Una dieta sana que evita destruir bosques y que cuida nuestra salud  

Una dieta sana que evita destruir bosques y que cuida nuestra salud  

Incendio en la selva brasileña. Foto: WWf/España.

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Incendio en la selva brasileña. Foto: WWF-España.

POR LOURDES HERNÁNDEZ / WWF-España

Nuestros bosques más emblemáticos a nivel mundial están en peligro. Desde WWF analizamos cuáles son las principales causas que hay tras esta imparable desaparición de biodiversidad y todo señala a los incendios forestales, a la deforestación y al sistema alimentario. Según un informe que acaba de publicar la revista ‘Science’, entre el 18 % y el 22 % de la soja y la carne bovina que Brasil exporta a la UE procede de la actividad ilegal de deforestación en las regiones brasileñas de la Amazonia y el Cerrado. La producción de alimentos está detrás del 60% de la pérdida de la biodiversidad en el Planeta. Una nueva entrega mensual de la colaboración WWF-España con ‘El Asombrario’ que en 2020 se centra en una fórmula magistral: cuidar el planeta = cuidar nuestra alimentación = cuidar nuestra salud.

2019 fue el año en el que el planeta manifestó con más claridad la emergencia climática y ambiental a la que se enfrenta la humanidad y este año hemos podido comprobar, de forma dramática, el vínculo que existe entre la destrucción de los bosques tropicales y la aparición de pandemias.

El aumento sin precedentes de las temperaturas está haciendo que los bosques de todo el mundo sean más vulnerables y ardan en oleadas de incendios mucho más intensas y peligrosas. El Ártico, Australia, el norte de Europa, la región mediterránea, Chile, California, África central, las selvas de Indonesia o la cuenca de la Amazonia: hoy no hay rincón en el planeta libre de riesgo de que se produzca un incendio inapagable y letal. El planeta está literalmente en llamas.

El norte de Europa o la región Ártica arden porque sus bosques están estresados, no se sustentan con el actual clima. Otras zonas prenden porque, además, han abandonado usos y la vegetación se acumula dramáticamente sin ningún tipo de uso ni gestión, como sucede en el Mediterráneo, Australia o Chile. Estos fuegos, independientemente de su origen, muestran un factor común: el cambio climático. Las actuales condiciones meteorológicas extremas están transformando incendios en monstruos que dejan irreparables daños ambientales y sociales.

Incendios y deforestación

Aquí es importante señalar que los incendios en las selvas de la Amazonia o los bosques de Indonesia tienen un claro trasfondo socioeconómico, el de la deforestación. Se corta, quema, cultiva… y vuelta a empezar. El cambio de usos, principalmente para su transformación agraria, es el origen de estos incendios. Y así, los bosques tropicales siguen desapareciendo en todo el planeta. La deforestación se concentra principalmente en América Latina, Sudeste asiático y África occidental. Desde 1990 se estima que se han perdido 420 millones de hectáreas de bosques en todo el mundo. Un informe publicado por el World Resources Institute (WRI) revela que en 2018 se perdieron 12 millones de hectáreas de bosque.

Brasil lidera el ranking global de pérdida de bosque tropical primario, donde de media desaparecen al año 1,5 millones de hectáreas, seguida por la República Democrática del Congo, Indonesia, Colombia, Bolivia y Perú. En la cuenca amazónica se deforesta principalmente para cultivar soja o generar pastos para el ganado. De hecho, según publica la revista Science, entre el 18% y el 22% de la soja y la carne bovina que Brasil exporta cada año a la Unión Europea procede de la actividad ilegal de deforestación en las regiones brasileñas de la Amazonía y el Cerrado. Por otro lado, en Indonesia y Malasia, el cultivo de aceite de palma es el principal factor de pérdida de cubierta forestal.

