12.07.2018

La extraña fascinación literaria de la Mafia

Menéalo
Ficha policial del sanguinario mafioso Salvatore Riina.

Ficha policial del sanguinario mafioso Salvatore Riina.

Del sanguinario Totò Riina a Bernardo Provenzano al frente de la Cosa Nostra. Del extraordinario novelista Andrea Camilleri, por el que profeso auténtica devoción, al periodista Íñigo Domínguez y su ‘Crónicas de la Mafia’ (Libros del KO). La truculenta fascinación literaria que aún ejerce la Cosa Nostra siciliana, la Camorra napolitana y la ‘Ndrangheta calabresa.

“Vosotros no sabéis”. Eso fue lo que el jefe de la mafia siciliana, Bernardo Provenzano, dijo a los investigadores que dieron con él en 2006. Llevaba décadas en la clandestinidad, desde 1963, y en ese tiempo le había dado tiempo a sustituir en la cúspide de la Cosa Nostra al sanguinario Totò Riina tras la caída de éste en 1993. El paradero del corleonés Provenzano era un misterio, e incluso se decía de él que estaba muerto. Había nacido en 1933 en el pueblo al que dio fama mundial la adaptación que Francis Ford Coppola hizo de El Padrino, la novela de Mario Puzo.

Sobre este líder mafioso, quizá el último de la vieja escuela de criminales organizados, escribió en 2007 un libro el también siciliano Andrea Camilleri (Porto Empedocle, 1925), padre del comisario Montalbano y su saga. El perfil biográfico lleva por título el de las primeras palabras de Provenzano tras ser detenido. Como ya conté aquí, Camilleri es un autor al que profeso una devoción especial –idolismo, como me reprochan con justicia algunos amigos–, y para mi sorpresa –y como necesaria cura de humildad– no lo conocía cuando el escritor Enrique Bocanegra me lo recomendó en uno de nuestros frecuentes almuerzos. Ocurrió durante la feria del libro, y como que no lo encontré en las librerías del centro de Madrid –tiene más de diez años y no es de la serie por la que se conoce más al autor–, me fui a la Feria del Libro del Retiro hacia la caseta de Salamandra, su editorial. Allí me hice con él y lo leí enseguida. Y me dejó, sobre todo, una pregunta enorme, que trascendía el tema de la mafia: ¿por qué sale tan poco la Cosa Nostra siciliana en las novelas del comisario Montalbano? Apenas una rivalidad de fondo entre las familias Sinagra y los Cuffaro. ¿Por qué Camilleri eligió un comisario de la policía y no un carabinieri, que son los que suelen encargarse de los asuntos de mafia o terrorismo? ¿Por qué, teniendo ese recurso a mano, y con una explicación tan evidente, había elegido un funcionario de un cuerpo que se ocupa de delitos de orden aparentemente menos atractivos literariamente como son el orden público o los robos y los asaltos?

Provenzano, tímido y sanguinariamente prudente

Camilleri cuenta que, durante varios años y hasta que fue detenido, el capo siciliano se escondía en una casucha de campo medio derruida a las afueras de su pueblo natal, protegido por las complicidades, la omertà y unas medidas de seguridad extremas. Ya no se reunía con sus hombres, sólo con los de más confianza. Y transmitía sus mensajes a través de papelitos escritos a máquina que se doblaban tanto que se podían guardan en los dobladillos de los pantalones, los llamados pizzini. Camilleri los estudió y extrajo de ellos pautas, una suerte de diccionario que fue desmenuzando con la maestría habitual, con una capacidad de seducción y creación de atmósferas que hace que perdonemos cualquier recurso facilón que a veces usa, sobre todo en la saga del comisario. Los papelitos recorrían dos o tres manos antes de que las órdenes, con un lenguaje críptico lleno de referencias a la Biblia, y contenían órdenes que mezclaban comprensión de párroco con señales de descontento que se traducían en muertes discretas.

Al menos, mucho más de lo que fueron las que ordenó su antecesor Riina, que mandó matar, entre muchos otros, al juez Giovanni Falcone y al fiscal Paolo Borsellino, ambos asesinados en 1992, en el lapso de poco más de dos meses. Los dos estaban a cargo de la actuación judicial contra la Cosa Nostra, y en varios macroprocesos ya habían acabado con muchos de los lugartenientes y matones que la organización criminal había diseminado por toda la isla –y más allá–. Hay que reparar en que Italia encadenó los años de plomo del terrorismo de raíz política de las marxistas Brigadas Rojas –que llegaron a asesinar al ex primer ministro Aldo Moro–, y de la reaccionaria logia P2, con el abierto desafío al Estado por parte de una Cosa Nostra crecida. Inmejorable retrato de los así llamados años de plomo es El caso Moro de Leonardo Sciascia, que además es uno de los novelistas más finos en el retrato del origen histórico y el desarrollo de la mafia siciliana.

