El ensayo del año: un apasionante libro sobre los libros

El ensayo del año: un apasionante libro sobre los libros

La escritora Irena Vallejo autora del ensayo, ‘El infinito en un junco’. Foto: Santiago Basallo.

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La escritora Irena Vallejo, autora del ensayo ‘El infinito en un junco’. Foto: Santiago Basallo.

‘El infinito en un junco’. Es el ensayo del año, una historia sobre 30 siglos de historia de los libros que va por su 24ª edición. Contado como una apasionante aventura de 400 páginas. Es la propuesta de Irene Vallejo para viajar por las aventuras de guerreros, espías, escritoras y pensadoras, los protagonistas que consiguieron que ese invento, digamos de papel, haya llegado a nuestros días. Hablamos con su autora.

La filóloga Irene Vallejo (Zaragoza, 1979) es una cuentista, una cuentista apasionada que desde los 10 años quería escribir para contar. La culpa, en parte, fue de su madre, que le metió el veneno en la cama y todas las noches le leía historias que le hacían viajar e imaginar el mundo. Porque leer es viajar, sostiene, y su ensayo, El infinito en un junco, editado por Siruela, que ya va por la 17 edición, ha sido uno de los libros del confinamiento. Quizá porque su repaso de 30 siglos de historia del libro arranca a quien lo tiene en sus manos de cualquier encierro y le hace volar, volar literalmente.

¿El truco? Forma y fondo. Las 400 páginas llenas de esos hombres y mujeres que consiguieron preservar el mayor invento del siglo: el libro, ese objeto al que homenajea con anécdotas y citas constantes para recordarnos, por ejemplo, que estamos ante un invento insuperable, algo tan irremplazable como la cuchara, el martillo, la rueda o las tijeras, nos recuerda que decía Umberto Eco.

Pero que nadie piense en un ensayo formal, académico y sesudo. El infinito en un junco es realmente una fábula y un ensayo novelado al que la escritora suma sus vivencias, sus películas favoritas y hasta músicas. Y como en cualquier buen relato, hay ritmo, y de los saberes del escritor de En el nombre de la rosa se pasa a Cleopatra, a Alejandría y su fascinante biblioteca creada a base de sabios y guerreros que saqueaban lo que fuese necesario para volver con pergaminos, o lo que tocase. Toda una historia, todo un culebrón de guerras, amores y odios que la escritora construyó durante casi tres años desplegando en post its todas las piezas del puzle para que el cuento no perdiese el interés. El truco, el tejido, perfectamente tramado para poder viajar sin perder hilo, de Babel al Aleph de Borges e Internet. Y de ahí a las peores maldiciones a todo aquel que no devolviese un libro. “Para todo aquel que roba o pierde prestado un libro y a su dueño no lo devuelve, que se le mude en sierpe la mano y lo desgarre. Que quede paralizado y condenados todos sus miembros…”, recoge de Una historia de la lectura, de Alberto Manguel.

¿Cómo se construye un relato de 30 siglos de historia? ¿Cómo se hace sin aburrir?

La idea principal surgió de una conversación con Rafael Argullol en una cena sobre mi doctorado. Fue él quien imaginó este libro. Me dijo que con lo que tenía hiciese un ensayo literario dirigido a un público amplio, que escribiese algo más cerca de la ficción que de la academia. Me puse a idearlo y me acordé de que, cuando daba clases, la forma de enganchar a los alumnos era contar historias, anécdotas, personajes, tener una trama… Luego, a eso le metí mi experiencia más personal para que la historia no fuese algo abstracta. Porque, ¿sabes?, quizás nos equivocamos al enseñar, quizás todo forma parte de una historia en la que es necesario una emoción que concatene una cosa con la otra. Buscaba que lo narrativo fuese lo fundamental.

Antes de ponerme a escribir me hice una escaleta como si fuese un guionista. Hice un mapa del libro con cientos de notas que las iba clasificando por relatos en primera persona, por películas, libros, aspectos técnicos, anécdotas, músicas… Dediqué muchas horas a ordenarlo y a darle un sentido: cambiaba una cosa, adelantaba otra, movía piezas… Escribirlo luego fueron tres años. Partía del trabajo de mi tesis, pero con un lenguaje totalmente nuevo, el de una narradora al servicio de una gran historia que no se había contado: la de esos héroes, esos protagonistas que, por amor a los libros, consiguieron obviar censuras, saqueos, salvarlos de las hogueras y hasta de las inclemencias del tiempo.

