. Ni corta ni perezosa me puse a hacerlo; cuando ya tenía compuestas varias, me dije: “¡Pero cómo me he dejado la jota aparcada!”. Y empecé a hacer canciones con fusión.

¿Abordaste con tu maqueta a Chano Domínguez en un bar de Lavapiés?

Sí, así fue. Ya tenía los temas. Necesitaba un músico para hacer el disco, yo utilizo el piano para componer, pero para grabar quería un músico de nivel. Había escuchado el disco de Chano Domínguez con Martirio, Coplas de madrugá. Pensé que él entendería bien mi concepto, pero no lo conocía de nada. En esa época yo hacía coros con varios grupos y uno actuaba en Madrid. Se suspendió la actuación, pero yo me vine a ver a una amiga que vive al lado de El Candela, en Lavapiés. Entramos al local, mi amiga me presentó al dueño, le enseñé la maqueta y le pregunté si sabía cómo podría contactar con Chano Domínguez, y me contestó: “Por la puerta entra”. Muy fuerte, miré y estaba entrando. ¡Sólo con nombrarlo me volví y allí estaba! Así es como unos meses después grabamos el disco Pa’ mi genio.

En ‘Jotera lo serás tú’ cantas: “Si no hay sensibilidad para captar el sustrato del mensaje musical, pues dedícate a escuchar lo que siempre te ha gustado, para que no sufras más”. ¿Haciendo amigos?

(Risas) Eso en realidad fue una contestación a algunos críticos que salieron diciendo que lo que yo hacía ni era jota ni era nada. Pusieron el grito en el cielo. Y salió un artículo en prensa que me dolió porque lo escribió alguien a quien mi padre quería mucho, y cuando lo leí me salió contestar con poesía y con música. Fue también un homenaje al productor del disco, Tino di Geraldo, que había hecho otro llamado Flamenco lo serás tú.

Dices que el amor y la creatividad es lo que permite que estilos tan distintos como el jazz y la jota armonicen. ¿Cómo es esto?

Las cosas que se hacen con amor salen mejor. Desde que enfoqué esta manera de componer lo hice siempre pensando en enaltecer y dignificar las raíces de mi tierra, que estaban bastante denostadas, porque durante 40 años el régimen franquista había utilizado la jota para hacer politiqueo, patriotismo, lo mismo que había pasado con el flamenco y la copla. Y la jota es digna y válida. La jota es la seña de identidad cultural que une todas las comunidades de España. No es sólo la aragonesa, que por su bravura y vistosidad es la que más repercusión ha tenido; hay jotas por todas partes. Me parecía muy importante, dada la colonización cultural que sufrimos con la música anglosajona -el modelo cultural que se impone-, retomar las raíces de toda nuestra cultura ibérica. España no es sólo flamenco, que es muy importante, pero es mucho más común la jota. Hay jota castellana, valenciana, extremeña, andaluza, gallega… Tenía que rescatarlo y que no se quedase sólo en la celebración de las fiestas patronales.

Y entonces te lanzaste al inglés para internacionalizar la jota

Ahora que ya les he abierto la cabecica a los de aquí, me dije: pues vamos a abrírsela a los de fuera. Y es lo que he hecho en el último disco adaptando partes al inglés y mezclando con el jazz. Canté en Nueva York en una sala pequeña, la mitad españoles y la mitad norteamericanos, y estaban fascinados porque les sonaba a música española sin tener guitarra y les gustaba poder entender las letras.

¿Qué carácter le imprime a tu música ser una mujer del Ebro?

Muchísimo. Aunque sea aragonesa, la jota características del Valle del Ebro abarca desde el sur de Cataluña, Aragón, La Rioja y Navarra. Tienen sus diferencias, pero son las jotas más estilizadas. Mi padre era del Bajo Aragón, tierra dura y árida con mujeres fuertes, que han tenido que vivir en condiciones muy duras y tienen un par de ovarios muy bien puestos y mucho carácter. Eso lo he heredado de mi abuela paterna. Mi rama materna es de Cuenca, de los Montes Universales, claro, por eso mi música tenía que ser universal. Todo eso me ha marcado mucho, en mis letras se ve.

