El conejo con gafas no se separaba de mí

El conejo con gafas no se separaba de mí

Foto: Manuel Cuéllar.

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Foto: Manuel Cuéllar.

RELATOS / UN AMOR DE VERANO

Fue un flechazo. La protagonista de nuestro cuento de hoy de la serie ‘Un amor de verano’ –tercera entrega– se quedó embelesada con un conejo con gafas de mirada mágica. Se llama Albo. Conejo enigmático y turbio. “No se separaba de mí. A menudo, acurrucado en el pecho, le veía asomar la cabeza por el pico del jersey. Por la noche vigilaba mis sueños”.

POR GLORIA SORIANO

Flechazo

Sentada en un banco contemplaba absorta el Ciprés, cuatrocientos años de soledad. De pronto un sonido me distrajo. Eran las pisadas de un hombre de andar ligero. El abrigo le cubría las rodillas y en un bolsillo asomaba la cabeza un conejo con gafas oscuras. Saltó y corrió sin detenerse hasta mis pies. Tenía la piel blanca y algunas manchas negras. Con un movimiento de orejas subió las gafas a la nuca y de su mirada de fuego saltó una chispa que me inflamó el corazón. Lo tomé en brazos y me hizo un guiño. En su otra pupila bailaba en letras rojas un “contigo para siempre”. Tuve la voluntad de adoptarlo como mascota, y me lo llevé a la granja. Después mi destino sería el de una brizna de hierba.

Superpoder

Albo, ese era su nombre, tenía un don: su mirada todo lo enriquecía, las cuentas falsas de un collar las transformaba en perlas. También sufría una condena: sus pupilas no soportaban los destellos de las piedras preciosas. En la granja podría haberse quitado las gafas, no corría riesgo, pero no lo hizo.

Integración

Al conejo le gustaba dar sustos dejándose caer por sorpresa y, aunque estas bromas no eran del agrado del resto de los animales, yo se lo consentía.

—No seas quejica, solo son travesuras— regañé a una gallina que cojeaba.

En una ocasión, contra todo pronóstico, vi cómo el burro lo coceó, y vi también su accidentado aterrizaje. Se quedó inmóvil en una zanja, las lentes volaron más allá y se hicieron añicos. Estaba comprobando si tenía alguna fractura cuando, de repente, saltó con ímpetu y se abrazó a mi pecho. Fue como el impacto de una bala. Cosa del amor, pensé, acunándolo. Él, apegado a mi corazón. Yo, feliz, abrasada por esa manera turbadora de mirar. Tan turbadora que le compré unas gafas nuevas, necesitaba protegerme de sus ojos de fuego, del humo en el alma. Quería poner fin a esa zozobra, mis sentidos vibraran como en los primeros días.

Intimidad

El conejo no se separaba de mí. A menudo, acurrucado en el pecho, le veía asomar la cabeza por el pico del jersey. Por la noche vigilaba mis sueños. Yo, que siempre había sido de dormir tranquilo, me agitaba entre pesadillas que se diluían al amanecer, cuando el roce suave del pelo de Albo lo borraba todo.

Que no dormía bien se me notaba en las ojeras. Decidí comprarme unas gafas como las suyas para no tener que dar explicaciones, las llevaba incluso en la cama, como si fuera él. Una noche me soñé conejo y no podía dejar de comer zanahorias. Al despertar noté su calor pegajoso y restos de hortaliza entre los dientes. Nada que una ducha y unos enjuagues no pudieran limpiar.

Prosperidad

Albo sabía cómo hacer mejorar el negocio. Los pollos, que antes corrían felices por los corrales, picoteando grano, los encerramos en jaulas sin espacio. Engordaban deprisa y conseguimos que, en cuestión de un mes, acabaran siendo carne envuelta en celofán. El segundo logro fue que nacieran pollos con seis muslos.

En el campo, los cultivos avanzaban en paralelo. El trigo crecía limpio, incluso en el barbecho dejaron de brotar malas hierbas y amapolas. La falta de flores en las praderas empañaba mi entusiasmo por tanta prosperidad, pero todos deseaban mis grandes cosechas, mi explotación vacuna. El conejo con gafas siempre iba conmigo. Entonces empecé a preocuparme por mis ojeras, cada día más profundas.

S.O.S

Mi Albo, enigmático y turbio, plomo en el cerebro que me oprime el corazón.

Ya no soportaba el roce de su pelo, ni el calor negro de sus gafas. Una mañana, cuando estaba al volante, saltó a mis rodillas. Pisé el embrague, cambié de marcha, aceleré. Me alejé de la granja. En la autovía, sin detenerme, bajé el cristal y lo arrojé por la ventanilla.

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