14.10.2013

El poema que fue un oráculo

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Luis Asín, Sin título, Kithera (2004)

Reseña del libro de Friedrich Hölderlin, Der Archipelagus, en su edición bilingüe de Helena Cortés Gabaudan con epílogo de Arturo Leyte

MARIO S. ARSENAL / Foto: LUIS ASÍN

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Tal vez sea cierto que la literatura nace en ese momento en el que algo desaparece. Yo no lo sé. En mi pulcra honestidad intelectual siento no poder sentenciarlo. Pero ahora bien, la única certeza que tengo es que no siento ninguna simpatía por las teorías lapidarias, ya que siempre me parecieron, y más en literatura donde el fenómeno es mucho más abrupto y complejo, una completa pretenciosidad. La literatura al fin y al cabo es, al igual que todos los procesos artísticos a los que venimos asistiendo desde finales del siglo XVIII, una suerte de quid pro quo, una relación recíproca entre dos polos donde atracción y repulsión se producen indistinta y frecuentemente. ¿Cómo podríamos decir, llegados a este punto, de manera tan rigorista cuándo nace o no la literatura? Repito que no me siento en grado de ocuparme de tal interrogante. Pero si atendemos al bosque de los procesos literarios, al enjambre idiosincrásico de los autores o a la multiformidad de todo acto creativo, llegamos a una sugerente conclusión: siempre hay excepciones.

El pensamiento generalizado ha sido siempre una constante endémica a lo largo de la historia de las ideas. A menudo se ha convenido que pensar homogéneamente es una manera de aproximarse a la naturaleza del arte, pero nada más lejos de la verdad, puesto que cuanto más profundizamos en la obra descubrimos que se vuelve muda y se ve eclipsada por una cantidad de matices que, como sucede con las ramas de los árboles, crecen en derredor de la copa enriqueciendo su realidad. También la literatura adopta estos procesos. Y qué decir tiene si nos situamos en la Alemania de en torno a 1800 y mencionamos la palabra Romanticismo, pero con esa mayúscula que le otorga carta de naturaleza. El objeto que nos ha traído a este lugar es la reedición, y no necesariamente reciente, de El Archipiélago (La Oficina, 2011) de Friedrich Hölderlin, un texto que, lejos de envejecer, se erige como documento actual de un excepcional valor. Ahora veremos por qué. Esencialmente se trata de un emotivo poema compuesto para evocar y rememorar los dones de la Antigua Grecia, pero no sólo, pues la pluma de Hölderlin tiene las manos manchadas de sangre. Como acertadamente explica Arturo Leyte en el epílogo poético de la edición, la ingenuidad de la herencia cultural es algo que nos rebana los sesos, algo que siempre nos perseguirá a lo largo de nuestras vidas, y el poeta en este sentido, a pesar de las dos centurias que nos separan, no es muy distinto de nosotros. Su obra es un árbol robusto y vigoroso en el que nacen vástagos sutilísimos que uno ha de escarbar con diligencia para hallar su significado preciso. Estos matices, como veremos, son ingredientes capaces incluso de dar complexión al poema, rasgo éste que, por muy raro que pueda resultar, es algo, si no insólito, sí infrecuente en poesía.

Pero si insistimos en el detalle, primero deberíamos detenernos en la edición, que se enorgullece de ser, entre otras cosas, la primera traducción al castellano que respeta los hexámetros del original en alemán, aunque tal vez sea la decisión de intercalar imágenes provenientes de archivos contemporáneos y de carácter documental la que favorece una lectura actual y reaviva el engendro literario en toda su complejidad. Cabe hacerse la pregunta, aunque su respuesta sea evidente, de por qué Hölderlin optó por la métrica de las grandes epopeyas. Todavía hoy dilucidar si se trata de un himno o una elegía presenta grandes quebraderos de cabeza para los especialistas. En realidad El Archipiélago es una mezcolanza de ambos géneros pero contiene, sin embargo, una mayor dosis de tragedia. Porque si atendemos al significado de la palabra en tiempos de Hölderlin, archipiélago no designaba genéricamente, como sucede hoy, un conjunto de islas, sino la extensa totalidad de tierra surcada por el mar Egeo. Así lo quiere el poeta y esa en su intencionalidad, un poema de Grecia y sobre Grecia. No obstante la tragedia viene después, en un verso final que parece escrito con letras de fuego: “[…] deja que al fin yo por siempre en tu fondo el silencio recuerde.” (v. 296).

