23.07.2014

Cinco libros para acabar con el arte contemporáneo

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Varias personas observan una obra del fotógrafo José Manuel Ballester en Tabacalera Madrid. Foto: Manuel Cuéllar

Varias personas observan una obra del fotógrafo José Manuel Ballester en Tabacalera Madrid. Foto: Manuel Cuéllar

¿Qué es y qué no es arte contemporáneo? En la categoría de arte hemos visto de todo: mierda enlatada de artista, animales partidos por la mitad, letreros luminosos con mensaje o sin él, ensaladas de gritos y espasmos… ¿Todo vale? Os proponemos cinco libros que tratan la cuestión y ayudan a distinguir dentro de esa maraña de estímulos cada vez más encriptados

¿A qué nos referimos cuando hablamos de arte contemporáneo? El anglosajón admite sin contradicción la denominación de modern art, pero nosotros, que inclusive a esta parte del globo seguimos sintiéndonos soberbios conquistadores de una luna a la que quizás nunca subimos, necesitamos un término como “contemporáneo” cuando la palabra “moderno” resolvería el problema de un plumazo. La ambigüedad va camino de convertirse en una moda centenaria, pero ahí está el arte con ese acostumbrado atrezzo que nos abraza cual pecho materno: embobantes letreros luminosos, instalaciones espectaculares, una voluntad de minimalismo omnipresente, montajes efectistas, grandes frases de vinilo con valor cuasi evangélico impresas a las paredes de los museos, también de galerías o centros de arte, ahí está, en definitiva, todo aquello que amamos y detestamos, en el mismo parpadeo de ojos. Izquierdo: tic, derecho: tac; no nos lo creemos, así que parpadeamos con los dos a la vez: el resultado es un tictaqueo irreproducible. El arte tiene muchos vestidos. Y parece que vemos pero no miramos, y que miramos pero no vemos. Un lío supino, una tragicomedia encriptada que como todo, al fin y al cabo, también tiene solución. La mía pasa por cinco libros que pueden salvarnos del abismo. Leamos.

1.- William Gompertz, ¿Qué estás mirando? 150 años de arte moderno en un abrir y cerrar de ojos (trad. Federico Corriente Basús), Taurus, 2013, 480 pp., 22 euros.

Empiezo por uno de los libros más amables y amenos que he leído en mucho tiempo. Puede saborearse de camino a cualquier sitio, en el metro, paseando, entre amigos, puretas, especialistas o profanos, un libro que se deja querer en su más pura acepción literaria. Un libro posmoderno en cuanto transitable. Lo que se ha propuesto Gompertz es simplificar –que no es poco– las hordas conceptuales que custodian el arte contemporáneo desde el impresionismo hasta nuestros días. Un mapa del arte montado sobre el plano del metro de Londres evidencia su debilidad más loable: la divulgación es el hábitat. Presupuestos desenfadados, ese humor anglosajón impertinente que se permite giros inesperados e irreverentes y un vocabulario accesible para todo aquel que considere el arte un bien en usufructo. En otras palabras, muy moderno. Y lo diré usando un verbo más moderno todavía. Visibiliza de un plumazo 150 años de movimientos artísticos. Poco más se puede decir de este libro. Bueno, sí, que ni profundiza ni pretende hacerlo. Lo suyo es dar a conocer. Cubre las expectativas de quien no haya tenido la oportunidad de acercarse al arte o de quien no haya sabido hacerse una idea cabal del tremendo puzle del arte contemporáneo. Ahora bien, soluciones lo que se dice soluciones, no da. Más bien expande la teoría cronológica evolutiva del naturalismo impresionista sin mojarse lo más mínimo. Puede resultar útil para desenvolverse en la jungla expositiva del arte actual y fomenta las elucubraciones del futuro experto fabulador. ¿Acaso no es el arte una fábula? Nuestro dilema sigue irresuelto.

2.- Angela Vetesse, El arte contemporáneo. Entre el negocio y el lenguaje (trad. Rafael Gómez Pérez), Rialp, 2014, 224 pp., 17 euros.

Dos años después de que la conocida editorial boloñesa Il Mulino publicara este libro, Angela Vetesse, profesora en las universidades de Milán y Venecia, llega a España con un breve ensayo a medio camino entre la divulgación y la denuncia. El escrito parece un panfleto analítico en el que se sopesan, de manera aséptica, los dilemas con los que se emparenta hoy día el arte contemporáneo, esto es, mercado, negocio, más mercado y más negocio. No se olvida, sin embargo, de esgrimir una opinión positiva; la inocencia se mantiene intacta y el texto no acusa la lectura apocalíptica del arte tan a menudo desplazada del mundo editorial.