En tus letras también hay mucho sentido del humor y guiños a esa música popular que era divertida…

Eso me viene de la parte materna, mi abuelo era muy guasón. Me ha dejado esa parte socarrona, del absurdo. Todas las situaciones difíciles de la vida se aguantan mejor con humor. Se ha perdido mucho el humor en la música, no sólo en las letras sino en la forma de componer. Recomiendo a todo el mundo que escuche a Santiago Ibarretxe. No puedes dejar de sorprenderte y reírte con su enfoque jocoso de la música. Eso es algo que hay que recuperar. Se pueden escribir maravillosas canciones cuando estás triste, pero también en momentos de felicidad. La música tiene que reflejar todos los sentimientos de la paleta humana. Yo lo casco todo; cuando estoy bien: poesía y amor, y cuando me hacen algo feo, también lo cuento. (Risas).

¿Cómo acabas hablando del guaraní en una canción?

Por mi interés en los pueblos indígenas, contacté con un consejo internacional de abuelas indígenas y siempre he tenido conexión con esas culturas. Siempre me gustó la palabra guaraní y quería contar cómo me sentí cuando llegué a Madrid desde Zaragoza. Me sentía como si hablara en guaraní, y por eso la canción.

Te habrán pasado muchas cositas insólitas, ¿alguna que se pueda contar?

(Risas) Me ha pasado de todo. Unas cuantas las conté en esa canción, pero luego me han pasado muchas más. Hace poco fui a cantar a un lugar en Zaragoza y fue muy emotivo. Yo sabía que mi padre había tenido una novia allí. Me trajeron unas fotos del año 58 en las que salía mi padre con ella (luego la conocí). Pero me fijo en la gente que sale en la foto porque me sonaba mucho una mujer. Resulta que fue mi profesora años después. También salía un señor que luego sería el padre de uno de mis compañeros de teatro. Es decir, mi padre al final no se casó con su novia de entonces, pero todos los demás que salían en la foto tenían alguna conexión conmigo. Muy fuerte.

¿Cómo hermanar el dolor de todas las mujeres del mundo en una canción?

Es lo que intenté hacer en Rompiendo la hora. Fue al volver de mi primer viaje a Palestina, tras visitar el campo de refugiados de Kalandia. Hablo del dolor de las mujeres en los conflictos armados. Las mujeres sufrimos doble y triple ese sistema de violencia, y los niños también. Quería hacer una canción bálsamo para todo ese dolor en el Mediterráneo, sintiendo esa zona como corazón del planeta. Entonces estaba también la guerra de los Balcanes, pero luego ha habido más sangrías.

Sobre artistas como Javier Ruibal, Mercedes Ferrer o Eliseo Parra has dicho que no han tenido el reconocimiento que merecen. ¿Qué es el reconocimiento?

Me refiero a la repercusión que correspondería al mérito de la labor que han hecho y a lo artistas que son. No sólo hacen su arte, representan la cultura y la reivindican. En este mundo del mercado y de la música industrial considero que los pocos artistas que hay cuidando que nuestra cultura no muera deberían ser más reconocidos y tener más espacio en los medios de comunicación, que es lo que hace que la gente te conozca y te llame para que tengas trabajo.

Abres el Festival Pirineos Sur. ¿Qué supone esto?

Para mí es cumplir un sueño. Pirineos Sur fue una referencia en el trabajo que estoy haciendo. Venían músicas del mundo, de Europa del Este, Latinoamérica, África… Fue un punto de partida en esta aventura de embarcarme en hermanar lo aragonés con otras músicas. Este año está dedicado a las mujeres creadoras, En femenino. Yo lo abro y lo cierra Amaral. Han tenido la deferencia de que seamos artistas locales las que lo enmarquemos.

¿En qué anda ahora Carmen París?

Pues estoy barajando varias posibilidades para ponerme este verano con el próximo trabajo. Desde hacer una música para un espectáculo escénico a hacer algo con otras mujeres creadoras… Me pondré a componer y a ver por dónde tiro.

Hasta este momento, ¿podrías decir que el universo ha conspirado a tu favor?

Sí, ha conspirado bien, pero a veces en contra. (Risas). En general, sigue conspirando por mí. Lo mejor de todo es recibir la valoración de la gente, el calor del público, lo que provoca tu música, lo que te cuenta la gente después de los conciertos o tras escuchar tus canciones. Eso lo compensa todo.

Carmen París actúa el 11 de julio en el Festival Pirineos Sur (Auditorio Natural de Lanuza).

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Sobre el autor

Silvia Melero
Periodista freelance convencida del poder de la comunicación para el cambio social. Hecha de palabras, sueños, músicas y lo vivido en años de radio, prensa y televisión. Trabajó en Radio Ñandutí de Paraguay y ha escrito guiones para videos de ONG y documentales en Humania TV. Colabora en revista 21 y dirige los proyectos Desinstrumentados y Cómo lo Cuento , Luto en Colores Twitter: @SilviaMeleroAba

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