29.03.2019

La felicidad y las cosas pequeñas

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Ilustración de M. Muñoz.

Ilustración de M. Muñoz.

La semana pasada, concretamente el 20 de marzo, me llevé una gran alegría al escuchar por la radio que era el Día Mundial de la Felicidad —ahí es nada—. Lo cierto es que hasta ese momento desconocía la existencia de dicha conmemoración, pero… nada que objetar, estoy completamente de acuerdo en celebrar por todo lo alto tal tesoro.

Al fin y al cabo, si existe el Día Internacional de la Croqueta —o cocreta, que dicen algunos—, cómo no dedicar 24 horas a pensar en la felicidad.

Profundizando un poco en esto de los Días Mundiales e Internacionales, he descubierto que un equipo de meteorólogos y psicólogos han logrado establecer cuál es el día más feliz de año, han llegado a él gracias a una fórmula que suma el incremento de las temperaturas, los días trabajados y la paga extra, y divide el resultado entre las horas diarias trabajadas para finalmente multiplicar todo por el incremento de luz. ¿Cómo os quedáis? El resultado es 20 de junio y lo llaman el Yellow Day. Bueno, si ellos lo dicen quién soy yo para cuestionarlo ¿no? Al fin y al cabo soy de letras puras. Aunque he de decir que, entre tanto concepto, echo de menos uno que para mí es básico: la relación inversamente proporcional que existe entre la felicidad y el tamaño —y el precio— de las cosas que uno necesita para alcanzarla.

Me explico. No hace mucho descubrí que cada año que pasa me siento más feliz —quizás debería decir razonablemente feliz para no parecer idiota—, supongo que la “madurez” me ha enseñado a simplificar y valorar las cosas con las que realmente disfruto: sentarme en el sofá a leer, escribir o ver una serie; comer o, mejor aún, cenar en un pequeño restaurante cuyo dueño me salude al entrar y me recomiende el plato del día; pasar las horas en una terracita con los amigos —y unas cervezas bien frías— hablando de todo y de nada; pasear por el Rastro con mis hijas los domingos; comprar un ramo de siemprevivas —la planta más rentable que conozco— a mi florista favorito; sudar en mi gimnasio low cost, intentando seguir los pasos de baile que marca Pablo, mi profe; las clases de teatro en La Posada de Hojalata, mi escuela favorita; un buen paseo por la playa con el ruido de las olas como banda sonora; recorrer la ciudad en moto a lo Nanni Moretti; perderme entre los estantes de alguna de esas pequeñas librerías que aún sobreviven a la globalización; viajar en coche con las ventanillas abiertas y la música a todo trapo; los amigos; las sobremesas; las patatas fritas; la música; una buena carcajada; la ironía, las sorpresas, aprender, la luna llena, la llegada de la primavera, el olor del café o el de la cebolla mientras se rehoga y, por supuesto, una buena puesta de sol.

En fin, que una vez he dejado atrás la ambición y las ganas de comerme el mundo que tenía cuando era joven, ya no necesito que llegue el 20 de junio, por muy amarillo que sea, para ser feliz —al menos razonablemente— y disfrutar de la vida.

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Sobre el autor

Marta Rañada
Editora y documentalista de profesión, profesora de escritura creativa por devoción y cincuentista por pura diversión. Mi única ambición es reírme de los cincuenta y vivirlos con la cabeza bien alta, desafiando incluso la ley de la gravedad. He publicado varios libros infantiles y el año pasado me estrené como novelista con Las uvas de la Hidra (Bookolia, 2016).

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2 comentarios

  • El 29.03.2019 , PALOMA ha comentado:

    La suma de muchos ratos felices…. eso es la felicidad. Excepto tu momento gym, en lo demás plenamente de acuerdo.
    Cada día me gusta mas leerte. Hazlo mas a menudo!!! Un besazo

  • El 30.03.2019 , Marta Rañada ha comentado:

    Es que yo al gimnasio voy a bailar, Paloma (en plan Fama 😂 😂 😂). Y no veas como lo pasamos… Ya te mandaré un video!!! 🤣 🤣 🤣

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