‘Cuando la desesperanza se te enreda en el pelo y el hombro’

‘Cuando la desesperanza se te enreda en el pelo y el hombro’

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Mujer peinándose el cabello. Edgar Degas. Foto: Metropolitan Museum of Art New York.

‘Relatos de un extraño Verano’ de ‘El Asombrario’ en colaboración con el Taller de Escritura Creativa de Clara Obligado en torno a una “primavera de metamorfosis”. Hoy, a la protagonista la desesperanza y la culpa, el azul, se le enredan en los músculos.

POR OLGA AZÁBAL DOMÍNGUEZ 

Esta mañana, al despertarse, Lucía descubre que la culpa ha anidado en su hombro derecho. Se acerca a la ventana y busca el azul que le permite ver la esquina del edificio de enfrente. La voz de Juanjo surge a su espalda, lo mira y se fija en que también hoy él lleva la desesperanza enredada en el pelo. Apareció hace dos días y se pasea por sus rizos con la seguridad de un colono. Está a punto de decírselo. Ha investigado en internet y ahora sabe que cuerpo en griego se dice Soma. En realidad, poco importa en qué idioma suceda, piensa.

Los días se han expandido por los escritorios llenándolos de facturas y papeles. Juanjo coge el móvil, cinco llamadas de su jefe. ¡Hay que joderse! Trabajar las mismas horas y cobrar menos. Lucía ve cómo la ira le trepa por la pierna e intenta enroscarse en el gemelo. Es diminuta y rápida, Juanjo sacude el pie y desaparece al momento. Se sienta y claudica a una nueva jornada laboral. Ella pasea por la red, esquiva las noticias. Abre Instagram y amplía imágenes. Escruta los cuerpos, busca signos. Quiere saber si en los demás aflora esta primavera de metamorfosis y piel.

Suena el teléfono y la culpa despliega las alas, las plumas se le incrustan en los tendones del hombro. Habla con su padre. Hay algo obsceno en la liberación que la llena; un respirar que emana pausado, cuando oye la voz lejos, desde hace semanas. Lejos. Cuelga y la culpa se acomoda en el músculo.

Abre el correo y relee el mensaje. Un cese, murmura. ¿Por qué te atormentas?, le dice Juanjo, todo saldrá bien. Lucía lo observa; su boca articula las palabras, pero lo que en realidad escucha es el miedo de él, en remolinos, por el oído. Una cascada de agua que va desde esa oreja hasta la suya. Y no sabe cómo explicarle que un estado la embarga. Que lo incierto ya no duele y el día no urge. Pero ve cómo él se concentra de nuevo en la pantalla y decide ir a la cocina a planificar el menú.

Frente al frigorífico deduce que hoy sí tendrá que salir a hacer una compra. Escribe una lista y se pone la chaqueta. Se despide, pero el golpeteo de las teclas hace que se vuelva para mirar los dedos de Juanjo, donde la frustración reverbera.

Camina hacia el mercado con la irrealidad flotando a su espalda, una burbuja que colisiona con cada saludo a los vecinos. En el aire oscilan progresiones geométricas. Espera su turno en la pescadería, mientras la radio pregona que el mundo, pieza a pieza, construye muerte. Escoge lo que se pueda congelar y se dirige a la frutería. Dentro de poco habrá cerezas, piensa. Señala y recoge las bolsas. El dependiente, turbado, la mira, la culpa, grazna y aletea. Lucía anda rápido hacia la salida. Ya no puede ocultar que le están floreciendo las manos.

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