21.11.2019

Conspiraciones y vanidades en los premios literarios, ni Proust se libró

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Fotografía de Marcel Proust sentado en un canapé en 1895. Foto: Otto Wegener.

Duelos de egos. Conspiraciones y vanidades. El ensayista francés Thierry Laget ha logrado en ‘Proust, Premio Goncourt’ (Ediciones del Subsuelo) un erudito y divertido ensayo en torno a los premios literarios a partir de la concesión a Marcel Proust del prestigioso premio Goncourt. Proust, hoy una referencia ineludible de la literatura, no se libró ni de las miserias cotidianas del mundo del libro ni de las críticas furibundas de los más instalados en su tiempo, incapaces de entender la grandeza de una obra que arrasaba con el canon de su época.

Hace unas semanas se entregó el Premio Planeta, y volvió la polémica habitual en relación a la naturaleza económica del galardón y a los mecanismos ajenos a la literatura con los que, denuncian sus críticos, se mueve el jurado. Tiendo a ser indulgente con estos movimientos de los grandes conglomerados de la industria editorial, porque todos estos grupos, además, tienen sellos más pequeños y de nicho, con editores genuinos y brillantes. Si el espectáculo de los premios es lo que permite que, bajo esa superficie, haya una industria editorial completa, bienvenidos sean los oropeles y las cenas de gala. Además, nuestro país cuenta con un tejido editorial independiente verdaderamente admirable, y con diversos premios transparentes y prestigiosos. Lo importante es que, en España, quien quiere leer libros de calidad, tiene mucho donde elegir.

Es algo que ocurre en todos los países con una industria editorial digna de tal nombre, y no es un fenómeno precisamente nuevo. Como cuenta el ensayista francés Thierry Laget (Clermont-Ferrand, 1959) en Proust, Premio Goncourt (Ediciones del Subsuelo), el siglo XX fue el de los premios literarios, y en materia de literatura y libros, Francia marcó el paso al resto. También en sus conspiraciones de vanidades y necesidades, como nos cuenta este ensayo erudito y divertido que acaba de publicarse en castellano en reseñable traducción de Laura Claravall. El libro es, además, un buen retrato de los traumas de la Francia inmediatamente posterior a la Primera Guerra Mundial.

Marcel Proust había nacido en 1871 en París, en el seno de una familia acomodada, fruto del matrimonio de un reputado médico y de una cultivada mujer judía, algo que marcó su sensibilidad contra el antisemitismo de la época. Su vida estuvo siempre condicionada por una salud quebradiza fruto del asma y una debilidad pulmonar que se lo llevaría en 1922 tras una neumonía mal curada. En su breve vida fue aficionado a los duelos y, sobre todo, a una introspección literaria que legó la saga monumental de novelas que se recogen bajo el nombre de En busca del tiempo perdido.

Nace el Premio Goncourt

La vida literaria francesa estaba presidida por las prescripciones de la Academia Francesa. Y es para contrarrestar sus mandatos –que una serie de personalidades juzgan conservadoras y caducas– para lo que nace la heterodoxa Academia Goncourt en 1900, fundada por Edmond de Goncourt con intención de perpetuar el nombre familiar a través de una causa noble sufragada por los réditos del patrimonio acumulado. En pocos años se hace con un prestigio creciente, gracias también a las personalidades –los Diez– que la componen. Personajes que se reúnen cada otoño en un restaurante de París para debatir y decidir el ganador. Todo el mundo reconoce la supremacía del Goncourt, sobre el que, en 1923, Valery Lambaud explica que los concede una institución «considerada la Academia de los Jóvenes del Arte por el Arte»: «El hombre que no compra más de un libro al año, compra el libro coronado por la Academia Goncourt: cree que es la ‘mejor novela del año». ¿No nos suena?

Alrededor de este grupo pululan naturalistas –a rebufo del maestro Zola, los más apreciados y abundantes durante décadas–, simbolistas, románticos, etc., en busca de un galardón que reconoce la obra de un autor joven y, además, con escasos medios materiales. El reaccionario Léon Daudet, uno de los protagonistas de la Academia, explicó que «la tradición […], conforme a los deseos de Goncourt, es preferir la vivacidad de la forma (y su novedad) antes que la fuerza del pensamiento». Proust, que ya preveía su final cercano, comenzó a pensar que este premio le pondría en el lugar que merecía, y en 1913, pese a que ya entonces no podía considerarse joven para la época ni para la nuestra (tenía 42 años), se postuló con Por el camino de Swann, publicada ese mismo año.

Las pequeñas miserias

No lo obtuvo en 1913, y tampoco pudo presentarse –ni pudieron presentar su candidatura– en los cinco años posteriores debido al estallido de la Primera Guerra Mundial, años en los que no se entregó el galardón. Un acontecimiento y un trauma en Francia que está muy bien relatado en este libro, y que además condicionó la psicología del jurado y del público a la hora de premiar y leer según qué obras. En 1919, Proust tiene ya 48 años y su perfil está más lejos del sobreentendido de lo que premia el Goncourt que un lustro atrás. No obstante, Marcel, que está más achacoso y teme su final, insiste y hace ver que opta al Premio con A la sombra de las muchachas en flor, publicada ese año.

