Cuatro angustiosas horas sala de espera urgencias

Cuatro angustiosas horas en una sala de espera de urgencias

El derecho a la intimidad debe ser prioritario en cualquier situación. Foto: Pixabay.

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Escribo estas líneas en la sala de espera de urgencias. Han pasado cuatro horas desde que llegamos. Hospital Clínico. Barcelona. Es curioso cómo eso de que el tiempo es emocional y no lineal cobra especial sentido en los hospitales, sobre todo cuando toca esperar por alguien. A nuestra llegada, mi hermana y yo nos sumamos a un pequeño grupo de población flotante que, atenta a un altavoz que se activa cada cierto tiempo para llamar a “los familiares de”, navegaba ya en una balsa común, la de los que esperan. Una balsa, una sala, donde la protección de datos salta por los aires y humilla a cada paciente y acompañante para que cuenten su caso a gritos.

Fuera, al otro lado de los cristales, el mundo vive ajeno a esta burbuja de tiempo varado en la angustia y la expectativa: hay tráfico, hay transeúntes, hay ruido que tapa los silencios de cada uno. La actualidad habita en lo que no es esto, hasta aquí no llega: no hay revistas ni hay tampoco ningún monitor de televisión, sólo los móviles de cada uno/a disparando entretenimiento individualizado con el que matar los minutos, que a veces son horas.

Desde nuestro rincón, atrincherados en la isla de sillas inutilizadas por respeto a la distancia reglamentaria, vemos llegar con cuentagotas a nuevos esperantes, cada uno con su urgencia al hombro. Son hombres y mujeres que se acercan al mostrador y saludan a la pareja de recepcionistas, la tarjeta sanitaria en una mano, el móvil en la otra. Cuando toca hablar, llega el primer escollo. La gran pantalla de cristal no deja oír al que habla al otro lado y el micrófono funciona mal y a deshora. Solución: gritar, después de haber pegado el dorso de la tarjeta al cristal para que la mujer anote el código en el ordenador y vaya directamente al historial del paciente. En cualquier caso, eso es apenas un formalismo. Exista o no historial en el ordenador, la recepcionista repite a voz en grito los datos de quien llega: nombre, edad, dirección y DNI completo. Como el micrófono y el altavoz están en mal estado, los datos se repiten una media de tres veces hasta que el acuerdo es completo. Mientras tanto, detrás del paciente, los esperantes, aburridos, escuchamos nombres, apellidos, direcciones, números de DNI o pasaportes, viendo sufrir al recién llegado, que es consciente de que todos los que estamos allí sabemos ya quién es y que de pronto cae en la cuenta de que el proceso de grito/micrófono roto/grito va a repetirse en breve, cuando tenga que comunicar el motivo que le ha llevado al mostrador.

Los esperantes sabemos lo que ha de llegar y algunos, los menos, se colocan rápidamente los auriculares para no vivir la violencia que se avecina. La recepcionista termina de confirmar datos, levanta la vista y pregunta:

–¿Qué le pasa?

Algunos dudan un instante, acorralados entre el cristal y las miradas silenciosas de la veintena de esperantes que tienen a su espalda y que ven reflejadas en el vidrio. Buscan, a la carrera, el modo de decir lo que han venido a contar sin compartirlo con toda la sala, pero enseguida entienden que no hay escape. Entonces acercan la boca al micrófono y confiesan, lo más parcamente posible, qué les lleva hasta el cristal.

De entre los casos que han llegado, llaman la atención, por encima de los demás, el de un chico al que anoche se le rompió el preservativo mientras tenía relaciones sexuales y estaba preocupado por si “había pillado algo”. Al pobre, que tendrá como muchos 20 años, casi no le salía la voz. Cuando ha terminado de contar, desde el otro lado, la recepcionista lo miraba con cara de póker. Un pequeño silencio y: “¿Puedes repetirlo? Es que he oído solo el principio”. Un par de segundos de respirar hondo y vuelta a empezar. El condón roto del pobre chico, su angustia y un par de preguntas añadidas de la recepcionista por los altavoces han rebotado por la sala como el eco de un disparo en pleno bosque. Vergüenza. El pobre muchacho estaba tan avergonzado que cuando ha terminado de dar todos sus datos ha optado por pedir que por favor le avisaran por teléfono, que prefería esperar en la calle.

