‘Entre los dedos, un manojo de posidonias y un caballito de mar’

‘Entre los dedos, un manojo de posidonias y un caballito de mar’

Caballito de Mar. Autor: Bloch, Marcus Elieser. !723-99. Foto: New York Public Library.

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Caballito de Mar. Autor: Bloch, Marcus Elieser. !723-99. Foto: New York Public Library.

Llegamos a nuestro décimo cuento de la serie ‘Relatos de un Extraño Verano’ en colaboración con el Taller de Escritura de Clara Obligado. El texto de hoy refleja esa incertidumbre de un estío que no es normal, ni medio normal, ni ‘nuevo normal’.

Por ANA CADÓRNIGA 

Pere ha salido antes del amanecer en su vieja barca. Desde que se ha jubilado no hay mañana que no vaya, bien temprano, a echar la caña. Pero hoy no está teniendo suerte, el sol empieza a picar. “Media hora más y me marcho”, piensa.

***

Mario tenía bien escondidas las gafas de buceo en el lavadero, sabía que sus padres no le permitirían meterse en el agua sin supervisión.

Había observado durante todo el verano a Pablo con su padre sumergiéndose en las cálidas aguas. Cerca de la playa, a poca profundidad, había un pequeño campo de posidonias, era muy fácil bucear un poco y sacar algún caballito de mar enredado entre los dedos. A Mario le habría encantado ir con ellos, pero no tenía gafas, ni tubo… ni permiso de sus padres.

Programó el despertador de madrugada, si salía temprano y se sumergía al amanecer estaría de vuelta antes de que sus padres se levantaran. Pero no pudo dormir, con un nudo en el estómago, desconectó el reloj, se armó de valor y salió sigiloso de casa, sus padres dormían profundamente, agotados, abrían el chiringuito para el aperitivo y cerraban a medianoche, cuando el último cliente se iba a casa o a las discotecas del espolón. Seguro que no se enterarían de su secreta aventura.

Mario anhelaba una de aquellas bolsas con aletas, snorkel y gafas que vendían en las tiendas de recuerdos y en los puestos del paseo, pero la temporada no estaba siendo muy buena, apenas llegaba gente a ese extremo de la playa y hasta el último céntimo se ahorraba para pasar el invierno. Además, aunque ya había cumplido 12 años, no le permitían bañarse solo, así que dejaba pasar los días jugando indolente en la arena.

Cuando bajaban a media mañana, Pablo solía estar ya en la playa con su familia, tenía unas gafas de buceo verde turquesa con un pequeño pulpo dibujado en el lateral. No eran de las de los puestos del paseo marítimo, Mario las había visto en el escaparate de la tienda de submarinismo.

Los días pasaban lentos, desgranándose como la arena entre los dedos, los niños que había en la playa iban variando, los cambios de quincena siempre eran un aliciente para ver quién venía nuevo y quién marchaba.

El 15 de agosto, Pablo se pasó por el chiringuito y se despidió de Mario, llevaba algo a la espalda, sus gafas de buceo. Sonrió a Mario y se las entregó, no dijo nada, se dio media vuelta y corrió hacia su padre, que le hizo un ademán amistoso con la mano. Mario se quedó sin palabras. Tenía que esconder las gafas, nunca le dejarían usarlas.

***

Desde la lancha, el viejo pescador ve algo a lo lejos, flotando, y se acerca diligente, son unas gafas de buceo con un pequeño pulpo en el lateral. Hay algo un poco más allá. Pere, quebrado, observa al muchacho que flota inerte, el pelo muy corto, con algún trasquilón, moreno, como de estar siempre al aire libre y, entre los dedos, enredados, un manojo de posidonias y un caballito de mar.

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