03.05.2018

Daniel Gascón: “Es difícil defender el ‘procés’ desde una posición de izquierdas”

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El periodista y escritor Daniel Gascón. Foto: Antón Castro.

El periodista y escritor Daniel Gascón. Foto: Antón Castro.

“El separatismo viene del pasado y nos ha puesto frente a cosas que ya no creíamos que fueran a suceder”, escribe Daniel Gascón (Zaragoza, 1981) en ‘El golpe posmoderno. 15 lecciones para el futuro de la democracia’ (Debate). El periodista y escritor, editor de la edición española de la revista Letras Libres’, hace un resumen muy crítico del proceso independentista, al que reconoce un carácter anfibio y bien diseñado desde arriba. Un movimiento con rasgos populistas salpimentado con elementos muy particulares, y en muchos casos incompatibles, de las distintas corrientes del nacionalismo catalán.

Gascón repasa la prensa catalana y española, y con minuciosidad pedagógica resume el proceso y deja entrever las directrices de fondo en un movimiento menos espontáneo de lo que presumen sus incitadores. El autor tampoco ahorra dardos contra los distintos Gobiernos españoles, aunque advierte el elemento diferencial de la autocrítica presente en los constitucionalistas, frente a una unanimidad casi total en el campo independentista. Algo que, en su opinión, “parece de otro tipo de regímenes”. Reivindica la vuelta del catalanismo pactista y un impulso federal.

Tu descripción de “golpe posmoderno” a lo sucedido el pasado otoño ha sido muy mencionada desde que la acuñaste. ¿A qué te refieres con golpe posmoderno y qué diferencias hay con uno, digamos, clásico?

Golpe posmoderno porque sí hay paso de un orden legal a otro sin respetar los cauces, que es, digamos, la definición clásica, pero luego hay otros elementos de violencia que no están. La violencia se emplea como el espacio en las esculturas de Pablo Gargallo, una ausencia que se espera que llenen otros. Ese es un aspecto llamativo, y otro es una cierta ambivalencia en el sentido de que es casi una independencia cuántica, que no sabes si es real o no: si hubiera funcionado, habría sido imparable, y si se detiene, siempre se puede decir que ha sido todo una cuestión simbólica. Y también está esa especie de uso de las instituciones del Estado para subvertir al propio Estado. Otro elemento curioso es que en un golpe clásico se toman los medios de comunicación, y en este caso no hacía ni falta.

Entonces, todos estos elementos posmodernos son los que dificultan ahora aclarar si hubo violencia, malversación… Tú hablas de que el ‘procés’ fue una operación de diseño.

Sí, está bien diseñado. La apuesta es que un Estado moderno, frente a esa actuación posmoderna, haría una respuesta moderna, que no iba a ser suficiente ni tendría capacidad de pararlo, y que además la opinión pública internacional no toleraría. Lo que hemos visto es que el Estado tenía más recursos de lo que parecía y que la realidad es más tozuda de lo que pensamos. Es algo que también está presente en el Brexit, aunque allí las cosas se hayan hecho por cauces legales. Conseguir la separación es muy difícil porque el entramado de leyes o de empresas es mucho más denso de lo que podríamos pensar.

Tu libro trata de demostrar cómo el independentismo ha travestido el asunto: según ellos se trata de “adquirir un derecho”, “cuando en realidad se intentaba quitar un derecho a los demás”. ¿A qué achacas el éxito tanto en Cataluña (aunque no hayan conseguido nunca la mayoría) como en el resto de España o en parte de la opinión pública europea?

Los independentistas aprovechan un momento en el que hay una sensación de agotamiento del proyecto español, agravada por la crisis, y ven ahí esa ventana de oportunidad. También se nutren de un suelo fértil donde ha calado un relato catalanista que se va distorsionando. Y por supuesto, ha habido torpeza comunicativa por parte del Gobierno, que es primera a toda crítica que podamos hacer a los corresponsales. Me parece también importante que ha calado en nosotros las propias historias que los españoles nos contamos sobre nosotros mismos. Cuando atacamos los tópicos, son los mismos tópicos a los que nosotros recurrimos todo el tiempo. Hay también un efecto de kilómetro sentimental, como diría Arcadi Espada, esa idea de que estamos todos a favor de estas cosas en países lejanos.

