Esperando la musa a las puertas del Museo de Pintura

Esperando la musa a las puertas del Museo de Pintura

Fotografía: M. Cuéllar.

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Fotografía: M. Cuéllar.

RELATOS / UN AMOR DE VERANO

Escríbenos sobre un amor de verano. Fue la propuesta que hicimos a los asistentes al Taller de Escritura de Clara Obligado, compañero de viaje de ‘El Asombrario’ durante todo este curso. A lo largo de agosto vamos a conocer el resultado. Aquí el segundo cuento. El protagonista decide buscar a su musa y amada a la puerta de un Museo de Pintura.

Por EVA GÓMEZ-FONTECHA 

Aquella tarde decidió no hacer nada extraordinario. Tomó el autobús de siempre y fue hasta la última parada. En el trayecto le molestaron las voces de sus vecinos, hablando de sus vidas pequeñas en tono crispado. Las caras eran las mismas y los conflictos también. No comprendía esa repetición eterna. Para sobrellevar el momento se centró en la lectura. Más bien se zambullía, tal como un nadador se lanza desde el embarcadero. Ese día leía a Hölderlin, quien le evocaba justo lo contrario a lo que tenía delante. Hay que huir de estas ásperas escenas, decidió cuando comprendió que él sí quería cambiar las cosas a su alrededor.

En realidad, no lo había decidido él. Su madre siempre le insistió que había que trabajar para convertir la vida en un bello camino. Ahora no podía insistirle porque ya no estaba viva. Desde que la perdió, él se esforzó en todos los aspectos, especialmente en encontrar a su compañera en la vida. Cuando leyó Leviatán, de Hobbes, se quedó en su memoria la idea de que ver saltar a una ballena era el acto más poético del mundo, y era apenas un instante. Así que al morir su progenitora decidió que ese acto tan sublime, que el inglés atribuyó a los cetáceos, él lo trasladaría a una mujer. Para ello definió varios puntos de avistamiento.

El año anterior estuvo asentado como un ciudadano indignado, entre los parterres del Liceo de la Danza. Cada mes de enero cambiaba la ubicación y ahora le tocaba el museo de pintura. El sitio no era baladí porque cada edificio definía un perfil de público donde esperaba encontrar a su mujer soñada.

Lo más importante de todo era estar en el lugar adecuado en el momento preciso, como pasaba con la ballena. El tiempo carecía de importancia. Al contrario, era un factor a favor que le permitía sentir el cambio de las estaciones y madurar este amor que cada día era más grande aunque aún no tuviera cara.

El autobús, lo mismo que el vapor en las obras de Duras, le desembarcó en la plaza. Allí se asfixió con el fragor de mil coches a la carrera y dos mil peatones absortos en sus millones de asuntos. La plaza era rosa de los vientos en la ciudad. De su centro partían todos los puntos cardinales. En ese lugar exacto dos siglos antes habían plantado una puerta de piedra.

Le costó unos minutos salvar ese campo de batalla, pero al final pudo internarse en el barrio señorial como quien se adentra en la espesura de una selva. En aquellas calles el tiempo parecía detenido en los edificios. Las aldabas, por ejemplo, ya no se veían en ninguna otra parte de la ciudad. Puede que ni siquiera los habitantes más jóvenes conocieran su nombre.

Caminó por lugares donde los balcones anunciaban vidas cultivadas como la suya. Sus cristales encerraban a modo de joyero la intimidad de personas que sí tomaban decisiones sobre su destino. Como él. Por eso su caminar era lento y disfrutado como una copa de vino. En el paseo hasta el museo podría también encontrarla.

La primera vez

Al final de la avenida se alcanzaba la explanada en cuyo núcleo, como un rubí engarzado, estaba el museo. Dentro de ese espléndido edificio un rey de hace varios siglos había guardado su colección de pintura, así que ahora desfilaban ante ella personas de todo el mundo, estudiosos y profanos, con una cosa en común, ser sensibles al arte. Como sería ella, como era él.

Tiempo atrás un escultor dijo Este museo no es el más extenso, pero sí el más intenso. Y eso le decidió a elegir establecerse durante aquel año frente a sus escalinatas tras la jornada laboral. Allí esperaría la llegada de la dama cetáceo, igual que el capitán Ahab en la novela de Melville.

