17.12.2013

Perdedora en los Juegos Olímpicos, heroína en el teatro

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©Roberto Villalón

Llega al teatro la historia de Samia, aquella atleta somalí que emocionó al mundo cuando quedó la última, muy última, en una carrera de los JJ OO de Pekín, y que después nos volvió a conmover al saber que había muerto en una ‘patera’ intentando alcanzar Europa. Y no es una tragedia, sino una comedia. Porque sus autores quieren reivindicar a Samia como una valiente luchadora que nunca se resignó.

Entró en la meta arropada por el aplauso de todo el estadio. Corría los 200 metros lisos en los Juegos Olímpicos de Pekín 2008. Llegó diez segundos después que el resto de sus compañeras. Iba vestida de una forma inusual para competir en atletismo, unos leggins hasta media pierna y una camiseta suelta hasta la cintura. Nada de equipación de materiales sintéticos hasta el ombligo para oponer la mínima resistencia al viento y lucir tableta. Esa imagen es la que quedó en la retina de todo el mundo, la de la atleta somalí de 17 años Samia Yusuf Omar, que luchó contra todo para competir en una cita olímpica. Puede que fuera entonces cuando decidió continuar con ese sueño y participar en los siguientes Juegos Olímpicos de Londres. Para conseguirlo su madre vendió algunas pertenencias que le permitieron viajar a Etiopía para entrenar, ante la imposibilidad de hacerlo en su país, Somalia. Pero pensó que para alcanzar su meta lo mejor era entrenar en Europa; así que puso rumbo a Italia cruzando media África hasta llegar a las costas de Libia, donde se embarcó en una patera. Fue la última vez que se la vio con vida.

Carla Guimaraes, dramaturga brasileña residente en Madrid, ha recreado la vida de esa atleta somalí en su obra La increíble historia de la chica que llegó la última, pero, a pesar de lo dramático de la historia, lo ha hecho con un toque de comedia y fantasía, adecuándose a las premisas requeridas por las becas que concedía el Espacio de Teatro Contemporáneo (ETC) de la sala Cuarta Pared de Madrid a autores de teatro para escribir textos que abordaran la realidad a través de la fantasía y la comedia. Guimaraes ya tenía la historia esbozada, porque hizo su tesis sobre inmigración en el teatro y en esa investigación vio que ese tema siempre se había abordado desde el drama y la tragedia; ahora tenía la oportunidad de hacerlo desde otro punto de vista.

Una vez seleccionado el texto, la Cuarta Pared realizó otro concurso para directores, que ganó María Folguera y que también se encargó del casting de actores. “Cuando vi el texto de Carla presenté una propuesta de dirección y me seleccionaron”, cuenta Folguera. Con el equipo formado, presentaron un par de escenas en un laboratorio abierto, donde realizaron un coloquio después de la representación en el que la gente se posicionó a favor y en contra de la obra, provocando discusiones encendidas. “Algunos empezaron a decir que nos estábamos burlando de una muerta, que estábamos frivolizando, que no estábamos retratando África porque habíamos sacado una guitarra eléctrica y no salía la corrupción o la malaria, y otros decían que eso es una chorrada. A través de esas reacciones nos dimos cuenta de que el imaginario africano está muy rígido en la cabeza de la gente, y eso es lo apasionante de este proyecto que proponía una mirada distinta a la tragedia. A Samia no se la mira desde la otredad como una pobre inmigrante africana, es una heroína y ahí está el acierto en el tono de fábula de la historia, que por medio de la ternura permite que nos podamos identificar con ella como una persona que afronta unas dificultades y que realiza un viaje”, explica Folguera.

Se sabe poco de lo que pasó entre esa carrera en Pekín y la muerte de la atleta. Una periodista francesa habló con ella para escribir un libro sobre su vida, pero perdió el contacto con ella hasta que un día recibió una llamada de Samia desde una cárcel de Libia pidiendo ayuda. La periodista intentó localizarla, pero no lo consiguió. Lo siguiente que supo de ella es que había muerto en una patera cerca de Lampedusa.