El Gobierno podría haber hecho más, entonces.

Los independentistas han invertido unos recursos en la batalla de la opinión pública que parece que el Gobierno español no se tomó en serio. Confió demasiado en que tenía la razón legal, el amparo comunitario y los instrumentos de poder clásicos para contrarrestarlo. Había que haber explicado más y mejor que esto no es un conflicto entre España y Cataluña, sino sobre todo entre una mitad y otra de Cataluña. Creo que esto se ha empezado a entender, aunque sea tarde.

Mencionas la “obsesión victimista”.

El victimismo se nutre de agravios reales, exagera otros y distorsiona otros. En los últimos años sí ha habido una especie de retirada del Estado de Cataluña, y allí se ha producido un proceso, no sé hasta qué punto consciente, de desvinculación. En mi casa se admiraba a los escritores catalanes y se escuchaba a cantantes catalanes. No encaja eso con el desprecio que dicen muchos haber sentido hasta ahora. Esa admiración siempre ha estado. Los Juegos Olímpicos se vivieron como un hito del país entero, no sólo catalán. Fue como una puesta de largo de la España democrática en el mundo. Y muchos de los grandes novelistas españoles son los que nos han contado Barcelona, desde Marsé, Mendoza, Casavella o Quim Monzó, que escribe en catalán.

Una de las cosas que dices en tu libro es que los secesionistas han mentido mucho, con mucha habilidad respecto a fuga de empresas o reconocimiento internacional, pero que la Cataluña independentista siempre encontraba formas de justificarlas. ¿Cómo te lo explicas?

Es la sensación de dar la patada a la lata hacia delante. Siempre hay una especie de postergación, que nunca sabes en qué acaba. Como dice Maimónides: “El mesías llegará, pero podría retrasarse”. Desde luego, han tenido una gran capacidad retórica y de ilusión, y han sabido aprovechar los errores del contrario. El despliegue propagandístico ha sido espectacular, y además lo vemos cada día.

¿Y cuáles han sido esos errores del contrario? Eres muy crítico desde la gestación del Estatut.

Ha habido muchos errores antes de 2012. Empezando por los comunicativos y de desatención. Después de 2012, cuando se escoge la vía ilegal, había gente que esperaba que el Estado les parara en algún momento. Mucha gente creía que esto se resolvería con un pacto fiscal, o con algún apaño. Después, estaban aquellos que se han creído su propia propaganda. Eso explica en parte las disculpas a las manipulaciones evidentes, a las medias verdades o a las mentiras. También hay una forma de creerse una mentira, y es cuando la mentira te adula. Y aquí los diseñadores del procés han sido muy buenos. Si te dicen “nos están aplastando porque somos demócratas y somos mejores”, tu predisposición a creerte el resto es mayor. Y más allá de eso, la respuesta del Estado debería haber activado canales políticos, y no como ha hecho el Gobierno en esta y otras ocasiones, que es someter a las instituciones a un desgaste bastante grande. Las expone en la creencia de que aguantan y el Gobierno se salva.

Pero, antes de todo eso, ¿cuándo crees que se rompe el consenso tácito España-Cataluña?

Creo que es un proceso bastante largo y que tiene que ver, como explica Jordi Amat, con ese proyecto de construcción nacional de Pujol. Es algo sobre el que se llevaba alertando desde hacía años. Zapatero sobreestimó la capacidad de las buenas intenciones, y el PP fue irresponsable con algunas de sus campañas, como la de las firmas contra el Estatut.

¿Y esto se arregla con un rediseño institucional?

No conozco la fórmula, no sé si una reforma constitucional serviría, porque además también tendría otros problemas, como el riesgo moral que supone blindar competencias a unos dirigentes que han sido tan desleales. Es difícil de asumir esto por el resto. Pero sí hay elementos de descentralización que hay que terminar de desarrollar, parecidos a los que tiene Alemania, que además de tener un Senado más efectivo tiene una segunda sede en otro sitio. O una política lingüística de mayor reconocimiento y presencia en el resto del territorio me parece que puede ayudar. Hay que hacerlo, y ya veremos si es suficiente o no, pero este tipo de reformas las veo importantes.

