26.03.2016

El día que dejé los antidepresivos

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Ilustración: Liliana Peligro.

Ilustración: Liliana Peligro.

Hoy el columnista se enfrenta al abismo de la ansiedad honda y constante. Pero no está solo esta vez. Aparte de su ilustradora de cabeza, Lilí Peligro, acuden en su rescate los fármacos. Y ni tan mal. A pesar de las recomendaciones de su madre, “la química no tiene nada de sórdido o inmoral, ni de triste: lo triste es estar triste”.

Ya tenía yo ganas de tener un problema mental serio, que eso viste mucho, sobre todo en el mundo de la cultura. Cómo va uno a ser una persona sensible, un creador atormentado, sin los cuidados de un psicólogo, o un psiquiatra, o un psicoterapeuta, o un psico-lo-que-sea. Eso no se lo cree nadie, nadie puede hacer nada valioso sin que le patine la neurona. Imagínense a Woody Allen sin hacer mención de su terapeuta, a Van Gogh con las dos orejas, a John Nash sin alucinar con agentes secretos perseguidores o a Robert Walser sin sus movidas psiquiátricas y sin sus paseos solitarios por el bosque hasta desaparecer / un día / perdido / en la nieve.

Yo ya había hecho mis pinitos con la ansiedad, quién no lo ha hecho en este mundo hiperacelerado al que nos enfrentamos con un precario cerebro de cazador-recolector; yo ya había tomado mis poéticos orfidales, mis más prosaicos lexatines y algún dramático valium suelto, para apaciguar las procelosas tormentas del alma. Pero ocurrió que en un momento cuasiperfecto de mi vida, en el que todo iba fenomenal (y eso era lo preocupante) me cogió una ansiedad honda y constante, que llegó a provocarme miedo a llamar por teléfono, miedo a trabajar, desinterés por salir de casa, llanto espontáneo, pensamientos sombríos. En resumen: estaba turulato. Y sentía un puercoespín girando dentro de mi estómago. Y lo tenía que matar.

Dice el periodista Robert Whitaker en un libro de reciente aparición en España, Anatomía de una epidemia (edita Capitán Swing, uno de los sellos más certeros del momento), que se está abusando tanto de los psicofármacos que, literalmente, es peor el remedio que la enfermedad; que a pesar de que cada vez se recetan más antipsicóticos, antidepresivos, ansiolíticos, etc, los problemas mentales van en aumento y que, muchas veces, son los propios antídotos los que cronifican la enfermedad e inhabilitan a los enfermos para siempre. A los beneficiarios hay que buscarlos, claro, en la industria farmacéutica. Pero, además, es que todo dios está de los putos nervios, como es natural dadas las circunstancias y la difícil intersección entre genética y entorno, así que el consumo de ansiolíticos anda disparado, porque vivir es muy jodido, incluso siendo rico, que los ricos también lloran. Aunque luego dicen los que saben que en realidad está chupado, que somos unos cobardes, que no aguantamos lo mínimo antes de echarnos el orfidal al gaznate y que así nos va.

A mí me mandaron a mi primer centro de salud mental (¡por fin!) que, curiosamente, estaba en la calle Cabeza, en el muy castizo barrio de Lavapiés, donde sobrevivo. Este lugar recoleto tenía la particularidad de poseer un pequeño patio para fumadores anexo a la sala de espera, pues se conoce que la gente que está mal de la azotea es muy partidaria de darle al fumeque mientras espera, no vaya a ser. Me senté a esperar, miré alrededor y traté de identificar las dolencias de la gente que esperaba conmigo. Enseguida detecté a depresivos, bipolares, ansiosos, psicópatas y asesinos en serie, vaya miedo. Luego pensé que en realidad mi mirada estaba condicionada por la situación y que aquellos eran hombres y mujeres indistinguibles de los que uno se cruza por la calle, gente normal y corriente. Y luego volví a pensar lo contrario. Así hasta que bajó mi flamante psiquiatra (porque aquí los médicos salen a recibirte muy amablemente, quién sabe con qué afán de cercanía) y pude comprobar una vez más que los tópicos son siempre ciertos: aquel hombre parecía necesitar un tratamiento aún más intenso que el mío. Le conté mis problemas (“estoy turulato, doctor”), escuchó con atención, y me recetó con voz susurrante las pastillas mágicas: un antidepresivo llamado sertralina que era eficaz contra cuadros de ansiedad como el mío (yo aún no estaba deprimido en sentido estricto, aunque corría el riesgo de acabar observando detenidamente los árboles).

