27.05.2018

Diarios de una adolescente en la España de la Expo y la Olimpiada

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La escritora Beatriz Navas: Foto de Fernando Mateos.

La escritora Beatriz Navas: Foto: Fernando Mateos.

A caballo entre los gloriosos 80 y la entrada del nuevo siglo, los años 90 son recordados como un pequeño escalón que se superó sin muchas vivencias. Un mundo que venía ya perfectamente empaquetado, sobre el que no se podía protestar, donde las aspiraciones de cambio quedaban automáticamente sepultadas. Pero ¿realmente fue así? Beatriz Navas Valdés cree que ya se ha tomado distancia suficiente y que aquellos bisoños que vivieron los 90 ya tienen edad para alzar la voz y revisar esos años. Por eso ha publicado ‘Y ahora, lo importante’ (Caballo de Troya), una obra en la que reúne sus diarios de 1992 y 1993, cuando era adolescente.

Son los de Navas unos diarios en los que plasma sus experiencias vitales y su crecimiento sentimental, que funcionan como una explicación de una época, ya que los testimonios que aparecen son puros, sin ningún filtro ni visión posterior y en los que, por supuesto, se deja de lado cualquier forma de nostalgia; ofrecen una visión completa, “con todos sus claroscuros”. Unos diarios en los que contrasta lo micro –sus ligues, sus obsesiones con los chicos, los conciertos, las fiestas- con lo macro de una España que vivía en la euforia de la Expo de Sevilla y los Juegos Olímpicos de Barcelona, en la que los mayores acallaban las críticas de los jóvenes con un argumento omnipotente: ‘mirad que país más moderno y pujante nos ha quedado’. Algo que luego, con el paso de los años, hemos puesto en entredicho.

En el libro muestras tu vida durante los años 90, cuando todavía eras una adolescente.

Yo siempre he escrito diarios. Es cierto que justo después de éste paré un tiempo. Lo curioso de estos diarios es que ponía los titulares de los periódicos. En ellos, tenía una necesidad de registrar lo que me pasaba, porque sentía que la juventud se iba a ir, que iba a perder a mis amigas… Yo también tenía mucha suerte porque sabía que mi madre no los iba a leer, por lo que me sentía totalmente libre a la hora de escribirlos. No me autocensuraba. Más tarde, cuando me los encuentro cerca de los 30 años, tuve una sensación de vergüenza respecto a lo que yo recordaba y que los diarios me confirmaban: cómo vives con esa intensidad las cosas, el romanticismo, cómo te expresas… Sin embargo, gracias a que alguien me dijo en su momento que eran geniales y divertidos, pensé que no debía deshacerme de ellos. En ese momento nació en mí este doble sentimiento de vergüenza y orgullo.

En el propio diario te preguntas que para qué sirven las palabras de una niña de 15 años. ¿Qué crees que puede aportar este diario?

Es muy intuitivo. No lo tengo todavía razonado. Porque además aparecen banalidades, cosas superficiales. Pero creo que la manera en la que están contadas, cuando lo leo… Si yo ahora quisiera escribir sobre aquella época, escribiría o daría detalles sobre cosas que con esos años no me importaban. Yo intentaba transmitir cómo se ve el mundo a través de esos ojos, sin estar filtrados por los de ahora, y ver qué ecos hay. Ecos del imaginario cultural, político…

Es curioso porque en el libro aparecen perfectamente reflejados temas banales como los ligues, las fiestas, los conciertos…, pero a la vez, por debajo, tiene un trasfondo que hace que cobre fuerza el libro. Es curiosa esa sinergia.

Cuando yo me lo encontré, me lo leí seguido. Por eso a lo mejor funciona. Tiene todos los componentes de la novela: el amor, los adversarios, un final… Hay algo que crea una unidad. También hay un motor emocional. Como no lo escribí pensando en lo que estaba escribiendo, todo es a posteriori y con la distancia. Siento de alguna manera que yo le he robado el diario a una adolescente.

¿Cómo ves ese reflejo en el espejo al leer tu lejano diario?

A los 20 recordaba la adolescencia de una manera. A los 30 de otra. Y ahora de otra completamente diferente. En cada etapa te relacionas con esa época de una manera distinta. Por eso, cuando me encontré con el diario me pareció interesante, ya que era cómo me sentía de verdad en esos días. En un primer momento yo renuncié de esa chica porque me avergonzaba por la intensidad o mi obsesión con los chicos, y que sólo pensara en eso. Pero es lo que corresponde a esa época. También que se puede percibir cierto clasismo que no me gusta. Pero luego lo he pensado y he llegado a la conclusión de que emocionalmente vivo las experiencias de la misma manera, lo que pasa es que tengo mi caja de herramientas para enfrentarme a ellas de otra manera.

Al final del libro, en el último capítulo, que está enmarcado en la actualidad, leemos: “Nunca escribas un diario para que nadie sepa lo estúpido que eres”.

Esa frase la leí y me impactó mucho porque había escrito muchísimos diarios. Que la gente sepa que somos estúpidos a esa edad…, en realidad todos hemos sido estúpidos. A mí también me parecía muy interesante esa época.

