27.07.2019

Construir un diccionario común con tu pareja para que la relación funcione

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Una relación es un intercambio interminable de mensajes, un lenguaje común y único entre dos personas. Y para que una relación sea sostenible hemos de confeccionar un diccionario, un conjunto de saberes sobre lo que significan las palabras/acciones/silencios de la otra persona. Si no, la ansiedad de no comprender y no comprenderme acabará minando la relación. En ‘Por culpa de eros’ abordamos el eterno femenino resistente y las masculinidades errantes. Desde la perspectiva femenina, Analía Iglesias. Por el lado masculino, Lionel S. Delgado. En agosto descansamos, haremos prácticas sobre el terreno. Os esperamos de nuevo en septiembre.

Hace poco algo cambió en una relación que tengo. El lenguaje en el que se basaba se alteró y yo caí en crisis. En un momento determinado, las cosas cambiaron con una compañera y empecé a notar un aire como extraño. Este aire era sutil, basado en cosas chiquitas: el emoticono que me enviaba al despedirse ya no tenía corazoncitos, ya no había “tengo ganas de verte” y respondía a mis mensajes largos con frases cortas. Todo per sé insuficiente para sospechar algo, pero que en grupo creaban una sinfonía no armoniosa. Como cuando un instrumento va a destiempo.

Mis problemas no eran por lo que ella sentía. Desde luego, tenía todo el derecho a alejarse, a desvincularse o a cambiar la intensidad. El problema venía más bien por mi ansiedad. Era incapaz de comprobar nada. No había mensaje claro, solo un baile de símbolos que yo creía ver, o que creía que creía ver. “¿Me estaré imaginando cosas?”. El miedo a la psicosis que deriva de la falta de comunicación de una relación es horrible, por lo que, si Analía en su artículo hablaba de las dificultades de los significados en el cortejo, yo me centraré en los significados en las relaciones.

Todo comunica: crear diccionarios

El célebre psicólogo Paul Watzlawick planteó unos axiomas sobre los elementos en los que se basa toda comunicación. El primero de éstos declara que es imposible no comunicar. Todo lo que hacemos puede ser leído como un mensaje que significa algo. Nosotras leemos todo el tiempo lo que hace o deja de hacer la otra persona y podemos suponer que la otra persona hace lo mismo con nosotras.

Así, una relación es un intercambio interminable de mensajes, un lenguaje común y único entre dos personas. Y para que una relación (máxime si existe convivencia o implicaciones sexoafectivas) sea sostenible hemos de confeccionar un diccionario, un conjunto de saberes sobre lo que significan las palabras/acciones/silencios de la otra persona.

De hecho, muchas disfrutamos de esa época de descubrimiento que acompaña al desarrollo del diccionario: ir conociendo qué significa cada gesto, qué comportamientos están contemplados y qué podemos esperar (o no) de la otra persona es apasionante. Sin embargo, en la confección de este lenguaje común pueden sedimentarse varios problemas de comunicación.

En Filosofía del Lenguaje es famosa la tesis de Willard Quine sobre la indeterminación de la traducción. Quine argumenta que, a la hora de querer conocer un lenguaje desconocido, uno tiene que construir un diccionario sobre lo que quiere decir la otra persona a través de datos del contexto.

El filósofo pone el ejemplo de un antropólogo observando a un nativo que dice la palabra “gavagai” cuando ve un conejo. Según el contexto, podríamos pensar que “gavagai” significa “conejo”, pero hay otras traducciones compatibles: “comida”, “animal que se mueve” o “vamos a cazar”. Así, dos observadores podrían compilar dos diccionarios incompatibles observando la misma realidad y es que traducir tiene mucho de adivinanza.

Las traducciones que hacemos de las personas con las que nos relacionamos suelen ser precarias y confusas. Siempre corremos el riesgo de estar malinterpretando significados, o de trasladar significados de un diccionario a otro. La información que analizamos siempre está filtrada en base a nuestras experiencias y aprendizajes, y a veces esas experiencias nos graban a fuego significados concretos.

Después de mi última relación monógama, de cinco años de duración, llevé durante meses ese diccionario a las relaciones que fui creando: buscaba los mismos significados y las mismas palabras allí donde iba, evitaba los mismos temas que evitaba antes, repetía las mismas coletillas o presuponía los mismos miedos. Durante un tiempo, tuve miedo de no saber hablar de otra forma, miedo a no saber ya construir diccionarios.

Y en el mundo del poliamor, un mundo en el que me estoy sintiendo cada vez más a gusto, esto de adaptar diccionarios es fundamental. Las mochilas cargadas de heridas pasadas son muy dañinas y cuando generas más de un vínculo descubres que, si no has sido sincero y responsable, puedes correr el riesgo de multiplicar el daño.

