Cuando se rompe una amistad de 30 años (qué fácil nos vemos reflejados)

Cuando se rompe una amistad de 30 años (qué fácil nos vemos reflejados)

Detalle de la portada de ‘Lo que queda de luz’, de Tessa Hadley, editado por Sexto Piso.

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Todo comienza con la muerte de Zachary, un tipo alegre y chic, un tipo rico que comparte lecho y vida con la sofisticada y frívola Lydia. A partir de ahí, una larga amistad de 30 años entre dos parejas salta hecha añicos, sepultada entre reproches. La británica Tessa Hadley compone en ‘Lo que queda de luz’, con el cuidado de una pieza de orfebrería, con una complejísima naturalidad, una historia en la que la traición abofetea a la lealtad. Una novela que expone cómo los calendarios nos roban los súper-poderes que creíamos perpetuos en la adolescencia y nos convierten tan solo en hombres y mujeres errantes que en rara ocasión alcanzan sus metas.  

“¿Recuerdas el poema polaco que siempre cita Alex? Dice que los bárbaros no ponen objeciones a la ironía; simplemente la muelen y la usan como sal”.

Sin duda un párrafo rotundo y muy gráfico para custodiar en primera instancia el análisis de esta novela en la que los bárbaros que la habitan no van conquistando territorios sino arrasando con su buena educación y su falsa moral las vidas ajenas.

Lo que queda de luz, de Tessa Hadley (Bristol, UK, 1956) es una novela cruel y fascinante, un concurso de homogamia letal. Un acertijo bello y preciso de principio a fin. Una caverna arropada con alfombras caras y pinturas ultramodernas.

Una riquísima mezcla de bellezas emocionales que atrapa y desvela los artificios que utiliza la naturaleza humana para sobrevivir.

Todo comienza con la muerte de Zachary, un tipo alegre y chic, un tipo rico que comparte lecho y vida con la sofisticada y fútil Lydia. Aunque he de decir que la tragedia de este cuarteto, formado también por el ya citado Alex y la magnífica Christine estaba escrita desde mucho antes de que llegaran las elegías, los panegíricos y los llantos inconsolables.

Hadley se comporta de forma implacable en su manera de narrar y desmenuza, como desmenuzaría un biólogo un trozo de carne podrida hasta encontrar el núcleo de la infección, la memoria de sus personajes.  Cuida de manera compacta la estética de la traición y de la venganza, su paisaje, y las distintas capas del pecado a través de los movimientos y la evolución de sus personajes hasta conducirlos  a su último fin, a su totalidad emocional.

Y lo hace alejando lo extraordinario de la narración. Es la naturalidad la que concreta el ritmo, la que convierte esta novela en una gran torre vigía, en un mastodonte de buena literatura. Es el pragmatismo ético de cada capítulo el que marca la excelencia de esta historia en la que los árboles genealógicos de cada uno de los protagonistas exhiben colgados de sus ramas los restos de sus héroes y de sus mártires. Padres, hijos y abuelos. Exilios, política y la presencia de un enjambre de caudalosas mentiras. Complejos, culpa y frivolidad marcan la silueta de este libro, pero también la marca el hedonismo y el libertinaje de sus dos protagonistas masculinos, su irrevocable peterpanismo, su indestructible vanidad.

Zachary es el pícaro que nos arrancará siempre una sonrisa y Alex, el enigmático profesor, el hombre al que admirar que acabará como apátrida social aunque, paradójicamente, acabará ocupando el lugar que siempre ha anhelado en la sociedad.

Hadley construye sus personajes con ese atractivo rotundo con que el destino diseña una quimera. Son apetecibles, inteligentes, fieros, frágiles y reconocibles entre nuestras heridas y nuestros duelos. Y retrata con un virtuosismo incuestionable esa mortaja de tela dura que es a veces la amistad.

Hadley se sale de los estándares, de otras policromías narrativas para hablar de las relaciones personales. Deslumbra la plasticidad con que envuelve cada traición que pertrechan sus protagonistas:

“Los murciélagos revoloteaban sobre el canal, formando nudos de oscuridad”.

“Quién, sino él, era capaz de darle la vuelta a las circunstancias”.

Hadley destrona con su prosa la inercia que suele llevar implícito el relato de las amistades longevas y retrata con excentricidad y empaque ese gusto por la traición que se comete con alevosía y que más tarde se disfraza como único objetivo para vencer  la soledad.

Christine y Lydia, Alex y Zachary están acorralados por la insatisfacción, y se persiguen como animales salvajes aunque el resto de la gente los encuentre modélicos. Alex vive instalado en el fracaso, Lydia en la envidia disfrazada de indefensión, Zachary en la opulencia que siempre mece al niño abandonado y Christine en el afán de supervivencia. Y es que la mentira es la madre poderosa que domina el mundo y nos transfigura y lame nuestra esencia hasta convertirla en un trozo de piel insípida y mermada.

Los calendarios nos roban los súper-poderes que creíamos perpetuos en la adolescencia y nos convierten tan solo en hombres y mujeres errantes que en rara ocasión alcanzarán sus metas, que en rara ocasión revivirán los sueños que acariciaba su carne mientras sus cuerpos iban ganando centímetros.

Tessa Hadley lo sabe y despliega todo su conocimiento sobre las páginas de este lúcido ajuste de cuentas contra la mentira y la oscuridad que es su novela.

No dejen de leerla porque podrán ponerle nombre a casi todas sus heridas.

No dejen de leerla porque también será un bálsamo inesperado para rehidratar su porvenir. Porque Lo que queda de luz es la bandera blanca que borrará de su memoria las antiguas afrentas.

No dejen de leerla porque Hadley sostiene entre sus manos un espejo que ha venido a rehacer con sus respuestas nuestros antiguos rasgos.

‘Lo que queda de luz’. Tessa Hadley. Traducción de Magdalena Palmer. Sexto Piso. 231 páginas.

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