Hay excepciones, como ya veremos, pero la intención de la profesora Vetesse –que tampoco es moco de pavo– estriba, ya no hacer visible el dilema, sino en concienciar con generalidades a un público amplio y no especializado. Tiene visos de divulgación, pero tampoco llega a serlo. Se lanzan preguntas esenciales como, por ejemplo, la de si (después de todo) el arte puede guardar algo de poesía, el papel de los artistas y su firma, el caché mercantil de las obras y cuánto de cultura y arte se esconde detrás de ello. Es un libro en el que, personalmente, echo en falta un tono más agudo y sagaz, un poco de ácido no amarga a nadie; quizás el título puede parecer otra cosa de la que es, pero tiene al menos la buena intención de problematizar. Existe una virtud por encima de las restantes: cualquier persona podrá introducirse en él. Eso sí, nosotros necesitamos más. Veamos.

Una mano con una cámara fotográfica se cuela frente a una obra presentada en ARCO. Foto: Manuel Cuéllar

Una mano con una cámara fotográfica se cuela frente a una obra presentada en ARCO. Foto: Manuel Cuéllar

3.- Michael Findlay, El valor del arte. Dinero, poder, belleza (trad. Juan Manuel Ibeas Delgado), Polígrafa, 2013, 248 pp., 24’50 euros.

Lo de Findlay es algo formidable. Director de Acquavella Galleries en Nueva York y, desde el año 2000, Director Internacional de Arte y miembro del consejo de administración de la poderosa casa de subastas Christie’s, este famoso marchante ha compuesto un libro que se vertebra sobre tres paradigmas, tres historias desde las que revelar el mecanismo socioeconómico de este galimatías para muchos indescifrable: comercio, sociedad y belleza. Es un libro que definiría como necesario porque, además de informarnos sobre el funcionamiento de los mercados del arte o de cómo el marchante-galerista compra y vende en el mercado primario y luego revende con beneficio en el secundario (el precio de todas las obras de arte contemporáneo responden a una compleja fórmula elaborada por el mercado secundario, es decir, a un valor especulativo que no atiende a cuestiones de tamaño ni pigmentos ni materiales de ningún tipo, sino a todo lo contrario), nos ilustra con ejemplos prácticos y reales gracias a su dilatada experiencia como gestor financiero en estas cuitas.

No obstante no falta esa pizca de frivolidad y de “quitémosle hierro al asunto”, y aunque esto no entrañaría mérito alguno dada la posición privilegiada de la que goza, nos conduce por vericuetos de los que poco se nos dice a los profanos de manera endogámica, mal de todos los que intervienen en el proceso comunicativo (incluidos escritores, periodistas y académicos), como si el fruidor tuviera que saberlo todo. Pero queda esperanza. Cuando identifica el valor del arte como esencial, sabe que se está refiriendo a algo evasivo y que es inasible; sin embargo, sigue manteniendo una visión optimista (tal vez porque su negocio le empuje a ello, claro está) y nos hace partícipes de que todavía podemos formar parte del tinglado, bien visitando exposiciones, museos o galerías, o bien –lo más importante, y creo que aquí acierta- aproximándonos un poco más a lo que no terminamos de comprender por completo. Y aunque luego el dilema especulativo se resuelva en un algoritmo mercantil y las teorías de Dickie sobre el gusto se acaben imponiendo sobre todas las cosas, el entuerto parece que empieza a enderezarse.

4.- Fernando Castro, Mierda y catástrofe. Síndromes culturales del arte contemporáneo, Fórcola, 2014, 307 pp., 19’50 euros.

Mientras el émbolo va estando más cerca de la sociología, el flujo sanguíneo opta por el arte. Así es como funciona este libro de Fernando Castro. Todo él, y me refiero al libro, es muy cárnico; a base de tragar, masticar y escupir diversas facetas de la rutilante sociedad contemporánea hace reverdecer, siempre según su criterio, el valor del arte actual. Por tanto, ya no se trata de un ensayo estético-filosófico de cariz gamberro, sino del esputo mismo del contexto sociocultural en el que se inscribe el mercado del arte. Un libro de tesón y enjundia, avalado con un corpus referencial al alcance de muy pocos, y un tratado sobre la desorientación actual más socrática que puede existir. El libro se erige como una voz, una voz, otra voz necesaria que, desgraciadamente, no abunda en los circuitos de este tinglado. Pero si algo sobresale en este ensayo es precisamente la filosofía impertinente cuyo grito ya iba siendo hora de que brotase en masa. La mierda y la catástrofe no se esconden en el arte, no, sino en todo lo contrario. Banalidad sacralizada, epidemia de la tontería, idiotismo consagrado, misticismo absurdo: parece como si quisiera decir que demasiado prozac nos ha embotado del todo, o que las verdades, de haberlas, están delante de nuestras narices pero no sabemos discriminar el grano de la paja.

