Por fin nos damos cuenta del valor de una ‘sociedad de los cuidados’

Por fin nos damos cuenta del valor de una ‘sociedad de los cuidados’

Repasamos diversas iniciativas de cuidadoras y trabajadoras del hogar que crean redes de apoyo mutuo y reivindican sus derechos.

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De esta brutal emergencia sanitaria ha de emerger la valoración en su justa medida de la sociedad de los cuidados frente a un Estado del Bienestar que tiene mucho de ‘fake’. Ese cuidado de la vida exige nuevas alianzas, y quienes nunca olvidaron cómo hacerlo –cuidadoras, porque son mujeres en su mayoría; inmigrantes en su mayoría– son el motor del cambio. Repasamos diversas iniciativas de cuidadoras y trabajadoras del hogar que crean redes de apoyo mutuo y reivindican sus derechos: que el cuidado sea una actividad que la sociedad reconozca como un deber colectivo. Y que reclaman algo tan esencial como atender una pregunta tan básica como ésta: ¿quién cuida a los que cuidan?

Los grandes cambios no siempre se miden por la dimensión de sus resultados inmediatos, sino por la transformación de sus procesos. La covid19 nos está obligando a plantearnos cómo cuidar en comunidad a los recién llegados a este planeta, cómo acceder al alimento, cómo auxiliar a nuestros cuerpos vencidos, cómo nutrir nuestros lazos afectivos, cómo habitar entornos más saludables, cómo acompañar a nuestros seres más frágiles, cómo morir… Parece mentira que se nos haya olvidado. Mientras, ofreciéndonos las respuestas, aparece el mismo rostro: el de una mujer racializada que sostiene esos espacios a los que ni sabemos ni podemos regresar desde la precariedad.

Es evidente que el Estado de Bienestar en el que hemos delegado la protección de nuestras vidas (hace poco más de 40 años en España) no está atendiendo nuestras necesidades. Sin embargo, apenas logramos cubrir este gran agujero. Aunque los ciclos de la vida y los procedimientos jurídicos no van al mismo ritmo ni obedecen a la misma lógica, seguimos apostando por la exigencia narrativa de derechos mientras tememos ser expulsados/as de un sistema que nos desvitaliza.

Nuestro modo de vida, y no sólo nuestras jornadas laborales y las condiciones en las que las desarrollamos, nos ha llevado a considerar que los cuidados son labores de categoría inferior por no ser rentables en este modelo económico. Quizá esto explique que una de cada tres empleadas domésticas y del cuidado de la UE residan en España. La precariedad no nos da para cuidarnos y buscamos que otros seres más precarios nos cubran las espaldas.

Sin embargo, durante la primera etapa de los confinamientos, las mujeres que nos cuidan (en su mayoría migrantes que en sus países de origen están acostumbradas a organizarse sin el amparo de un hipotético Estado de Bienestar), demostraron que están tan conectadas con el cuidado que multiplicaron sus prácticas de apoyo mutuo. A la búsqueda de soluciones laborales para el colectivo unieron la recogida de alimentos, la creación de fondos para las más necesitadas, talleres vinculados con el cuidado del cuerpo y las emociones…

Las iniciativas de apoyo mutuo parten de una premisa: se realizan entre iguales. En paro, teletrabajando, recluidas en casa, en busca de una vida más saludable, hay personas que han vuelto su mirada a esos espacios abandonados y se han encontrado de frente con quienes trabajan para ellas. Mirarse a los ojos facilita percibirse como iguales, aunque no lo garantice. ¿Quién se identifica como una igual a esa persona que atiende a los cuidados de la vida?, ¿otra persona migrante racializada y con una economía precaria?, ¿o alguien que entiende que comparten el mismo objetivo: el cuidado de la vida?

Estos meses de covid19 son una oportunidad para fortalecer las alianzas entre las personas que cuidan y las que son cuidadas. Ellas son las que han dado el primer paso. Sin ir más lejos, el 18 de octubre, diversas organizaciones de trabajadoras del hogar y los cuidados celebraron un Encuentro Estatal de Acción Política de Trabajadoras del Hogar y de Cuidados para avanzar en sus negociaciones con el Ministerio de Trabajo, denunciar que la ley de Extranjería propicia sus condiciones de vulnerabilidad y recordar que el reconocimiento de sus derechos “exige profundos cambios en la organización social de los cuidados, para que el cuidado sea una actividad que la sociedad reconozca como un deber colectivo”. Por eso, en sus debates han incorporado la necesidad de desarrollar la ley de dependencia o exigir una reforma de las pensiones justa, aspectos que el 27 de octubre el Parlamento español cerró definitivamente al aprobar las 21 recomendaciones  definidas por el Pacto de Toledo.