La llegada de Provenzano supuso un aggioramiento en el crimen. En palabras de Camilleri, hay “una drástica inversión de marcha que […] obliga a regresar al antiguo y acreditado método. […] Primero se reflexiona, se sopesa, se considera, y después, en último extremo, se procede a la ejecución”. El razonamiento del capo es claro: “Un muerto, a la larga, siempre perjudica”. El objetivo es claro: “La nueva, rigurosa e inapelable orden es hacer olvidar a cualquier precio la existencia de la mafia”. Y lo cierto es que, en parte, se consiguió. Tras el proceso Manos Limpias contra la corrupción en Italia, el proceso derivó en la llegada al poder de un Berlusconi cuyos nexos con el crimen organizado no están aún del todo claros. De todos estos temas, sin importar la zona geográfica del país ni de la fecha de los sucesos, se encarga el periodista Íñigo Domínguez en su Crónicas de la Mafia (Libros del KO), un completo y memorable recorrido cultural por las mejores novelas, películas y series que han tratado las distintas mafias italianas. “Si Riina era un dictador violento, Provenzano quiere presentarse como un presidente democrático que, antes de adoptar decisiones, se toma la molestia de escuchar a todas las partes interesadas”, cuenta Camilleri.

La Mafia se sienta a la mesa

Aun en su moderación truculenta, Italia era un país de la Unión Europea que no podía tolerar la existencia de ese Estado dentro del Estado que eran la Cosa Nostra siciliana, la Camorra napolitana o la ´Ndrangheta calabresa. Todos fueron cayendo, uno a uno, y el negocio fue mutando a formas de organización más globales, con métodos distintos a los de los viejos mafiosos de la isla mediterránea, globalmente conectados con traficantes de armas, drogas o personas de todo el mundo. Aún queda el recuerdo de ese viejo mundo sádico de sádicos ajustes de cuentas y extraños códigos de honor. La fascinación sigue perdurando en series, películas e incluso en el nombre de restaurantes. Hace no mucho se levantó una polémica en relación a la franquicia de restaurantes ‘La Mafia se sienta a la mesa’. Un guiño cultural que en Italia es visto como si una taberna turinesa invitase a almorzar bajo el rótulo “ETA le prepara su Marmitako”.

Respecto a la pregunta que me surgió con el libro –¿por qué Camilleri no escogió a un carabinieri que combate a la mafia para ampliar las posibilidades argumentales de sus novelas? –, creo haber llegado a una respuesta, o al menos a una hipótesis: un carabinieri habría obligado al investigador a centrarse en esos asuntos, sin atender otros aspectos humanos que son los que verdaderamente interesan al autor. Envidias familiares, celos, codicia, irracionalidad extrema, quedan opacados en las historias de aire cinematográfico de la mafia, formas extremas de criminalidad local y global que, para el común de los lectores, quizá están lejos de sus propios fantasmas, y quizá desean imbuirse en una historia que les hable de ellos. De esas miserias cotidianas está mucho más cerca un comisario policía que un coronel de los carabinieri, y esa es la materia prima cotidiana del buen observador, del gran novelista que es Andrea Camilleri.

Ojalá no me lo desmienta nunca.

Menéalo

Sobre el autor

Antonio García Maldonado
Antonio García Maldonado (Málaga, 1983) es analista y consultor independiente para compañías como Thinking Heads o Llorente y Cuenca, entre otras. Ha sido consultor en América Latina durante más de siete años. Hasta junio de 2017 fue Business Intelligence Manager de la consultora The Search Group, en su sede central en Belgrado. Escribe regularmente en EL PAÍS, The Objective, Letras Libres y El Asombrario, entre otros. Es también redactor de informes de lectura para la editorial Acantilado. Ha traducido, entre otros, a Bob Woodward, a William Kotzwinkle, a Jerry Toner, al marqués de Sade, a H.D. Thoreau o a Norman Mailer, cuyo libro 'Miami y el sitio de Chicago', prologó. Ha prologado la reciente edición de 'Viaje a la aldea del crimen', de Ramón J. Sender. Fue traductor becado del Colegio Internacional de Traductores Literarios de Francia, en Àrles. Participó como invitado en el último seminario del Aspen España Seminar. Antes de todo eso, fue librero y se licenció en Economía. @MaldonadoAg

¿Quieres leer más artículos de este autor?

Aún no hay comentarios

Deja tu comentario

He leído y acepto la política de privacidad de elasombrario.com
Consiento que se publique mi comentario con los datos que he facilitado (a excepción del email)

¿Qué hacemos con tus datos?
En elasombrario.com te solicitamos tu nombre y email (el email no lo publicamos) para identificarte entre el resto de personas que comentan en el blog

Te pedimos tu nombre y email para poder enviarte nuestro newsletter o boletín de noticias y novedades de manera personalizada.

Solo usamos tu email para enviarte el newsletter y lo hacemos mediante MailChimp.