“La parte real de la historia ha sido el punto de partida para contar este cuento con personajes arquetípicos como sus hermanos, un maestro, unos monstruos (piratas somalíes) que le salen al paso, los gadafis en Libia que les ponen  un peaje y les extorsionan. Para mí el acierto de la obra es que, a través de cosas tiernas y luminosas, estás hablando en realidad de chantaje, extorsión, soledad y muerte” reflexiona la directora.

La escenografía de esta compleja obra  -la protagonista viaja por diversos países- se ha resuelto de la forma más sencilla. Seis sillas que mutan en metralletas o camas según requiera la ocasión, unos juegos de luces que dominan la escena y la versatilidad de los cinco actores -Juan Ceacero, Dnoé Lamiss, Juan Carlos Muñoz, Jorge Mayor y Antonio Rodríguez Liaño- que acompañan a la protagonista -Anahí Beholí (Samia)-, al encarnar a múltiples personajes.

“Nosotros no queremos provocar culpa. Al principio, cuando hicimos el laboratorio para crear la obra, la gente entraba al trapo de eso y se preguntaba: ¿Es lícito que yo me ría de un africano en escena diciendo “yo me comí a mis padres”? ¿Me debo sentir culpable por reírme de eso? Nosotros no queremos caer en eso, es algo irónico. Nos hemos dado cuenta de que no se puede hacer un coloquio después de esta obra porque la gente se siente culpable de haberse reído y saca juicios extraños”, reflexiona Folguera. Ella se niega a mirar a los personajes con compasión por el hecho de ser africanos, como les pasaba a algunos participantes de los talleres, y asegura: “Ese enfoque a nosotras no nos vale. Ella es una heroína. Yo me sigo enterneciendo cuando veo el vídeo de la carrera, pero creo que es porque era muy pequeña, casi podría ser mi hija. Pero luego digo: cuidado, que esta tía se atravesó sola tres países en tres años, o sea que cuidado con compadecerla mucho, porque era muy valiente”.

Imposible no pedirle opinión sobre las cuchillas instaladas en las vallas de Ceuta y Melilla. “Para mí las concertinas son la punta del iceberg, es lo más fácil de hablar y de denunciar por nosotros, pero me parece que hay unas cuchillas mucho más grandes pero que son invisibles, como la falta de papeles o quitar la Seguridad Social a los inmigrantes. La concertina es como una pistola, es un arma, pero antes de las concertinas había militares con pistolas para dispararte si saltabas y después de los militares con fusiles hay centros de detención de inmigrantes. A mí las concertinas me provocan impotencia. No disuaden, sino que marcan. La gente salta igual, pero se le hacen cicatrices en los brazos, y es como una especie de doble humillación”.

La ibicenca Anahí Beholi, que encarna a Samia Yusuf Omar, asegura que desde la primera lectura se enganchó al personaje: “Esa mujer se llamaba Samia, pero podríamos ser cualquiera de nosotras. Era pura fuerza, puro tirar para adelante, puro sueño, y creo que por eso me identifico con ella. Vi las imágenes de Samia como un espectador más en su momento, y ya entonces lloré porque me emocionó. Yo soy una actriz que he venido a Madrid para luchar por mi sueño. Yo también me fui de casa, no en una patera evidentemente; me fui en un avión pero me fui. Al final todos nos vamos de nuestro nido. Ella lo tenía mucho más complicado, pero no dejó de luchar en ningún momento y en la obra lo transmitimos. Samia en la realidad pierde, pero en nuestra obra gana porque, esté donde esté, está arriba, no está hundida en el mar. La hemos sacado de allí y la hemos rescatado”.

Días 19, 20 y 21 de diciembre. 21.00h. Sala Cuarta Pared. Ercilla, 17. Madrid.

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