Cooperativas de empleadas y empleadores/as

Ante el peso del actual modelo económico en las decisiones políticas, las mujeres que se dedican específicamente al cuidado de las personas están encontrando en las cooperativas una forma jurídica que pone sobre la mesa una gestión de los cuidados más comunitaria. Esto facilita una mejor relación con quienes las contratan y permite superar las negociaciones individuales en las que la empleada suele llevar las de perder por no tener garantías ni testigos. Además, dentro de sus actividades incorporan iniciativas de autocuidado propias del movimiento asociativo, lo que trasciende la lógica del mercado.

Por ejemplo, La Comala, una pequeña cooperativa ubicada en Madrid, parten de la pregunta ¿quién cuida a las que cuidan? para desarrollar prácticas y estrategias relacionadas con la sororidad y el apoyo mutuo como talleres sobre derechos sexuales y reproductivos. Además, su “enfoque estratégico de intervención comunitaria” pone en valor la especialización, un servicio de evaluación (para conocer el grado de satisfacción de los servicios prestados) y unas condiciones laborales dignas que incluyen la cotización al régimen de seguridad social, frente al régimen especial para las empleadas domésticas que por ley les impide, por ejemplo, tener derecho a paro.

Los derechos mínimos que la ley les reconoce no suelen aplicarse porque los acuerdos entre la persona empleada y quien la emplea se llevan a cabo en el ámbito doméstico y sin testigos. Por eso es tan importante poner encima de la mesa la necesidad de las alianzas, para que la soledad y el desamparo no sean el elemento aglutinador entre las personas que cuidan y las que son cuidadas.

En este sentido, A 3 Calles cooperativa de cuidados en proximidad, gestionada por y para familias de Vallecas que necesiten atención, cuidados y servicios en el hogar, están incorporando entre sus socias a las personas empleadoras y a las dependientes. Su gestión de los cuidados es territorial y comunitario, es decir, apela a la implicación del vecino, del amigo más próximo, de la red de fraternidades y sonoridades, de modo que trabajar con quienes padecen esclerosis múltiple o alzheimer, acompañar a enfermos de cáncer en hospitales, jugar con los hijos e hijas de quienes les emplean, etc… contribuya a paliar las desigualdades y pobreza y así devolver la vida al centro de la economía.

Una trayectoria histórica común, pero invisibilizada

El camino que han recorrido estas trabajadoras en la búsqueda por el reconocimiento de derechos empezó en el Estado español en 1985, cuando un Real Decreto introdujo una regulación del trabajo doméstico que el Estatuto de los Trabajadores, aprobado en 1980, había dejado en la sombra. La regulación no exigía contrato por escrito y las incluía en un Régimen Especial de la Seguridad Social. En el año 2011 un Real Decreto obligaba a recoger las condiciones acordadas por las partes en un contrato escrito, descansos reglados de 12 horas entre jornadas, el respeto a la intimidad…, pero dejaba fuera otros aspectos cruciales como el derecho a una prestación por desempleo. Aquel mismo año la Organización Internacional del Trabajo creaba el Convenio 189, que reconocía el derecho de las empleadas domésticas de todo el mundo a horas de descanso diarias y semanales, y además el derecho a un salario mínimo y a elegir el lugar donde viven y pasan sus vacaciones. Aunque ha sido ratificado ya por 25 países, solo cinco son europeos y España no es precisamente uno de ellos.

En 2016 se llevó a cabo en Madrid el primer Congreso de Empleadas de Hogar, gracias a la iniciativa del Grupo Turín (formado por entidades, colectivos y personas que desde diferentes ámbitos y perspectivas trabajan por la dignificación del sector en Europa) y con el apoyo del Ayuntamiento. Este mes la citada asamblea nacional logró convocar a organizaciones de diversos puntos del estado español (Sevilla, Granada, Madrid, Barcelona, Navarra, Bilbao/Bizkaia, Santiago de Compostela y Gipuzkoa) en un momento en el que el resto de la sociedad volvemos a plantearnos cómo cuidar la vida, los afectos, nuestros hogares, a nuestros seres queridos más frágiles. El cuidado de la vida exige nuevas alianzas y quienes nunca olvidaron cómo hacerlo son el motor del cambio.

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Comentarios

  • Jamileth Chavarria

    Por Jamileth Chavarria, el 31 octubre 2020

    Hay gente haciendo cosas pequeñas, eso puede cambiar su mundo y su réplica nos «afecta» de alguna manera. Graciass

  • Patricia Argueta

    Por Patricia Argueta, el 01 noviembre 2020

    Excelent. !!!me ha encantado , todo se hace con dedicación desde el Corazón Gracias 💖💖

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