El gimnasio low cost es de locos

El gimnasio ‘low cost’ es de locos

Liliana López

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Liliana López

Ilustración: Liliana Peligro

 

Incorporamos hoy al periodista y escritor Sergio C. Fanjul (más conocido en redes como Txe Peligro) al equipo de ‘El Asombrario’. Con su habitual tono irónico y desengañado ante el estresante discurrir de la vida, estrena ‘Solo ante el peligro’, columna en la que experimentará ‘sensaciones extrañas’ en situaciones que aceptamos como ‘lo más’ sin detenernos a pensar mucho. Una ‘col’ sobre lo ‘cool’. Para empezar, el autor se ha apuntado a un ‘gym’ ‘low cost’. Le acompañará como ilustradora Liliana Peligro.

Vamos de burbuja en burbuja no porque seamos seres burbujeantes, sino por todo lo contrario: nuestro gregarismo natural y esa tendencia a querer hacer lo que hace el prójimo. Así, desde aquella burbuja de los tulipanes holandeses de cuyo siglo no quiero acordarme, vamos pasando de hinchazón en hinchazón: la burbuja inmobiliaria, la burbuja de los cigarrillos electrónicos, la burbuja de Podemos y, ahora, la burbuja de los gimnasios low cost. Hoy los hijos de la menguante clase media española no quieren ser Mario Conde sino ir a uno de estos o, mejor, montarlo.

De modo que, como enfrente de ese templo de la razón, el arte y el canapé que es La Casa Encendida han abierto un templo del bíceps, el tríceps y el pectoral, allí fuimos a apuntarnos por solo 19,99 al mes con derecho a Todo. El sitio está cerca de Embajadores, donde los yonquis parten hacia Las Barranquillas en busca de un mundo mejor, pero nosotros preferimos el gimnasio, que dicen los que saben que también produce opioides en el cerebro. El objetivo es el de siempre: partir la pana. El medio: convertir nuestros musculitos en burbujas hipertrofiadas.

– Oh, Dios mío, ¿qué me pasa? ¿Qué es esta agua rara y caliente que sale de mi cuerpo?

– Se llama sudor – me dice el entrenador.

Hacía tiempo que no lo experimentaba: en el sofá no pasan estas cosas. Alrededor, el gimnasio se levanta tan grande como un hangar de la NASA en el que conviven tirillas despistados como un servidor, que han cambiado el clubbing salvaje por el alocado spinning, con verdaderos profesionales del body building. Parece una peli de Leni Riefensthal.

No me gusta correr en la cinta porque me siento como un hámster en su rueda, con lo bonito que es trotar al aire libre, chupando contaminación y esquivando carricoches. Sin embargo, siento verdadera fascinación por las máquinas de fitness, cada vez más tecnologizadas: parecen estatuas de Oteiza o Chillida, o una coreografía de Nacho Duato congelada. O, a qué negarlo, instrumentos de tortura de una hipotética Inquisición del futuro, que todo llegará. Para los que hemos estudiado Física, además, estos aparatos son un problema de Mecánica a resolver, llenos de pesos, poleas y palancas. Tú te pones ahí, en medio de ese amasijo de metal, y si todo va bien sales convertido en Jean-Claude Van Damme.

– Hay gente que las utiliza mal, porque piensan que saben más que los expertos en biomecánica que los han ido diseñando durante años – dice el entrenador, que nos está dando una clase de cómo utilizar estas naves espaciales.

Yo de joven pensaba que era imposible ser una persona sensible, culta, y mucho menos de izquierdas viniendo a machacarse a este sitio, pero ahora veo que no estaba en lo cierto. En el gimnasio hay de todo. Hay señores y señoras, y chavales y chavalas, y hay muchos negros que son los que más cachas están y los que mejor saben cómo ponerse cachas. También hay muchas parejitas que hacen amorosamente los ejercicios, ella se va a zumba y él hace pesas, y mucho advenedizo como un servidor que trata de aparentar que lleva toda la vida ciclándose, aunque su propia fragilidad grite lo contrario. Pronto compraré anabolizantes prohibidos a los traficantes en una esquina oscura del vestuario. Porque en la pared de la sala de fitness se lee “Amistad, fuerza, éxito”, y yo brindo por ello. Porque en el gimnasio no hay desconocidos, sólo amigos que aún no conoces.

– ¿Por qué va usted al gimnasio?

– Porque no quiero morir.

Porque para mí lo de menos es el abductor y el abdominal, yo lo que quiero es tener un corazón cachas, no como el de mi padre que murió tan pronto, un corazón culturista, un corazón Schwarzenegger para amar harder, better, faster. Así de cursi.

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