16.05.2014

El síntoma Letizia

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La princesa Letizia en una imagen realizada en 2008, cuatro años más tarde de su boda real. © LuisCarlos Díaz.

La princesa Letizia en una imagen realizada en 2008, cuatro años más tarde de su boda real. © LuisCarlos Díaz.

Tras el escándalo provocado por las declaraciones machistas del candidato del PP al Parlamento Europeo, Arias Cañete, diciendo que no quiso mostrar mayor nivel intelectual en el debate frente a Elena Valenciano para no parecer machista, la columnista Elena Castelló reflexiona sobre cómo traicionamos a diario las reivindicaciones de igualdad; entre otras cosas, exigiendo a las Princesas que sirvan solo para respetar el Protocolo y ‘dar’ herederos al Trono.

En una reciente entrevista, la escritora y música francesa Lola Lafon, autora de una original novela en la que recrea la vida de la gimnasta rumana Nadja Comaneci, sin traducir en España, reflexionaba sobre el retroceso que ha sufrido, en las tres últimas décadas, la idea de las mujeres como entes autónomos y libres para decidir qué quieren y qué no quieren hacer en la vida. No, no voy a hablar otra vez de sexismo (o no solo), sino de ciertas miradas hacia lo femenino que, a mi entender, son la cristalización de las tensiones en las que se debate la sociedad contemporánea: unas tensiones que parecen las de una prenda cuyas costuras están a punto de reventar, entre una sociedad anticuada, que se resiste a morir, y otra que está naciendo y que pide paso sin pedir permiso. Las mujeres, su cuerpo, su vida y la forma de entenderlos son, a menudo, el lugar de un conflicto que va más allá de ellas, de la misma forma que siempre fueron el objeto en el que se materializaba el pacto o la ruptura entre dos hombres: en el matrimonio, en la transmisión de un apellido y el alumbramiento de un heredero, o en el honor, que se respeta o no. De ahí la idea de agredir a una mujer como forma de deshonrar a un hombre, o como arma en una guerra, como si las mujeres fueran la prolongación de lo masculino, el alma de un pueblo, un concepto definido por otros, y no individuos y sujetos plenos.

Decía Lola Lafon que uno de los signos que ella encuentra más aterradores de esa sociedad antigua que se resiste a morir, mientras otra nace, es la figura de las Princesas Reales. “Nos dicen que todo va bien, pero hay un manto de silencio sobre ciertos temas”, asegura la escritora. “Por ejemplo, cuando nos extasiamos ante modelos de mujer que, en realidad, no han hecho nada y que sólo han sido elegidas para ser esposas y madres, como la duquesa de Cambridge. Es inquietante y transmite la idea a las niñas de que la vida consiste en escoger un príncipe”.

No puedo estar más de acuerdo con ella. Las Princesas Herederas, por más que sean ya todas de clase media, universitarias, con un pasado profesional brillante y una vida previa con sus luces y sus sombras, siguen teniendo una única y fundamental función en el cuento: alumbrar hijos. Ni siquiera tenerlos, sino “darlos”: al marido, ese Príncipe, al trono, a la tradición, a la marca. No hay cosa peor que una princesa infértil: es, aún hoy, el perfecto símbolo de la inutilidad, la soledad, el vacío. Difícil que sea de otro modo, dirán ustedes, mientras siga existiendo una Institución cuya supervivencia depende de la sangre. Efectivamente, vale, tienen que tener hijos, forma parte de su trabajo. Pero me pregunto si, aun teniendo que parir esos herederos, no habría otra manera de mirarlas, de conceptuarlas, de entenderlas. Si no habría, en definitiva, otra manera de respetarlas. Como mujeres y no como simples muñecas de feria.

Estos son temas propios de las revistas del corazón, dirán ustedes. Pues no, no lo creo. Precisamente si algo necesitamos es reflexionar sobre ello, no solo “extasiarnos”, como bien dice Lola Lafon. Y si nos ponemos a reflexionar, resulta difícil que no acabemos concluyendo algunas cosas que nos resultan incómodas, porque no queremos observarlas con paciencia y ecuanimidad. Por ejemplo, que la Monarquía, en sí misma, con sus rituales, su estética, su majestad (nunca mejor dicho), es difícil de encajar en una sociedad secularizada, exhibicionista hasta la náusea, hipercrítica, iconoclasta, mezclada y democrática. En este sentido, sin embargo, ni pondré, ni quitaré Rey: considero que, al igual que los fastos vaticanos -que también incluyen cetros, coronas, capas, palios y tronos, con otros nombres que desconozco-, la Corona es una cuestión de fe. Cada cual elige la suya, y no me parece mal que a la cabeza del Estado exista una categoría laboral llamada “rey” o “reina” que trabaje con eficacia y honestidad -eso sí, puesto que todos pagamos- por su país. Una especie de relaciones públicas de alto nivel, formado en leyes, economía, sociología, política, literatura y todo lo que un país suele hacer, para contribuir al consenso, la autoestima, la marca e incluso la estética. En cuestiones de grandiosidad, hipocresía, corrupción y fastos, hay Presidentes de la República que poco tienen que envidiar a algunas testas coronadas. Pero se los elige en las urnas, dirán algunos. Sí, y el rey, en una democracia, está sometido al Parlamento. Lo importante es que ambos estén controlados, y si no lo están es culpa nuestra.