Cuestionas uno de los mantras de los procesistas: que esto es un movimiento de abajo arriba. ¿Lo niegas?

Sí, claro. Esto lo ha estudiado Kiko Llaneras, que muestra que el apoyo a la independencia sube cuando Convergencia decide hacerse independentista. Es verdad que hay un sentimiento identitario fuerte, una sensación de desafección con España y por parte de España, pero la evolución es bastante clara. Es posterior además al Estatut. Incluso si piensas en la poca violencia explícita que ha tenido el proceso, es precisamente porque está muy bien dirigido. Es esa capacidad de presentarse como algo espontáneo pero estar muy bien dirigido a la vez. No ha sido un desborde espontáneo. Quizá sí les sorprende en la Diada de 2012 tanto apoyo popular.

¿Y a qué se debe este cambio en esas élites?

Es importante ese elemento que ha explicado Jordi Amat que es la rivalidad entre las propias fuerzas del catalanismo, o del nacionalismo catalán, a izquierda y derecha. Tampoco podemos dejar de recordar que se produce en medio de una crisis enorme y en un momento de desconfianza generalizado hacia los políticos. El viraje se hace de una forma decisiva desde arriba.

Escribes que tiene cierto mérito defender el ‘procés’ desde una posición de izquierdas.

Esta buena relación entre nacionalismos periféricos e izquierda tiene una explicación en España por su oposición al franquismo. Si miras los datos, se ve que hay un factor muy importante que es etnolingüístico a la hora de determinar si se es o no independentista, y hay otro factor que es de clase. Cuanto más dinero ganas, más posibilidades tienes de ser independentista. Hablamos de un movimiento que obedece a razones etnolingüísticas y de clase, donde además los más favorecidos quieren imponer sus deseos sobre el resto de la población. Me parece difícil argumentarlo desde la izquierda. Y luego hay un elemento a nivel estatal. Podemos discutir la financiación, su contribución al Estado…, pero al final es una oposición a la redistribución. La ordinalidad, que implica que una región no pierda posición tras la contribución, no es exactamente de izquierdas. En todo caso es una concesión liberal de la izquierda.

¿Cuál ha sido el papel de los intelectuales y los medios en el ‘procés’?

A los intelectuales nos importa mucho lo que dicen otros intelectuales, pero no tengo claro cuánto influye esto en general. Cuando Mas regresa de la fracasada reunión con Rajoy en la que ha ido a pedirle un pacto fiscal, le reciben intelectuales como Rubert de Ventós… Llama la atención en una democracia ver semejante adhesión de los intelectuales a un proyecto político desde el Gobierno. Parece de otro tipo de regímenes. También ha habido gente que ha creído en eso desde el principio, y también hay ejemplos de lo que podríamos llamar “la venalidad del mal”, gente bien recompensada por sus servicios. Pero lo más llamativo es la adhesión acrítica con un proyecto político gubernamental de tantos intelectuales de distintas generaciones. Ha funcionado la construcción del enemigo. El nacionalismo siempre necesita poetas.

¿Y en cuanto a los medios?

TVE manipula, pero aquí se comenta, se critica, y sus trabajadores protestan. En TV3 se quema una Constitución española y casi nadie critica, y se busca compararlo. Hay una sensibilidad enorme para los agravios recibidos y una falta de tacto enorme para los que lanzan. La mayoría de los que nos oponemos a la independencia, si te fijas, nos pasamos gran parte del tiempo criticando al Gobierno español, sea por la razón que sea de su gestión del asunto, y yo no he visto ese nivel de autocrítica en los independentistas, por supuesto que no la he visto en los medios.

¿Cataluña se enmarca en alguna dinámica de Occidente donde las ‘fake news’ y el nacional-populismo se hermanan, más allá de sus especificidades? Algo así sugieres en tu libro.