El mito de la transparencia

Por suerte, las relaciones que voy teniendo me dejan claro que la comunicación a la hora de confeccionar un lenguaje con la otra persona es fundamental.

Existe un mito por el cual el amor entre dos personas hace que éstas se comprendan casi telepáticamente. Como si el amor fuese comunicación en sí misma. Y puede ser que los efectos del enamoramiento (esa fuerza química tan rica) hagan más sencilla la comunión de voluntades, pero a la hora de entender (para respetar y cuidar) a esa persona la comunicación necesita ser más explícita.

Como dice el psicólogo Manuel Villegas, un crush académico instantáneo desde que Beatriz Cerezo, fabulosa psicóloga y genial compañera, me lo descubrió: la buena comunicación, si bien busca la com-unión (hacerse uno) con la otra persona, no se reduce a una buena voluntad y empatía. Se necesita un esfuerzo por clarificar mensajes. Y para ello hay que tener en cuenta, tanto el texto (lo que decimos) como el contexto.

Dentro de este contexto, es muy importante nuestra biografía particular: todas cargamos con mochilas emocionales que a veces alimentan los fantasmas que nos rondan. A veces son sólo pequeños miedos que nos susurran al oído y que moldean preferencias. Pero otras veces son grandes fantasmas que habitan traumas y que condicionan fuertemente las relaciones. Esto hace que los contextos de comunicación no sean compartidos completamente, por lo que la comunicación peligra si no somos explícitas con las inseguridades de cada una.

Sin embargo, además de los traumas individuales, existen contextos incorporados por realidades sociales: las sociedades también cargan nuestra mochila. Y aquí el género se convierte en un factor importante en la comprensión de la comunicación.

El hombre en su búnker

Ya ha hablado Analía de cómo las mujeres han integrado modelos de género basados en la discreción y en la priorización de los cuidados hacia los demás (hombres, básicamente), olvidándose de sí mismas. Sin embargo, aún no se ha hablado de la dinámica complementaria: la de los hombres que exigen (exigimos) cuidados a los demás porque nos cuesta mucho cuidarnos a nosotros mismos y a los otros.

El orden de género, que establece posiciones y comportamientos a los cuerpos según su sexo, ha alimentado una masculinidad hegemónica que parte de la idea de que la expresión es exposición y vulnerabilidad y, por lo tanto, sinónimo de debilidad. Esto se complementa con una idea de la feminidad que difunde la idea de que las mujeres son intuitivas por naturaleza. Así, en relaciones heterosexuales, no es necesario que expresemos nuestras emociones ya que ellas las entenderán de una forma u otra.

La comunicación del macho es decidida y segura. El hombre debe saber lo que quiere y tomarlo. “El que duda no gana”, dirá algún coach masculino. Y si dudamos, no debemos demostrarlo. “El éxito depende de nosotros, si titubeamos comunicamos inseguridad”.

Esto, como cabe esperar, pasa factura: sentimos que nos está prohibido comunicar frustración o dolor, emociones ligadas al fracaso y a la debilidad. Las intentamos ocultar, pero terminan saliendo de la única forma que conocemos: muchos hombres piensan que comunican cuando gritan, golpean cosas, se quedan callados o rehúyen los cuidados.

El hombre comunica con acciones y no con palabras. Esta norma de género llevará al hombre a descuidar su propio diccionario, generando una distancia cada vez mayor entre lo que siente y lo que entiende sobre lo que siente. El hombre se descuida de sus habilidades comunicativas y termina incluso desconectándose de sí mismo, derivando en lo que podríamos llamar una bunkerización emocional.

Tradicionalmente, los valores de la emocionalidad, la sentimentalidad y la intimidad son valores adscritos al mundo femenino, por lo que un hombre que se proponga desarrollar su mundo personal y conseguir herramientas de comunicación emocional tiene que desligarse de modelos de masculinidad ortodoxos.

Yo muchas veces me he sentido como atrapado en una caja rígida a través de la cual no podía mostrar qué me pasaba. Y tampoco es que yo tuviese claro qué me pasaba, la caja funciona incluso para uno mismo.

De ahí la importancia, no sólo de generar espacios de comunicación con nuestra gente, sino también de cuidar la forma en que somos capaces de saber cómo nos sentimos y cómo comunicamos. No en vano, el grito del amor para Barthes empezaba con “Quiero comprenderme, hacerme comprender”.

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Sobre el autor

Lionel S. Delgado
Lionel S. Delgado (Rosario, Argentina; 1990) es filósofo y sociólogo. Investiga en la Universidad de Barcelona sobre temas de urbanismo, feminismos y modelos de masculinidad. Aborda las contradicciones emocionales y las prácticas de resistencia en busca de claves que permitan comprender para cambiar. Con un pie en lo político y otro en lo académico. Twitter: @Lionel_Delg

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