28.10.2013

‘El chico de la última fila’ vuelve al teatro tras arrasar en el cine

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juan-mayorga ©Fotografías: Miluca

El director de cine François Ozon llevó esta historia de Juan Mayorga (en la fotografía) a la pantalla grande con la película En la casa, que ganó la Concha de Oro en el Festival de Cine de San Sebastián 2012. Ahora, regresa al teatro Galileo de Madrid El chico de la última fila, el texto original del escritor español.

“Desde la última fila nadie te ve, pero tú los ves a todos”. Es en esa fila de la clase donde se sienta Claudio, el alumno silencioso y solitario que sorprende a Germán, el profesor de literatura y autor de ese pensamiento, con su redacción sobre Mi pasado fin de semana. El texto de Claudio destaca entre todos los demás de la clase. Está bien escrito y enciende la curiosidad del profesor por la historia que cuenta, lo que desemboca en una intensa relación entre los dos en la que se mezclan los escritos y la vida.

Esto es El chico de la última fila, escrita por Juan Mayorga (Madrid, 1965) y dirigida por Víctor Velasco, que se ha estrenado en el Teatro Galileo. Es una obra que gira en torno a los puntos de vista, a la curiosidad que genera la observación de los demás, extendiendo esa mirada al patio de butacas. “La obra habla de la familia, la escuela y el desamor. De los espacios de luz y las heridas, de la imaginación, de lo importante que es que en la escuela haya imaginación, también habla de la formación de un  escritor que aún no sabe que lo es, una profesión tan dura y desprovista de delicadeza”, reflexiona Juan Mayorga.

El chico de la última fila fue estrenada en 2006 por Helena Pimenta, quien pidió un texto a Juan Mayorga para su compañía Ur Teatro. A ese le siguieron varios montajes más -“yo no he visto todos”, reconoce Mayorga-, hasta llegar al que realizó Víctor Velasco con la compañía La fila de al lado, que se estrenó hace un par de años en Tabacalera (Madrid), y la versión en cine de François Ozon. Ahora este montaje se traslada al Galileo de Madrid. Para Mayorga resulta emocionante que la obra se represente en esa sala que linda con la iglesia del Cristo de la Victoria, donde fue bautizado, y a pocas manzanas del colegio Fernando el Católico, donde estudió.

¿La escuela de la obra refleja alguna época concreta?

No, pero sí tiene connotaciones de actualidad. Esa historia se me ocurrió cuando hice las oposiciones a profesor en 1993, pero no he hecho muchos cambios con la versión actual porque los conflictos y las posibilidades que había en aquel sistema de cuando la escribí se mantienen. Hay un discurso que se sigue dando. El profesor empieza diciendo: todos los chicos son iguales, pero luego descubre que no. Mi posición personal es que cada uno es un misterio, cada uno tiene un secreto. Que se diga “los chicos de ahora son todos unos analfabetos” es el tipo de discurso que una generación lanza para dominar a otra.

¿Has volcado en este texto su experiencia personal como profesor de Secundaria?

Yo era profesor de Matemáticas en el Instituto Rey Pastor, de Moratalaz (Madrid), en el turno nocturno, por lo que tenía alumnos que se dedicaban a otras cosas por las mañanas. Un día estaba corrigiendo un examen de fracciones y para mi sorpresa me encuentro un tipo que no había contestado ni una sola pregunta pero había escrito: Juan, no he podido contestar porque no he estudiado, estoy jugando muy bien al tenis, acabo de salir en el Marca, voy a ser un campeón y tú y yo vamos a salir a celebrarlo. Me pareció genial que alguien utilizase un ejercicio escolar para contarte su vida. Eso estuvo en mi cabeza mucho tiempo y pensé: ¿Por dónde llevarlo? Una posibilidad hubiera sido que el alumno revelase algo duro, pero yo ya había escrito Hamelín, una obra sobre el abuso y la violencia sobre los niños, y no quería ir por ahí. Entonces lo convertí en profesor de literatura y me di cuenta de que ambos, alumno y maestro, podían ser chicos de la última fila. Dos solitarios. Gente que probablemente se relacionan mejor con las palabras que con las personas que tienen alrededor. Que quizá el personaje de profesor se entiende mejor con Dostoievski que con su esposa, a la que de algún modo deja en soledad. La obra tiene que ver con el instituto que he conocido hace relativamente poco, pero el hecho de que esté siendo representada por compañías de todo el mundo, de lugares tan diferentes como Corea del Sur, me hace pensar que lo que podría ser un obstáculo es salvado por lo que es universal. Por otro lado, creo que cualquiera de nosotros ha tenido ese profesor decisivo que se cruzó en nuestro camino y que tiene que ver con lo que está pasando en la obra.

¿Qué te parece el montaje de Víctor Velasco?

