15.11.2014

Carolina Román, la mirada teatral de una guaraní-danesa-mulata-gaucha

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La dramaturga Carolina Román. Foto: Roberto Villalón.

Las mujeres no acaban de ocupar su sitio como guionistas y directoras en el boom teatral que vive Madrid. Pero Carolina Román disfruta una buena racha con tres obras en las que está implicada como guionista, directora y actriz junto a su pareja, Tristán Ulloa. ‘Luciérnagas’ se ha estrenado recientemente en el Teatro del Arte. Una emocionante historia de gente que busca su sitio y tensión soterrada que recuerda a Tennessee Williams. En esta entrevista, Carolina cuenta de dónde le viene esa energía que notamos diferente.

¿Qué es ‘Luciérnagas’?

Es una historia que trata de cualquiera de nosotros, no se ubica en ningún sitio geográfico concreto; algunos me preguntan que si es Carolina del Sur, no, Luciérnagas se refiere a una zona emocional de cualquiera de nosotros. Cuenta cómo Julio cuida de su hermano menor, Álex, que tiene cierta deficiencia mental; ambos son huérfanos y viven en un pueblo del que no han salido nunca, y trata de cómo la sobreprotección a veces puede convertirse en un daño más que un favor, que no deja crecer al otro. Ambos se relacionan desde la parte que no ha crecido, la adolescencia, y se ven alterados por la llegada de Lucía, que es una chica de ciudad que va a un pueblo en búsqueda de su lugar emocional, más que de un trabajo específico, aunque la excusa es que en el hostal del pueblo ofrecen un puesto de trabajo, lo ve en un anuncio y allá que va. Me apetecía entrar en qué pasa cuando nuestra parte menos crecida se relaciona con otra que llega del exterior y cómo nos vamos salvando de naufragios que la vida nos propone.

¿Por qué ese título?

Lo de Luciérnagas es porque es mi insecto favorito, por cómo puede encenderse, fosforecer. Lo he relacionado por esa parte mágica de luz. Nosotros, como personas, también tenemos esa parte de luz.

A veces nos encendemos -en el buen sentido de la palabra- cuando queremos atraer a alguien que nos puede aportar algo.

Sí, a veces nos encendemos. Seducimos. La luciérnaga, si no se enciende, es un bicho feo, cascarudo… Pero qué feo es. (Risas). Pero al encenderse todo cambia, cambia totalmente.

Unos personajes buscan una ilusión fuera de un mundo tan cerrado, y otro, el de Lucía, busca un lugar en el mundo. A fin de cuentas, todos persiguen una estabilidad más allá de sí mismos, algo fuera que les aporte unas raíces y una estabilidad.

Claro, por lo general es muy difícil sostenernos sólo desde dentro; necesitamos del afuera, tanto para afianzarnos como para autoafirmarnos. Ella busca señales, y, como quien cree en una religión, siente que todo sucede por algo, para algo. Tengo un amigo que siempre me dice: Carolina, lo que sucede conviene. Y lo cree tan firmemente que yo creo que estoy empezando a entrar en esa religión.

Por muchos aspectos, por lo desclasado de los personajes, por esa tensión soterrada, por esos deseos insatisfechos, incluso por el calor que se transmite y el sonido de los grillos, veo en ‘Luciérnagas’ algo de los dramas sureños de Tennessee Williams.

Me lo han dicho, sí, para mi sorpresa, grandísima.

¿Y tú no eras consciente?

No

Es uno de lo mejores piropos que te pueden hacer…

Claro, claro, y me lo han dicho varias personas… No sé… Una escribe de lo que sabe…

Pero esto, ¿de dónde te ha salido?

De aquí, de la entraña. Yo nací cerca de la selva. Esos grillos, ese agua, ese ruido me resultan muy familiares.

¿Qué selva?

El Amazonas. Nací en el norte de Argentina, en el último puntito, que se llama Formosa. Ahí empieza el Amazonas. Es una zona muy rural. Mi padre es guaraní; la familia de mi madre, emigrantes daneses.

Vaya combinación. ¿Cómo es el sitio donde naciste?

Muy selvático, muy rural, de siestas, de grillos, de tabúes, represiones, de no hablar de lo emocional, de machismo. Y yo he mamado eso hasta los 16 años. Mamé bien ese ambiente y toda esa locura de las extranjeras que llegan; mi abuela y sus hermana eran unas danesas locas que se habían marchado desde Copenhague hacia América, y cayeron allí, primero fueron a Buenos Aires, y luego a Formosa, que es como una especie de limbo, territorial incluso, ni Paraguay ni Brasil ni Argentina. Mi madre ya nació allí.

