‘Descárgate la app de meditación’

‘Descárgate la app de meditación’

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Buda del Siglo VIII. Metropolitan Museum of Art New York.

“Sigue las indicaciones de la app de meditación que descargó en su móvil. Preparó el ritual con una vela y una varilla de incienso. Todo le olía a desinfectante”… Nueva entrega de nuestra serie ‘Relatos de un Extraño Verano’, escritos en el Taller de Escritura Creativa de Clara Obligado a partir de las sensaciones despertadas por la pandemia covid-19. 

POR MARTÍN BEILÍN

Siéntate cómodamente con la espalda recta, hombros relajados. Cierra los ojos. Toma una inhalación profunda…, y exhala. Siente tu cuerpo. Calma la mente. Relájate.

Sigue las indicaciones de la app de meditación que descargó en su móvil. Preparó el ritual con una vela y una varilla de incienso. Todo le olía a desinfectante.

Relaja cualquier rigidez. Lleva la atención a tu cabeza. Es tu mente la que ha causado tensión en tu vida. Y es tu mente la que ahora puede aliviarla, al expandirse. 

No logra una postura cómoda. Cambia el cruce de las piernas, se apoya en el respaldo de la cama. Abre los ojos para mirar cuánto dura la meditación, 20 minutos, los vuelve a cerrar. Cuando acabe, le dará tiempo a hacerse la raya del ojo y ponerse una blusa para la reunión por videoconferencia. Podría desactivar la cámara, pero con los despidos inminentes quizá sea mejor hacer méritos. ¿O dará ya todo igual?

En su cabeza se repite la letra de la última canción que escuchó hace un momento en la radio. “Malamente, tra tra”. Se le pega todo lo que pasa, y cuanto más lo quiere evitar, más se manifiesta.

Relájate, pero no te duermas. Tu mente se expande y llena la habitación en la que te encuentras.

Intenta concentrarse, pero incluso con los auriculares puestos escucha el barullo de los gemelos en el salón. Le pidió a Jota que por favor los tenga tranquilos. Por la mañana ya había tenido que cortar su clase de pilates online por hacerles la comida, aunque hoy le tocaba a Jota, pero estaba muy ocupado con no se sabe qué. Van ya casi tres semanas de confinamiento, y las noticias de la pandemia son escalofriantes. Si Jota no pone de su parte van a acabar mal.

Tu propia mente es responsable de todas las tensiones. Relaja tu mente. No te duermas.

Intenta aflojar la angustia agarrada en el pecho. Inhala y exhala como dicen las indicaciones. El gato se le sube por la espalda, ¿cómo ha entrado en la habitación? Los niños chillan y Jota les grita: “¡Callaos, que vuestra madre quiere silencio!”. Será cabrón.

Con perseverancia, pero sin esfuerzo, tu atención permanece alrededor de tu cabeza y continúas relajándote. Cualquier sensación déjala ser. Acéptalo todo.

Su cabeza está abarrotada de notas mentales. Piensa que desde el encierro sólo vive para hacer coladas, fregar todo con lejía, cocinar, clases online de los niños, pelear con Jota. Siente un poco de culpa por querer, más que nada y en plena pandemia, que vuelva la asistenta. No sabe si podrá seguir pagándole, pero que venga un poco por lo menos.

Mañana o pasado toca compra otra vez, en la calle sólo hay ambulancias y controles policiales. Para entrar al súper, cola larguísima, distancia de seguridad. La mascarilla que empaña las gafas. Abrir las bolsas de plástico de la frutería con los guantes, ¡no se puede! Partirse la espalda cargando bolsas y luego limpiar la compra, cada producto, uno por uno. Hoy tiene además un poco de dolor de garganta. De momento inhala y exhala sin problema. Por si acaso, por las mañanas sobredosis de vitamina C, cúrcuma con pimienta negra, miel y echinacea.

Le está entrando sueño. Se esfuerza en relajarse. Que el gato no se acerque a la vela.

Nota un vacío que crece en tu interior, déjalo ser.

Nota una cierta soledad subiendo por tu interior, sólo déjala.

Naciste solo y te irás solo de este mundo.

Últimamente se acuerda mucho de su madre. Vivía obsesionada con la limpieza y la desinfección, inventándose epidemias si no se mantenía la higiene más absoluta, algo inalcanzable y por lo tanto muy culpabilizador. Su madre sería feliz viendo su profecía cumplida, pero murió antes y de un infarto, de nada le valió tanto afán.

Desde el salón ya no le llega ruido. Estarán con la tablet. Siente que no tiene dos hijos, sino tres; con Jota ya ni tiene sexo. Los gemelos serán sus hijos siempre. En cambio Jota, si sobreviven a todo esto, quizás pasaría a ser, como mucho, un ex para siempre.

El futuro es pavor y anhelo.

Relaja y suelta. La respiración es cada vez más y más suave.

No eres nada, no haces nada, no quieres nada. 

Hoy no hará cena. Empezará con el ayuno intermitente, ha leído que es muy bueno para adelgazar, y muy sano. Que Jota prepare para ellos unos espaguetis o algo.

Sigue sonando la canción en su cabeza. Mente como papel atrapamoscas. Mente agujero negro. Malamente.

“¿Dónde estaba? No soy nada, no quiero nada… Ay, qué sueño”.

Enfócate en tu corazón.

La calma se adueña de todo y reina la tranquilidad esencial de tu existencia.

Reposa en el Ser. 

Se precipita en un vórtice espacial profundo. Sueña que se lava las manos, las restriega compulsiva, pero no se limpian. La sonrisa de su gato flota en la pantalla de la videoconferencia de trabajo a la que no se ha conectado. Su madre, con mascarilla y corona, le reprocha algo, todo, da igual.

Se despierta una hora más tarde con las notificaciones del WhatsApp en los auriculares. Qué bien esto de la meditación, piensa, pero me despiden fijo. Tra tra.

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