¿Os he dicho lo movido que fue el día? Pues lo fue en tal manera que, cumplidos treinta minutos en su puesto de vigilancia, sintió un deseo irrefrenable de descansar sobre la hierba. Recostado como un niño, recordó entonces a la única mujer que había conocido de forma íntima en toda su vida.

Laura era mayor que él, aunque estaban en la misma clase. Era una chica con inquietudes políticas. Le venía de familia, su tía ostentaba un cargo público en el Ayuntamiento de la ciudad, y este parentesco la hacía todavía más interesante. En realidad, a todos les gustaba pero ninguno se atrevía a intentarlo con una mujer de carácter.

Así que Laura fue durante algunos cursos compañera de instituto y miembro de la misma pandilla. A primera instancia, lo mejor de ella era su parecido con la actriz Anna Karina y en segunda instancia su determinación. Era visceralmente divertida y siempre les empujaba a ser atrevidos. Fue ella quien les convenció de visitar el centro de la ciudad, cosa que acometieron como si fueran la expedición de Livingstone.

En una de aquellas tardes plenas de emociones, ella le susurró al oído: ¿Nos vemos el lunes en el parque a solas después de estudiar? Él asintió y se alejó como de una hiena maloliente. Era por disimular, la verdad es que se sentía el chico más afortunado del planeta. Pero lo mantuvo en secreto.

Con esa noticia en el cuerpo no pudo dormir por la noche. Durante el día estuvo como ausente y al caer la tarde probó sus mejores atuendos, sus más estudiados peinados y sus seductoras sonrisas. Estaba tan inquieto que hubiera preferido lanzarse a una alcantarilla y desaparecer de la faz de la Tierra.

Como eso no era posible, al final escogió la opción más sencilla en cada uno de sus tres puntos de análisis frente al espejo. Si no hay nada que hacer, no puedo hacer nada. Se puso una camiseta blanca y a la hora convenida caminó hasta la fuente del parque. De este modo se estableció la primera rutina de sus fortuitos encuentros. Nadie debía saberlo, por eso quedaban al caer la noche.

Poco a poco fueron encontrando un mundo de afinidades. Ni ella era tan lista ni él tan parado. Disfrutaban comprobando cómo la vida en el parque era gritona y grotesca durante el día (niños jugando, madres charlando) y tranquila y misteriosa durante la noche (perros paseando amos, mendigos compartiendo tabaco y bebida).

El acercamiento de los cuerpos llegó después del de sus almas. Por mal que suene, tuvieron que pasar días para que cada uno se bajara o subiera de sus pedestales. Cuando estuvo preparado esta vez propuso él: ¿Por qué no vienes a buscarme a casa mañana antes de clase? Mi madre sale temprano. Ella accedió.

Otra noche sin dormir. ¿Le hago de desayunar o pasamos directamente a la cama? Como sabemos, la fatiga viene de la duda. Así que decidió actuar con la misma sencillez de su primera cita. Hasta la noche, Mario, se despidió la madre. Y él se apresuró a estirar la cama, hacer el café, ventilar la habitación, ducharse, estirar la cama de nuevo. Cuando sonó el timbre, su corazón era un caballo al galope.

Actuaron con vehemencia, pero lo hicieron todo, el amor, las tostadas, las torpezas, y fueron al instituto con el olor a sexo pegado en la nariz. Tendríamos que calcular mejor el tiempo, comentó él. Además no deben vernos entrar juntos, añadió ella. Se estableció así la segunda de sus rutinas.

Una mañana normanda, por lo desapacible, ella le anunció que todo había terminado. Volvía con su novio y nadie debía conocer su historia, tampoco se mostrarían cercanos ante el grupo. La historia ha estado bien y nos pertenece sólo a nosotros, como un tesoro, zanjó ella. Se quedó así de ancha y se fue. Él se quedó así de planchado y se metió en la cama.

