22.08.2015

#Confesionesdeverano ‘Absoluci贸n’

Men茅alo
Foto: Manuel Cu茅llar.

Foto: Manuel Cu茅llar.

La periodista y colaboradora de ‘El Asombrario’ Elena Castell贸 recala en esta secuencia de ‘Confesiones de Verano’ con un relato de espesa atm贸sfera. “Es un insulto a la inteligencia afirmar que confesamos para que la verdad salga a la luz. Claro que transformamos la vida con nuestras confesiones. Pero para destruirla, para mancillarla“.

鈥淯na confesi贸n se susurra o se escribe para transformar la vida gracias a una verdad鈥. Luisa se agita levemente en su butaca, cuando la voz de la lectora se detiene un instante. 鈥溌縇e traigo un poco de agua de lim贸n, se帽ora?鈥, ofrece la joven. Pero la anciana tuerce el gesto. 鈥淒on Luis llegar谩 en una hora鈥, a帽ade la chica, e inclina la cabeza antes de cerrar la puerta.

La luz y el calor de esta tarde de agosto son insoportables. La sala en la que Luisa descansa, protegida por las espesas venecianas de elegante seda recamada, parece el interior de un acuario: verdoso y fluctuante en la penumbra afelpada por el zumbido del viejo refrigerador port谩til.

“Una confesi贸n”, piensa, “una confesi贸n para transformar la vida, una confesi贸n verdadera”. No lo recuerda bien, pero cree que la frase es de Mar铆a Zambrano, una de sus lecturas favoritas. Hace mucho que ya no sabe de qui茅n son los textos que le leen, ni siquiera de qu茅 libros se trata. A menudo son s贸lo recopilaciones de citas de una curiosa colecci贸n encuadernada en algod贸n rojo que compr贸 en una librer铆a de viejo en Madrid, o quiz谩 en Par铆s. Nunca le gustaron las novelas, prefer铆a las memorias o los diarios y, por supuesto, la filosof铆a, eso siempre. Esos textos oscuros, cargados de enigmas y de afirmaciones misteriosas en las que se esconde una deliciosa invitaci贸n, o un regalo envuelto en papel de seda, una clave. Claro que no lleg贸 nunca a descubrirla, ni siquiera en parte, pero la m煤sica de esas prosas le procuraba un placer dif铆cil de igualar. Hoy se distrae con sus singulares libros de citas agrupadas por temas. No tiene fuerzas para nada m谩s, ni siquiera para Mar铆a Zambrano, tan delicada y enga帽osamente accesible. Sobria e intrincada, como un jard铆n arom谩tico, una historia de familia mil veces contada y siempre incompleta. “Confesiones verdaderas”, se dice. “驴Es posible semejante cosa, es posible siquiera decir la verdad? Qu茅 ingenuidad”, musita. Mar铆a Zambrano es como todos, mientras escribe en ese lienzo inmaculado tan alejado de la vida. Un refugio, una so帽ada cueva del tesoro. Como su escondite cuando era peque帽a debajo de la cama de Berta, la mujer que la crio, cuando llov铆a y ten铆a miedo.

“No”, medita, “es un insulto a la inteligencia afirmar que confesamos para que la verdad salga a la luz y ascienda pura como una luna de verano. Claro que transformamos la vida con nuestras confesiones”, y se sorprende riendo para sus adentros. “Pero para destruirla, para mancillarla”. Por un momento siente un desprecio infinito鈥 Por sus libros, por sus frases que le parecen bruscamente grandilocuentes y vac铆as. Est谩 muy cansada. Le invade un sopor confuso. 驴Es por la ma帽ana o por la tarde? 鈥淢adre鈥, le susurran. Pero no, no hay nadie en la habitaci贸n con ella. S贸lo la envuelven la penumbra acuosa y el runr煤n del aire acondicionado en el que se deja caer como en un colch贸n de pluma.