Ese ha sido el primero, pero no el peor. Hemos oído historias de todo tipo, algunas más livianas que otras, hasta que le ha tocado el turno a Víctor. Víctor ha llegado acompañado de un amigo, ambos en la treintena larga. Se han acercado al mostrador y después de dar y repetir sus datos, a la pregunta: “¿Qué te pasa?”, Víctor ha apoyado la cabeza contra el cristal y ha dicho, con una voz llena de sombras:

–Es que me lleva el doctor X, él está al corriente. Vengo porque desde anoche me encuentro un poco bajo y prefiero que me vea.

La recepcionista ha mirado la pantalla y al cabo de unos segundos ha dicho:

–¿Psiquiatría, verdad?

Víctor ha asentido con la cabeza, sin separar la frente del cristal.

–No sé si el doctor X visita hoy –ha dicho la chica–. Deja que lo compruebe.

Cuando Víctor ha oído eso, ha hecho lo que ninguno de los esperantes creíamos que íbamos a ver. Lo que Víctor ha hecho ha sido echarse a llorar, primero muy discretamente, al poco presa de una desesperación que ha roto la sala por la mitad y que ha puesto a la recepcionista en marcha al segundo.

Como un niño. Víctor lloraba como un niño contra el cristal mientras dos enfermeros venían a por él y se lo llevaban a la sexta planta, dejándonos a los esperantes detrás, sumidos en una congoja culpable y fea.

Yo sé quién es Víctor, y Alain y Rosa y el padre cojo de Amalís. Yo sé quiénes son todos ellos, pero no tendría por qué saberlo. Son cuatro horas sin parar de conocer datos privados de las vidas de personas cuya intimidad salta por los aires en una sala llena de angustia. En nuestro día a día nos enfrentamos constantemente a cláusulas de protección de datos que nos impiden hacer mil y una cosas, a veces sin explicación lógica. Lo cotidiano se protege, pero cuando llega la vulnerabilidad, cuando realmente tu privacidad debería ser prioritaria, nadie mira por ella.

¿Cómo sabe Víctor que yo no conozco a sus padres y al salir del hospital llamaré a su casa para preguntar a su madre cómo está por lo de su hijo? ¿Cómo sabe nadie si el muchacho al que se le ha roto el preservativo es alumno de un colega mío y yo uso esa información por despiste –o no– y termino por perjudicarle? ¿Cómo se permite que en las ventanillas de urgencias tengas que dar tu nombre, dirección y número completo de DNI a voz en grito y dejes tu intimidad al aire, añadiendo, como en el caso de Rosa, que sus dos hermanas tienen cáncer y que una está en planta y la otra en urgencias, pero le es imposible cuidar a las dos porque no tienen a nadie más aquí?

La protección de datos salta en esta sala por los aires cada vez que entra un paciente. Aquí, donde llegamos vulnerables y vendidos, dispuestos a dar lo que sea por salir lo antes posible, curados y dispuestos a sumergirnos en la actualidad de ahí fuera. Cuidar al paciente es, además de curarlo, preservar su identidad, asegurarnos de que no debe añadir la vergüenza de ver expuesta su angustia y vulnerabilidad en público.

Eso también es medicina.

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Comentarios

  • Javier Lleonart Martinez

    Por Javier Lleonart Martinez, el 17 noviembre 2020

    Soy médico en la sanidad pública. Lamentablemente y descarnadamente el artículo es cierto de cabo a rabo. Las personas a las que nos preocupa, no sólo diganosticar y tratar bien, sino también atender en condiciones y con dignidad, hace mucho tiempo que denunciamos esas condiciones infrahumanas y tercermundistas. Por no decir la atención en los pasillos de los servicios de Urgencias, muchas veces «enseñando las vergüenzas» a todos los pacientes que comparten espacio. Incluso he llegado a contactar con la Agencia de Protección de Datos (APD) para denunciar la situación. La respuesta de la APD: para poder hacer una denuncia debo ser el interesado. ¿Qué sucede? Que cuando les propones a cualquiera de los «interesados» iniciar ese camino, les prima la solución a su problema y no denunciar las condiciones de la atención.
    Me queda por ver qué pasaría si varios de esos pacientes se decidieran a denunciar a la APD esas situaciones. Reglamento en mano, es vulneración de la privacidad de datos de salud (que son especialmente sensibles) y, por tanto, los centros que lo vulneraran serían susceptibles de recibir sanciones millonarias. ¿Veré esas denuncias? Llevo tantos años intentándolo que empiezo a perder la esperanza.
    Lo que no perderé nunca es la esperanza en poder mejorar la atención sanitaria pública. Por principios y por concepto. Llámenme soñador….