Gana interés a día de hoy porque en cada día escribes los principales titulares de dos periódicos. Esto nos ayuda a ver la diferencia entre las vivencias de un adolescente en aquella época y lo que estaba pasando en la sociedad.

Me puse a escribir los titulares con esa necesidad de registro, pero realmente yo los copiaba. Generalmente eran de la portada. No me leía el periódico. Ni me fijaba en el contenido. Tengo ese recuerdo. De hecho casi ni las comento. Era el registro.

Esto te ayuda, al contraponer la vida de la adolescente con los titulares, a hacerte una idea de aquella España por un lado, y la de una chica joven.

Sí. El contraste entre lo macro y lo micro. Eso me gusta. Sobre todo el choque. Me parecía muy interesante en el libro.

Unos titulares que, cambiando algunos nombres, podrían ser los que aparecen a día de hoy en la prensa.

Totalmente. Si con 14 años me hubiera quedado en coma y me hubiera despertado ahora, no me habría dado la sensación de que el mundo ha cambiado mucho. Si hiciéramos ese salto literal. De hecho hay nombres que se siguen repitiendo constantemente. Ahora que lo reflexiono, las noticias que aparecen en el diario son como si fueran tuits en la actualidad.

¿Cómo recuerdas esa España macro?

A mí el mundo de los adultos me parecía terrorífico. Esa España macro yo la relacionaba con el mundo de los mayores. Yo lo recordaba como una España donde se hablaba de modernidad, pero también donde había todavía huellas muy sórdidas: muy beata, machista… Mis padres, aunque eran muy progres, me llevaban a un colegio sólo de chicas hasta octavo, en el que nos enseñaban labor… Era una España de contraste.

Yo por suerte venía de una familia de clase media y la única obligación que tenía era estudiar. Esto me llevaría a conseguir un trabajo y, por tanto, la dignidad. Ahora vemos que no, que todo ese esfuerzo no se ha visto recompensado como nos decían. Y nos repetían constantemente “disfruta, consume, el mundo ya está hecho y está bien así”. Las cosas iban bien, pero yo sentía muy poco margen de maniobra.

Sentías muy poco margen de maniobra en una época marcada por la rebelión.

En esa edad, que piensas que lo sabes todo. Que sabes qué es lo que tienes que hacer. Sin embargo, todavía tienes que estar a las órdenes de tus padres. Yo tenía un hambre de sensaciones, de gustar. Pero, claro, también te das cuenta de que hay cosas que no te hacen gracia. Que hay escala de grises. La justicia. Me imagino que en eso la música hizo mucha mella. Letras más comprometidas. A mí lo que me pasa al leer este libro es que me doy cuenta de que no era original. Yo me dejaba llevar bastante. Incluso quizá yo me despreocupaba de las cosas porque había gente que se preocupaba.

La música tiene mucha importancia en tu crecimiento personal. Y eso viene dado desde tu familia: tu madre decía que acudir a conciertos, por ejemplo, era parte de tu educación.

El cine me encantaba, pero nunca imaginé que mi carrera tiraría por ahí [Beatriz Navas es programadora y crítica de cine]. Todo lo cultural me atraía. Yo quería llevar la vida que llevaban esas personas, que era una vida diferente. Buenas conversaciones. Me atraía la gente que se dedicaba a eso. La cultura me ayudaba a desconectar de mis problemas.

Con todo esto que hemos ido analizando, podemos ver que el libro funciona a nivel sociológico de una época, de un momento y de una edad.

Yo creo que sí. De hecho es interesante porque los noventa es una década de la que casi no se ha hablado. Yo creo que ya hay distancia y es la década que toca revisar. Y qué mejor forma que a través de testimonios. Ahora, como estás tan expuesta a los medios, es una forma de encontrar mi propia visión de ese momento. Y un primer paso es exponer aquello a pecho descubierto. Intentar dialogar desde mi experiencia personal con aquella época.

Has dicho que de los 90 casi no se habla. Tengo la sensación de que fueron un mero trámite entre los 80 y el nuevo siglo.

Yo creo que eso tiene que ver con quién genera la propaganda. La voz siempre que habla y toma poder, por edad y por autoridad, era la de los que vivieron los 80. Hasta hace nada los que vivimos los 90 en ese proceso de educación sentimental, éramos jóvenes para que nos tomaran en serio a la hora de exponer aquello que fue. De hecho, ahora tampoco nos dejan hablar mucho. Queremos revisar cosas… Yo creo que tiene que ver con esa distancia, con la edad… También porque hubo un proceso tan brutal en los 80 de reconstrucción de todo, que los 90 quedaron al margen. No me gusta esa sensación de “hemos hecho un país fantástico, no os quejéis, que esto ha costado mucho”.

¡Pues habrá que revivir los 90!

Sí. Imagino que saldrán más voces a partir de ahora. Hay que revivirlos, pero sin nostalgia, sino con una mirada con todos sus claroscuros.

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Sobre el autor

Carlos Madrid
Terminé periodismo allá por 2013, pero, no sintiéndome suficientemente formado, me matriculé en lector insaciable, perpetuo viajero, musicodependiente, aprendelenguas... Difundo lo que me agita por dentro en aquellos lugares donde me toleran.

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