Así las cosas, el sistema alimentario mundial insostenible está detrás del 75% de la deforestación en todo el mundo, impactando principalmente sobre los bosques tropicales. La producción de alimentos es responsable del 60% de la desaparición de la biodiversidad a nivel mundial y genera hasta el 30% de las emisiones de gases con efecto invernadero. Estas cifras cobran un especial sinsentido teniendo en cuenta que el 30% de los alimentos producidos acaban en la basura.

La Amazonia, en peligro

La Amazonia está siendo testigo de un repunte en la tasa de degradación: en 2019 Brasil registró un aumento del 50%, en comparación con el promedio de los últimos 10 años. Este aumento está ligado a las políticas de desprotección ambiental y de derechos humanos por parte del gobierno de Bolsonaro. Recientemente, el gobierno brasileño ha presentado un proyecto de ley que, de ser aprobado en el Congreso, permitiría la explotación minera, la agricultura industrial y la construcción de centrales hidroeléctricas en reservas indígenas. No en vano, la nueva legislación reconocería, además, que enormes extensiones de tierra ilegalmente ocupadas hasta 2018, a menudo por bandas criminales, puedan ser legalizadas en propiedad, legitimando el acaparamiento histórico de tierras.

Actualmente, algo más del 18% de la selva amazónica original ha sido destruida. Esta cifra está muy próxima a lo que algunos expertos llaman “punto de no retorno”: el momento en el que la Amazonia dejará de comportarse como un ecosistema tropical a causa de la deforestación y el cambio climático. Calculan que ese punto podría suceder en unos 20 o 30 años si se mantiene la actual tasa de deforestación. En este escenario, el 60% del bosque se vería reducido a sabana. Todo ello resulta muy preocupante, teniendo en cuenta que se espera que la producción de soja se duplique de aquí al año 2050.

Aceite de palma: un problema en aumento

No hay que olvidar que el 85% de la producción de aceite de palma procede del Sudeste asiático. Las selvas de Indonesia constituyen la tercera región tropical del planeta, y es la segunda más afectada por la deforestación. Cada año millones de hectáreas de bosque arden para su trasformación en cultivos: entre 2015 y 2018 ardieron cerca de 3,5 millones de hectáreas. Algunas investigaciones apuntan a que entre 1990 y 2015 ha desaparecido el 71% las turberas en Sumatra, Borneo y Malasia para su transformación en plantaciones. Y la preocupación va en aumento, ya que la demanda mundial de aceite de palma se estima que se duplique para 2050 y se dispare a 310 millones de toneladas.

La Unión Europea elevó en marzo de este año la presión contra el aceite de palma al calificarlo como “cultivo insostenible” lanzando
una propuesta para prohibir su uso en biocombustibles en 2030. Las restricciones al aceite de palma procedente de Asia, junto con la escasez de tierras en la región, están haciendo que los productores miren hacia los bosques primarios de Latinoamérica. Los cultivos de palma están expandiéndose rápidamente en Colombia, Ecuador, Brasil, Perú y Honduras, incrementando la tasa de deforestación y la disputa por la tierra. Según el informe Aceite de Palma y Biodiversidad, elaborado por la UICN, las áreas hacia las que podría extenderse la producción palmera albergan más de la mitad de todos los mamíferos amenazados del mundo y casi dos tercios de las aves amenazadas.

Sin embargo, este informe llega a una contundente conclusión: prohibir el aceite de palma podría aumentar la superficie de otros cultivos que necesitan hasta nueve veces más tierra que el aceite de palma, aumentando los impactos ambientales y sociales a escala local y las emisiones a nivel global. Por ejemplo, para producir una tonelada de aceite de palma se necesitan 0,2 hectáreas, mientras que para una tonelada de aceite de canola se necesitan 1,25 hectáreas, 1,43 para los cultivos de girasol y 2 hectáreas para los cultivos de soja.

Pero si no conservamos los bosques tropicales perderemos la lucha contra el calentamiento global. Estas selvas tienen una de las reservas de carbono más grandes de todo el planeta que, si se destruyen, liberarían millones de toneladas de gases de efecto invernadero, empeorando aún más los efectos del cambio climático.