Es muy imaginativo, es un espacio poético, un espacio real sugerido. Radicalmente teatral. Simplemente una suma de pupitres, alienados en el centro del escenario, cuyo color nos evoca a todos recuerdos como lugar de gozos o de disgustos, se convierte en todos los espacios de la obra, la escuela, las casas del profesor y de Rafa, el amigo de Claudio, el trabajo de Juana la mujer de Germán. En esta escenografía hay algo que explota Velasco: que al estar los seis personajes en escena permanentemente, él juega con los planos, de modo que puede ocurrir que estemos viendo a dos personajes del relato de Claudio tal y como él los imagina y podamos ver a Juana, la mujer del profesor, leyendo lo que Claudio ha escrito y haciendo su propio comentario gestual; y eso no está escrito, está incubado en el texto, pero es ese inteligente manejo de los planos teatrales lo que hace que en muchos momentos descubra algo que no había escrito. Es una experiencia que tengo muy clara, la de que el texto sabe cosas que el autor desconoce. En un momento dado el texto se te va de las manos y se despliega y aparecen luces o heridas en personajes en los que tú solo viste luces o heridas.

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Vivimos unos tiempos en los que los padres tienden a sobreproteger a sus hijos. ¿Cuál es tu experiencia en la forma de aprender, de estudiar?, ¿te ayudaban en casa?

Mi padre no hizo deberes con nosotros, pero fue quien me enseñó a leer. Antes de empezar a ir al colegio yo ya sabía leer. Mi padre me leía una colección que se llamaba Dumbo, con historias del pato Donald, Mickey Mouse y, a cambio, yo le leía una página de la cartilla. También le debo la presencia de una fuerte biblioteca en casa que resultó decisiva para mí. Se puede educar de muchas formas, pero la forma más importante con la que educa un padre es con el ejemplo. Si tú ves a tus padres leyendo, que ven buenas películas, que hacen deporte, intentarás emular eso, pero si los ves atontados con la tele luego no te vayas a quejar de los niños. Eso es más importante que cualquier otra cosa. Es verdad que ahora yo no estudio con mis hijos, pero no es infrecuente que te digan: ¿podemos repasar? o ¿me preguntas? Creo que hay que reflexionar sobre la cantidad de deberes que sufre el niño español, con esos horarios tan exhaustivos que tienen más los deberes; no tienen tiempo para jugar y eso es lamentable. Eso no ocurre en otros países, es importante que tengan tiempo para otras cosas.

¿Y en cuanto al sistema educativo actual?

Hablamos de un sistema escolar que no nos satisface, en el que hay muchas cosas que mejorar, y yo creo que es  fundamental que se dé entrada a la imaginación y la responsabilidad en la escuela. En ese sentido, creo que es muy importante que haya teatro en la escuela, porque el teatro permite que el chaval que hace de actor se vea obligado a ser responsable de otros, porque, si no se ha aprendido el texto, si ha descuidado su trabajo, eso afecta a toda la compañía; además, es extraordinario que un chaval se ponga en el lugar del otro a través del teatro. Eso es hacer un personaje, ponerse en el lugar de otro, eso es una enseñanza extraordinaria. También creo que es muy lamentable la reducción de la asignatura de filosofía en los planes de estudio. Para mí es importante que haya una asignatura en la que los alumnos puedan reflexionar sobre cómo usamos las palabras y cómo somos usados por las palabras. Cuál es la  historia de ciertas palabras importantes: democracia, libertad, bien, mal. No hay asignatura más urgente que esa.

¿Tuviste algún profesor que te marcó como German en la obra?

He tenido suerte con los profesores. Estudié en el instituto Joaquín Turína, de Argüelles (Madrid), tenía un profesor de Lengua que se llamaba Moisés, me encantaría volver a saber de él. Dedicaba una hora a la semana a trabajos de creación; por ejemplo, yo escribía relatos que luego eran comentados, como una suerte de taller literario. Eso, con 14 o 15 años, era extraordinario a pesar de que los comentarios de los compañeros eran frustrantes, pero seguro que eso fue muy importante para mi vocación. Qué importante es eso, que en la escuela un niño pueda ensayar la escritura, el dibujo. Siempre recuerdo una frase de Walter Benjamin: “La escuela no debería ser el lugar de dominio de una generación sobre otra, sino el lugar de encuentro de dos generaciones”. Es decir, que la escuela es un lugar de encuentro sin rehuir el conflicto. En este caso es el lugar de encuentro entre el profesor y el alumno que estaba ahí oculto. Cada uno es mirado por el otro como no es mirado por nadie más.

¿Qué opinas de la premiada película de François Ozon?

Me parece excelente. En ella se ve la imaginación del director, consiguió llevar la obra al lenguaje cinematográfico, al mundo francés y a su propio mundo. Pero cuando me preguntan por la película, siempre hago el recordatorio -y también me lo hago a mí mismo- de que para mí el cine no es una Champions League para la gente del teatro; el cine es un arte extraordinario, pero el teatro también lo es, y además en el teatro lo que vemos no es la imaginación del autor o el director, sino la imaginación del espectador. Es una diferencia extraordinaria que ofrece  el teatro. La escuela que se ve en la obra va a ser aquella que tú provoques a partir de tu experiencia o tu deseo, la escuela que padeciste o deseaste. Lo que aquí aparece son sueños y pesadillas de cada espectador.

El chico de la última fila, de Juan Mayorga, con dirección de Víctor Velasco, se representa en el Teatro Galileo de Madrid hasta el próximo 10 de noviembre.

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