El vínculo materno

Las consignas grabadas a fuego que prohibían a un hombre toda exhibición pública de dolor por una mujer le sirvieron de dique de contención. Pero la fuerza le acompañó bastante poco y al tercer día, cuando despertó, sintió el desbordamiento amazónico de sus emociones.

Como los protagonistas de las pinturas de Turner, se precipitó en los abismos de su mente. Olas de preguntas rompían impetuosas contras los acantilados. Eso cuando mejor. Cuando peor, ni siquiera era capaz de concretarlas y se extraviaba en su laberinto lo mismo que el Minotauro. Rehuía hablar con nadie y que le preguntaran por su visible languidez.

Pero sucede que siempre hay un alguien, eso ya lo sabemos, y fue su madre, la dama ausente a la infancia del hijo, la diva entregada a la escena, la que exigió Dime ya qué te pasa. Normal. Entrar en su habitación era recibir el sopapo de mil hormonas adolescentes con el temor de encontrar un cuerpo dentro en estado de putrefacción.

Me ha dejado una chica, no quiso decir más o sus lágrimas comenzarían a brotar incontenibles como las cataratas Victoria. ¿Qué le dolía? Jamás llegó a comprenderlo, pero yo, que soy omnisciente, lo sé. Le dolía la falta de amor en su vida. Le destrozaba haber imaginado encontrarlo. Le mataba haberlo perdido de esa forma caprichosa.

En el fondo era sentir la frivolidad de otra persona sobre sus carnes lo que le hizo estar en el corazón de las tinieblas durante semanas. Como a sus compañeros no podía contarles, no le quedó más remedio que agarrarse al rayo de atención que le prestaba su madre.

No sufras más, el verdadero amor nunca te abandona, fue lo único que ella acertó a decir. Esa llaga había que contenerla. El drama queda reservado para la ejecución escénica, era su lema. Por primera vez desde que era madre, sin obviar que su carrera caía en picado como las laderas del Montblanc, quiso ocuparse de él.

La relación entre ellos cambió desde ese momento. La que durante años había sido una casa solitaria, se convirtió en una fiesta sin fin en la que conoció cómo era su madre de verdad. Si no se lo dice ella misma, nunca habría creído que tuvo tantos amantes, alguno de ellos mujeres.

Otra forma de mostrarle su sentido de la vida era viajar. Berlín fue el primer destino. Pasearon por las dulces riberas del Spree y disfrutaron de los jardines en Charlottenburg. Les gustó tanto el contraste de épocas de la ciudad que juntos empezaron a estudiar alemán. La madre duró poco en ese empeño.

Viajar era tener un proyecto, de modo que tras uno llegaba otro. En Londres, le contó su pasión por la pintura prerrafaelita, su concepto romántico de la belleza, y de cómo Ofelia de Everett Millais coronó su mesa en los años de universidad. Y un día él, sin avisar, empezó también a dibujar.

Fueron muchos los destinos y las excusas, como ese otro en que aterrizaron en Moscú de riguroso febrero para ver a la Plisétskaya retirarse del Bolshoi. El amor de la madre hacia el hijo llegaba en su madurez, pero era amor al fin y al cabo. Vivieron esos años dedicados a conocerse.

El final de la jornada

El tiempo, sin embargo, es un cabrón implacable y la madre avanzó hacia la vejez y subsecuente muerte mientras el hijo se transformó en un hombre exquisito y mayor también. En las miles de horas transcurridas desde aquella primera chica, escogió cuidadosamente los ingredientes de su mujer ideal, como si fuera el mismísimo doctor Frankenstein.

No es el dinero la riqueza de esta época, sino el tiempo. Igual que una madre dedica su vida al hijo, yo te dedicaré mi tiempo, aunque aún no te haya encontrado, decía la primera página del cuaderno sobre su regazo cuando abrió los ojos ya de noche. Los porteros del museo se despidieron de él con amabilidad. No comprendían qué hacía ese hombre ahí plantado día tras día.

Recogió las herramientas de dibujo que ese día no había usado y se encaminó hacia casa. Antes de subir, tomó algo en el bar. Estaba extenuado. Ese había sido su último día de trabajo. Ya era un hombre jubilado. Ahora podría dedicar su vida, sin urgencia, a encontrar el amor.

***

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