03.02.2014

Cézanne, por fuera y por dentro

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La montaña Sainte Victoire. ©Cleveland Museum of Art. Legado de Leonard C. Hanna, Jr.

La montaña Sainte Victoire. © Cleveland Museum of Art. Legado de Leonard C. Hanna, Jr.

Ignorado por el público y los críticos en vida. Considerado un genio después. Visionario en las formas para atrapar la naturaleza con una mirada moderna. El Museo Thyssen-Bornemisza continúa su serie de grandes exposiciones en torno al impresionismo con la delicadeza del “tosco y antipático” Paul Cézanne, que puede verse en Madrid desde el 4 de febrero al 18 de mayo.

Con la caja de colores al hombro, el caballete bajo el brazo y el sombrero bien encasquetado, Paul Cézanne (1839-1906), el pintor andarín, coronó más de una vez la montaña de sus sueños, la Sainte-Victoire, la mole calcárea cercana a Aix- en-Provence, donde nació y por la que había paseado a menudo con su amigo de la infancia el escritor Émile Zola. La pintó más de ochenta veces: unas, desde los alrededores de Bellevue; otras, desde la carretera de El Tholonet, cerca del Château Noir, y las últimas, desde una colina cercana a su estudio en los Lauves.

El artista rudo (“el pequeño y sublime antipático”, lo llamó el escritor D. H. Lawrence), difícil de trato, detestado por los críticos, alabado por los impresionistas, sus compañeros de generación, se sentiría satisfecho con la exhibición de muchas de sus Sainte-Victoire, los paisajes y naturalezas muertas reunidos por Guillermo Solana, director artístico del Museo Thyssen-Bornemisza, en la exposición que se inaugura el día 4 de febrero. Site / non-site, un diálogo entre lo exterior y el interior de la pintura de Cézanne. Un título reflexivo, tomado del artista y teórico Robert Smithson que alude a la dialéctica entre la pintura al aire libre y el trabajo en estudio, con el que Solana ha querido plantar cara a la idea de exposiciones populistas. La muestra, que podrá verse hasta el 18 de mayo, es el broche a la trilogía iniciada con Impresionismo al aire libre, continuada por Pissarro y rematada por Cézanne. “Muchas obsesiones de la exposición de Pissarro, las continúo en esta”, afirma Solana, orgulloso de recuperar al artista 30 años después de la última exposición de Cézanne en España en el Museo de Arte Contemporáneo.

La mitad de la producción de Cézanne son paisajes. El reflejo de una naturaleza que sintió profundamente suya. Caminos, bosques, la “curva del camino”, siempre alejados de las carreteras modernas que el artista detestaba. Son paisajes que no conducen a ninguna parte. Falsamente engañosos, brindan al espectador la posibilidad de adentrarse en territorio desconocido, pero el ojo siempre se topa con un freno visual, sean árboles o rocas. Los troncos de sus árboles son casi humanos, el verde de las hojas imita a la perfección los de verdad. Cuenta Solana que la variedad de verdes no es casual. Un día Cézanne recibió la visita del pintor Émile Bernard y salieron juntos al campo. Al ver la paleta de su amigo, estalló en improperios al ver que solo contaba con cuatro colores. “Bernard era un moderno de la pintura, buscaba la simplicidad con los mínimos tonos. Cézanne era un pintor de la vieja escuela, más tradicional de lo que luego se le ha visto. Tenía una paleta con toda una gama de colores de más de veintitantos matices, en particular de verdes”. La prueba salta a la vista al ver colgados hoy en la exposición del Thyssen los bañistas de Cézanne y los de Émile Bernard.

Bañistas. © Detroit institute of Art. Legado de Robert H. Tannahill

Bañistas. © Detroit Institute of Art. Legado de Robert H. Tannahill

La admiración por la obra de Cézanne oculta el misterio de una personalidad poseída por la pasión de pintar. Hijo de un banquero que le obligó a estudiar Derecho, persiguió con tozudez su vocación. Al cumplir 22 años, y después de tres de terca insistencia, Cézanne obtuvo el permiso paterno para abandonar la pequeña ciudad de Aix en el sur de Francia y trasladarse a París. Con su acento cerrado y su torpeza de chico de provincias, el joven Paul se empapó de arte en el Louvre. Fue allí donde se entusiasmó con Velázquez, Caravaggio, Rubens, Veronés y Delacroix, aprendió a pintar con espátula, a la manera de Courbet, y a imitar los claroscuros de Zurbarán y Ribera.

En varias ocasiones, Cézanne tiró la toalla y regresó a Aix con la intención de entrar como empleado en el negocio de su padre y abandonar el arte para siempre. Pese a todo, volvió a lo que daba sentido a su vida, la pintura; a los paisajes de Aix que tan bien conocía, y a su enconada lucha de años para exponer en el Salón de Otoño de París. El jurado del Salón le rechazó una y otra vez. No les gustaba lo que afirmaban era tosquedad con los colores. En una ocasión, Cézanne se indignó tanto que escribió al presidente del jurado una carta incendiaria: “Me contento con decirle que no acepto el juicio ilegítimo de colegas a quienes no encargué yo mismo que me apreciara. Deseo invocar al público y al menos que me expongan”.

El marchante de arte Ambroise Vollard, siguiendo el consejo de Pissarro, fue en busca del pintor de Aix. Se hizo con 150 obras, que expuso en su galería en otoño de 1895. Sus obras provocaron una enorme sorpresa y división de opiniones. Los artistas lo recibieron como a un maestro, pero el público le ignoró y los críticos no supieron apreciarlo.