Sorprende la cantidad de mujeres presentes en tus páginas.

Sí, sin duda, siempre nos contaron una historia en la que ellas no estaban y tenía la curiosidad por saber si leían, por cómo accedieron a la escritura, por si escribían…

Como método, recojo la información general y pregunto a los textos cómo es posible que ellas estuviesen fuera de los manuales. Es increíble, por ejemplo, que el primer texto no anónimo de la historia, la primera persona que firmó con su nombre propio, fue una mujer: Enheduanna, una poeta y sacerdotisa, cuya historia estuvo perdida durante milenios, hasta que en el siglo XX la descubrieron. La apodaron la “Shakespeare sumeria”. Y ocurre que como no están en lo que nos han contado, ¡pensamos que no hay referentes!

Y escuchamos que la historia no se puede cambiar, que ellas estaban en las casas, que batallaban los hombres…, pero resulta que muchas cosas importantes se silenciaron. ¿Cuántas escribían, qué tipo de vida hacían en el interior de sus hogares? ¿Había filósofas? Sócrates dice que su maestra de retórica fue Aspasia, una prostituta, una hetaira, con la que Pericles se casó en segundas nupcias y que resultó vital además para su carrera política. Hay que revisar la historia y ver qué se oculta tras la idea de prostituta y estudiar hasta por qué las llamaban así. Porque por puta se entiende a la que se sale de lo tradicional.

Pero las mujeres estaban, y a pesar de todos los prejuicios y dificultades hay mujeres poetas, filósofas y oradoras a las que hay que sacar a la superficie con una mirada limpia, actual y lejos de los tópicos.

Sorprende también el sutil uso del lenguaje inclusivo que utilizas. Ellas están en toda la obra como protagonistas, pero también como parte de la trama como ciudadanas. Juegas con los sustantivos para que estén. Y lo haces cuando hablas de “narradoras orales, inventores, escribas, iluminadores, bibliotecarias, traductores, libreras, vendedores ambulantes, maestras, sabios, espías, rebeldes, viajeros, monjas, esclavos, aventureras…”

Sí. Busqué a propósito ir alternando sustantivos para que ellas estuviesen sin tener que desdoblar el lenguaje. Es una forma de que estén. Aparte, así las expresiones son mucho más ricas. Dices “todos y cada una de nosotras. Unos y otras…” y ya está. El lenguaje es una sustancia viva y los cambios los decidimos al hablar.

Cierras el libro (epílogo) también con una historia de mujeres de apenas hace unos años, una especie de amazonas norteamericanas que unos años antes de la Gran Recesión cogieron sus caballos y los cargaron de libros para llegar a los rincones más inhóspitos y que la gente pudiera leer.

Sí. De alguna forma es un círculo, el libro empieza con unos hombres a caballo, esos aventureros que recorrían el mundo en busca de libros y guerreaban por ellos, y acaba con mujeres a lomos de caballos también. Pero el propósito de unos y otras es totalmente distinto. Ellos los arrebataban y ellas los llevaban allá donde no había librerías. Es una historia de mujeres valientes, de aventura, un western femenino que rompe también con esa imagen de las bibliotecarias antipáticas y de moño apretado. Es también un homenaje a todas las mujeres de las misiones pedagógicas, a María Moliner, a los olvidados, a las anónimas, personas que han salvado el tesoro de los libros.

Tras leer este libro sobre libros, apetece saber qué libro tienes entre manos y cómo son las paredes de tu casa. Porque dices también que un libro permite saber cómo es quien lo porta.

Sí, me refiero a esa curiosidad cuando vas en el metro o en el tren y ves a alguien con un libro. Yo de repente me veo haciendo contorsiones y movimientos extraños para saber qué lee. Porque de alguna forma, los libros hablan.

Yo ahora estoy con Pequeñas mujeres rojas, de Marta Sanz. Leo mucho. Por trabajo, por conferencias, al dedicarme a esto [la escritura] pierdes la posibilidad de elegir, pero siempre estoy deseando que llegue ese momento. Y sí, mi casa es un caos. Los libros son casi una amenaza. Están en las mesas, en las estanterías, en los suelos, nos invaden y es como si nos fuesen a echar. Tengo muchísimos. He colonizado hasta la casa de mis padres; soy peligrosa. Si tuviese dinero les pondría un piso.

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