24.08.2015

#Confesionesdeverano ‘La culpa’

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Fotografía: Manuel Cuéllar.

Fotografía: Manuel Cuéllar.

La escritora Sonia Fides nos regala la entrega 16 de la serie ‘Confesiones de Verano’, coordinada por Sardiflor y firmada enteramente por mujeres. Un relato lleno de reproches, besos, destino y alcohol.

Por SONIA FIDES 

“Una confesión se susurra o se escribe para transformar la vida gracias a una verdad”.

Pablo tiene la mirada baja de quien no quiere confesar que aquel niño que fue juega todavía con su carne en cuanto se levanta de la cama. Sus facciones han cambiado poco, pero su cara presenta los primeros síntomas de su lucha interna. Y aquí no hay, como en la televisión, maquilladoras capaces de taponar el flujo imparable de la verdad.

Bebe sin parar. Los demás lo acompañan en este oficio suyo de bebedor que yo desconocía. La ginebra burbujea cerca de su boca, y le hace mover el labio superior con la intensidad que marca una caricia inesperada.

Me gustaría dejar de observarle, que nadie notase que al verle otra vez, aun después de lo que acaba de pasarme, he vuelto a la vida. Está claro que nunca es Dios quien nos resucita.

Pido un refresco. Los demás afean mi gesto, parece que opinan que son demasiados refrescos para la cuenta de una mujer que le ha roto el corazón a cada uno de ellos. Pablo y yo seguimos lejos. Somos el mejor ejemplo de que hay guerras que no las gana nadie.

Micaela propone que juguemos a uno de esos juegos estúpidos que nunca tienen las consecuencias esperadas. La primera en girar la botella es Manuela, lo hace con un movimiento que enseguida se vuelve contra ella. Enseguida Max alza la voz, reclama con ansia su premio. Peter Pan sigue escupiéndonos en la cara. Max parece querer devorar a Micaela. Su boca ha dejado de ser de carne y recorre la boca de mi antigua compañera de clase como si tuviera el poder de limpiarla de todos los pecados. Está claro que es el momento de abandonar la reunión. A fin de cuentas, el destino es un grandioso hijo de puta que solo está de parte de unos pocos.

Estoy cerca de la puerta cuando alguien pronuncia mi nombre. No voy a pararme. La voz insiste y, aunque no quiero, mi educada cabeza se da la vuelta.

Todo son risas. Todas las manos me hacen gestos para que me aproxime. Y como si la voluntad se hubiera ahogado dentro del vaso que he dejado a medias sobre una de las mesas de la sala, vuelvo.

Macarena se acerca a mi oído y me dice: ahora te toca a ti. Dejo caer la botella contra el suelo, pero la gruesa y mullida alfombra la convierte en una mujer sin derecho a quejarse. Aún así, he podido escuchar lo que tiene que decirme, los objetos también saben maldecir. Micaela y Max han desaparecido. Tampoco veo a Pablo, pero no preguntaré por él. Algunos empiezan a llamarme aguafiestas, aburrida. Los reproches ocupan los pequeños huecos que los cuerpos dejan sobre los amplios sillones. Nadie coge la botella, la vida se ha detenido como si un director de cine corta una escena en la que alguien ha cometido un error.

Me arde la cara, tengo que ir al baño a echarme un poco de agua. Al salir al vestíbulo del hotel que Matilde ha escogido para acabar la velada, se suceden las carreras de algunos trabajadores. Se mezclan con las de algunos operarios del servicio de urgencias de la ciudad. No logro acceder al cuarto de baño. Me quedo mirando sin saber si preguntar o no. Parece que alguien se ha colgado en el lavabo de hombres. No me gusta la muerte, qué difícil es caminar con la mitad del alma.

Doy media vuelta, hace demasiado calor como para no buscar el poco aire que ofrecerá la calle a esa hora. Me muero de ganas de que Pablo me dé uno de esos besos leves con olor a muchas horas de tabaco. Busco la salida. Los corros de gente se arraciman. Al pasar al lado de uno de ellos, escucho cómo una mujer dice:

– Qué pena me da, con lo guapo que era y el futuro que tenía.

No sé de quién habla, pero por su forma de decirlo me contagia su pena a mí también.

– No puedo creer que Pablo Waldon se haya suicidado. En ocasiones los que más veces rozan la perfección son los primeros que se rinden.

Me quedo quieta de desolación. Mis piernas cambian de ritmo y se vuelven animales frenéticos. Matilde me mira. Reconozco en su mirada todo lo que quiere decir.

* * *

Sardiflor nos presenta a:

La escritora Sonia Fides. Foto: Manuel Cuéllar.

La escritora Sonia Fides. Foto: Manuel Cuéllar.

Sonia Fides y yo coincidimos en Twitter gracias a su editora, Electra, y varias esperas nos han unido. Con Mirar y ser mirada , obtuvo el X Premio Nacional de Poesía Nicolás del Hierro. Fue finalista en el Premio Internacional Ciudad de Melilla. El año 2011 le trajo dos antologías de relatos: Viscerales, en Ediciones del Viento y Narrando a contracorriente, en Ediciones Escalera. Colabora como crítica literaria en el suplemento Artes & letras del Heraldo de Aragón. Nos espera en su casa virtual  y en su blog canta su lírica.

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