“Mescalina, mi amooooor; mescalina, mi amoooooor”, cantaban Los Rebeldes, y yo cantaba lo mismo pero con la sertralina, mi amooooor, porque con la ingesta diaria de aquellas pastillitas entré en el puto Magycal Mystery Tour, donde todo era bueno y de color, y donde los puercoespines giratorios, los infames erizos de la inquietud, dejaban de hacer trizas mi bajo vientre. Los efectos físicos de esta sustancia les serán familiares a aquellos que de jóvenes se hayan atiborrado de pastillas de éxtasis, exceptuando el colocón. Ese calor en el pecho, ese vuelo. Al fin y al cabo el mecanismo es el mismo: la inhibición de la serotonina, es decir, el endrogamiento del cerebro con las propias drogas cerebrales. El miedo cogió miedo a acojonarme y recuperé mi vida normal de forma rápida y eficaz: pensándolo nuevamente, y con la ayuda de los psicofármacos, la vida no era tan terrible como me había parecido; incluso podía molar. ¿En qué coño había estado pensando? La muerte seguía ahí presente, claro, pero bueno, ya iríamos viendo cómo escaquearnos.

Así que tengo que romper aquí una lanza a favor de las pastillas del buen rollo, y no contar la experiencia como el dramón que suele relatarse. No hay nada malo en hacer un buen uso de estas herramientas, y no tiene nada de sórdido o inmoral, ni de triste: lo triste es estar triste. Aunque mi madre me diga que lo que tengo que hacer es terapia de forma “natural” y sin cosas “químicas” (como si no fuera la vida pura química), yo creo que me lo dice por esa idea tan judeocristiana de que tenemos que ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente. Pero yo prefiero tomarme sertralinas mañaneras que hostias de misa o sermones de coaching o sesiones de diván psicoanalítico. Somos cerebro: electricidad y mejunjes raros.

Seis meses después, mi psiquiatra (por fin puedo hablar de mi psiquiatra y que se me valore como el artista atribulado que soy) me dijo que fuera dejando de tomar las sertralinas, que ya había roto el bucle fatal, el círculo vicioso del agobio, y aquí estoy, tan tranquilo (literalmente), eso sí, apuntado al gimnasio, como ya conté el otro día. Joder, no digo yo ahora que se vayan ustedes en tropel al loquero a pedir garbo para sus neurotransmisores, pero no dejemos de usar con tino las maravillas y prodigios que la investigación y la ciencia han puesto en nuestras manos, y sin ningún sentimiento de culpa. Nada menos que el secreto de la felicidad. O, al menos, de la tranquilidad. Ese nirvana psicoquímico, ese pisco sour neuronal. Defender la alegría, como decía ZP y sus escuderos de la ceja, pero a base de barricadas de moléculas.

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Sobre el autor

Sergio C. Fanjul
Sergio C. Fanjul a.k.a. Txe Peligro (Oviedo, 1980) es periodista y poeta. Licenciado en Astrofísica por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Periodismo por El País/UAM. Actualmente trabaja como periodista, escribiendo sobre cultura y ciencia en el diario El País y sus suplementos, además de en otras publicaciones con PlayGround, Vice, BuenSalvaje o Atlántica XXII. Es autor de los poemarios Otros Demonios (KRK ediciones, Premio Asturias Joven de Poesía), Inventario de Invertebrados (Premio Pablo García Baena) y La Crisis. Econopoemas (Ya lo dijo Casimiro Parker). También del libro de relatos Genio de Extrarradio (La Hoja del Monte). Además redacta libros de no-ficción por encargo para varias editoriales. Desde 2004 mantiene el blog PlanetaImaginario.

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12 comentarios

  • El 26.03.2016 , Santi ha comentado:

    Bueno, tampoco te fíes. Alivian pero no solucionan. Como recaigas te la trataran de poner de por vida y ahí viene el peligro, porque tarde o temprano dejan de funcionar.

    • El 13.06.2016 , Nieves Mollá ha comentado:

      No es cierto. Llevo alrededor de 5 años con el mismo medicamento (para tratar mi depresión endógena) y no ha dejadl de funcionar. El efecto esel mismo del primer año.

  • El 26.03.2016 , Joanet Rey ha comentado:

    Llevo algo más de un año como administrador del grupo de Facebook, ANSIEDAD, DEPRESIÓN, BUSCANDO LA PAZ Y LA LUZ DEL ALMA, donde personas buscan apoyo y autoayuda. He compartido la publicación con el grupo y espero que la experiencia de Sergio C. Fanjul ayude a otros a ver como normal la ayuda profesional médica y que no necesariamente debe de extenderse demasiado en el tiempo.
    No ir al médico y tomar su prescripción es permanecer inecesariamente enfermo y la ansiedad y depresion, son por excelencia las enfermedades más comunes.
    Gracias Sergio, por tu excelente artículo.