Ahora bien, volvamos a las Princesas. Sonríen y sonríen, tienen bonitas melenas, se ponen sombreros y collares de muchos quilates y de lo único que hablamos es de su elegancia, su ternura, su discreción, sus ropajes, sus tacones y sus peinados. Representan los mismos valores femeninos que la Cenicienta de Walt Disney, por poner un ejemplo: una feminidad absolutamente contraria a todo lo que son las mujeres hoy, incluso aquellas que han decidido perder su autonomía financiera y quedarse en el hogar al cuidado de los hijos. ¿Por qué seguimos admirando y tolerando estas muestras del más rancio patriarcado? Ellos se ponen uniformes quizá ridículos, pero son individuos. Ellas sólo sonríen y están calladas. Las mujeres, gobiernen o no, dirijan empresas o prisiones, siguen siendo juzgadas por sus faldas, pero las Princesas son figuras directamente enclavadas en la Edad Media: sólo tienen sentido por su matrimonio y su maternidad. Da miedo sólo pararse a pensarlo.

Y en esto llegó Letizia. Una chica periodista -no cualquier periodista, sino una profesional de alto nivel-, con un matrimonio fracasado a sus espaldas, ex novios despechados, por supuesto, un abuelo que trabajaba en el taxi y una madre que ejercía de sindicalista. Letizia es nerviosa, probablemente suficiente y muy narcisista (no es para menos). Es exigente, perfeccionista e impaciente. También es mona y fotogénica, pero no sabe peinarse y se empeña en ponerse unos pantalones pitillo, haga lo que haga, que no le sientan bien porque es demasiado delgada. En ocasiones resulta pedante y se estrenó como elefante en cacharrería interrumpiendo al Príncipe en su primera rueda de prensa (al otro lado de las cámaras). Bueno, ¿y qué?

Pues que, como decíamos al principio, Letizia es, hoy por hoy para los españoles, el lugar, el nudo, el entramado en el que se hacen visibles los síntomas de un problema. Representa un conflicto de “quiero y no puedo” tan ilustrativo de nuestros males como la burbuja inmobiliaria. En breve se cumplen 10 años de su matrimonio en la catedral de la Almudena, bendecido por Rouco Varela. Y la retahíla de críticas feroces y comentarios malintencionados e insultantes hacia ella no ha cesado desde entonces. ¿Por qué irrita tanto su figura? ¿Por qué dicen que no quiere trabajar en fin de semana? ¿Es verdad? Aseguran que desprecia al Príncipe en privado, que le manda callar, que le deja tirado porque es más importante para ella recoger a sus hijas del colegio. O que interpela a la gente sin miramientos, que utiliza el móvil en actos oficiales, que llama “colegas” a sus amigos cuando va de concierto. Que sus zapatos son “horteras” y sus trajes de noche también. Que se toca mucho el pelo, que mueve las manos. Que no sabe y quiere. Que no puede.

¿Recuerdan aquella cosa tan propia de una sociedad sin libertad de prensa de “lo sé de buena tinta”? Esto es como lo de las comidas con el difunto Gabriel García Márquez: si todos los que dicen que comieron con él lo hubieran hecho, el pobre no habría tenido tiempo para nada más. Si todos los que dicen que han visto a Letizia interrumpir al Príncipe, abandonar la mesa en mitad de una comida o pedir un móvil lo hubieran visto de verdad, ella tampoco habría hecho otra cosa, como en una película de tres fotogramas repetida sin fin, a lo Andy Warhol. ¿A quién le importa que Letizia se ponga un vestido verde o uno rojo? ¿A quién le importa que mueva las manos o se toque el pelo? La Duquesa de Alba no tiene un bonito tono de voz y es Duquesa.

Pero esto no es lo más grave. Es feo y antiguo y de cotillas. Irrelevante e inane. Es, en una palabra, franquista: me recuerda a las señoronas que bajaban la voz delante de los niños, cuando éramos pequeños, para decir que el marido de no sé quién se había acostado con “la interna”. Y, claro, lo sabían “de buena tinta”. Lo peor es el resentimiento de toda una parte de la sociedad española que se considera de alta cuna (y no es necesariamente la más aristocrática) y que no soporta que una chica normal y corriente, que no domina sus códigos, ni sus manías, ni sus mensajes, haya ocupado un puesto que debería haber sido supuestamente para vaya usted a saber qué mirlo blanco.  Lo peor es la idea de que uno puede enriquecerse, vale (incluso suciamente, qué listos), pero que no se le ocurra aspirar a más, a “subir de clase”. Son una suerte de corifeos de las “esencias monárquicas” (algo que debe remontarse a Platón, por lo menos), anclados en el más rancio clasismo, ese que huele a ciudad provinciana y cruel, a interiores de escalera con recuerdo a lentejas recocidas y a col agria, a Fortunata y Jacinta, La Regenta, El Lazarillo y La Codorniz. Y ellos dicen que no tiene modales, que no respeta el protocolo, que es vulgar. Sin pedigrí. Y engreída. Lo mismo que decían las hermanas de Cenicienta.

