‘El deseo de volver a desear’

‘El deseo de volver a desear’

Fragmento del rostro de una reina. 1353–1336 A. C. Alabastro egipcio. Foto: The Metropolitan Museum of Art, New York.

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Fragmento del rostro de una reina. 1353–1336 A. C. Alabastro egipcio. Foto: The Metropolitan Museum of Art, New York.

En colaboración con el Taller de Escritura Creativa Clara Obligado, ‘El Asombrario’ arranca aquí su serie ‘Relatos de un Extraño Verano’, que trata de exaltar la humanidad desde la incertidumbre de una pandemia. Es nuestro particular ‘Decamerón’. Como en el clásico, son historias sobre el cuerpo, la naturaleza, la sociedad, el silencio, la extrañeza, el amor, el tiempo, la muerte, el encierro, el miedo o la esperanza. “El tiempo había transcurrido veloz cambiando de raíz la vida de todos los hombres y mujeres. El contacto físico era mínimo, se acostumbraron a verse los rostros y los cuerpos a través de pantallas incapaces de transmitir emociones…”.

Por YOLANDA TEJERO

Roma llegó a casa, se desnudó y dejó todo en su autoclave doméstico. Sin nada en las manos, se fue al baño y se las lavó escrupulosamente. Encima de la cama el vestido preparado, los zapatos de tacón y la ropa interior elegida especialmente para esta noche. Una ducha a conciencia y después el ritual de cremas y maquillaje, más lento por la falta de costumbre. Al salir del baño echó de menos el aroma que antes dejaban el gel y el champú. Ahora, pensando en la desinfección, todo olía a una suerte de lejía mezclada con pino verde de laboratorio.

Al vestirse, tuvo conciencia de su cuerpo de mestiza, hecho de costuras a doble pespunte que la hizo fuerte y vulnerable a partes iguales, mitad asiática, mitad europea. Sus rasgos antes deseables ahora la delataban en un bando y la desprotegían en los dos, malos tiempos para las peculiaridades sospechosas. La tela del vestido era delicada, la espalda cubierta de una fina rejilla de hilos brillantes enredándose entre sus dedos complicaba encajarlo en un cuerpo que ya no se sentía cómodo en prendas tan delicadas. Se puso los pendientes en forma de lágrimas y detrás las últimas gotas de su perfume.

Afuera la noche oscura, la calle vacía y el silencio omnipresente, dueño y señor de la ciudad. Había pasado mucho tiempo desde el principio de la Pandemia que se llevó a demasiados, también a Nadir. Otros como ella se quedaron heridos de muerte, sin derecho a luto. Solos y huecos, apenas protegidos por una fina cáscara de coraje para sobrevivir a unos días idénticos a los siguientes.

Con él, apenas fueron tres encuentros desordenados, pero le sacudieron las entrañas como nadie lo había conseguido. Roma solo quería retener esa sensación, apretaba los ojos fuerte, muy fuerte, como los niños para pedir un deseo mientras soplan las velas. Se miró al espejo e imaginó a aquel hombre susurrándole al oído lo bien que le sentaba a sus ojos, y a todo lo demás, el color de su vestido. La memoria del deseo se derramaba sin poder retenerla y ya no pudo sentir el roce de aquellos dedos paseándole la espalda.

Había sido muy difícil conseguir el pase de evasión para aquella noche, accesible solo para unos pocos elegidos. Todo por la débil ilusión de recobrar los recuerdos y la excitación junto a Nadir, por si acaso en esos lugares se guardara la memoria del pasado, de todos los que se fueron.

El tiempo había transcurrido veloz cambiando de raíz la vida de todos los hombres y mujeres. El contacto físico era mínimo, se acostumbraron a verse los rostros y los cuerpos a través de pantallas incapaces de transmitir emociones. La mayoría se olvidó de lo que producía el contacto de una mano entrelazada a otra querida, de unos brazos rodeándoles por fuera y por dentro, apretando sus cuerpos hasta volverse uno.

Los recuerdos empezaron a extinguirse; junto al olvido llegó la apatía. Los científicos tuvieron que recurrir a la memoria de los muertos bajo tierra y las de algunos donantes vivos que aún lograban apasionarse, conmoverse o recordar la vida como era antes. Clasificaron todo cuidadosamente con nombres y fechas. Ese material tan valioso lo convirtieron en lo que tal vez siempre fue pura química. Para asegurar tan valiosa y débil mercancía, se custodiaron los originales y se hicieron miles de réplicas que se materializaron en pequeñas cápsulas, fáciles de ingerir.

Los expertos en el control de la salud mental se sirvieron de todo esto para que la ciudadanía recuperara su afición a la vida. Bajo la responsabilidad del Ministerio de Sanidad se reabrieron algunos de los antiguos bares y discotecas; en esos locales se consumirían las emociones y los recuerdos encapsulados, bajo control. Y se organizó esta fórmula de premiar con noches, como para la que Roma se preparaba, para su distribución y consumo.

La alarma avisó de que el vehículo esperaba a 200 metros de su portal. Roma se protegió con el equipo homologado y saltó a la calle, acompañada solo por el ruido de sus pasos. Subió a una furgoneta donde esperaban un par de personas guardando la distancia reglamentaria. Todos en silencio, solo movieron la cabeza a modo de saludo cuando entró, difícil distinguir su género entre los abultados trajes y las mascarillas.

En media hora llegaron a su destino. En la entrada del local, después de dejar el traje protector en los armarios de desinfección, Roma presentó el certificado de salud y después solicitó al empleado la cápsula con el nombre de Nadir y la fecha de su muerte. En el interior descubrió el decorado con luces estridentes en algunas zonas, en otra plagada de rincones oscuros y discretos, varias barras de bar respaldadas con sus botellas en orden iluminadas y brillantes, espacios salpicados con suelo deslizable y de fondo una música de ritmo monótono y constante que unos bailaban y otros desde la barra, movían la cabeza como perritos decorativos, mientras miraban furtivos a la pista y a su bebida.

Se dio una vuelta por la zona clara oteando algún posible candidato para dar un toque de realidad a su fantasía. Varios saltaron en su radio de acción, se encaminó a una de las barras envuelta en aquel vestido ajustado, empleándose a fondo en sus andares cadentes en equilibrio imposible con sus tacones de aguja, material suficiente para desviar la atención de sus ojos achinados, esos por lo que muchos declinaban su compañía.

Su eficaz juego de seducción a pesar de su mirada asiática atrajo a un hombre que se acercó a la barra, se sentó a su lado e intercambiaron un par de frases que contenían todo lo que necesitaban saber el uno del otro. Juntos se dirigieron a la pista; mientras bailaban no dejaron de mirarse a los ojos, ambos reflejaban el miedo al presente y al futuro, ambos sabían que la única forma de sujetarse a la vida era la unión de un par de cuerpos vencidos por el deseo, el único antídoto ancestral para espantar a la muerte.

Roma y el hombre desconocido vertieron en sus copas cada uno las sensaciones y los recuerdos de sus antiguos amantes reducidos en aquellas pequeñas píldoras, las apuraron y se fueron despacio hacia las zonas oscuras, los dos con el mismo deseo, el deseo de volver a desear.

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