Encontraría su camino unos años después, una vez superados los arrebatos barrocos y románticos y ya decidido a “pelearse directamente con los objetos”. Es la etapa de sus naturalezas muertas. Unos humildes bodegones con frutas, con cántaros, de manteles arrebujados increíbles, con fruteros y bizcochos. Se aprecia en ellos su admiración por Manet, quien encuentra estos óleos “poderosamente tratados”. Pero Cézanne desconfía de su pintura, de sí mismo. Durante años sólo será defendido por los pintores que se rinden ante la maestría de su pintura. Son ellos los que escriben “el evangelio de Cézanne” y difunden sus teorías sobre el arte. Otros descubren en él al maestro que les conduce al cubismo. A Picasso siempre le persiguió la sombra almenada del castillo de Vauvenargues, al pie de la montaña Sainte-Victoire. Cuando ya era un pintor de renombre y sus cuadros se vendían por miles de francos, pudo hacerlo suyo. “Acabo de comprar la Sainte-Victoire de Cézanne”, le dijo alborozado a su marchante, D. H. Kahnweiler. “¿Cuál de ellas?”, le preguntó, a lo que el pintor malagueño respondió lacónico: “La original, por supuesto”.

Casa en Provenza. ©Indianapolis Museum of Art. Donación de Mrs. James W. Fester en memoria de Daniel W. y Elizabeth C. Marmon.

Casa en Provenza. © Indianapolis Museum of Art. Donación de Mrs. James W. Fester en memoria de Daniel W. y Elizabeth C. Marmon.

Los jóvenes artistas que acudían a visitarle a la Provenza se encontraban con un anciano cortés que pasaba bruscamente de la afabilidad a la ira. Les llevaba a las colinas donde él pintaba, y hablaba sobre pintura: “Todo es, sobre todo en arte, teoría desarrollada y aplicada al contacto de la naturaleza”. En 1902, Cézanne abandonó el Jas de Bouffán y se instaló en un nuevo estudio, en la colina de los Lauves, a dos kilómetros de Aix. Allí pintó sus últimas telas de la montaña Sainte-Victoire y nuevas versiones de los grandes bañistas. En 1906, aclamado ya como maestro por la nueva generación, un grupo de artistas le invitó a exponer sus obras. Cézanne añadió junto a su nombre en el catálogo de la muestra esta humilde frase: “Alumno de Pissarro”.

La del Thyssen es una exposición absolutamente didáctica. Articulada en torno a cinco secciones, se abre con Retrato de un campesino (1905-1906), de la propia colección Thyssen-Bornemisza, uno de sus últimos cuadros, empastelados entre la naturaleza del jardín que le rodea. El visitante verá después los paisajes  agrupados en La curva del camino; en Desnudos y árboles, se reúnen sus óleos de bañistas en el Jas de Bouffan, la casa de campo de los Cézanne, seres humanos con torso de troncos. La tercera parte la protagoniza El fantasma de la Sainte-Victoire. Es aquí donde el comisario de la muestra ha querido mostrar la similitud entre lo exterior y lo interior, las naturalezas muertas, peras y manzanas enmarcadas por manteles con perfiles orográficos. En esta sala cuelgan cuatro versiones del cántaro de gres, un tótem alrededor del que se agrupan las frutas. En la última parte, dedicada al Juego de construcciones, se percibe claramente la esencia del credo de Cézanne en las terrazas escalonadas, en los planos de vertical, horizontal, vertical. Las vistas del pueblo de Gardanne, estructuradas en terrazas hasta el infinito, fueron el punto de partida del primer cubismo donde se miraron Braque, Derain, Dufy y Lhote. Ver colgadas las obras de los discípulos junto a las del maestro es toda una lección de la historia del arte.

Guillermo Solana visitó recientemente los lugares donde vivió y pintó Cézanne en la Provenza. Se acercó hasta su casa en Aix-en-Provence, llegó hasta Gardanne, fotografió los caminos del Tholonet, todas las curvas de los senderos por los que anduvo el pintor y se autorretrató como el campesino sin rostro que abre la exposición. Y esas fotos, fieles bocetos de los cuadros, las colgó en su cuenta de Twitter como un aperitivo del recorrido pictórico que haría después.

En otro guiño cómplice hacia el genio francés ha querido cerrar la muestra con una gran fotografía de un Cézanne de barba blanca que recuerda a Charlot, vestido con traje oscuro, zapatos desgastados, bombín y un bastón en el dintel de la puerta. La foto fue tomada por su amiga Gertrude Osthaus, que le visitó en Aix con el pintor Maurice Denis el 13 de abril de 1906. Pocos meses después de aquel encuentro le sorprendió una tormenta mientras pintaba en el campo. Estuvo horas bajo la lluvia hasta que le recogió un campesino. Moriría al poco tiempo, un 23 de octubre de 1906.

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Guillermo Solana, director artístico del Museo Thyssen-Bornemisza, viajó durante tres días a los lugares más emblemáticos que documenta la exposición. Fiel a su apuesta por las nuevas tecnologías y una comunicación diferente con el público del museo, ha subido a una cuenta de Flickr un diario fotográfico de ese viaje que ha titulado ‘Tres días en Aix y alrededores’. No dejes de visitar la interesante galería.

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Sobre el autor

Julia Luzán
Julia Luzán Periodista. Observadora de la realidad. En el diario El País durante 27 años. Antes, corredora de fondo en periódicos y revistas. Me gusta el arte, devorar libros y contar como son las cosas y adivinar que hay detrás de ellas. Puedes seguirme en Twitter @jluzan

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Un comentario

  • El 19.02.2014 , belen ha comentado:

    Hola, fui la semana pasada a ver la exposicion, me he enterado de mas cosas leyendo este articulo que viendo la exposicion. no todos somos entendidos en los artistas. deberian poner un poco mas de informacion. gracias

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