‘¿Falta mucho para que todo esto termine?’

‘¿Falta mucho para que todo esto termine?’

Caos durante el terremoto. José Guadalupe Posada. 1880. Metropolitan Museum of Art New York.

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Caos durante el terremoto. José Guadalupe Posada. 1880. Metropolitan Museum of Art New York.

“¿Falta mucho? Se muerde el labio, mira por la ventana. El peso de las hojas ha hecho que los castaños se reverencien y las ramas casi lleguen al suelo”. Nueva entrega de los ‘Relatos de un Extraño Verano’ que os ofrece ‘El Asombrario’ durante todo el mes de agosto, relatos creados en el Taller de Escritura de Clara Obligado y movidos en su mayoría por la angustia de un futuro incierto.

POR ANABEL PALACIOS 

Me dicen que vivo pegada a la ventana, que debería intentar distraer la mente, que todavía queda mucho para que cierren la falla. ¿Cuánto es mucho?, pregunto, e imagino una fractura, un corte limpio, tan profundo que no tiene fondo y tan ancho que necesita un horizonte. Menos de lo que piensas, me responden.

El lunes limpian la casa de escombros, así que me paso el día en el diván, sin tocar el suelo con los pies. Álvaro hace lo mismo, salta de un mueble a otro y juega a que el suelo es lava. Es lo que nos ha contado la vecina cuando ha aparecido con una columna de libros, dice que si mi hijo y yo queremos salir de esta, tenemos que aprovechar el tiempo y aprender geología. Despliega un mapa sobre la mesa y con ayuda de un vaso traza un pequeño círculo que en realidad son kilómetros. Nuestra casa roza el epicentro. Me mira, se le han puesto los ojos de topo y me sujeta la mano mientras me repite que todo va a ir bien. Entonces el suelo vuelve a temblar y hace que Álvaro tropiece y caiga de rodillas. Mientras yo me pregunto qué habrá al fondo, o si realmente queda algo al otro lado.

El jardín lo arreglan el martes. Como de momento han parado los temblores, han decidido plantar castaños, con el tronco tan fino que cuando Álvaro trepó a uno se partió por la mitad. Se acerca al diván, llorando. Le acaricio los rizos con una mano, la otra sigue atenta, pegada a la pared.

El miércoles se dedican a despejar la nieve del camino. Ha nevado tanto que de los castaños asoman unas ramas pidiendo auxilio. Yo observo cómo los copos se amontonan e imagino que sucede lo mismo en la falla, que nieva tanto que se crea un suelo firme que nos permite cruzar al otro lado. Pero cuando veo la mano de Álvaro agarrada a la mía, también veo nuestras botas ahogándose en la nieve, y a cada paso, más enterrados.

Noto la pared fría, así que Álvaro acerca una estufa y se sienta a mi lado a leer más libros que ha traído la vecina. Intento distraerle, le hablo de las cosas que no ha conocido del otro lado, que tengo ganas de que den fruto los castaños, que se pondrán tan frondosos que no podremos ver más allá, que tenemos que aprender a vivir con las cosas que no hemos perdido. Me pide que me calle y que le deje tranquilo.

El jueves la vecina viene a tomar el té, lo seguimos llamando té aunque ahora sea agua con limón. Durante nuestra conversación utilizamos las mismas palabras –desgarro, salto, brecha, profundidad– pero no hablamos de lo mismo. Sobre el regazo tiene un cuaderno donde registra todos los temblores. Anoche hubo uno tan fuerte que ha derrumbado la iglesia y, según cuentan, ha causado el desplome de todo el progreso en la falla. Aun así, no tardarán mucho, me dice. Y yo asiento y dejo que el me abrase la garganta para no tener que decir verdades. Cuando la vecina se va, Álvaro deposita un puñado de castañas en la mesa. Me cuenta que quiere ir a ver la falla. No está lejos, un día de viaje como mucho. Él puede llevar un automóvil, un amigo le ha enseñado a usarlo. Dice que es sencillo, que así sabríamos de verdad cuánto queda. Le confieso que prefiero no saberlo. Me grita que doy pena, que no hago nada, que llevo años viviendo en una esquina, con la mano en la pared, como si estuviera posando para un cuadro, y que en cuanto pueda, se marchará lejos. Intento hacerme la ofendida, pero los dos sabemos que no tiene escapatoria.

El viernes sentí un temblor, pero tan solo era la puerta cuando Álvaro salió para ir al lago con sus amigos. Llega después de cenar y, sin pasar a verme por el salón, va directo a la cama. En el jardín, los castaños han vuelto a florecer y parecen estar cubiertos de gusanos.

Hace mucho que no vemos a la vecina. El sábado un criado me miente y me dice que ha oído que se ha casado. El ama de llaves dice que se tiró a la falla. Me traen su cuaderno y mientras recorro con el dedo las subidas y bajadas de sus gráficas me alegro de que al fin las dos pensemos lo mismo.

Esa noche no hay temblores, parece que la falla está saciada. Miro por la ventana, el brillo de la casa se proyecta sobre los árboles. Álvaro besa a una chica bajo un castaño. Sobre ellos las ramas crean un tejado.

El domingo un coche deja a Álvaro en la puerta. Entra en el salón y se sienta al borde del diván. Coge mi mano, que de tanto apretar la pared se ha quedado inmóvil. Le pregunto si ha ido y asiente.

–¿Falta mucho?

Se muerde el labio, mira por la ventana. El peso de las hojas ha hecho que los castaños se reverencien y las ramas casi lleguen al suelo.

–Poco, falta poco.

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