Debe ser que en cierto sentido «nos divertimos con la perversión del sentido» o que estamos «atrapados en la narcolepsia del mando a distancia». A su vez, y poniéndome en el mejor de los casos, creo ver en él un libro que tiende a la divulgación de un problema, pero es cierto, en contrapartida, que dada la gramática filosófica de la que proviene Fernando, su lectura se autolimita a un público que no es hegemónico. Aún así, todo apunta que su sabiduría vaya a perdurar si no en el tiempo, sí en sus notas, 672 para ser exactos. La catástrofe no es otra que ser apéndices de los mass media y convertirnos al servilismo de la publicidad. La mierda, por el contrario, prefiero dejarla imaginariamente en el urinario de Duchamp, que todos sabemos dónde se encuentra. Una delicia desastrosa. ¿Lo ven? Empieza a hacerse la luz.

Un hombre frente a la caja de luz 'La reina de la noche' de José Manuel Ballester en Tabacalera Madrid. Foto: Manuel Cuéllar.

Un hombre frente a la caja de luz ‘La reina de la noche’ de José Manuel Ballester en Tabacalera Madrid. Foto: Manuel Cuéllar.

5.- Lluís Peñuelas i Reixach (ed.), Autoría, autentificación y falsificación de las obras de arte (trad. Ana Hernanz y Marta Pérez), Polígrafa, 2014, 336 pp., 24’50 euros.

Aquí empieza (y termina) el vértigo. Bajo este título –de falda y nombre tan aparatosos- se han publicado en forma de actas los encuentros del seminario internacional que tuvo lugar en la Fundación Gala-Salvador Dalí en 2011, entre Figueres y Cadaqués. Lluís Peñuelas ya no sólo por ser el secretario general de la Fundación, sino por encarnar una de las figuras más señaladas en Derecho del Arte de nuestro país, edita y coordina este volumen que me atrevería a calificar de exhaustivo. El propio Peñuelas se encarga de darnos la bienvenida, pero también intervienen nombres como Txomin Badiola, Judith Goldman, Véronique Wiesinger, Santiago Espiau, Jorge Ledesma, Marc Molins, Julia González García y Ronald Spencer. En él hay dos grandes bloques que tratan de lo artístico, por un lado, y de lo jurídico, por el otro. Pero cuando hablo de vértigo me refiero sólo a uno: el jurídico. Nosotros los fruidores del arte, que a veces no sólo vemos sino que hablamos y que, incluso a veces, tenemos la desvergüenza de escribir sobre romances de este tipo, como masa informe que somos, estamos literalmente condenados a tener que pasar por este trance de la legalidad si queremos saber por dónde va la mano.

Desde luego les desaconsejo por completo su lectura de camino en tren, mucho menos en autobús, hacia ningún sitio, al menos no como aquel de Gompertz, ¿recuerdan? En este caso se trata de un ladrillo soporífero que no hará nuestras delicias ni estética ni artísticamente hablando, pero es un libro, sin embargo, para tener presente en todo momento, para acudir a él muy de vez en cuando y dedicarle toda la atención instantánea que requiera, por ejemplo, leer un capítulo autónomo. No mentiré diciendo que he disfrutado leyéndolo como sí me ha sucedido con el resto, pero algo queda de dulce después de su lectura. Sencillamente es un fondo documental con casos prácticos en los que pueden rastrearse modos de conducta (artística y jurídica) aconsejables a la hora de tratar algo tan peliagudo como la falsificación. Así que citando a Eugene Victor Thaw, y en vista de que esto es algo peligroso y arriesgado: “Como el arte es largo y la vida es corta, tendremos que seguir esperando pacientemente”.