¿De allí adónde te marchaste?

A Buenos Aires.

Y cuando saliste, ¿qué?, ¿qué pasó?

¡¡¡Uah!!! Madre de Dios… Salir de Formosa fue para mí lo mejor que pudo pasarme en un sentido, en el de empezar a encajar en lo que te gusta, porque yo estaba muy perdida, esta cosa de hacer teatro es muy rara en un pueblo.

¿Te fuiste a Buenos Aires ya con la idea de hacer teatro?

No, no; yo me fui perdidísima… Perdidísima. Empecé a estudiar periodismo, de hecho fui profesora en la UBA, la Universidad de Buenos Aires, un taller de televisión; porque me gustaba escribir, cantar… Pero no sabía, no le daba una dirección, hasta que un día entré en un sitio maravilloso, el centro cultural Ricardo Rojas, y armé un grupito de teatro underground, y entendí que era eso lo que buscaba, pero fue un camino bien doloroso…

¿Vuelves mucho a Formosa?

Lo intento; intento volver una vez cada año y medio o dos años. Que mi hijo también vea eso.

¿Y te relaja, te agobia, te dices: menos mal que me marché?

Me pasa todo eso, porque en tu cabeza se queda una parte muy romántica del lugar, y voy con muchas ganas, y vuelvo a mi río, a trepar los árboles de mango, tengo delante el paisaje que llevo dentro; pero, por otro lado, nada es lo que era ya, y yo seguramente no podría vivir allí.

¿Cuándo llegaste a España?

Yo llegué a España un año antes del corralito, esto querrá decir que era en el año…1998 o 1999. Soy un desastre absoluto para los números, las cifras, los cálculos, las cuentas…

La otra obra que estás representando, ‘En Construcción’, de la que eres guionista y protagonista, trata precisamente de eso, ¿no?, de una pareja que emigra de Argentina a España justo cuando el ‘corralito’. ¿Qué es ‘En Construcción’?

Es una historia de amor. Absolutamente. El desencuentro de dos que se quieren, y cómo la crisis económica puede minar una familia, una pareja, el amor; cómo las circunstancias, lo que nos rodea, se mete donde hay grietas y puede terminar por romper, deconstruir, una pareja, o el amor.

Antes de ‘Luciérnagas’ y ‘En Construcción’, ¿habías hecho muchos trabajos como guionista?

No, no, no… Escribí siempre, pero no me animé nunca a mostrarlo. En Construcción y Luciérnagas son las primeras que se han representado.

Pues, vamos, enhorabuena… Y ‘Luciérnagas’ es la primera que diriges… Sin embargo, a pesar del boom de teatro que vive Madrid, sigue sin haber muchas mujeres directoras…

Sí, me llama también mucho la atención. Yo te puedo hablar de mi experiencia. A mí me resultó muy difícil hacer algo profesional en Madrid, pero muy muy difícil. Me resultaba muy difícil y me preguntaba: ¿seré yo?, ¿será cosa mía? Pero es que incluso veo muy pocas guionistas; lo hablaba con Alicia Luna, la guionista de Te doy mis ojos; y me decía: Carolina, es que somos pocas las escritoras.

Pero tu buena racha sigue. En abril estrenas como actriz y guionista ‘Adentro’, en el María Guerrero de Madrid, con dirección de Tristán Ulloa, tu pareja.

Fue la primera que escribí; la moví mucho, mucho, hace tres años, sobre todo en el Español, y no hubo manera.

Carolina Román. Foto: Roberto Villalón.

Carolina Román. Foto: Roberto Villalón.

¿Y qué ha pasado, que lo tenías tan difícil, y de repente esta eclosión?

¡Yo qué sé! (Risas). Ha sido, yo creo, de verdad lo digo, el paso adelante que te da juntar un mínimo de dinero y decir: no dependo de nadie, se acabó, me lanzo y lo hago. Pero lo que no te esperas es que salga bien. Y hoy por hoy, mi sustento es mi gira En Construcción, que afortunadamente continuará hasta febrero. Y luego el apoyo del Teatro del Arte, que hayan decidido apostar por nuevos guionistas y nuevos directores. Son mecenas.

¿Qué es ‘Adentro’?