Gabriel Colomé ha comentado que Cataluña ha sido el gran laboratorio de la posverdad. Es uno de los lugares donde primero se ha generalizado. También está muy presente esa combinación extraña de populismo y elitismo, de desintermediación, de la importancia de las redes y la creación de esferas públicas bastante separadas… Eso ha generado una separación en la que la imagen que te llega del otro es una caricatura. Algunas estrategias populistas que a Podemos no le dieron resultado en España sí que han funcionado en el caso catalán, como es la construcción del enemigo. En el independentismo se reflejan muchas utopías diferentes. Están los que dicen que quieren un país business friendly, amigo del turno, europeo… y por otro, estaban aquellos que creían estar creando una república anticapitalista, ecologista… Es un proyecto muy inconcreto, posmoderno. Me recuerda mucho al Brexit, más que a otros movimientos. Ellos tenían Bruselas como enemigo, en Cataluña estaba Madrid, en una especie de sueño que va hacia atrás. También comparten esa idea plebiscitaria.

¿Alguna clave para salir del atolladero?

Es importante recuperar un movimiento político como fue el catalanismo, que estuvo siempre comprometido con la gobernación y la reforma de España, pero para hacer concesiones debe admitir su derrota en su deriva ilegal.

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Sobre el autor

Antonio García Maldonado
Antonio García Maldonado (Málaga, 1983) es analista y consultor independiente para compañías como Thinking Heads o Llorente y Cuenca, entre otras. Ha sido consultor en América Latina durante más de siete años. Hasta junio de 2017 fue Business Intelligence Manager de la consultora The Search Group, en su sede central en Belgrado. Escribe regularmente en EL PAÍS, The Objective, Letras Libres y El Asombrario, entre otros. Es también redactor de informes de lectura para la editorial Acantilado. Ha traducido, entre otros, a Bob Woodward, a William Kotzwinkle, a Jerry Toner, al marqués de Sade, a H.D. Thoreau o a Norman Mailer, cuyo libro 'Miami y el sitio de Chicago', prologó. Ha prologado la reciente edición de 'Viaje a la aldea del crimen', de Ramón J. Sender. Fue traductor becado del Colegio Internacional de Traductores Literarios de Francia, en Àrles. Participó como invitado en el último seminario del Aspen España Seminar. Antes de todo eso, fue librero y se licenció en Economía. @MaldonadoAg

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6 comentarios

  • El 03.05.2018 , Alex-Brooklyn ha comentado:

    Desde la distancia, que facil es postular sobre los demas cuando uno asume que se asienta sobre una verdad que no tiene que justificar… Me refiero al senor Gascon. El sabe mas que los ilusos y enganados catalanes que solo los espanoles de bien como el nos pueden ensenar el camino al bien. Gracias por salvar mi alma y que cojonudo que no tiene ni la necesidad de demostrar que su punto de partida es el correcto.

  • El 03.05.2018 , Xavier ha comentado:

    Que poco entiendas de eso muchacho, que poco…para empatar hablando en pasada.

  • El 03.05.2018 , agusti palau ha comentado:

    es dificil defender una posicion de izquierdas. negando el derecho a opinar, aunque sea votando. es dificil defender una posicion de izquierdas sin cuestionar al fascismo heredado.

  • El 04.05.2018 , KODI ha comentado:

    Nacionalista español no es el facha que escribe en Twitter que ojalá una bomba en el Camp Nou matara a todos los catalanes (o al menos, a todos los del Barça), o no sólo. Nacionalista español es aquel buen tipo que dice “hombre, a mí me sabría mal la independencia porque me gusta España tal como está”. Simplemente ellos lo ven como “lo normal” (por vivir en la cultura dominante), y hoy el concepto nacionalismo se asocia sólo con el nacionalismo minoritario. Y en el caso del español, con el exaltado. Pero exaltado, moderado o puro inconsciente, todos ellos tienen en su mente una idea de NACIÓN que LES GUSTA y por tanto quieren que siga igual sólo porque LES GUSTA. ¿Para qué plantearse otras opciones?

  • El 04.05.2018 , Casimira Biguá ha comentado:

    ¿El procés posmoderno? Aquí lo único posmoderno son las respuestas del señor Gascón, sus inconcreciones y su falta de rigor. En cada una de ellas se luce con la verborragia de una académico que plagia ideas sin entenderlas. Me he reído mucho con cada una.

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