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Sobre el autor


Desde que empezó a colaborar en 2007 como redactor en distintos medios, esta mente inquieta no ha dejado de interesarse por manifestaciones culturales de todo tipo. Es italianófilo, investigador de Historia del Arte, especialista en la obra de Miguel Ángel Buonarroti, y ha publicado artículos en revistas universitarias nacionales e internacionales. Su amor por el arte y la literatura lo han convertido en un humanista de sensibilidad transversal, abrazando así una lectura multidisciplinar en cualquier campo de estudio que lleva a cabo. Su faceta como poeta y escritor, todavía inéditas, espera hallar el instante propicio para saltar a la palestra literaria. Hasta que ese momento llegue, su letra queda al servicio de la comunicación en defensa de una cultura común y plural. Cultivar es cosechar. Puedes seguirle en Twitter: ‘@Mario_Colleoni’

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8 comentarios

  • El 24.07.2014 , Marc ha comentado:

    Este texto es una simplificación tan irresponsable como los reportajes de Telecinco en ARCO, y me da la impresión de que este diario podría contar con articulistas menos antiguos para hacer comentarios sobre arte contemporáneo. ¿Acabar con el arte contemporáneo? ¿Perdona? Vimos venir el declive de El Pais con los textos de Calvo Serraller, maestro en el arte de polarizar el arte viejo con el nuevo. Como si los artistas del Renacimiento no hubieran sido hipsters, como si no hubiera pasta de por medio en la obra Vaticana. También hay, para los que estéis interesados, cotilleos en el arte contemporáneo. Lo digo por si os van las fechas, biografías, categorías y demás. Puff

    • El 24.07.2014 , Mario S. Arsenal ha comentado:

      Estimado Marc,

      Siento mucho que la caligrafía desate tantas controversias. Este artículo no tiene la pretensión de acabar con el arte contemporáneo, sino todo lo contrario. La selección bibliográfica ha sido elaborada para hacer un ejercicio de aproximación para escépticos. Pero habla usted de simplificación. En efecto, de eso se trata. Espero que no piense usted leer estos libros por internet porque eso sí que no solamente sería un acto delictivo, sino muy irresponsable.

      Un saludo.

    • El 31.07.2014 , Clara Gari ha comentado:

      Yo no estoy de acuerdo. No veo cotilleo, y en cambio no es frecuente leer reseñas bien escritas de libros bien escogidos para todos los lectores y no solo para los del club. Además hay pocas sombras de capillismo, otra virtud rara. Yo no se si usted esperaba alguna redención, en temas de crítica de arte, pero de ser así héte aquí nuestra diferencia: desde mi óptica para lo que hay en el patio, Don Marc, este texto está más que rebién, y seguramente goza del privilegio de estar escrito por alguien que está fuera del “primer círculo de candidatos” o sea de no ser el primero de la lista en la cola de escribir sobre este tema por ser de la cola de “los antiguos” como usted dice, y estar en posición avanzada para hablar sólo de Renacimiento. ¿Pasa que las colas para entrar en los círculos son demasiado largas? eso no es culpa del articulista. Buenos días!

  • El 24.07.2014 , Jacinto ha comentado:

    La verdad es que el artículo es bastante pobre en muchos sentidos en los que no pienso ahondar. Sólo dos cosas: primera, que “visibilizar” no significa eso y segundo que la distinción moderno / contemporáneo es perfectamente operativa, entre otras cosas porque moderno hace referencia a una serie de características y contemporáneo es una acotación temporal.

    Saludos.

    • El 24.07.2014 , Mario S. Arsenal ha comentado:

      Jacinto,

      Respeto su impresión sobre el artículo, pero en lo que se refiere a su segunda aclaración, me temo que no. Moderno atañe a todo lo que tiene que ver con el ahora, al día, al hoy, a la actualidad. Si acude a la etimología podrá comprobarlo.

      Un saludo.

  • El 24.07.2014 , J. C. Escribano ha comentado:

    Me ha gustado el artículo, principalmente porque me da a conocer libros que muy probablemente no hubiese conocido nunca. Aunque tengo la sensación de que ninguno de los cinco libros me va a aclarar por qué hay gente que paga auténticas millonadas por cuadros que no lo merecen, jejeje (supongo que lo hacen por, como se suele decir, “postureo”).

    Yo, como todos los que aman el arte, tengo mi opinión acerca de ello. Por lo que pueda interesar, en esta web que pongo a continuación, podéis descargaros gratuitamente, íntegro, el libro que he escrito sobre el tema, con el tan pretencioso nombre de “El manifiesto del artista”, jejeje.

    Es, símplemente, una recomendación, como las del artículo.

    web: http://www.elmanifiestodelartista.com

    Espero que os guste, y, sobre todo, que os haga pensar.

    Un saludo.

  • El 25.07.2014 , Jose Luis Guijarro ha comentado:

    ARTE —> Va (X)

    El arte es una actitud. Una representación mental secundaria dentro de una primaria de valoración. Cualquier cosa (X en la fórmula) puede ser objeto de esa actitud.

    Habrá que describir esa actitud: (1) computacionalmente (qué operaciones mentales son generales y básicas para que podamos hablar de la a de la V), (2) representacionalmente (el artículo es lo único que hace) y (3) implemntacionalmente.

    Pero eso es pa nota

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