Adentro es una historia tabú dentro de una familia; aborda los vínculos de una madre con sus hijos, y de los hermanos entre sí. Hay una cosa de mucha fiebre de lo que ocurre entre esas cuatro paredes, algo que está permanentemente, pero de lo que nadie habla, mecanismos de defensa de la gente…

Los secretos de familia…

Sí, para no afrontar lo importante, se habla del tiempo, de otras cosas… Y lo que está ocurriendo es un río impetuoso que va por debajo, pero que no se detiene.

Por tu infancia y tus antecedentes, por esa mirada guaraní, ¿sientes que aportas una perspectiva distinta?

No lo sé. Yo estuve revisando y revisándome bastante estos años, porque hice la formación de terapeuta en Gestalt, que es todo autobiográfico, y me he redescubierto, sí. No sé, es mi mirada, mi prisma.

¿Has llegado a una Carolina distinta?

¡¡¡Sííí!!! Yo me he vuelto a descubrir.

¿Algo que se pueda contar?

Soy más consciente de todo lo que traigo y de haberme criado en un sitio así, con esas dos razas que van en busca de sitios geográficos, muy claramente, de su lugar en el mundo. Como yo, al llegar a Madrid. Y además, por mis antepasados, tengo sangre de zambo, mezcla de gaucho y mulato.

Carolina, como actriz, ¿habías tenido más suerte?

No, tampoco, poca. Poca. Hablando de razas, después de las pruebas siempre me decían: muy bien, has hecho muy buena prueba, pero tienes una cara muy racial, eres muy racial. Nunca sé si eso es bueno o malo. Es cuestión, creo, de suerte, no sé qué fórmula hay que seguir. Mi hermana siempre dice que a ver cuándo hacen una peli sobre mi admirada Mercedes Sosa para que me den el papel protagonista.

Pues sí, podrías ser una perfecta y guapa Mercedes Sosa de joven… Carolina, ¿se puede vivir dignamente del teatro en estas pequeñas salas?

(Contesta muy rápido) No. Definitivamente, no. No, no. Y te lo digo porque también soy productora, de En Construcción y Adentro. Y te digo que aún llenando nosotros esta sala, hemos perdido dinero. Y tratamos de recuperarlo en gira. Yo doy de alta a todos mis trabajadores, adelanto el dinero y cuando cobro es cuando recupero. A veces me salen más bolos y no puedo asumirlos. Es un puzzle. Creo que estamos cubriendo un puesto que no nos corresponde; algo tan grande como dar cobertura a la cultura, algo que no nos corresponde hacerlo a nosotros, a los pequeños titiriteros, tetaremos. Pero no nos queda otra. El lado bueno: hacer teatro es un acto de fe. Hay una oferta enorme en Madrid; en una semana puedes elegir entre 70 obras, pero todo es made in casa, y eso es lo que no puede ser. No es negocio, a corto plazo. Para mí es un acto de fe, una apuesta a largo plazo. Y si no creyera en la locura, como dice Mercedes Sosa, apaga y vámonos.

Alguien que se crió junto a la selva, ¿cómo ve España y Madrid?

A ver… (Duda y tarda en contestar). A mí me ha costado mucho, mucho, entrar en el circuito laboral, y ahora veo, después de mucho tiempo, veo como un despertar hacia este tipo de iniciativas. En Buenos Aires tenemos la costumbre de juntarnos todos a hacer de todo, porque el teatro es una manera de vida; pero cuando llegué a Madrid, yo intentaba hacer lo mismo, pero, claro, no, no existía este modo de trabajar. Y ahora veo otro Madrid, veo que la gente se apoya más, se reúne más a hacer cosas, apuesta, y dentro del momento amargo que es, hay una partecita que a mí me reconforta.

Nos hemos sacudido la comodidad en la que vivíamos instalados.

Sí, algo se ha despertado. Yo lo siento así. Siento que hay un despertar, y una necesidad de contar cosas y de mover cosas.

‘Luciérnagas’ se representa en Teatro del Arte, en el barrio de Lavapiés de Madrid, sábados y domingos a las 19.30 h. Entradas desde 10 euros.

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Sobre el autor

Rafa Ruiz
Periodista convencido de que las luces al final del túnel solo se ven desde una perspectiva progresista de la realidad, con un compromiso sólido con la cultura, el arte y el medio ambiente, temas a los que ha dedicado la mayor parte del tiempo de su vida profesional -10 años en 'El País' y 15 años en 'El País Semanal'-. Autor de los libros de cuentos infantiles 'Toletis' y 'Ninoninoni', codirector de la galería madrileña Mad is Mad -centrada en artistas emergentes- y uno de los socios fundadores de la Asociación de Periodistas de Información Ambiental (APIA).

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