  • El 27.03.2016 , antonio casas ha comentado:

    Hola , hola, como me gustan las cosas inteligentes fuera de los cauces oficialistas y estupidizantes al uso, cuanta cobardia en expresar lo que es la verdadera verdad (valga la redundancia) fuera de los topicazos covenientes para la masa entre la que me tengo que incluir y no quiero ¨me resisto¨. P.S.no me resisto ya que me he envalentonado a escribir y aunque no tenga nada que ver, a expresar mi visceral repulsion hacia esos embriones de nazis de medio pelo, de lo llamados independentistas.

  • El 27.03.2016 , Karla ha comentado:

    Llevo medio año con medicación(forma sutil de llamarla), pero ahí me mantengo. Mi psiquiatra dice que en dos meses ya no las tomaré, eso espero…buen texto Sergio.

  • El 27.03.2016 , Nicolás ha comentado:

    Nadie toma un medicamento, sea para la dolencia que sea,por gusto,siempre hay una necesidad…En el caso de psicofármacos aún hay mucho desconocimiento por parte de quien no los necesita , los ha tomado de forma incorrecta o la sustancia inadecuada…
    La primera vez que le entregué a mi jefe el justificante con el sello y firma del psiquiatra lo miró por dos veces,como que no se lo creía…
    – No se me nota verdad?
    -El qué?
    -Que estoy loco
    -…….
    -Vuelvo a mi puesto que tengo trabajo atrasado,hasta luego.
    Las siguientes veces no hay conversación,solo una sonrisa fingida por su parte y un pensamiento de “creo que tú también necesitas tratamiento” por la mía.

    – me cogió una ansiedad honda y constante, que llegó a provocarme miedo a llamar por teléfono, miedo a trabajar, desinterés por salir de casa, llanto espontáneo, pensamientos sombríos. En resumen: estaba turulato. Y sentía un puercoespín girando dentro de mi estómago. Y lo tenía que matar.-
    La descripción de los síntomas no puede ser más exacta y simpática.
    Me alegro que te encuentres mejor.

  • El 27.03.2016 , Antonio ha comentado:

    He vivido depresiones sin saberlo, inicialmente, desde hace mucho tiempo y he sufrido como consecuencia como sólo saben los que las conocen.
    Fue tras mi divorcio y pérdida de contacto con mi hija, hace ya trece años, cuando comencé a tomar medicación, tras superar el estigma inicial de tener que ir al loquero, como definen injustamente, al psiquiatra. Mi primera experiencia fue un desastre, pues desde la ignorancia, dejé de tomarlas radicalmente una vez percibía que estaba ya en condiciones…la recaída que vino a continuación fue un infierno. Aún ahora, tras un tiempo de haber prescindido de ellas, esta vez por prescripción médica, me resisto a volver a tomarlas porque me rebela el hecho de tener que tomarlas de una forma crónica.
    Siento que me estoy deslizando hacia una nueva depresión, fui aconsejado por mi especialista para que volviera a tomarlas teniendo en cuenta la estación en la que nos encontramos, pero estoy atrapado por esa indecisión que se ha transformado en una duda…no seré capaz de sobrevivir sin volver a medicarme?

  • El 27.03.2016 , Miriam ha comentado:

    Bueno, estoy de acuerdo con Santi. Alivian pero no solucionan. No hacen magia porque no te cambian la manera de enfrentarte a la vida (de pensar). Los buenos psiquiatras te lo explican…y los buenos psicólogos ayudan

  • El 28.03.2016 , Alex Mene ha comentado:

    Un artículo muy bueno y con un interesante punto de vista.

  • El 15.05.2016 , David ha comentado:

    Las pastillas te sostienen, pueden ser de ayuda en casos especiales. Si realmente quieres ganar algo de control sobre tus emociones, estaría bien algún tipo de terapia. El psicoanálisis lacaniano está muy bien, pero claro, hay que querer hacerlo tomando responsabilidad sobre el sufrimiento personal de cada uno. Reducir el ser humano a pura química me parece un error, es eliminar su parte subjetiva. Es como querer reducir la informática a los cables y el silicio que componen los ordenadores, olvidándose de la lógica. De la misma forma está el cerebro en el ser humano, y el producto del mismo que es la mente.

  • El 14.02.2017 , laura ha comentado:

    Me encanta tu texto Sergio,y me siento muy identificada contigo

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