Entonces ve a Ricardo, su marido. Est谩 frente a ella, con esa apostura antigua y militar que le inculcaron de ni帽o. Est谩 sonriendo. 驴Es posible? 鈥淩icardo鈥, llama con suavidad. La luz es ahora m谩s blanca. Alguien ha levantado las persianas y en la habitaci贸n entra la claridad de una ma帽ana de oto帽o. Llaman a la puerta. Son Luis y Alfonso. 鈥淪aludad a vuestro padre, ni帽os鈥, ordena. Y ella extiende la mano para que se la besen. Los ni帽os se acercan, respetuosos, y se inclinan en el besamanos, primero el mayor, luego Alfonso. Llevan pantalones marengo, zapatos de cord贸n, camisa blanca y corbata azul. Las medias hasta las rodillas, impecablemente estiradas. El pelo, brillante y h煤medo, les huele a azahar fresco. Pero Ricardo ya no sonr铆e. Luisa, dice de pronto: 鈥淣o empieces otra vez鈥. Ella abre mucho los ojos. 鈥淣o delante de los ni帽os, Ricardo, por favor鈥, susurra. 鈥溌緼hora vienes con esas?鈥, le espeta 茅l casi sin mover los labios. Alfonso la mira con dureza, una dureza inusual para su edad. Apenas tiene once a帽os. 鈥淣o te atrevas a hablarme en ese tono鈥, est谩 a punto de responderle a Ricardo, pero las palabras se le enganchan en la boca, como si fueran piedras que no puede escupir. La habitaci贸n se ha vuelto muy oscura. Le duele el pecho, un trallazo primero y luego un mugido sordo que no puede sacarse de dentro. Ricardo y los ni帽os han desaparecido. 鈥淟a verdad, la verdad, 隆yo os dir茅 la verdad!鈥, grita. Pero nadie la oye.

Una oraci贸n le viene a la memoria, la misma que recitaba todas las noches junto a la cama en compa帽铆a de Berta. 鈥淵o confieso鈥︹, y est谩 a punto de llorar, pero no lo hace. Nunca lo ha hecho. 鈥淵o confieso y destruyo la vida. 驴Eso quer茅is?鈥, ahora est谩 en el dormitorio matrimonial, azul. Grita. Las palabras salen de su boca esta vez como cuchillos. 驴Qu茅 est谩 diciendo? 驴Es esa la verdad? 驴Que es con el hermano de Ricardo con quien se ha estado viendo en los viajes a Par铆s? 驴Que Ricardo nunca se le podr谩 comparar? Que lleva dentro a su hijo y que su marido solo es un pelele y siempre lo ha sido y lo ser谩. Entonces se detiene en seco. Ha o铆do un ruido, quiere creer que no, pero es inconfundible. Es como un cascabel y sale de debajo de la cama. 鈥淎lfonso, 驴qu茅 haces ah铆? Ven aqu铆 inmediatamente鈥. Pero Alfonso se escabulle por el otro lado de la cama y sale corriendo por la puerta que da al corredor, tropezando en su huida con el tranv铆a de lata. Quiere correr tras 茅l, pero no puede. Ahora Alfonso solo es una sombra, un ni帽o de cera en un ata煤d. Lo descolg贸 su padre y lo llev贸, como una r铆gida marioneta, por el corredor.

Siente de nuevo el calor y el ronroneo del aire acondicionado en esa luz acu谩tica que ahora parece taladrarle los ojos.

Don Luis estuvo esperando un rato, pero se march贸 al ver que no despertaba. Prefiri贸 dejarla descansar. Volver谩 la semana que viene. La semana que viene, como la anterior y como 茅sta. Quiz谩 entonces reciba la absoluci贸n.

 

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Sobre el autor

Elena Castell贸
Elena Castell贸 es periodista. Fue redactora jefe en Dunia y directora de Mujer Hoy, TVM谩s y Hoy Coraz贸n, en Vocento, durante m谩s de 10 a帽os. En la actualidad colabora con Vanity Fair, Telva, XLSemanal, Mujer Hoy y Hola Decoraci贸n. Twitter: @ecastello Facebook: Elena Castell贸

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