  • Violeta

    Por Violeta, el 17 noviembre 2020

    Todo lo que escribe Alejandro me llega al alma

  • PEP

    Por PEP, el 18 noviembre 2020

    Me sorprende que funcione así las urgencias en el clinic de Barcelona. En madrid en el hospital Clinico que es el que tengo como referencia, en ventanilla piden los datos personales y te dirigen directamente a la sala de triage donde hay tres despachos donde te llaman y dentro totalmente en privado e interrogan sobre sintomas y lo que te pasa.

    NUNCA lo hacen en publico

  • angel

    Por angel, el 18 noviembre 2020

    He repasado la Wikipedia. He buscado la historia del derecho, husmeando eso de los derechos humanos. Los Derechos Humanos, porque suelen escribirse así, con mayúscula inicial (no se piense que son derechos cualesquiera). Son humanos. La Wikipedia es categórica. No hay clase alguna de derecho superior al humano.
    Desde siempre había pensado y lo sigo haciendo, ahora mismo lo hago, que primero fueron las faltas y los delitos y luego llegaron las leyes, aunque no escapa el que malamente un delito puede ser tal sin una ley que lo diga. Pero aún así sostengo que algo, que luego será llamado falta o delito, debe ocurrir para que venga otra cosa que acabará llamándose ley, pero no al revés, porque la mejor justificación para una ley, llámese como se llame, es precisamente la falta o el delito, llámese también como se quiera. Algo falta cuando falta algo. Así de simple. Y entonces llega la ley. En esto no pasa lo de la gallina y el huevo, que no hay forma de saber lo que vino antes. A la falta sigue la ley, y si no, a ver lo que pasa con una ley que prohibiese o castigase a las piedras o a cualesquiera cosas que, abandonadas al aire, cayesen al suelo. Tonterías. Sin falta no hay ley, porque sin falta, y si no véase la falta original, no hay quien nos castigue ni nos expulse de ningún paraíso, según ocurre. Y el artículo que comentamos, el mejor ejemplo. A eso vamos.
    Porque lo que nos muestra este artículo no es la denuncia de ningún derecho. No es la llamada a ninguna ley que remedie nada. Es la descripción de un atropello. Es un testimonio. Sin más. Es una fotografía, la fotografía de un delito, no de un delito original sino del puro delito, del delito puro, siempre nuevo aunque por eso mismo siempre repetido, nunca original, ni universal ni categórico, siempre recién nacido, según hemos dicho, algo que todavía no es delito pero es algo, algo perentorio, un grito, la cruda y urgente condición de posibilidad para que otro algo, la epifanía bienaventurada de otro algo, se muestre, dé la cara y acabe mereciendo el nombre de ley, de verdad, lo que se dice una ley.
    Porque Alejandro Palmas nos habla de delitos, puro material delictivo, delitos de verdad. No vengamos ahora con delitos que no son. No vengamos ahora con delitos heredados, pecados originales y así. Ni con leyes que nos expulsen del paraíso ni con Derechos Humanos que nos acerquen a él. Sean éstos, no vengamos tampoco a decirles que no, pero al delito crudo hay que responder. Y eso se hace con la ley. Alejandro Palomas la demanda. Y es así como puedo entender su artículo

  • angel

    Por angel, el 19 noviembre 2020

    Advierto ahora el haber dejado inconcluso mi comentario de ayer. Quise, y así lo hice, definir el delito que siempre precede a la ley. Olvidé, sin embargo, hacer lo mismo con el tipo de ley que le sigue de forma necesaria (desgraciadamente no suficiente), motivo de la incompletud a la que aludo.
    Sea la redundancia que supone introducir la voz que se refiere al objeto de una definición en la misma, pero necesito referirme a la ley natural sin conocer a ciencia cierta el sentido de la voz «naturaleza», pero es a esa «ley natural» a la que me refiero. Al delito que describe Alejandro Palomas, a ese delito puro, solo encaja una respuesta. Entiendo su artículo en clave de texto legal. El propio texto es la ley.
    Frente al universal, frente a cualquier clase o tipo de universal, hagamos apología de lo inmediato.

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