¿Alguien puede decirme qué significa todo esto? ¿Qué quiere decir no respetar las normas, ser vulgar y no tener modales, no respetar el protocolo? ¿Cuántos de todos estos indignados conoce y practica las normas más elementales para defender sus opiniones sin descalificar a gritos al contrario, para no tirar las cabezas de las gambas al suelo de una tasca, para no entrar en chanclas y pantalón corto en la Catedral de Santiago, para no dejar tirados los excrementos de su perro en la acera, para no contratar sin papeles a una chica que limpie su casa, para no hablar delante de ella como si no estuviera presente, para no pagar al fontanero en negro, para cumplir de verdad todo lo que dice la Iglesia Católica y no sólo asistir a los bautizos y a las bodas? ¿Quién conoce a fondo la etiqueta prusiana? ¿Y la de la Corte Imperial Rusa? ¿Y la Constitución?

 

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Sobre el autor

Elena Castelló
Elena Castelló es periodista. Fue redactora jefe en Dunia y directora de Mujer Hoy, TVMás y Hoy Corazón, en Vocento, durante más de 10 años. En la actualidad colabora con Vanity Fair, Telva, XLSemanal, Mujer Hoy y Hola Decoración. Twitter: @ecastello Facebook: Elena Castelló

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15 comentarios

  • El 17.05.2014 , Marina ha comentado:

    No. No es eso. Simplemente, República ya.

  • El 17.05.2014 , Nely García ha comentado:

    Todo eso refleja una cultura arraigada en el tiempo y con dificultades para evolucionar, que se mueve por unos intereses conocidos, donde la hipocresía reina.
    Lo que me sorprende es que una periodista moderna, ignorara el papel que le tocaría desempeñar.

    http://nelygarcia.wordpress.com

  • El 17.05.2014 , 7yoga7 ha comentado:

    Aunque Letizia fuese perfecta la criticarían. Las mujeres por cualquier cosa y los hombres por cualquier cosa. Somos un país de envidiosos, o sea, de criticones. Espero que sea l última reina de España, o mejor aún la última princesa de España y pueda ver la caída de la monarquía, tras haber hecho su “trabajo” impecablemente. Ninguna española noble le llega a la altura del zapato.

  • El 17.05.2014 , amelia del valle ha comentado:

    Me parece un articulo estupendo justo y objetivo.

  • El 17.05.2014 , maria jose ha comentado:

    como siempre bien escrito y nos deja con la boca abierta. ¡¡¡Felicidades!!!!

  • El 18.05.2014 , Clara obligado ha comentado:

    Muy interesante, me quedo con ganas de leer más notas de esta periodista.

  • El 18.05.2014 , Antonio ha comentado:

    Aunque en un principio pareció que quiso llegar a la monarquía con voz propia y haciéndose un sitio (recordemos cuando calló al principe para hablar ella), el tiempo nos ha demostrado que la domesticaron rápido y ahora ya está “en su papel” con el traje largo y mantilla y pariendo borbones para perpetuar la dinastía.

  • El 18.05.2014 , edozein ha comentado:

    Pedir igualdad entre géneros dentro de una de las estructura politico-económica más jerarquicas y menos democráticas, es como si se hubiese exigido igualdad de genero entre esclavos en otra época… Si se quiere evolucionear estupendo… ¿empezamos por preguntar al pueblo si quiere seguir siendo un estado monárquico?

  • El 18.05.2014 , paqui ha comentado:

    Prefiero mil veces una princesa que no respeta el protocolo, que es vulgar. Sin pedigrí. Y engreída que una princesa choriza.

  • El 18.05.2014 , ambrosiocolina ha comentado:

    por eso mismo, tercera república, sin problemas de consortillas, borboncillos ni de herederillas

  • El 18.05.2014 , PrincessAngel ha comentado:

    Resumen: la monarquía es anacrónica. República ya

  • El 19.05.2014 , Pilar López ha comentado:

    Leticia Ortiz no interrumpió al príncipe. Ella estaba hablando y no había terminado aun cuando el príncipe la interrumpió. ¿Qué hay en nuestras mentes que nos hace ver la realidad de forma totalmente opuesta a lo ocurrido? Los estereotipos de género. Los estereotipos nos juegan estas malas pasadas. Ella: impulsiva, dicharachera, espontánea… Él: discreto, sensato, prudente… Resultado: quien metió la pata tuvo que ser ella. Por tanto, ella le interrumpe a él. Pues no: ella es interrumpida. (Se puede comprobar en el vídeo, cuando él reconoce que ha sido él quien ha interrumpido primero).

  • El 19.05.2014 , Carmen ha comentado:

    Es un excelente análisis no sólo de la figura de Leticia, es el reflejo de las contradicciones de una institución que trata de modernizarse para pervivir en una sociedad del SXX.

  • El 26.05.2014 , Elena Castelló ha comentado:

    Gracias a todos por vuestros comentarios

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