‘El cuaderno de los deseos’

‘El cuaderno de los deseos’

Estuche de escritura. Staffordshire, 1760. The Metropolitan Museum of Art, New York.

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Estuche de escritura. Staffordshire, 1760. The Metropolitan Museum of Art, New York.

Carmen escribe sus deseos en un cuaderno. Pero ¿son los suyos realmente o son los deseos de los demás? Nueva entrega de nuestra serie ‘Relatos de un Extraño Verano’, en colaboración con el Taller de Escritura Creativa de Clara Obligado.

Por MIGUEL ÁNGEL DEL HIERRO 

Carmen está sentada mirando el jardín. Junto a ella, sobre la mesa, el ordenador, un café y el cuaderno de deseos.

Mira la hora en su móvil con satisfacción; son casi las tres, ha dormido más de ocho horas. Atrás han quedado noches de insomnio, ansiolíticos, lágrimas y helado de pistacho.

—Las juergas me sientan bien —se dice en voz alta. Saborea el café recordando la terapia y las duras sesiones que se sucedieron por más de tres años mientras observa los rosales recién plantados.

—Una mujer abandonada por su marido. Estará usted harta de aguantar histéricas como yo —sonríe recordando su primera sesión.

No le habría dolido tanto si Pedro se hubiese ido con una mujer más joven, pero no fue así. Juana, su pareja, tiene su misma edad, un hijo al igual que ella y divorciada como también ahora lo está ella.

—¿Por qué? —esa era la pregunta que se repetía continuamente, y que repetía siempre una y otra vez al principio de la terapia mientras que Marisa, su terapeuta, escuchaba en silencio su queja.

Una tarde, tras dos años de sesiones, Marisa le hizo una propuesta:

—Escribe una lista, una lista de deseos, lo que más te gustaría que te sucediese, lo que más feliz podría hacerte.

En la siguiente sesión, Carmen se presentó con un cuaderno de tapas rojas que había comprado expresamente para escribir sus deseos tal y como habían acordado. Presentándolo así y no en un simple folio, quería demostrarle y demostrarse lo comprometida que estaba con la terapia y con recuperar su vida de una vez por todas.

Marisa abrió el cuaderno y durante unos minutos, que para Carmen fueron horas, leyó con detalle lo que ésta había escrito.

—¿Qué te parece? —le preguntó nerviosa.

—Tranquila, esto no es un examen, aun así…

—¿Qué? —preguntó nerviosa.

—Pues que en esta lista no hay ningún deseo tuyo —Carmen la miró parpadeando, desconcertada.

Marisa cogió el cuaderno con ambas manos y comenzó a leer:

Primer deseo: que Pedro se arrepienta y vuelva conmigo. Segundo: que Marta termine la carrera. Tercero: que el gato de Carlota aparezca. Cuarto…

—Bueno, no hace falta que siga —cerró el cuaderno y se lo devolvió.

—Pero yo sería feliz si se cumplieran —se justificó Carmen.

—En esa lista están los deseos de otras personas, no los tuyos. No puedes ser feliz a través de los deseos de los demás, porque eso te causará frustración y alargará tu depresión. No puedes esperar a que tu ex marido se arrepienta, tu hija termine su carrera o un gato vuelva con su ama. Tienes que pensar en ti, en lo que tú quieres hacer, en lo que quieres que te suceda a ti, no a otros. En resumen Carmen, tienes que empezar a vivir tu vida, ser feliz por ti misma. Sentir tu propio placer, no el de los demás.

Aquel día Carmen salió de la consulta enfadada y abatida, pero en su mente empezó a producirse un cambio, imperceptible al principio, pero que fue el comienzo de su recuperación. Pasaron los días, empezó a arreglarse, a salir. Colegas de la oficina, antiguas compañeras de la facultad. Descubrió cuánta gente estaba sola como ella y vivía una vida plena o al menos lo intentaba.

Y así un día arrancó aquella hoja del cuaderno y empezó a escribir en él nuevamente. Ahora lo mira con cariño y piensa cómo lo que le pareció tan infantil se ha convertido en algo indispensable.

Suena el teléfono. Es su hija Marta.

—Mamá, ¿dónde te metes, por Dios? Llevo llamándote toda la mañana, me tenías preocupada —Marta cumplió su deseo, terminó la carrera y desde que se fue a vivir con su novio, llama con frecuencia a su madre y, aunque fue un alivio cuando terminó la terapia y la dosis diaria de pastillas, le sigue preocupando que siga sola.

—Lo apagué. Anoche estuve en el cumpleaños de Carlota y me acosté tardísimo, así que lo apagué.

—¿Qué tal lo pasaste?, cuéntame…

—Fenomenal. Carlota sigue tan vital como siempre.

—Quieres decir tan loca.

—Llámalo como quieras, pero es una tía estupenda; por eso es mi mejor amiga. Además, sus invitados eran interesantes y divertidos, gente muy maja, la verdad es que lo pasé muy bien.

—¿Alguno más interesante que los demás?

—Oh, oh, para el carro que ya sé por donde vas. De momento de eso nada. Sí te diré que conocí a una pareja de divorciadas como yo que me han propuesto irme con ellas a las Azores; parece ser que es un lugar idílico. También conocí a un arquitecto, divorciado tres veces. Ya ves que tu madre no es la única. Ah sí, había un dentista, un madurito bastante atractivo, muy amante del champán y enemigo acérrimo del matrimonio y de los compromisos serios. Gente muy maja, ya te lo he dicho. Nos hemos dado todos nuestros teléfonos. Eso sí, me pasé bebiendo, y me he levantado hecha unos zorros. Y nada más, eso es todo. Y vosotros, ¿qué tal? ¿Qué tal Paco con su proyecto?

—Pues nosotros bien, pero yo te llamaba para otra cosa, mamá.

—Huy, qué seria. ¿Tengo que preocuparme o enfadarme? ¿Hay nieto en camino?

—Papá se casa —durante unos segundos la línea quedó en silencio.

—Bueno, es normal, ya llevan muchos años. Es lo que hace la gente, ¿no? —Carmen trataba de parecer natural.

—Nos han invitado —más silencio.

—Es lógico, eres su hija, su única hija además.

—Ya, mamá, pero tú lo has pasado fatal y no es justo. Si te vas a sentir mal, hablo con él y le digo que no vamos.

—Déjate de bobadas. Es tu padre, te quiere y tienes que ir.

—¿De verdad que no te importa?

—De verdad. ¿Cuándo es la boda?

—El próximo sábado; en el juzgado, claro.

—Muy bien, tú ponte muy guapa y no te preocupes de nada más.

Se despiden. Carmen se sienta, cierra los ojos unos momentos y observa de nuevo el jardín.

—Pronto florecerán los rosales —dice.

—¿Debería vender esta casa? —se pregunta, nuevamente en voz alta.

Con calma, coge el cuaderno y empieza a escribir en él. Cuando termina, mira de nuevo la hora. Ya son las cuatro, no tiene hambre. Decide tumbarse en el sofá y se duerme con el murmullo del televisor.

Sobre la mesa ha dejado el cuaderno abierto.

Libro de los deseos. Mes de marzo:

Viajar a las Azores.

Hartarme de helado de pistacho.

Pedir cita en el dentista.

Emborracharme de champán (con el dentista).

Que llueva el sábado.

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