15.08.2015

#Confesionesdeverano ‘La tierra y las palabras’

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Foto: Manuel Cuéllar.

Foto: Manuel Cuéllar.

Novena confesión de mujer para este agosto, con la coordinación de Sardiflor. Palabras que salen de la tierra. Un relato a cargo de la abogada y escritora Aurora Mateos.

Por AURORA MATEOS 

“Una confesión se susurra o se escribe para transformar la vida gracias a una verdad”, le dijo la Prometida al Poeta, “por eso quiero que escribas un poema sobre esto para nuestra boda”. Después, la muchacha se marchó, moviendo su cabello largo y castaño coquetamente, a sabiendas de que había pedido algo tan arriesgado como grande. Desde entonces se quedó el Poeta sin poema para el día de su matrimonio. Balbuceaba cuando le preguntaban sobre los versos que recitaría ante todos en su gran día, y, a escondidas, sollozaba el vacío de su papel y la parálisis de su cabeza. Sus rimas se habían evaporado con la misma facilidad que venían en el pasado. Después de darle muchas vueltas al asunto, y de ver que sólo sacaba vacío de su interior, el joven decidió pedir prestado un poema a uno de sus colegas para salir del paso. Una vez que tuvo el texto íntegro en su bolsillo, una mentira como cualquier otra, se puso a esperar el día de su boda con tanta pena que, para calmarla, lo único que hacía era sentarse en la vera del camino de los sembrados para ver cómo la agricultora trabajaba la tierra. Le daba los buenos días a Musa, que así se llamaba la buena señora, y allí se la quedaba mirando el Poeta hasta que ella le daba las buenas tardes al terminar el jornal.

Musa se levantaba con el sol y se acostaba no mucho más tarde de que éste se fuera a dormir. Era una mujer alta, de manos oscuras de tocar la tierra. Y tenía un rostro muy rojo, y el pelo muy rubio de tanto quemarlo los rayos del sol. Comía siempre ensalada de habas y pan con queso, que sacaba de una talega de cuadros. La misma que usaba su marido, el marido que se quedó en la guerra porque la guerra no le dejó volver. Esta mujer sin hombre amaba su tierra como nunca quiso a criatura alguna. Era feliz porque su terreno era muy fértil. No era como aquellos baldíos comunes que tenían otros, que daban frutos una vez al año si había suerte.

Aquel día, como siempre, llegó al alba montada en su mulo, Rocinante, que así se llamaba su bestia, y que ella consideraba más familia que el hijo aquel que nunca tuvo. Dijo “hola” al Poeta y empezó a arar. La tierra se abría fácilmente porque hacía poco que había llovido lo suficiente para mojar el campo pero no para empaparlo. Cuando los surcos quedaron perfectos como las olas del mar que la agricultora no conocía, ella sacó de su alforja las semillas y se puso a plantar. Era el momento que más le emocionaba. Estaba en el más solemne de los rituales, se agachó con sigilo, metió su mano y sacó una letra y la depositó en el hoyo que escarbaba con los dedos. Daba igual si la letra caía derecha o de lado, si las “íes” parecían “eles” o si las “gés” parecían “oes” porque caían bocabajo. Lo importante era plantar las letras en el momento adecuado. El resultado era, cuanto menos, caprichoso. Aunque plantara una letra “a” mayúscula, le podía salir una palabra corta como “alma”, y a veces, en cambio, sembraba una minúscula y recogía una palabra larga como podía ser “apendicitis”, o una rara como podía ser “arroz”, que tenía la primera y última letras del abecedario. Una vez la agricultora plantó una “i” muy chica, y le salió la palabra “inconstitucionalidad”. Se sintió dichosa, aunque la palabra le costara mucho sacarla de la tierra porque, cuando tiraba, parecía que no se acababa nunca. Otra “i” pequeña le dio nada menos que la palabra “interdisciplinariedad”, que se la quedó un juez para una sentencia que le hacía falta.

Las palabras de Musa eran las que más buscaban los hombres de letras. Eran precisas y bonitas, bien maduradas, porque ella nunca las sacaba antes de tiempo, y además las regaba a mano si no llovía. Sus palabras llegaban a la lengua como ninguna otra.

El Poeta esperó y esperó pacientemente a que terminara la nueva cosecha. Cuando por fin maduró y la recogió, y antes de que Musa llevara el saco de palabras al mercado, el Poeta le compró la remesa de palabras, cuya bolsa sólo necesitó tirar en el suelo, para que saliera su poema sobre la verdad.

Sardiflor  nos presenta a:

Aurora Mateos.

Aurora Mateos.

Aurora y yo no tendríamos que habernos conocido, pero una casualidad lo permitió. Es abogada internacionalista, autora teatral y de narrativa. Nos unen el amor a Rusia, el gusto por la soledad, los silencios y las lecturas. Siete de sus obras han subido a los escenarios. Y todo empezó con poemas en Babel. Su casa virtual está en http://auroramateos.com/

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