Comienza entonces un sutil juego de influencias en el jurado de los Diez a través de cartas personales, artículos elogiosos en prensa o amigos interpuestos. La exhaustividad de Laget en este aspecto es reseñable, y llegan a ser sonrojantes algunas de las hipérboles que Proust, calculadamente, escribe para complacer a aquellos de cuyo voto depende su reconocimiento. Pensamos en Proust como ese enfermizo escritor encamado, ajeno al ruido y sumergido de lleno en una introspección sin límite. Pero aquí lo vemos como un dignísimo heredero de Maquiavelo, con un toque exquisito de cinismo, plenamente pertrechado para la mundanidad del mundo literario.

Ese año, el favorito para llevarse el Goncourt es el combatiente en la Gran Guerra –y, por eso mismo, héroe nacional– Roland Dorgelès por su Las cruces de madera. Una novela que retrata con épica el esfuerzo y los padecimientos de los franceses en la contienda. Pero, sugiere Laget, Francia quería pasar página de aquel drama que había consumido las fuerzas del país durante cuatro años. En un caso similar a la derrota electoral de Churchill en 1945, sólo así –los tejemanejes de su autor caían en campo fértil– se explica que la novela de Proust comenzara a ganar posiciones en un jurado para el que Dorgelès había sido favorito durante meses. A la sombra de las muchachas en flor contaba, además, con la admiración y el voto del influyente Léon Daudet.

De las risas a la inmortalidad

Gracias a seis de diez votos, Proust se hizo con el Premio. De forma inmediata, en la prensa francesa estalla una gran polémica en torno a la calidad de la novela, el agravio al soldado Dorgelès y la edad y la posición de su autor. El propio Proust explica: «Antiguamente en estos casos, tenía obsesión por los duelos. Mi estado de salud no me los impide, pero por razones que sería demasiado largo explicar […] consideré deseable no provocar ninguno cuando tras el Premio Goncourt me vi asediado a diario por una avalancha de injurias». Algunos de los dardos contra la naturaleza introspectiva y demorada de su libro eran realmente crueles. En el satírico Le Merle Blanc del 20 de diciembre se lee: «El año próximo, seleccionaremos la novela de un joven de sesenta años titulada: Bajo la pálida luz de las damas maduras, una obra formidable de psicología de 855 páginas. El año siguiente empezaremos por Recuerdos de un antepasado, obra de un viejo soldado de la guardia imperial…». Haciendo alusión a la no participación del premiado en la Gran Guerra, en contraste con el heroico Dorgelès, otro habla de un Proust «a la sombra de las mujeres en lágrimas».

En L´Eclair, el poeta Joachim Gasquet se despacha a gusto: «Tiene la extraña capacidad de embrollar las sensaciones más cotidianas y de darles una apariencia pretendidamente planeada. […] no tiene, excepto quizá para los académicos que le han votado, ni una gota, ni un átomo de genio. […] No hay nada más aburrido, más fatigoso que esas invenciones insulsas y rebuscadas. Quiere convencernos de su elegancia, de su indolencia. Es el más vulgar de los improvisadores». Además, en la prensa comienzan a aparecer, como si estuvieran pensados para Twitter, mofas permanentes del título de la novela: «Bajo la pálida luz de las damas maduras; A la sombra de las muchachas en fruta; A la sombra del muchacho en granos; A la luz de los jóvenes en brote; El fresco de las damas jóvenes y menos jóvenes en fruta; Al ardor de los adultos, hombres y mujeres, en cogollo; A la penumbra de los viejos en deshoje; Al claroscuro de las viejas damiselas en tallo; A la sombra de las solteronas en grano; A la sombra de los habanos en flor…».

«Todo acabará mal para mí y ya ha empezado hace mucho tiempo pero el Premio Goncourt no tiene nada que ver y tampoco tiene tanta importancia», escribe Proust en enero de 1920. El Premio le da acceso a la inmortalidad, pero, como cuenta Laget, para Proust era una señal crepuscular. Moriría dos años después, un tiempo en el que pudo ver cómo el juicio sobre su obra iba cambiando. De la risa, el escarnio y el desconcierto inicial se pasó en pocos meses a un aprecio creciente de su monumental obra. Libros que, además, contaron desde entonces con el favor del público.

Proust es hoy una referencia ineludible de la literatura, pero no se libró ni la de las miserias cotidianas del mundo del libro ni de las críticas furibundas de los más instalados en su tiempo, incapaces de entender la grandeza de una obra que arrasaba con el canon de su época y alumbraba otra bien distinta. Diferente en lo literario, porque en cuanto a las pequeñas miserias de la industria, las cosas han cambiado poco. Y tampoco es tan importante mientras lo primero tenga lugares de expresión como ahora tiene.

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Sobre el autor

Antonio García Maldonado
Antonio García Maldonado (Málaga, 1983) es analista y consultor independiente para compañías como Thinking Heads o Llorente y Cuenca, entre otras. Ha sido consultor en América Latina durante más de siete años. Hasta junio de 2017 fue Business Intelligence Manager de la consultora The Search Group, en su sede central en Belgrado. Escribe regularmente en EL PAÍS, The Objective, Letras Libres y El Asombrario, entre otros. Es también redactor de informes de lectura para la editorial Acantilado. Ha traducido, entre otros, a Bob Woodward, a William Kotzwinkle, a Jerry Toner, al marqués de Sade, a H.D. Thoreau o a Norman Mailer, cuyo libro 'Miami y el sitio de Chicago', prologó. Ha prologado la reciente edición de 'Viaje a la aldea del crimen', de Ramón J. Sender. Fue traductor becado del Colegio Internacional de Traductores Literarios de Francia, en Àrles. Participó como invitado en el último seminario del Aspen España Seminar. Antes de todo eso, fue librero y se licenció en Economía. @MaldonadoAg

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