Si tomamos prestadas las tres categorías de las palabras de Edmund Burke en De lo sublime y de lo bello (1757), la imagen cobra mayor sentido. Por un lado tenemos el sonido, por otro la pintura, y por último la afección. Hölderlin es ambicioso y desea por todos los medios con este poema componer el epítome perfecto de una desaparición. Nace la literatura. ¿Pero qué narra? Porque como bien dice Helena Cortés, encargada de esta versión bilingüe, lo que dice el poeta es importante, sí, pero más aún cómo lo dice, lo que explica la traducción en hexámetros. Y volvemos de nuevo a la pregunta. ¿Por qué hexámetros? Por la sencilla razón de que Hölderlin pretende aquilatar la herencia de un pasado ideal imposible. Imposible porque lo que siente que Grecia fue, ya nunca más será. Imposible porque sufre anhelando la utopía de una cultura que fundó el mundo tal y como hoy lo conocemos. No es casual el dato de Salamina, dado que esta batalla colocó los sedimentos de la cultura occidental, pero no se escandalicen por algo que parece tan presuntuoso. Claro que Homero ya existía anteriormente, sin embargo los datos que hoy pudiéramos recordar de golpe y plumazo sobre Grecia, los grandes nombres de la filosofía: la Academia platónica, el Liceo aristotélico; pero también el arte, la pintura, la escultura, la poesía: Apeles, Fidias, Safo; o incluso sus costumbres más memorables, serían posteriores al 480 a.C., año simbólico que concede a Hölderlin la posibilidad de recrear Occidente desde un pasado real pero remoto, inasequible pero arqueológico. He aquí de nuevo la tragedia que en nuestro poeta se manifiesta de manera real y agonizante, especialmente desde los años en que ingresará con graves desequilibrios mentales en una clínica de Tubinga. Todavía quedan estudiosos que avalan la completa coherencia de Hölderlin dentro de su propio trastorno esquizoide, pero nos quedamos con una anécdota especialmente significativa. Ni tan siquiera en sus mejores años fue un ser sociable, antes bien, las biografías coinciden al hablar de cierta torpeza retórica unida a momentos de deslumbrante lucidez magnética, entusiasmada, capaz de cautivar a cualquiera por muy docto que fuera (curiosamente muy similar a Schiller). Sabemos que en las pocas entrevistas que concedió en Tubinga, Hölderlin se comportó de un modo harto extraño: inventaba palabras provenientes de idiomas desconocidos, se expresaba con borborigmos y onomatopeyas (un desequilibrio que hubiera hecho las delicias de Rabelais trescientos años atrás), ofrecía insistentes reverencias a los visitantes para dificultarles la conversación, etcétera. Si observamos el problema desde una perspectiva más lejana, vemos con claridad que el sentimiento de pérdida en Hölderlin fue total y absoluto. Este nihilista avant la lettre encuentra su último manifiesto en la negación del lenguaje, que lo devuelve a la única realidad posible: la desaparición. Pero quedémonos con la prescripción de Winckelmann de que sólo un sistema ideal puede sobreponerse al paradigma de la experiencia, superando de este modo las ideas de auge y decadencia presentes en Gibbon.

Justamente entre el 24 y el 29 de septiembre, se cumplió el aniversario de Salamina. Desde Occidente podremos recordar con gran satisfacción la derrota del temible Jerjes al frente de su ejército persa de combate, pero Hölderlin sabía que había algo más necio que una sonrisa en aquella victoria. Nosotros hoy, deseosos de logros y progreso, anhelantes de evolución, no sabemos mirar ya al pasado porque de él ya no queda sino la poesía, el cambio y el devenir, lenguajes divinos que, en tanto tales, nunca entenderemos. La mayor tragedia de esta pérdida ya no es sólo la desaparición de Grecia o el modelo evocativo de su cultura, sino nuestra insalvable incapacidad para retomar los vestigios reales de un pasado que se erigió en cuna de la política, la felicidad y la libertad universales. El poeta se vuelve, mira a Grecia, la ve, entona hexámetros como hiciera Homero, pero finalmente, y poseído por el espíritu de un Propercio romántico, protestante e iconoclasta, se desgarra en dísticos elegíacos pronunciando la última palabra que nos queda ante tal desgracia. Ese silencio se tradujo en un verso que ya jamás la historia de la Literatura –con mayúscula– podría olvidar y que además, atrás la esperanza en lontananza, nos obliga a paladearlo para comprobar que, muy lejos de Delfos, el oráculo tiene la voz de nuestra más irreversible orfandad: “[…] deja que al fin yo por siempre en tu fondo el silencio recuerde.

Friedrich Hölderlin, Der Archipelagus

(Ed. bilingüe de Helena Cortés Gabaudan, epílogo Arturo Leyte)

Madrid, La Oficina, 2011, 120 pp., 18 euros.

ISBN 978-84-938886-8-8

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Sobre el autor


Desde que empezó a colaborar en 2007 como redactor en distintos medios, esta mente inquieta no ha dejado de interesarse por manifestaciones culturales de todo tipo. Es italianófilo, investigador de Historia del Arte, especialista en la obra de Miguel Ángel Buonarroti, y ha publicado artículos en revistas universitarias nacionales e internacionales. Su amor por el arte y la literatura lo han convertido en un humanista de sensibilidad transversal, abrazando así una lectura multidisciplinar en cualquier campo de estudio que lleva a cabo. Su faceta como poeta y escritor, todavía inéditas, espera hallar el instante propicio para saltar a la palestra literaria. Hasta que ese momento llegue, su letra queda al servicio de la comunicación en defensa de una cultura común y plural. Cultivar es cosechar. Puedes seguirle en Twitter: ‘@Mario_Colleoni’

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