Jaguar en el Amazonas. Foto: WWf/España.

Deforestación y pandemias: la naturaleza nos protege

El vínculo entre la destrucción de los bosques tropicales y la aparición de pandemias está más que demostrado. Cerca de la mitad de las enfermedades emergentes de los últimos años está vinculada a procesos de deforestación ya que facilita que los humanos entren en contacto con poblaciones de fauna silvestre portadoras de estos patógenos. Enfermedades como el sida, la malaria o el ébola se deben al contacto con animales que constituyen el reservorio de estas enfermedades.

WWF lleva años defendiendo el concepto de una única salud: solo protegiendo la salud del planeta podremos garantizar la nuestra. La clara lección que nos deja la covid-19 es que la naturaleza es la vacuna más eficaz y sostenible. Pero parece que no aprendemos. La región amazónica de Brasil es un lugar de alto riesgo donde se podrían desencadenar nuevas pandemias a corto plazo debido a su gran biodiversidad, endémica de muchas enfermedades transmisibles. Y, sin embargo, durante 2020, a pesar del confinamiento y la pandemia, la deforestación ha aumentado en un 60% respecto al mismo periodo en 2019. Las llamas en tiempos de pandemia representan un riesgo aún mayor en los trópicos ya que pueden expandir el virus a los territorios deforestados, poniendo en peligro la salud de las comunidades indígenas.

Políticas de deforestación cero

Los gobiernos de los países tropicales deben poner en marcha políticas de deforestación cero para, entre otros, cumplir con el Acuerdo de París y garantizar la conservación de la biodiversidad. No obstante, no solo los países tropicales son responsables de la destrucción de los pulmones del planeta. La Unión Europea tiene un enorme peso a través de la importación de productos que destruyen los bosques a nivel global. La lista es larga: soja, aceite de palma, maíz, carne, caña de azúcar, cacao, café, agrocombustibles, papel, madera o minerales. La Unión Europea es el segundo mayor socio comercial de Brasil y representa casi el 20% de su comercio internacional. España, por su parte, es el segundo país importador de soja de la UE para la fabricación de piensos y el segundo país europeo con el mayor consumo de carne.

En este contexto, la Unión Europea y los Estados miembros deben adoptar políticas regulatorias para minimizar el riesgo de deforestación, degradación y conversión de ecosistemas asociado a las importaciones y cooperar con los países productores apoyando prácticas de uso de la tierra más sostenibles que detengan la degradación de los bosques. El Pacto Verde Europeo, que persigue convertir a Europa en una región climáticamente neutra en 2050, no será posible si la Unión Europea no mejora su política comercial y agraria.

Para ello, urge una Política Agraria Común (PAC) que reoriente
sus fondos en favor de las producciones agroecológicas, locales, de temporada. Y también hacia modelos de agricultura y ganadería familiar vinculados a la gestión sostenible
del territorio, de forma que se asegure una renta justa a las fincas de mayor valor socioambiental y que tenga también en cuenta sus impactos fuera de Europa.

Cuidar los bosques es cuidar nuestra salud

Esto significa que como consumidores tenemos un gran poder para contribuir a un sistema alimentario más sostenible y justo: comer más fruta, verdura y legumbres que procedan de producciones agroecológicas de proximidad. Además, debemos reducir el consumo de carne y apostar por la que proceda de rebaños extensivos, locales y ecológicos.

Dejando de comer carne intensiva y apostando por la que procede de ganadería extensiva no solo evitamos la destrucción de bosques en los trópicos, sino que contribuimos a prevenir incendios en España por el importante papel del pastoreo controlado en la configuración de paisajes más resilientes al fuego.

El año 2020 es un año decisivo en el que se requiere una acción urgente. Cada vez hay menos tiempo, pero más herramientas, más conocimiento y más consenso social.

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